Falso Amor, Verdadera Cosecha CAPÍTULO 5 — VAL
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CAPÍTULO 5 — VAL

No dormí. Me quedé mirando el techo de mi habitación durante horas enteras, con los labios todavía hormigueando por un beso que se suponía no debía significar absolutamente nada, repitiendo la escena una y otra vez en mi cabeza como si al analizarla lo suficiente pudiera encontrar la parte exacta donde había sido solo actuación, el instante preciso donde debería haber sentido el vacío de la mentira en vez de esa calidez inesperada que todavía persistía, horas después, en algún lugar impreciso de mi pecho.

No la encontré. Porque no la hubo. Cada vez que repasaba el momento, cada detalle se sentía igual de real: la manera en que sus manos se habían posado en mi cintura con una firmeza que no era puramente coreografía, la manera en que había inclinado la cabeza con una naturalidad que ningún ensayo podría haber producido.

Bajé a la cocina antes del amanecer, cuando la casa todavía estaba envuelta en ese silencio particular de las horas previas al alba y las viñas afuera empezaban apenas a distinguirse de la oscuridad, sus siluetas emergiendo lentamente como fantasmas familiares, y encontré a mi madre ya despierta, sentada a la mesa con una taza de café entre las manos y una expresión que me hizo detenerme en el umbral de la puerta.

—Todo el pueblo habla de anoche —dijo, sin levantar la vista de la taza, el vapor subiendo en espirales delicadas hacia su rostro cansado.

—Era lo que queríamos, mamá. El objetivo era exactamente ese.

—¿Era? —Finalmente me miró, con esos ojos que siempre parecían ver más de lo que yo quería mostrar, más de lo que cualquier persona debería ser capaz de percibir con una sola mirada—.

Val, vi cómo lo mirabas cuando pensabas que nadie te veía.

Estaba ahí, entre la multitud, observándote a ti observándolo a él.

—Estaba actuando, mamá. Es literalmente mi trabajo ahora durante los próximos doce meses.

—Yo también actué durante años, cariño, cuando conocí a tu padre, antes de que las cosas se volvieran reales entre nosotros de una manera que ninguno de los dos esperaba al principio.

Sé exactamente cómo se ve la actuación. —Se levantó, dejó la taza en el fregadero con un gesto deliberado, y antes de salir de la cocina se detuvo a mi lado, apoyando una mano cálida en mi hombro—.

Y sé cómo se ve cuando deja de serlo, cuando la línea entre el papel y la persona real empieza a desdibujarse sin que uno se dé cuenta.

Me quedé sola en la cocina durante mucho tiempo después de eso, con las palabras de mi madre dando vueltas incesantes en mi cabeza junto con el recuerdo persistente del beso, hasta que el sonido de un coche en la entrada me sacó abruptamente de mis pensamientos circulares.

Mateo. Por supuesto que era Mateo, con esa puntualidad exasperante que tenía para las cosas que, en teoría, no quería hacer, como si llegar temprano pudiera acelerar de alguna manera el momento incómodo de procesar lo que había pasado entre nosotros la noche anterior.

—Vengo en son de paz —dijo, levantando una bolsa de papel en cuanto abrí la puerta, con una sonrisa cautelosa que no le había visto antes, algo más vulnerable que su fachada habitual de confianza absoluta—.

Croissants. De la panadería de la plaza.

Los que te gustaban de pequeña, según mi hermana Carla, que aparentemente sabe más sobre tu infancia que yo mismo, a pesar de que supuestamente somos rivales de toda la vida.

—¿Qué haces aquí, Mateo? Todavía es temprano.

—Creo que deberíamos hablar de anoche antes de que empiece otro día lleno de logística y planificación.

—No hay nada que hablar. Fue parte del plan que trazamos juntos.

—Val. —Su voz se volvió más seria, más directa, y por primera vez desde que lo conocía de adulto, pareció genuinamente inseguro, sin ese aire de control absoluto que llevaba como una segunda piel cuidadosamente construida—.

