CAPÍTULO 7 — VAL
Las semanas antes de la gala se convirtieron en algo que no supe cómo nombrar del todo.
Ya no eran solo actuación, un guion cuidadosamente ensayado para satisfacer las exigencias de un notario y de una empresa de inversión despiadada, pero tampoco eran del todo lo que serían dos personas que se estaban enamorando de verdad, sin la sombra constante de un contrato legal pendiendo sobre sus cabezas como una amenaza silenciosa.
Mateo empezó a aparecer por la bodega casi todos los días, con excusas cada vez más débiles y transparentes —revisar los detalles de la fusión de tierras, coordinar el catering para la gala benéfica, "simplemente pasaba por aquí de camino a otro lugar"— hasta que dejamos de fingir, tácitamente, sin necesidad de decirlo en voz alta, que necesitaba una excusa en absoluto para presentarse en mi puerta.
—Tu técnica de poda está completamente mal —le dije una tarde de finales de septiembre, encontrándolo entre las viñas con las manos torpes sobre una cepa que estaba masacrando sin ninguna piedad ni conocimiento técnico, cortando en ángulos que ningún manual de viticultura aprobaría jamás.
—Nunca dije que supiera podar correctamente, Val. En ningún momento hice esa afirmación.
—Entonces, ¿por qué exactamente estás podando mis vides?
—Porque quería verte, y esta era la excusa más plausible que tenía a mano en ese momento.
—Se enderezó, con una sonrisa que ya no intentaba ocultar nada, completamente desprovista de la cautela calculadora de las primeras semanas—.
La próxima vez elegiré algo que no implique herramientas afiladas cerca de plantas que le importan tanto a tu familia y a tu economía.
Le quité las tijeras de las manos con cuidado, riendo a pesar de mí misma, y le mostré el ángulo correcto para el corte, mi mano guiando la suya sobre la cepa con paciencia, consciente de cada centímetro de cercanía entre nosotros de una manera que ya no intentaba negar ni minimizar, aceptando finalmente la realidad de lo que sentía cada vez que estábamos así de cerca.
—Así —dije, con la voz más baja de lo que pretendía, casi un susurro entre las hileras de vid.
—Así —repitió él, aunque no estaba mirando la cepa en absoluto. Me estaba mirando a mí, con una atención que no dejaba lugar a dudas sobre dónde estaba puesta realmente su concentración.
No nos besamos esa tarde específica, aunque durante un largo momento suspendido pensé que lo haríamos, que la tensión entre nosotros finalmente se rompería en ese instante entre las vides.
Nos quedamos ahí, entre las viñas doradas por la luz de la tarde, con las manos todavía entrelazadas sobre las tijeras de podar, hasta que el sonido de mi teléfono rompió el momento con un mensaje de mi madre preguntando, con una casualidad estudiada, si Mateo se quedaba a cenar esa noche.
Se quedó. Y siguió quedándose, noche tras noche, semana tras semana, hasta que mi madre dejó de preguntar por completo y simplemente puso un plato más en la mesa por pura costumbre, sin necesidad de confirmación previa.
—Tu madre me odia menos de lo que esperaba, la verdad —comentó Mateo una noche de octubre, mientras caminábamos hacia su coche después de la cena, bajo un cielo cargado de estrellas que solo se veían con esa claridad particular lejos de las luces artificiales de Barcelona.
—Mi madre nunca te odió a ti específicamente, Mateo. Odiaba lo que representabas dentro de esta historia complicada. La rivalidad heredada. La pelea de nuestros padres por unas tierras que, según parece ahora, ni siquiera empezaron siendo suyas para pelear con tanta convicción.
—¿Averiguaste algo más sobre eso? ¿Sobre tu abuela y mi abuelo, sobre lo que realmente pasó entre ellos?
Negué con la cabeza, aunque llevaba semanas queriendo preguntar directamente, sin encontrar nunca el momento correcto ni el valor suficiente.
—Solo sé que se querían profundamente. Y que algo, alguna circunstancia que nadie quiere nombrar completamente, los separó. Nadie en mi familia quiere hablar de los detalles específicos, cambian de tema cada vez que lo menciono.
—En la mía tampoco, exactamente la misma reacción.
—Se apoyó contra el coche, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, mirándome con una expresión pensativa que revelaba más vulnerabilidad de la que solía mostrar—.
A veces me pregunto si estamos repitiendo su historia sin saberlo del todo, sin ser conscientes de los patrones que estamos siguiendo.
Si vamos a terminar igual que ellos, separados por algo que ninguno de los dos pudo controlar completamente.
—No si no lo permitimos, Mateo. Nosotros tenemos algo que ellos quizás no tuvieron: la posibilidad de elegir conscientemente, sabiendo lo que sabemos.
—¿Y si el testamento termina, Val? ¿Si en un año, cuando ya no haya ninguna condición legal que nos obligue a nada, decides que fue suficiente, que cumpliste tu parte del trato y ya está?
La pregunta se quedó suspendida entre nosotros en el aire fresco de la noche, cargada de una vulnerabilidad que no esperaba de él, que rompía por completo la máscara de confianza absoluta que llevaba puesta desde que lo conocía, revelando algo mucho más frágil debajo.
—Mateo. —Me acerqué, tomando su rostro entre mis manos, obligándolo suavemente a mirarme directamente a los ojos—.
Hace un mes exacto te odiaba, o al menos creía firmemente que te odiaba.
Ahora no puedo imaginarme un año contigo que no quiera que se extienda mucho más allá de lo que dice cualquier papel legal firmado por un notario.
—¿Es eso una promesa, Val?
—Es lo más parecido a una promesa que puedo hacer ahora mismo, en este momento exacto, cuando todavía tengo miedo de admitir en voz alta cuánto me importas realmente, cuánto ha cambiado todo en tan poco tiempo.
Se inclinó hacia mí, despacio, dándome tiempo suficiente de apartarme si quería hacerlo, y cuando no lo hice, cuando me quedé quieta esperando exactamente eso, me besó con una ternura que no había estado presente en el beso público de la fiesta, algo más lento, más deliberado, más privado, como si estuviera memorizando cada segundo para sí mismo en vez de actuar para una audiencia invisible de testigos.
—La gala es en dos semanas —dijo, apoyando su frente contra la mía cuando finalmente nos separamos, ambos respirando con una intensidad que no tenía nada que ver con el frío de la noche.
—Lo sé, lo tengo marcado en el calendario con ansiedad creciente.
—Después de eso, si Solvest queda convencida con nuestra actuación, vamos a tener casi un año entero solo para nosotros, sin ninguna interrupción externa. Sin escrutinio constante. Sin cámaras siguiendo cada movimiento.
—Suena aterrador, honestamente. Tanto tiempo, tantas expectativas.
—Suena —dijo, con una sonrisa que me llegó directo al pecho, calentando algo que llevaba semanas enfriado por el miedo— a la mejor parte de todo este proceso complicado que empezó de una manera tan poco romántica.
Y mientras lo veía alejarse en su coche esa noche, con las luces traseras desapareciendo lentamente entre las viñas oscuras hasta convertirse en pequeños puntos rojos y luego en nada, entendí, con una claridad que no admitía más negación posible, que ya no estaba fingiendo nada.
Ni siquiera un poco, ni siquiera para mí misma.
Estaba, sin ninguna duda razonable que pudiera sostener por más tiempo, enamorándome completamente de Mateo Ferrer.
Y por primera vez en años, esa idea, que debería haberme aterrorizado dado todo nuestro historial de rivalidad, no me asustaba tanto como debería.