CAPÍTULO 4 — MATEO
La fiesta de la vendimia se celebraba en los mismos jardines desde hacía más de un siglo, entre las viñas de Els Vinyars Vells, en ese terreno neutral que ahora, técnicamente y de manera un tanto absurda, nos pertenecía a los dos.
Las luces colgaban entre los árboles centenarios, entrelazadas con cuidado por manos que llevaban décadas repitiendo el mismo ritual anual; las mesas se llenaban de jamón ibérico, quesos curados y las mejores botellas de ambas bodegas —una tregua silenciosa que se repetía cada año, aunque el resto de los trescientos sesenta y cuatro días restantes fuéramos enemigos declarados sin ninguna ambigüedad—, y todo el pueblo estaba ahí, esperando vernos, esperando el espectáculo que ya se había convertido en el tema de conversación principal de toda la comarca.
Sentí las miradas antes de ver las caras.
Val caminaba a mi lado con el brazo enlazado al mío, la espalda recta, la sonrisa perfectamente calibrada para proyectar exactamente la cantidad correcta de felicidad discreta, y solo yo, que llevaba toda la tarde estudiándola como quien estudia un mapa peligroso antes de cruzar territorio enemigo, podía notar la tensión oculta en su mandíbula, el ligero temblor en los dedos que sostenían mi brazo con más fuerza de la necesaria.
—Todo el mundo nos está mirando —murmuró, sin mover apenas los labios, como una ventrílocua profesional entrenada durante años para este tipo de situación.
—Es lo que queríamos, Val. Recuerda el plan.
—Es horrible. Siento que estoy en un escaparate.
—Sonríe más. Van a pensar que te estoy torturando.
—Te voy a pisar el pie en cuanto tenga oportunidad, Ferrer.
Me reí, de verdad, más fuerte de lo que pretendía en ese contexto tan público, y noté cómo algunas cabezas se giraban hacia nosotros con una curiosidad renovada, casi hambrienta. Perfecto. Exactamente lo que necesitábamos para empezar a construir la narrativa que sostendría todo el año siguiente.
—Mateo Ferrer. —La voz de mi tío Andreu llegó antes que su mano en mi hombro, pesada y firme, cargada de años de autoridad familiar—. Y la señorita Duarte. Vaya sorpresa nos habéis dado a todos.
—Buenas noches, tío. —Sentí a Val tensarse todavía más a mi lado, su sonrisa apenas vacilando—. Val y yo queríamos anunciarlo aquí, en la fiesta, delante de todos. Nos pareció el lugar correcto para empezar esta nueva etapa.
—El lugar correcto —repitió Andreu, con una ceja levantada que no supe interpretar del todo, aunque no me gustó particularmente cómo sonó, cargado de un escepticismo que no intentaba disimular—.
Después de once años de que esta chica te llamara "el rey de la nada" delante de todos nosotros, en esta misma fiesta, si mi memoria no me falla.
—Los tiempos cambian —dijo Val, con una sonrisa tan brillante que casi me convenció a mí también, a pesar de saber perfectamente que era pura actuación—. Las personas también cambian, Andreu. Espero que puedas darnos el beneficio de la duda.
Andreu nos miró largamente, primero a ella, luego a mí, con esa mirada calculadora que había hecho fortuna en negocios de vino durante cuarenta años de carrera y que no se dejaba engañar fácilmente por nadie, ni siquiera por su propio sobrino.
—Espero que sepas lo que haces, muchacho —dijo finalmente, dándome una palmada en el hombro que sonó más a advertencia velada que a felicitación genuina, antes de alejarse hacia el bar improvisado bajo los árboles.
—Eso fue tenso —susurró Val en cuanto se alejó lo suficiente como para no escucharnos.
—Mi tío es así con todo el mundo, no te lo tomes personalmente.
—No parecía convencido en absoluto.
—Nadie va a estar completamente convencido la primera noche, Val.
Sería sospechoso si lo estuvieran. —Le ofrecí una copa de vino que había cogido de la mesa más cercana, uno de los nuestros, un Ferrer Reserva que conocía de memoria, cada nota de su sabor grabada en años de cenas familiares—.
Tenemos un año entero por delante para eso, para construir la credibilidad poco a poco.
Bailamos, porque era lo que se esperaba de nosotros, lo que cualquier pareja recién comprometida haría en una celebración como esta, y descubrí, con cierta sorpresa, que Val bailaba mejor de lo que recordaba de las pocas veces que la había visto hacerlo de adolescente en fiestas similares, con una gracia práctica y sin adornos innecesarios, como si hasta el baile lo tratara con la misma eficiencia metódica con la que dirigía la producción de su bodega.
