Falso Amor, Verdadera Cosecha CAPÍTULO 8 — MATEO
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CAPÍTULO 8 — MATEO

El salón de baile del Hotel Arts brillaba con esa clase de lujo calculado que solo el dinero de Solvest Capital podía pagar sin pestañear: arañas de cristal descendiendo del techo como cascadas congeladas, un cuarteto de cuerdas tocando piezas clásicas en una esquina discreta, camareros circulando con bandejas de copas de champán que probablemente costaban, cada una, más que la cena mensual de un obrero de la vendimia.

Val estaba deslumbrante. Llevaba un vestido rojo oscuro, casi del color exacto de un buen crianza envejecido en barrica, que hacía que toda la sala se girara a mirarla en cuanto entramos juntos, mi mano en su espalda baja, su brazo enlazado al mío con una naturalidad que ya no era del todo actuación calculada, sino algo que había empezado a sentirse instintivo entre nosotros.

—¿Nervioso? —me preguntó, con una sonrisa que solo yo, tan cerca, podía notar que escondía sus propios nervios evidentes, la manera en que sus dedos apretaban ligeramente mi brazo.

—Aterrado, honestamente. Nunca he sentido tanta presión en un evento social.

—Buena respuesta, sincera al menos. Yo también estoy aterrada, para que conste.

Claudia Reyes nos encontró casi de inmediato, apenas habíamos cruzado el umbral del salón, con esa sonrisa profesional que nunca llegaba del todo a los ojos, acompañada de un grupo entero de hombres trajeados que reconocí, por sus rostros en publicaciones financieras, como algunos de los inversores principales de Solvest.

—Señor Ferrer, señorita Duarte. Qué bien que hayan podido venir esta noche. —Hizo un gesto amplio hacia el grupo que la rodeaba—. Estos son algunos de nuestros socios más importantes, todos con mucho interés genuino en conocer a la pareja del momento, la que tiene a toda Barcelona hablando.

Las siguientes dos horas transcurrieron en una sucesión agotadora de conversaciones cuidadosamente calculadas, preguntas disfrazadas de curiosidad casual que en realidad eran pruebas sutiles, pequeñas trampas diseñadas específicamente para hacernos tropezar en algún detalle inconsistente de la historia que habíamos construido juntos con tanto cuidado durante las últimas semanas.

—¿Y cómo se dieron el primer beso exactamente? —preguntó una mujer mayor, con un collar de perlas que probablemente valía más que mi coche entero, mirándonos con una curiosidad que no era del todo inocente, cada palabra calculada para detectar cualquier vacilación.

—En la fiesta de la vendimia —dijo Val, sin dudar ni un segundo, apoyando la cabeza brevemente en mi hombro con una naturalidad que me sorprendió incluso a mí, acostumbrado ya a su actuación pulida—.

Delante de todo el pueblo, sin ninguna planificación previa.

Fue... inesperado. Para los dos, completamente inesperado.

—Once años de rivalidad documentada y de repente un beso apasionado en público. Qué romántico, realmente. —La mujer sonrió con aprobación aparente, aunque su mirada seguía siendo evaluadora, calculadora—. ¿Y no hay ningún resentimiento residual? ¿Nada del pasado que todavía les pese entre ustedes?

—El pasado es el pasado —dije, tomando la mano de Val entre las mías con firmeza, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel delicada—. Lo que realmente importa es que cada día que pasa, encuentro más razones genuinas para no querer imaginarme un futuro sin ella a mi lado.

No estaba actuando. Ni una sola palabra de esa declaración fue actuación calculada, y por la manera en que Val me miró en ese momento, con los ojos brillantes de una emoción que no intentó disimular ante los presentes, supe con certeza que ella también lo sabía, que había percibido la sinceridad detrás de mis palabras.

La prueba real llegó después, cuando Claudia nos pidió formalmente que bailáramos para la prensa acreditada, un vals lento bajo las luces doradas del salón, con decenas de cámaras profesionales capturando cada movimiento, cada gesto, cada mirada íntima que intercambiábamos delante de una audiencia que analizaría después cada fotograma en busca de inconsistencias.

—Están buscando grietas en la historia —murmuró Val, con la cabeza cerca de la mía, la sonrisa fija en su rostro específicamente para las cámaras que nos rodeaban—. Cualquier señal mínima de que esto no es completamente real entre nosotros.

