CAPÍTULO 10 — MATEO
Desperté con Val todavía dormida a mi lado, la luz temprana de la mañana filtrándose entre las cortinas y dibujando líneas doradas sobre su piel desnuda, y durante unos minutos enteros me permití simplemente observarla en silencio, memorizando el momento con una atención casi obsesiva, consciente de que no quería olvidar nunca esta sensación exacta de paz completa.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche, rompiendo abruptamente la quietud reconfortante de la habitación. Un mensaje de mi padre, algo poco habitual a esa hora tan temprana.
*Necesito hablar contigo urgentemente. Es importante. Ven a la bodega en cuanto puedas, por favor.*
Algo en el tono del mensaje, incluso a través de la limitación de un simple texto sin inflexión de voz, me heló la sangre instantáneamente.
Mi padre nunca usaba la palabra "urgente" a menos que las circunstancias fueran realmente graves, algo que había aprendido a lo largo de años observando su temperamento generalmente sereno.
—¿Todo bien? —preguntó Val, despertándose lentamente con los ojos entrecerrados por el sueño, notando de inmediato el cambio en mi expresión.
—No lo sé con certeza. Mi padre quiere verme urgentemente, algo poco común en él.
Media hora después, tras una ducha rápida y un trayecto tenso conduciendo hacia la bodega, entré en el despacho de mi padre en Bodegas Ferrer y encontré algo que definitivamente no esperaba: no solo a mi padre sentado detrás de su escritorio con expresión sombría, sino también a mi tío Andreu, ambos con rostros tan preocupados que sentí que el estómago se me caía instantáneamente, incluso antes de que pronunciaran una sola palabra.
—Siéntate, Mateo —dijo mi padre, con una voz cansada que no reconocí del todo, cargada de un peso que no había escuchado desde los peores momentos de la crisis financiera de hace dos años.
—¿Qué pasa exactamente? Me estáis preocupando.
—Solvest Capital —dijo Andreu, deslizando unos papeles densos sobre la mesa hacia mí— ha estado investigando mucho más de lo que dejaron ver durante la gala benéfica.
Descubrieron, a través de canales que todavía no entendemos completamente, los problemas financieros reales de la bodega.
Las deudas acumuladas. Todo, absolutamente todo.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones de golpe, como si me hubieran dado un puñetazo directo en el estómago.
—¿Cómo consiguieron esa información confidencial?
—No importa exactamente cómo lo consiguieron —dijo mi padre, con una amargura evidente que no era propia de su carácter habitual—.
Lo que importa realmente es que ahora tienen sobre la mesa una nueva oferta, mucho más agresiva que la anterior.
No solo quieren las tierras en disputa de Els Vinyars Vells como planeaban originalmente.
Quieren comprar directamente toda Bodegas Ferrer, aprovechando estratégicamente nuestra situación de deuda, antes incluso de que termine el año completo estipulado en el testamento.
—Eso es completamente imposible legalmente. El testamento protege específicamente las tierras compartidas, no toda la operación de la bodega.
—El testamento protege Els Vinyars Vells, es cierto —confirmó Andreu, con una expresión grave—, pero no puede protegernos en absoluto de nuestros propios acreedores financieros.
Si Solvest compra estratégicamente nuestra deuda existente, técnicamente pueden forzar legalmente una venta de emergencia de toda la propiedad familiar, lo que incluiría, inevitablemente, nuestras participaciones en las tierras compartidas con los Duarte.
El mundo pareció tambalearse bajo mis pies en ese instante, el suelo del despacho familiar sintiéndose súbitamente inestable.
Todo lo que habíamos construido con Val durante las últimas semanas, todo el compromiso cuidadosamente desarrollado, la actuación que se había convertido gradualmente en algo genuinamente real, corría ahora el riesgo de desmoronarse por completo, no por ningún fallo en nuestra actuación pública, sino por algo completamente fuera de nuestro control directo.
