Falso Amor, Verdadera Cosecha CAPÍTULO 6 — MATEO
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CAPÍTULO 6 — MATEO

Solvest Capital había alquilado la sala más grande del hotel más caro de Barcelona para una reunión que, en teoría, era solo un trámite rutinario más dentro de un proceso legal complejo.

En la práctica, sentí desde el primer minuto que entramos por las puertas de cristal esmerilado que era un juicio disfrazado de cortesía corporativa, cada detalle del espacio diseñado para intimidar sutilmente: los techos altos, los ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad, el silencio absoluto de una alfombra tan gruesa que ahogaba hasta el sonido de nuestros propios pasos.

—Señor Ferrer, señorita Duarte. —La mujer al frente de la mesa, Claudia Reyes, directora de adquisiciones de Solvest, tenía una sonrisa profesional que no llegaba del todo a los ojos, una máscara pulida por años de negociaciones de alto riesgo—.

Gracias por venir con tan poco margen de tiempo.

Como comprenderán perfectamente, una inversión de este tamaño, con tantas cifras involucradas, requiere cierta...

diligencia exhaustiva antes de proceder con cualquier compromiso financiero.

—Por supuesto —dijo Val a mi lado, con una calma que solo yo, sentado tan cerca, podía notar que era completamente fingida, sostenida únicamente por pura fuerza de voluntad.

—Han circulado unas fotos muy interesantes de la fiesta del viernes pasado.

—Claudia deslizó una tableta sobre la mesa pulida, mostrando una imagen nítida del beso, capturada desde algún ángulo estratégico que ninguno de los dos había notado en su momento, congelada en un instante que ahora se sentía extrañamente expuesto bajo esta luz artificial y clínica —.

El compromiso parece... bastante reciente, dado el contexto histórico que todos conocemos.

—Las mejores cosas en la vida a veces llegan cuando menos las esperas —dije, apoyando una mano sobre la de Val encima de la mesa fría, un gesto que se suponía era parte cuidadosamente ensayada del guion pero que sentí en el pecho con una intensidad que no había planeado ni podido predecir.

—Once años de rivalidad familiar documentada extensamente en la prensa local —continuó Claudia, sin dejarse impresionar por nuestra actuación, su tono manteniendo esa neutralidad profesional que resultaba más intimidante que cualquier hostilidad abierta—, y de repente, comprometidos.

Perdonen mi escepticismo profesional, señor Ferrer, pero mi trabajo específico es asegurarme de que la inversión que representa Solvest no dependa de una...

ficción conveniente construida apresuradamente para satisfacer una cláusula testamentaria.

Sentí que Val se tensaba a mi lado, sus dedos apenas temblando bajo los míos. Bajo la mesa, apreté su mano con más fuerza, un mensaje silencioso que esperaba que ella entendiera con la misma claridad con la que yo lo enviaba: *aguanta, confía en mí, yo me encargo de esto*.

—Con todo respeto, señora Reyes —dijo Val, antes de que yo pudiera intervenir con mi propia respuesta preparada, su voz sonando mucho más firme de lo que había sonado hacía apenas un segundo—, once años de rivalidad no significan necesariamente que dos personas no puedan cambiar con el tiempo, que las circunstancias no puedan transformar completamente una relación.

Mi abuela y el abuelo de Mateo fueron socios, y algo más, hace cincuenta años, mucho antes de que cualquiera de nosotros naciera.

Tal vez esto no sea tan repentino como parece desde fuera.

Tal vez ha estado ahí desde siempre, latente, esperando el momento correcto para florecer.

No sabía con certeza si Val se estaba refiriendo específicamente a nuestras familias o, de manera más íntima, a nosotros mismos, y por la manera en que evitó mirarme directamente al decirlo, concentrando toda su atención en Claudia, sospeché que ella tampoco lo sabía con total certeza en ese momento.

Claudia nos observó largamente, con esa mirada evaluadora de quien lleva toda una carrera profesional detectando mentiras sutiles en salas de juntas exactamente como esta, entrenada para captar la más mínima vacilación.

—Necesito verlos interactuar más allá del contexto controlado de una reunión formal como esta —dijo finalmente, cerrando la tableta con un gesto definitivo—.

Solvest organiza una gala benéfica el próximo mes aquí en Barcelona, un evento de alto perfil con cobertura mediática significativa.

Estarán invitados, junto con la prensa local y varios de nuestros inversores principales, todos observando con atención.

Si la relación resiste ese escrutinio sostenido, procederemos formalmente con la evaluación completa del acuerdo sobre las tierras.

