CAPÍTULO 9 — VAL
El trayecto hasta la casa de Mateo, en las afueras de Barcelona, cerca de las viñas de Bodegas Ferrer, transcurrió en un silencio cargado de expectativa palpable, su mano sobre la mía en el cambio de marchas, mis dedos entrelazados con los suyos como si necesitara ese punto de contacto constante para no perder el valor de lo que había pedido tan abiertamente, sin ninguna vacilación, apenas minutos antes.
Las calles de la ciudad fueron cediendo poco a poco a carreteras más oscuras, bordeadas por primero edificios y después, gradualmente, por las siluetas familiares de las viñas bañadas en luz de luna, hasta que finalmente los faros del coche iluminaron el camino de entrada a su casa.
Su casa era más sencilla de lo que había imaginado durante todo este tiempo, sin el exceso ostentoso que instintivamente asociaba con el apellido Ferrer y su reputación en la región: paredes de piedra vieja que hablaban de generaciones, muebles cómodos elegidos por comodidad más que por estatus, una terraza amplia con vista directa a las hileras de viñas que se perdían en la oscuridad de la noche.
—¿Quieres una copa de vino? —preguntó, con una formalidad nerviosa que me pareció adorable, casi conmovedora, como si de repente hubiera olvidado cómo comportarse dentro de su propia casa, toda su confianza habitual momentáneamente ausente.
—Mateo.
—¿Sí, Val?
—No vine aquí por el vino, precisamente.
Cruzó la distancia entre nosotros en apenas dos pasos decididos, tomando mi rostro entre sus manos con una delicadeza que contrastaba dramáticamente con la urgencia que sentía vibrar bajo su piel, y me besó de una manera que no dejaba ningún espacio para ninguna duda residual sobre lo que ambos queríamos en ese momento, sin ninguna ambigüedad posible.
—Llevo semanas enteras pensando en esto —murmuró contra mis labios, sus manos deslizándose lentamente por mi espalda, encontrando la cremallera del vestido rojo con una lentitud deliberada que me hizo temblar de anticipación—.
Desde la fiesta de la vendimia, honestamente.
Desde antes incluso, si soy completamente sincero contigo.
—Entonces deja de pensarlo tanto —dije, sin aliento, cada palabra costándome un esfuerzo consciente— y hazlo real de una vez.
El vestido cayó al suelo entre besos cada vez más urgentes y menos controlados, su boca trazando un camino deliberado desde mis labios hasta la curva sensible de mi cuello, mientras me guiaba hacia atrás, hacia el dormitorio, tropezando ambos entre risas nerviosas compartidas y prendas de ropa que iban quedando olvidadas por el camino, marcando nuestro trayecto por la casa como un rastro de impaciencia mutua.
Caímos juntos en la cama entre risas ahogadas por más besos, su cuerpo cubriendo el mío con un peso que se sentía perfecto, calibrado exactamente, y por un momento se detuvo, apoyado en los antebrazos a ambos lados de mi cabeza, mirándome con una intensidad que me robó por completo el aliento que me quedaba.
—¿Estás segura de esto, Val? —preguntó, con una vulnerabilidad genuina que contrastaba fuertemente con todo el control que solía proyectar en público—. Porque una vez que crucemos esta línea juntos, Val, no hay vuelta atrás posible para mí. No de esta manera, no después de esto.
—Nunca he estado más segura de absolutamente nada en toda mi vida.
Eso pareció ser suficiente confirmación para él.
Se inclinó de nuevo, besándome con una intensidad renovada que borró cualquier resto de duda, sus manos explorando cada centímetro disponible de mi piel con una atención casi reverente, como si estuviera memorizando deliberadamente cada curva, cada respuesta involuntaria que arrancaba de mí con cada caricia cuidadosa.
Cuando finalmente nos unimos, envueltos en la penumbra cálida de esa habitación que olía a él, a madera vieja y a las viñas cercanas colándose por la ventana entreabierta, sentí que once años enteros de rencor acumulado y tres semanas completas de farsa cuidadosamente construida se disolvían por completo en ese instante, dejando solamente la verdad desnuda de lo que sentíamos genuinamente el uno por el otro, sin ningún filtro ni ninguna actuación de por medio.