—Entonces démosle algo genuinamente real que fotografiar, algo que no puedan cuestionar.

La incliné hacia atrás en un movimiento dramático propio de las películas clásicas, un gesto que la hizo reír de pura sorpresa genuina, una risa que reverberó por todo el salón con una calidez innegable y que capturó, sin ninguna duda, cada cámara presente en ese instante preciso.

Cuando la enderecé de nuevo con cuidado, nuestras caras quedaron a centímetros de distancia, nuestras respiraciones mezclándose, y sin pensarlo dos veces, sin ninguna vacilación calculada, la besé delante de todos.

No fue un beso calculado específicamente para las cámaras y su hambre de contenido.

Fue lento, profundo, cargado de todo lo que llevábamos semanas construyendo entre nosotros lejos de miradas ajenas, entre las viñas y en las cenas familiares improvisadas, y cuando finalmente nos separamos, el salón entero aplaudía con entusiasmo genuino, los flashes de las cámaras profesionales iluminando la escena repetidamente como fuegos artificiales silenciosos.

—Creo —dijo Claudia, apareciendo a nuestro lado con una expresión que, por primera vez en toda la noche, parecía genuinamente impresionada más allá de su fachada profesional— que Solvest queda satisfecho con lo que hemos presenciado esta noche.

Procederemos formalmente con la evaluación de la fusión de tierras la próxima semana, sin más objeciones de nuestra parte.

—¿Eso es todo? —preguntó Val, todavía sin aliento por el beso, sus mejillas sonrojadas—. ¿Pasamos la prueba oficialmente?

—Pasaron con creces, señorita Duarte, superando cualquier expectativa que tuviéramos al respecto.

—Claudia sonrió, esta vez de manera casi genuina, sin la habitual frialdad calculadora—.

Rara vez veo actuaciones tan convincentes en mi línea de trabajo, y créame que he visto muchas a lo largo de los años.

Después de que se alejara hacia otro grupo de invitados importantes, Val se giró hacia mí, con una expresión que oscilaba entre el alivio evidente y algo mucho más complicado de definir, algo más doloroso.

—Actuación —repitió, en voz baja, casi para sí misma, saboreando la palabra con una amargura inesperada.

—Val...

—No, está bien, de verdad. —Sacudió la cabeza, aunque su sonrisa parecía forzada, construida con esfuerzo—. Es exactamente lo que se supone que debe pensar la gente que nos observa. Que estamos actuando muy bien nuestros papeles asignados.

—Pero nosotros sabemos la verdad completa de lo que está pasando.

—¿La sabemos con certeza? —Me miró, con una vulnerabilidad repentina que no esperaba ver en ella en un momento como este, rodeados de gente celebrando—.

Porque a veces, Mateo, en medio de toda esta farsa elaborada, me cuesta recordar exactamente dónde termina el plan cuidadosamente construido y dónde empiezo yo, sintiendo esto de verdad, sin ningún guion de por medio.

La atraje hacia mí, ignorando deliberadamente las miradas curiosas de los invitados a nuestro alrededor, y le hablé al oído, con una sinceridad que no había planeado expresar esa noche específica pero que ya no podía contener por más tiempo.

—Entonces deja que te lo aclare completamente, Val Duarte, sin ninguna ambigüedad.

No hay ningún plan, ningún guion cuidadosamente ensayado, que me haga sentir lo que siento cuando te miro a los ojos.

No hay ninguna estrategia comercial que explique por qué cuento los días hasta verte, incluso cuando te vi apenas ayer por la tarde.

Esto —susurré, apretando su mano contra mi pecho, donde mi corazón latía con una fuerza innegable y acelerada— es lo único completamente real que he sentido en mucho, mucho tiempo.

Val cerró los ojos por un momento entero, y cuando los abrió de nuevo, brillaban con algo que se parecía peligrosamente a las lágrimas contenidas, lágrimas de una emoción que ya no intentaba disimular.

—Llévame a casa —dijo, con una determinación repentina en la voz—. Pero no a la de mi madre esta noche. A la tuya.

Y mientras salíamos de esa sala llena de gente que creía haber presenciado simplemente una actuación perfecta, cuidadosamente ejecutada para satisfacer los requisitos de un contrato legal, supe con absoluta certeza que lo único que habían visto realmente, sin saberlo del todo, era el momento exacto en que dos personas dejaron de fingir por completo, sin posibilidad de retroceder a la mentira cómoda de antes.