—Tienes que dejar de mirarme así —dijo, con la cabeza apoyada apenas en mi hombro, lo suficientemente cerca para que pareciera íntimo ante los ojos de los observadores, lo suficientemente lejos para que técnicamente, en teoría, no lo fuera del todo.
—¿Así cómo exactamente?
—Como si estuvieras memorizando algo importante.
Tenía razón, aunque no se lo admitiría en voz alta bajo ninguna circunstancia.
Estaba memorizando algo: la manera en que el pelo se le escapaba del recogido elaborado con pequeños mechones sueltos alrededor de su rostro, la línea delicada de su cuello cuando giraba la cabeza para saludar a algún conocido, el aroma de su perfume mezclado con el aire fresco de las viñas en septiembre, algo floral pero no empalagoso.
Detalles inútiles que no deberían importarme en absoluto, que no me importaban hace apenas tres semanas, cuando Val Duarte era solo un nombre que asociaba automáticamente con años de rencor familiar y una humillación pública que todavía dolía en los rincones más orgullosos de mi memoria.
—Estoy actuando —dije, aunque la palabra me supo extraña en la boca, como si mi propio cuerpo se resistiera a pronunciarla con convicción—. Se supone que tengo que mirarte así para que esto sea creíble.
—Ah. —Algo en su voz se apagó ligeramente, aunque no supe interpretar por qué, ni si debía preocuparme por ese cambio sutil—. Claro, por supuesto.
La música cambió, más lenta, más cargada de intención romántica, y a nuestro alrededor las demás parejas se acercaron más entre sí, siguiendo el ritmo con una intimidad relajada que envidié momentáneamente, y por instinto, o por el papel que estábamos representando delante de decenas de testigos, o por algo que no quise nombrar todavía ni siquiera dentro de mi propia cabeza, acerqué a Val un poco más hacia mí, sintiendo la calidez de su cuerpo a través de la tela fina del vestido verde.
—Nos están mirando otra vez —dijo, casi sin aliento, su pulso visible en el punto delicado de su cuello.
—Lo sé, Val.
—¿Qué hacemos?
Miré hacia abajo, hacia su cara levantada hacia la mía, hacia esos ojos oscuros que once años atrás me habían mirado con un desprecio que me perseguía todavía en sueños ocasionales que nunca admitiría en voz alta ante nadie, y sentí que la respuesta se me escapaba de las manos, del guion cuidadosamente escrito que habíamos construido juntos durante las últimas semanas, de las reglas que yo mismo había propuesto con tanta confianza apenas unos días atrás.
—Creo —dije, bajando la voz hasta que fue casi un susurro, apenas audible por encima de la música—, que esto es exactamente el momento del que hablábamos. El del primer beso.
Val no se apartó. No dijo que no. Su mano, apoyada en mi pecho, se cerró apenas sobre la tela de mi camisa, sus dedos curvándose ligeramente, y por un segundo interminable ninguno de los dos se movió, como si ambos estuviéramos esperando que el otro rompiera el hechizo, que dijera que esto era ridículo, que era solo trabajo, que era solo actuación cuidadosamente calculada para engañar a un pueblo entero.
Nadie lo dijo.
Y cuando finalmente la besé, delante de todo el pueblo, delante de mi tío Andreu, delante de once años de rencor acumulado que se disolvió en el instante exacto en que nuestros labios se encontraron, no sentí nada de lo que había planeado sentir, ninguna de las emociones controladas y calculadas que había anticipado durante horas de preparación mental.
No fue actuación. Ni por un segundo.
Val se apartó primero, con los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada, la mano todavía apoyada en mi pecho como si necesitara el punto de apoyo para mantener el equilibrio.
—Eso —dijo, con la voz temblando apenas, apenas perceptible pero innegable— fue muy convincente.
—Sí —respondí, aunque mi propia voz no sonaba mucho más firme que la de ella, cargada de la misma sorpresa desconcertante—. Lo fue.
Y mientras la música seguía sonando a nuestro alrededor y todo el pueblo aplaudía sin saber que acababa de presenciar el momento exacto en que la farsa dejó de ser solo una farsa, entendí, con una claridad que me heló y me quemó a partes iguales, que estábamos en serios problemas.
Problemas mucho más grandes que perder unas tierras, mucho más complicados que cualquier cláusula legal de un testamento manipulador.