Se movió despacio al principio, con una paciencia deliberada que me hizo comprender, con una claridad nueva, que esto no era, para ninguno de los dos, un simple encuentro casual sin consecuencias, sino algo que llevábamos semanas enteras construyendo sin admitirlo abiertamente ni siquiera ante nosotros mismos.
Susurró mi nombre contra mi piel como si fuera una plegaria repetida, y yo me aferré a él, a la solidez reconfortante de su cuerpo, al ritmo que ambos fuimos encontrando juntos, cada vez más urgente, más desesperado por la cercanía absoluta que habíamos negado durante tanto tiempo innecesario.
—Mateo —jadeé, clavando los dedos suavemente en su espalda—, no pares, por favor no te detengas ahora.
—No pienso hacerlo, te lo prometo —susurró, contra mi oído, acelerando gradualmente el ritmo hasta que el mundo entero pareció reducirse únicamente a nosotros dos, a la fricción perfecta entre nuestros cuerpos entrelazados, a la manera exacta en que encajábamos como si hubiéramos estado destinados desde siempre para este momento, desde antes de la rivalidad heredada, desde antes del rencor acumulado durante generaciones, tal vez desde la misma tierra fértil que nuestras familias habían compartido y luego dividido con tanto dolor hacía cincuenta años.
El placer llegó en oleadas sucesivas, primero para mí, con un grito que Mateo ahogó suavemente contra mis labios en un beso profundo y prolongado, y apenas segundos después para él también, con un gemido bajo y ronco que sentí vibrar contra todo mi cuerpo mientras se derrumbaba con cuidado sobre mí, sin aplastarme completamente, con la respiración entrecortada mezclándose íntimamente con la mía en el silencio posterior.
Nos quedamos así durante un largo momento suspendido, envueltos en el silencio saciado que sigue naturalmente a algo así de intenso, su cabeza apoyada con confianza en mi pecho, mis dedos trazando líneas sin ningún sentido particular por la piel cálida de su espalda desnuda.
—Bueno —dijo finalmente, con esa media sonrisa que ya empezaba a considerar, con cierta sorpresa, mi favorita entre todas las expresiones que le había visto—, creo que definitivamente podemos tachar "actuación" de la lista completa de palabras que describen lo que sea que está pasando entre nosotros dos ahora mismo.
Me reí, más relajada de lo que me había sentido en semanas enteras de tensión acumulada, y le di un golpe suave en el hombro desnudo.
—Definitivamente tachada de la lista, sin ninguna duda posible.
Se acomodó a mi lado, atrayéndome hacia su pecho con un brazo protector, y por primera vez desde la muerte de mi abuela, desde la lectura devastadora del testamento, desde toda la locura acelerada de las últimas semanas, sentí una paz genuina instalarse profundamente en mi interior, algo que llevaba mucho tiempo sin experimentar.
—Once meses y veinticinco días —murmuró Mateo contra mi pelo, con la voz cargada de un sueño que empezaba a vencerlo.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Lo que queda del año completo del testamento.
Lo estuve contando mentalmente estos últimos días.
—Sonrió contra mi frente, un gesto que sentí más que vi—.
Pero por primera vez desde que empezó todo esto, desde aquel día terrible en la notaría, no me da ningún miedo pensar en lo que pasa después de que termine oficialmente ese plazo.
—¿Y qué crees que pasa después, según tú?
—Espero —dijo, con una sinceridad que me llegó directo al corazón, sin ningún filtro— que sigamos exactamente así, juntos de esta manera.
Sin ningún testamento pendiente. Sin condiciones legales impuestas.
Solo tú y yo, eligiéndonos mutuamente porque genuinamente queremos hacerlo, no porque alguna cláusula nos obligue a ello.
Cerré los ojos, acurrucada contra su cuerpo cálido, escuchando el latido constante y reconfortante de su corazón bajo mi oído, y por primera vez en mucho, mucho tiempo, permití que la esperanza —esa cosa peligrosa e imprevisible que había evitado cuidadosamente durante años enteros de protegerme a mí misma— se instalara sin resistencia alguna en mi pecho, floreciendo silenciosamente en la oscuridad reconfortante de esa habitación compartida.