No me mires así, con esa expresión de negación total.

Sabes tan bien como yo que eso no fue actuación. Ni un segundo de eso fue fingido.

El estómago me dio un vuelco que ya empezaba a reconocer como una señal peligrosa, una advertencia de que estábamos entrando en un territorio para el que ninguno de los dos tenía mapa alguno.

—Tenemos un contrato, en cierto modo —dije, retrocediendo un paso hacia el interior de la casa, necesitando la distancia física más de lo que quería admitir en voz alta—. Un año. Después cada uno vuelve a su vida separada. No podemos permitirnos complicarlo con... con esto.

—¿Con qué exactamente, Val? Termina la frase.

—Con sentimientos reales que no estaban en el plan original.

Lo vi procesar mis palabras, la mandíbula tensándose visiblemente, los ojos fijos en los míos con una intensidad que me costaba sostener sin apartar la mirada.

—Entonces lo que sentiste anoche no fue real —dijo, no como pregunta sino como un desafío directo, casi acusatorio—. Es eso lo que estás intentando decirme.

—No dije eso exactamente.

—Dijiste "sentimientos reales", como si asumieras automáticamente que yo los tengo y tú no, como si la reacción fuera unilateral.

—Mateo, no es tan simple...

—Solo contesta la pregunta directamente, Val. ¿Sentiste algo real anoche, o no? Sin evasivas, sin excusas sobre planes y contratos.

El silencio se extendió entre nosotros, cargado de todo lo que ninguno de los dos quería confesar en voz alta delante del otro, hasta que el sonido de mi teléfono lo rompió abruptamente: un mensaje de Ferran Puig, el notario, con un asunto que me heló la sangre instantáneamente, incluso antes de abrirlo por completo.

*Solvest Capital ha solicitado una reunión urgente. Han visto las fotos de anoche circulando en redes sociales locales. Quieren verificar la autenticidad del compromiso antes de proceder con cualquier acuerdo sobre las tierras en disputa. Reunión el lunes, 10 AM, en su sede de Barcelona.*

—¿Qué pasa? —preguntó Mateo, notando el cambio inmediato en mi expresión, la manera en que la sangre parecía haberse retirado de mi rostro.

Le mostré el mensaje sin decir nada, las manos temblando ligeramente al sostener el teléfono. Lo leyó dos veces completas, y vi cómo la misma tensión que sentía yo se reflejaba con claridad en su rostro, cada línea de preocupación visible.

—Van a interrogarnos —dijo finalmente, con la voz cargada de una nueva gravedad—. Como pareja de verdad. Van a buscar cualquier grieta.

—Van a intentar hacernos fallar, es exactamente lo que quieren lograr.

—Entonces no podemos fallar bajo ninguna circunstancia.

—Se acercó un paso hacia mí, y esta vez no retrocedí, aunque sabía perfectamente que debería mantener la distancia—.

Sea lo que sea esto entre nosotros, Val, real o actuado o las dos cosas entrelazadas a la vez de una manera que ninguno de los dos entiende completamente todavía, tenemos que estar unidos el lunes.

Tenemos que ser absolutamente perfectos delante de ellos.

—¿Y después de esa reunión? ¿Qué pasa después?

—Después —dijo, con una expresión que no supe descifrar del todo, oscilando entre la determinación pura y algo más suave, más peligroso, algo que se parecía sospechosamente a la esperanza— nos preocupamos de lo que sea que esto se está convirtiendo entre nosotros dos.

Asentí, aunque el corazón me latía con una fuerza que no tenía absolutamente nada que ver con Solvest Capital ni con las tierras en disputa ni con ningún contrato legal cuidadosamente redactado.

Tenía tres días exactos para averiguar cómo fingir, delante de un grupo de inversores despiadados y calculadores, algo que empezaba a temer, con una honestidad incómoda que no podía seguir evitando, que ya no era mentira en absoluto.