—Y si no resiste esa prueba —dijo Val, con la mandíbula tensa, apenas conteniendo la frustración evidente en su voz.

—Entonces asumiremos, con toda la lógica de negocios que esto implica, que el testamento fue simplemente un obstáculo temporal para una venta que, de todos modos, va a suceder eventualmente.

—La sonrisa de Claudia se hizo, si acaso, todavía más fría, más calculadora—.

Els Vinyars Vells vale demasiado dinero, representa demasiado potencial de desarrollo, como para dejarlo indefinidamente en manos de un compromiso que no logre convencer a nadie con autoridad para decidir.

Salimos del hotel media hora después, caminando en un silencio pesado por las calles adoquinadas de Barcelona, el ruido de la ciudad envolviéndonos sin realmente penetrar en la burbuja tensa que compartíamos, hasta que Val se detuvo de golpe frente a una fuente pequeña en una plaza tranquila, respirando profundamente como si hubiera estado conteniendo el aire durante toda la duración de la reunión.

—Una gala —dijo, sin mirarme directamente, su vista fija en el agua que caía en cascadas suaves—. Con prensa acreditada. Con inversores importantes observando cada gesto. Escrutinio total sin ningún respiro.

—Podemos hacerlo, Val. Ya demostramos que podemos ser convincentes.

—¿Podemos? —Se giró hacia mí, con los ojos brillantes de una frustración que reconocí porque yo sentía exactamente lo mismo hirviendo bajo la superficie—.

Mateo, ahí dentro, cuando te tomé la mano, cuando dije esas cosas sobre nuestras familias con tanta convicción...

no sé qué parte de mí estaba actuando conscientemente y qué parte no lo estaba en absoluto.

—Yo tampoco lo sé con certeza, Val. —Me acerqué, sin poder evitarlo del todo, atraído hacia ella de una manera que ya no intentaba resistir con la misma fuerza de antes—.

Pero creo que deberíamos dejar de fingir, al menos entre nosotros dos, en privado, que no lo sentimos.

En público podemos seguir con el plan cuidadosamente construido.

Pero aquí, ahora, solo nosotros dos junto a esta fuente, creo que deberíamos ser honestos por una vez.

—¿Honestos sobre qué exactamente, Mateo?

—Sobre que esto —señalé el espacio entre los dos, cargado de una tensión que llevaba días, semanas quizás, construyéndose silenciosamente bajo la superficie de cada interacción— dejó de ser solo sobre las tierras hace mucho tiempo ya. Al menos para mí, sin ninguna duda.

Val se quedó callada, mirándome con una expresión que oscilaba entre el miedo evidente y algo mucho más cálido, más vulnerable, hasta que finalmente dio un paso hacia mí, cerrando la distancia que ambos habíamos estado manteniendo con tanto esfuerzo deliberado durante días.

—Si esto sale mal —dijo, en voz baja, casi un susurro perdido entre el sonido del agua—, si en algún momento del año que viene esto se rompe por cualquier razón, no solo perdemos las tierras y la bodega.

Nos perdemos nosotros mismos, lo que sea que estemos construyendo aquí.

Y no sé si estoy lista para asumir ese riesgo tan grande.

—Yo tampoco lo sé con certeza absoluta. —Le rocé la mejilla con los dedos, con una delicadeza que me sorprendió incluso a mí mismo, un gesto que no había planeado ni ensayado—.

Pero prefiero arriesgarme contigo, con todo lo que eso implica, que seguir fingiendo indefinidamente que no quiero hacerlo.

Ella cerró los ojos por un segundo entero, como si estuviera tomando una decisión importante en ese preciso instante, y cuando los abrió de nuevo, había algo distinto en su mirada, algo que no había estado ahí antes. Determinación, tal vez. O rendición ante lo inevitable.

—La gala es en un mes —dijo, con una nueva firmeza en la voz—. Tenemos que estar completamente listos para entonces.

—Lo estaremos, Val. Te lo prometo.

—Y Mateo... —Se detuvo, con las mejillas ligeramente sonrojadas, un rubor que no tenía nada que ver con el aire fresco de la tarde—. Esta vez, cuando nos besemos delante de la prensa y los inversores, no quiero que sea solo actuación calculada.

Sonreí, de una manera que probablemente revelaba demasiado sobre lo que sentía en ese momento, pero que ya no me importaba ocultar, ni ante ella ni ante mí mismo.

—Créeme, Val. Después de la fiesta de la vendimia, ya no sé cómo besarte sin que sea completamente real.