CAPÍTULO 14 — MATEO
Los siete días críticos se convirtieron en una borrosa sucesión interminable de reuniones consecutivas, llamadas telefónicas de madrugada que nos despertaban con noticias urgentes, y café frío olvidado sobre cada superficie disponible de ambas casas, evidencia silenciosa de las horas extendidas de trabajo conjunto.
Val y yo apenas dormíamos las noches de esa semana decisiva, apenas nos veíamos fuera del contexto agotador de abogados especializados y hojas de cálculo interminables, pero cada noche, sin importar lo tarde que fuera ni cuánto trabajo quedara pendiente, encontrábamos diez minutos preciosos para sentarnos juntos en silencio, tomados de la mano, recordándonos mutuamente por qué valía absolutamente la pena todo este caos organizado.
—El banco de Barcelona está formalmente dispuesto a refinanciar completamente la deuda —anunció mi padre la tarde del quinto día consecutivo, con una expresión que no había visto en meses enteros: esperanza genuina y tangible—.
Si logramos cerrar la fusión antes del viernes, según los términos que hemos negociado, podemos pagar completamente a los acreedores originales y sacar a Solvest Capital por completo de la ecuación financiera.
—¿Antes del viernes exactamente? —Val levantó la vista de los papeles que llevaba horas enteras revisando meticulosamente—. Eso nos da apenas dos días completos para finalizar todo.
—Es tiempo suficiente, tiene que serlo —dije, aunque no estaba del todo seguro de esa afirmación optimista, sintiendo el peso de la incertidumbre bajo mis palabras confiadas.
El jueves por la noche, con los documentos finales extendidos cuidadosamente sobre la mesa del comedor de los Duarte, mi padre y la madre de Val se sentaron finalmente uno frente al otro por primera vez sin la tensión palpable de generaciones enteras de rivalidad pesando sobre cada palabra pronunciada.
—Nuestros padres —dijo mi padre, con una voz cargada de una emoción que rara vez mostraba abiertamente en contextos formales— pasaron sus vidas enteras evitando cuidadosamente esta mesa específica, evitando esta conversación exacta que estamos teniendo ahora.
Es un honor genuino terminar finalmente lo que ellos nunca pudieron completar.
—Rosa habría estado profundamente orgullosa —respondió la madre de Val, con los ojos brillantes de emoción contenida—. De ver a sus nietos hacer exactamente lo que ella nunca tuvo el valor suficiente de hacer en su propia vida, a pesar de todo lo que sabemos ahora sobre su historia.
Firmamos los documentos preliminares esa misma noche, cada firma individual representando un paso más cerca de convertir dos historias enteras de rivalidad en una sola historia compartida y unificada.
Val firmó primero, con mano completamente firme, sin ninguna vacilación visible, y cuando llegó mi turno de firmar, sentí el peso completo y real de lo que estábamos construyendo juntos: no solo un acuerdo comercial complejo, sino el cumplimiento tardío de una promesa hecha hace exactamente cincuenta años y rota trágicamente antes de poder florecer completamente.
—Bodegas Duarte-Ferrer —dijo Val, leyendo el nombre completo en el documento final con una sonrisa que iluminó absolutamente toda la habitación—. Oficialmente registrado, sin ninguna duda legal pendiente.
—Oficialmente —confirmé, atrayéndola hacia mí en un abrazo espontáneo que ninguno de los presentes pareció encontrar inapropiado en ese momento, ni siquiera Andreu, que observaba desde una esquina de la habitación con una expresión que, por primera vez en todo este proceso, se parecía sospechosamente a la aprobación genuina.
El viernes por la mañana, exactamente en el plazo límite que nos habíamos propuesto, Claudia Reyes llamó una última vez para confirmar el resultado final.
—Nos informan que han cerrado exitosamente un acuerdo de refinanciación completamente independiente —dijo, con un tono que ya no intentaba disimular del todo su decepción evidente por la oportunidad perdida—. Supongo entonces que la oferta original de Solvest ya no resulta necesaria para ustedes.
—Así es exactamente, Claudia —confirmé, sin poder ocultar completamente la satisfacción genuina en mi voz—. Pero de todos modos, gracias sinceramente por el interés mostrado durante todo este proceso.
—Felicidades entonces por la fusión completada, señor Ferrer.
—Hizo una pausa notable, y cuando volvió a hablar, su tono estrictamente profesional se suavizó ligeramente, revelando algo más humano—.
Para lo que valga mi opinión personal, la actuación que presenciamos durante la gala fue verdaderamente convincente, quizás la más convincente que he visto en mi carrera profesional.
Buena suerte genuina a los dos en este nuevo capítulo.
Colgué el teléfono con una sensación de alivio profundo y encontré a Val esperándome pacientemente en la entrada de la que, oficialmente desde esa misma mañana, era ahora nuestra bodega conjunta unificada, con una copa de vino en cada mano y una sonrisa que llevaba toda la semana crítica esperando poder mostrar sin la sombra constante del estrés acumulado detrás.
—¿Terminamos finalmente con todo esto? —preguntó, ofreciéndome una de las copas con un gesto casi ceremonial.
—Terminamos completamente. —Brindé con ella, el sonido cristalino del cristal chocando resonando agradablemente en el aire tranquilo de la mañana—.
Sin Solvest Capital involucrado. Sin deuda pendiente amenazándonos.
Sin condiciones restrictivas de testamento colgando sobre nuestras cabezas como una espada.
—¿Y ahora qué sigue para nosotros?
Dejé mi copa cuidadosamente sobre la barandilla de piedra antigua que dividía —o, mejor dicho, que ahora simbólicamente unía— nuestras dos propiedades familiares, y tomé el rostro de Val entre mis manos con una ternura que llevaba semanas enteras queriendo expresar plenamente sin la urgencia constante de una crisis en desarrollo de por medio.
—Ahora —dije, sintiendo cada palabra con total sinceridad— empezamos juntos la parte de esta historia que Rosa y Joaquín nunca llegaron a vivir realmente.
La parte considerablemente más fácil. La parte donde simplemente nos elegimos mutuamente el uno al otro, todos los días sin excepción, sin que absolutamente nadie nos obligue externamente a hacerlo.
Val sonrió, con los ojos completamente llenos de una emoción que reconocí inmediatamente porque la sentía exactamente igual resonando en mi propio pecho, y se puso de puntillas para besarme, despacio y sin prisa alguna, sin ninguna cámara ni ningún inversor observando el momento, solo dos personas que finalmente habían encontrado su camino de vuelta el uno al otro después de cincuenta años enteros de historia postergada injustamente.
—Todavía nos faltan ocho meses completos del año estipulado en el testamento —murmuró contra mis labios, con una sonrisa evidente en su voz.
—Ocho meses —confirmé, sintiendo una calidez profunda ante la perspectiva— que ya no necesitamos absolutamente para nada específico, excepto para disfrutarlos plenamente juntos, sin ninguna obligación legal de por medio.