CAPÍTULO 15 — VAL
La fiesta de presentación oficial de Bodegas Duarte-Ferrer se planeó cuidadosamente para celebrarse en Els Vinyars Vells, en las mismas tierras que habían sido motivo de disputa durante cincuenta años enteros y que ahora, por fin, pertenecían legalmente a una sola bodega unida bajo un mismo nombre.
Invitamos a todo el pueblo sin excepción, a la prensa local especializada en vinos, a los principales distribuidores de vino de toda Cataluña, y —por insistencia particular de mi madre, que seguía cultivando relaciones diplomáticas incluso después de todo lo ocurrido durante los últimos meses— a algunos antiguos socios comerciales de ambas familias que habían mantenido conexiones a lo largo de los años.
Fue mi madre quien mencionó, casi de pasada mientras revisábamos juntas la lista final de invitados confirmados, el nombre que hizo que se me helara instantáneamente la sangre en las venas.
—Diego Sanmartín confirmó formalmente su asistencia —dijo, sin levantar la vista de la tableta que sostenía—.
Su familia todavía mantiene participación significativa en el distribuidor principal de toda la región.
No podíamos dejarlo fuera de la lista sin generar preguntas incómodas entre los socios comerciales.
Diego. Mi ex, con quien había estado durante casi dos años enteros antes de que rompiéramos por razones que en su momento parecieron enormes e insuperables y que ahora, después de todo lo vivido intensamente con Mateo, apenas recordaba con claridad suficiente.
Diego, que se había ido a trabajar profesionalmente a Francia después de nuestra ruptura definitiva y que, aparentemente, había vuelto justo a tiempo para presenciar el momento más importante de mi nueva vida completamente transformada.
—Está bien —dije, aunque el estómago se me revolvió ligeramente ante la perspectiva—. Fue hace mucho tiempo ya, no debería afectarme tanto.
No mencioné absolutamente nada a Mateo hasta la noche anterior a la fiesta, cuando ya era demasiado tarde para hacer cualquier cosa al respecto, y descubrí, para mi sorpresa genuina, que él tenía su propia confesión pendiente que compartir conmigo.
—Hay algo que debería decirte antes de mañana —dijo, con una expresión incómoda que no le había visto desde los primeros días torpes de nuestra farsa inicial—. Mi hermana me lo confirmó hoy mismo por teléfono. Elena va a estar presente en la fiesta mañana.
—¿Elena? —pregunté, aunque algo en mi interior ya anticipaba la respuesta.
—Salimos juntos durante casi un año entero, hace aproximadamente tres años.
—Se pasó una mano nerviosa por el pelo, visiblemente incómodo con la situación—.
Su familia tiene un restaurante muy importante en Barcelona que compra regularmente buena parte de nuestra producción anual de vino.
No podía excluirla de la lista de invitados sin generar preguntas incómodas entre los socios comerciales de mi familia.
—Vaya coincidencia interesante. —Solté una risa sin ningún humor genuino detrás, sintiendo una punzada de algo que no quería nombrar todavía abiertamente—. Parece que ambos vamos a tener compañía particularmente incómoda mañana en nuestra propia fiesta.
—Val, te aseguro que no significa absolutamente nada real. Fue hace años enteros, ya superado completamente.
—Lo sé racionalmente, de verdad que lo sé.
—Y lo sabía con certeza lógica, pero eso no evitó en absoluto que la noche anterior a la fiesta durmiera considerablemente peor de lo que había dormido en semanas enteras, con pensamientos completamente irracionales sobre Elena y su elegante restaurante dando vueltas incesantes en mi cabeza junto con recuerdos persistentes de Diego que creía haber enterrado hacía ya mucho tiempo.
La fiesta comenzó con una elegancia que superó ampliamente todas nuestras expectativas iniciales: las luces colgando cuidadosamente entre las viñas centenarias, las mesas cubiertas con manteles blancos impecables, botellas selectas de la primera cosecha oficial conjunta de Duarte-Ferrer sirviéndose generosamente entre risas genuinas y felicitaciones sinceras de todo el pueblo reunido.
Vi a Diego antes de que él me viera a mí, considerablemente más elegante de lo que recordaba de nuestra relación pasada, con un traje que gritaba silenciosamente éxito profesional parisino, conversando animadamente con un grupo de distribuidores importantes cerca de la barra principal.
Sentí que Mateo se tensaba visiblemente a mi lado, siguiendo mi mirada con atención, y por un momento absurdo temí genuinamente que la noche entera se convirtiera en un desastre social antes de siquiera empezar apropiadamente.
—¿Quieres que nos vayamos discretamente hacia el otro lado del jardín? —preguntó Mateo, con una consideración genuina que me ablandó considerablemente el corazón a pesar de mis propios nervios evidentes.
—No, de ninguna manera. —Enderecé deliberadamente la espalda, tomando su mano con una determinación renovada—. Esta es nuestra fiesta, Mateo. Nuestra bodega conjunta. No voy a permitir que un ex de hace años arruine absolutamente nada de esta celebración importante.
Casi al mismo tiempo exacto, vi a una mujer alta, de pelo oscuro elegantemente peinado y sonrisa profesional calculada, acercarse decididamente hacia el grupo donde estaba conversando Mateo, y por su expresión corporal supe inmediatamente, sin necesidad de presentación formal, que era Elena.
—Mateo Ferrer. —Su voz sonó cálida, quizás demasiado cálida para mi gusto personal, mientras se inclinaba para darle dos besos formales en las mejillas—. Felicidades sinceras por todo esto que has logrado. Es realmente impresionante ver el resultado final.
—Elena. Gracias por venir esta noche. —Mateo mantuvo una compostura perfectamente calculada, aunque sentí su mano apretar la mía con considerablemente más fuerza de la habitual—. Ella es Valentina Duarte. Mi prometida oficial.
—Por supuesto, ya había escuchado sobre ella.
—Elena me miró con una evaluación rápida y claramente profesional que no me pasó desapercibida en absoluto—.
He escuchado mucho sobre ustedes dos últimamente.
Toda Barcelona habla constantemente de la historia de amor del año, prácticamente no se habla de otra cosa en ciertos círculos sociales.
Antes de que pudiera formular alguna respuesta apropiada, sentí una presencia familiar acercándose por detrás con pasos seguros, y me giré instintivamente para encontrarme cara a cara con Diego, con esa misma sonrisa encantadora que recordaba perfectamente de nuestros años compartidos juntos.
—Val. —Su voz sonó exactamente igual que en mis recuerdos más nítidos, cálida y segura de sí misma como siempre había sido—. Estás absolutamente preciosa esta noche. Como siempre lo estuviste, debo decir.
Sentí la mirada intensa de Mateo posándose completamente sobre mí, cargada de una tensión que no había visto desde los primeros días inciertos de nuestra farsa cuidadosamente construida, y por primera vez en semanas enteras de relativa calma, entendí con claridad incómoda que la parte más difícil de esta historia compleja tal vez no había terminado completamente con la fusión exitosa de las bodegas.
Tal vez, con una sensación de inquietud creciente, apenas estaba comenzando una nueva fase de complicaciones emocionales.