CAPÍTULO 16 — MATEO
Vi cómo Diego Sanmartín se acercaba a Val con esa confianza tranquila y despreocupada de quien alguna vez tuvo derecho legítimo a esa cercanía, y sentí algo tenso y desconocido instalarse profundamente en mi pecho, una posesividad que no me gustó reconocer en mí mismo pero que tampoco pude ignorar por completo en ese momento.
—¿Por qué no vamos a saludar formalmente a los demás invitados importantes? —le dije a Elena, con más brusquedad de la que realmente pretendía expresar, alejándome deliberadamente de la conversación antes de que pudiera desarrollarse hacia territorios más incómodos.
Pero mis ojos seguían regresando insistentemente hacia Val y Diego, que ahora conversaban animadamente cerca de la mesa de quesos artesanales, ella riendo genuinamente de algo que él había dicho, con una familiaridad evidente que despertaba en mí una inseguridad que creía honestamente haber superado hacía semanas enteras.
—Se conocen muy bien, evidentemente —comentó Elena, siguiendo mi mirada fija con una sonrisa que no me gustó del todo—. Diego mencionó casualmente que estuvieron juntos casi dos años completos. Debe resultar extraño verla comprometida tan rápidamente después de esa ruptura anterior.
—No fue tan rápido en realidad —dije, más a la defensiva de lo que realmente pretendía sonar—. Rompieron hace más de un año entero, mucho antes de que Val y yo empezáramos siquiera a hablar civilizadamente.
—Claro, por supuesto. —Elena se encogió de hombros con indiferencia aparente, aunque su expresión sugería que sabía algo relevante que yo desconocía completamente—.
Solo comento, basándome en experiencia personal, que a veces las personas vuelven a caer en patrones antiguos y familiares cuando el pasado reaparece inesperadamente en sus vidas.
Créeme, lo sé perfectamente bien por experiencia propia dolorosa.
Sus palabras se quedaron dando vueltas insistentes en mi cabeza durante el resto completo de la noche, mezclándose peligrosamente con cada mirada que Val y Diego intercambiaban desde el otro extremo del jardín iluminado, cada risa compartida que yo no podía escuchar directamente pero que imaginaba con una claridad dolorosa e injustificada.
Para cuando finalmente me acerqué deliberadamente a ellos, ya había construido mentalmente una historia completa y probablemente exagerada sobre lo que probablemente estaban conversando, sobre viejos recuerdos compartidos, sobre un "y si hubiera sido diferente" que tal vez todavía flotaba silenciosamente entre ellos dos.
—Mateo. —Val se giró hacia mí, con una sonrisa que en ese momento tenso no supe interpretar correctamente—. Diego me estaba contando detalladamente sobre su trabajo actual en Burdeos. Está considerando seriamente volver a España el año que viene.
—Qué interesante desarrollo —dije, con un tono considerablemente más frío del que realmente pretendía proyectar.
Diego me tendió formalmente la mano, con una cordialidad que sentí forzada de alguna manera, aunque probablemente no lo era en absoluto desde su perspectiva.
—Felicidades sinceras por el compromiso oficial. Val siempre tuvo muy buen ojo para reconocer las cosas realmente importantes en la vida.
Algo en la manera específica en que lo dijo, en la manera en que su mirada se detuvo un segundo de más sobre Val, encendió una chispa de irritación que no supe controlar completamente en ese momento.
—Sí, bueno —dije, sin poder evitarlo—, algunas personas simplemente tardan considerablemente más tiempo en darse cuenta de lo que realmente importa en sus vidas.
El silencio incómodo que siguió inmediatamente fue suficiente para que Val notara claramente el cambio abrupto en mi actitud, aunque no dijo absolutamente nada hasta que Diego se disculpó cortésmente y se alejó hacia otro grupo de invitados presentes.
—¿Qué fue exactamente eso? —preguntó, con los brazos cruzados defensivamente y una expresión que reconocí inmediatamente como el inicio de una pelea genuina entre nosotros.
—Nada en particular.
—Mateo, acabas de ser prácticamente grosero con Diego sin ninguna razón aparente que yo pueda entender.
—¿Sin ninguna razón? —Sentí que la irritación acumulada durante toda la noche se desbordaba completamente, sin ningún control efectivo—. Llevas prácticamente media hora riendo abiertamente con tu ex delante de toda la fiesta reunida.
—¿Estás celoso ahora mismo? —Val me miró con una incredulidad genuina que se transformó rápidamente en su propia irritación creciente—.
Diego es historia completamente antigua, Mateo.
Estábamos simplemente hablando sobre vino, sobre su trabajo actual.
Nada más que eso, absolutamente nada más significativo.
—No pareció "nada más" en absoluto desde donde yo estaba observando la escena.
—Entonces tal vez el problema real no es Diego específicamente. Tal vez el problema genuino es tu propia inseguridad personal no resuelta.
Sus palabras me golpearon con más fuerza de la que honestamente esperaba, precisamente porque contenían algo de verdad innegable que no quería reconocer abiertamente ante mí mismo.
—Elena mencionó casualmente que Diego y tú estuvieron juntos casi dos años completos —dije, cambiando abruptamente de táctica sin pensarlo completamente—. Eso es bastante tiempo compartido, Val, mucho más del que nosotros llevamos juntos.
—¿Y exactamente qué tiene que ver eso con esta noche específica?
—Nada en particular, supongo. —Me pasé una mano nerviosa por el pelo, genuinamente frustrado conmigo mismo por no poder articular claramente lo que sentía en realidad—.
Solo... no esperaba sentirme de esta manera.
Verlo hablar contigo con tanta comodidad natural, tanta familiaridad evidente entre ustedes dos.
Val suavizó ligeramente su expresión tensa, aunque la tensión general entre nosotros no desapareció completamente de la conversación.
—Mateo, tú estuviste casi un año entero con Elena. ¿Crees honestamente que a mí no me costó ver hace un momento cómo hablabas con ella, con esa complicidad evidente que solo tienen las personas que se conocieron íntimamente en el pasado?
No había considerado esa perspectiva en absoluto. No había pensado, ni por un segundo siquiera, que Val pudiera estar sintiendo exactamente la misma inseguridad irracional que yo sentía intensamente frente a Diego.
—Val...
—Tenemos una fiesta importante que atender apropiadamente —dijo, cortando abruptamente lo que sea que estuviera a punto de decir, con una frialdad calculada que no le había escuchado antes dirigida hacia mí—.
Hablemos de esto con calma después, cuando ambos hayamos dejado de comportarnos como adolescentes celosos e inmaduros.
Se alejó decididamente hacia otro grupo de invitados importantes antes de que pudiera formular alguna respuesta apropiada, dejándome completamente solo en medio de la fiesta que se suponía era la celebración más importante de nuestra nueva vida compartida juntos, con un nudo doloroso de arrepentimiento genuino y confusión considerable instalándose pesadamente en mi pecho.
Por el rabillo del ojo, vi a Diego observándonos discretamente desde cierta distancia prudente, con una expresión que no supe interpretar completamente, y por primera vez desde que había comenzado todo este proceso complicado, sentí con una honestidad incómoda que tal vez había aspectos importantes de esta relación que todavía no entendíamos del todo correctamente entre nosotros dos.