—¿Cuánto tiempo tenemos exactamente antes de que esto se vuelva irreversible? —pregunté, con la voz más firme de lo que sentía en realidad por dentro.
—Un mes, quizás menos tiempo del que nos gustaría.
—Mi padre se pasó una mano por el rostro cansado, envejecido de repente por el peso renovado de la situación—.
Necesitamos encontrar urgentemente una manera de pagar la deuda pendiente, o de encontrar un inversor alternativo dispuesto a refinanciar, antes de que Solvest ejecute completamente su jugada estratégica.
—¿Y si hablamos directamente con los Duarte sobre esto?
—La idea me llegó de golpe, con una claridad repentina que me sorprendió incluso a mí mismo—.
Si fusionamos oficialmente las dos bodegas por completo, no solo las tierras específicas en disputa, sino toda la operación conjunta, tendríamos el capital combinado suficiente para pagar la deuda sin necesidad de vender absolutamente nada a Solvest Capital.
—¿Fusionar las bodegas por completo? —Andreu me miró como si hubiera perdido completamente la cabeza, con una expresión de incredulidad genuina—.
Mateo, eso es mucho más grande, mucho más permanente que un simple compromiso falso para cumplir técnicamente con un testamento.
Eso significaría entregar el control de generaciones enteras de historia familiar.
—O significaría salvarlo todo —respondí, con una convicción creciente que sentía asentarse en mi pecho—. Toda la historia de los Ferrer y toda la historia de los Duarte, unidas finalmente, en vez de competir desesperadamente por sobrevivir cada una por separado, debilitándose mutuamente.
Mi padre me observó largamente, con una expresión que no supe interpretar del todo al principio, hasta que finalmente asintió, despacio pero con una determinación creciente.
—Habla con Valentina directamente —dijo—.
Si ella y su madre están dispuestas a considerar seriamente esta posibilidad, tal vez exista realmente una salida viable para todos nosotros.
Pero Mateo... —Se detuvo, con una seriedad que me hizo prestar atención completa a cada palabra—.
Esto ya no es solo sobre el testamento de Rosa Duarte ni sobre cumplir técnicamente una condición legal.
Esto es sobre el futuro real y tangible de esta familia entera.
Asegúrate de que lo que sea que tengas con Valentina pueda soportar realmente ese peso enorme antes de proponerlo.
Salí de la bodega con la cabeza dándome vueltas, procesando la magnitud de lo que estaba a punto de proponer, marcando el número de Val antes de siquiera llegar completamente al coche estacionado.
—Necesito verte con urgencia —dije, en cuanto contestó al segundo tono—. Tenemos un problema serio. Y quizás también tenemos una solución posible. Pero necesito que confíes en mí en algo mucho más grande de lo que hemos hecho juntos hasta ahora.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea telefónica, y por un momento temí genuinamente que la sombra de todas las dudas que habíamos superado juntos durante las últimas semanas volviera a instalarse repentinamente entre nosotros.
—Mateo —dijo finalmente, con una firmeza en la voz que me devolvió instantáneamente la esperanza—, después de todo lo que hemos pasado juntos este último mes, ¿todavía tienes alguna duda genuina de que confío completamente en ti?
—No —admití, sintiendo un alivio profundo ante su respuesta—.
Pero lo que voy a proponerte va a cambiar absolutamente todo, Val.
Para siempre, sin posibilidad de retroceso.
Y necesito saber con certeza que estás lista para eso, no solo para cumplir el año que exige el testamento, sino para toda una vida compartida.
—Entonces ven aquí ahora mismo —dijo ella, con una determinación clara en la voz—, y dime exactamente, con todos los detalles, qué estás pensando proponer.
Y mientras conducía hacia Bodegas Duarte, con el corazón latiendo con una mezcla intensa de miedo genuino y determinación renovada, entendí con total claridad que el verdadero desafío de nuestra historia compartida recién comenzaba en ese momento.