CAPÍTULO 3 — VAL
La palabra "compromiso" empezó a sentirse real el día en que mi madre entró en mi habitación con tres cajas de anillos y una expresión que no supe leer del todo: mitad esperanza, mitad advertencia, como si supiera algo sobre lo que se avecinaba que yo todavía no había comprendido.
—Tiene que ser convincente —dijo, dejando las cajas sobre mi cama como si fueran ofrendas religiosas—. La gente de aquí se da cuenta de todo, Val. Si el anillo parece elegido a última hora, sin ningún cuidado, lo van a notar. Y si lo notan, todo lo demás se derrumba.
—Es que fue elegido a última hora, mamá. Es una farsa. Un anillo no va a cambiar eso.
—No para el pueblo. —Se sentó a mi lado en el borde de la cama, y por un momento pareció mucho más cansada que de costumbre, con arrugas alrededor de los ojos que yo no recordaba de hace apenas unas semanas, antes de que la enfermedad de mi abuela se agravara tan rápidamente—.
Val, si esto no funciona, perdemos Els Vinyars Vells.
Perdemos la mitad de nuestra producción anual.
Perdemos... —No terminó la frase. No hacía falta que la terminara.
Ambas sabíamos exactamente lo que estaba en juego: no solo tierra, sino generaciones de trabajo, la reputación construida con tanto esfuerzo, el legado completo de mi abuela reducido a nada.
Abrí las tres cajas una por una, examinando cada anillo con una atención que se sentía extrañamente ceremonial para algo que se suponía era pura logística.
El primero era demasiado grande, con una piedra que gritaba ostentación de una manera que no encajaba con quien yo era.
El segundo era elegante pero frío, todo líneas rectas y ángulos precisos.
Elegí finalmente el tercero, el más sencillo de los tres, uno con una piedra pequeña y una banda delgada de oro viejo, porque de alguna manera me pareció menos mentira que los otros dos, más discreto, más como algo que yo misma habría elegido si alguna vez hubiera creído genuinamente en este tipo de cosas, en promesas y compromisos y futuros compartidos.
Mateo llegó esa tarde con una carpeta llena de horarios impresos con una precisión casi militar, como si estuviéramos planeando una fusión empresarial complicada en vez de un compromiso romántico, lo cual, siendo completamente honesta conmigo misma, no estaba tan lejos de la verdad de lo que realmente era esta situación.
—Fiesta de la vendimia, viernes —dijo, extendiendo la carpeta sobre la mesa de la cocina con un gesto que sugería semanas de planificación meticulosa—.
Después tenemos la cena con los inversores de Solvest el mes que viene, donde vamos a tener que demostrar de manera convincente que la fusión de tierras tiene sentido porque nuestras familias ya no están en guerra abierta. Y luego...
—Espera. —Levanté una mano, sintiendo que la cabeza empezaba a darme vueltas ante la magnitud de lo que se avecinaba—. ¿Cuántos eventos hay en esta lista exactamente?
—Doce. Solo en los primeros tres meses.
—¿Doce?
—Bienvenida a mi vida, Duarte. —Se sentó frente a mí, sin que se lo pidiera, con esa comodidad exasperante de quien siempre actúa como si estuviera en su propia casa, sin importar dónde se encuentre físicamente—.
Los Ferrer no hacemos nada a medias, nunca lo hemos hecho.
Si vamos a mentirle a todo el mundo sobre algo tan importante, lo vamos a hacer bien, con la misma dedicación que le pondríamos a cualquier negocio real.
—Qué reconfortante saber que tu familia aplica el mismo perfeccionismo a las mentiras que al vino.
—Deberíamos establecer reglas antes de que esto avance más.
—Sacó un bolígrafo de su bolsillo interior, como si fuéramos a firmar un contrato formal, lo cual, otra vez, no estaba tan lejos de la realidad de lo que estábamos construyendo—.
Primero: nada de peleas en público, bajo ninguna circunstancia.
Nada de comentarios sobre las tierras, ni sobre el pasado, ni sobre quién arruinó a quién en la fiesta de hace once años.
—Tú arruinaste a quién en la fiesta de hace once años. Solo para que quede claro desde el principio.
—Regla número uno, Val. Ya empezamos mal si no podemos ni siquiera acordar en algo tan básico.
Apreté los labios, resistiendo con dificultad las ganas de recordarle exactamente lo que había dicho aquella noche, palabra por palabra, cada sílaba grabada en mi memoria con una precisión dolorosa, aunque él pareciera empeñado en actuar como si no se acordara con la misma claridad que yo.
—Segundo —continuó, ignorando deliberadamente mi comentario anterior—, necesitamos una historia coherente de cómo empezó todo esto. Algo emocional, algo memorable. Algo que la gente quiera repetir en las cenas y en las conversaciones de café.
—Ya lo dijimos. El funeral. El dolor compartido nos unió.
—Necesitamos más que eso, Val. Necesitamos detalles específicos, verosímiles.
—Se inclinó hacia adelante, y por primera vez desde que había llegado, bajó la voz, como si lo que iba a decir fuera solo para mí, un secreto compartido entre los dos—.
La gente va a preguntar cómo fue el primer beso.
Es la pregunta obligatoria en cualquier historia de compromiso, la que todo el mundo quiere escuchar con lujo de detalles.
Sentí que el estómago me daba un vuelco que no tenía nada que ver con la comida que había olvidado desayunar esa mañana.
—¿El primer beso?
—Va a pasar, Val. En algún momento, delante de alguien, delante de las cámaras probablemente, vamos a tener que besarnos, o esto no va a funcionar en absoluto. Nadie se cree un compromiso genuino sin ni una sola muestra pública de afecto real.
—Podemos evitarlo. Ser... reservados. Discretos, como suelen serlo las parejas más tradicionales.
—¿Reservados? —Se rio, esa risa corta que empezaba a reconocer como su manera particular de disfrazar los nervios genuinos detrás de una fachada de confianza—.
Val, tu propia abuela puso una condición muy específica sobre que esto sea "creíble".
El notario lo dijo en voz alta, delante de testigos.
Si Solvest sospecha, aunque sea un poco, que esto es puro teatro, van a impugnar el testamento inmediatamente, y créeme, tienen los abogados y los recursos para hacerlo sin ninguna dificultad.
Tenía razón, otra vez, y odiaba que tuviera razón, otra vez, más de lo que odiaba casi cualquier otra cosa en el mundo en ese preciso momento de mi vida.
—Está bien —dije, con la voz más firme de lo que sentía por dentro—. Nos besaremos. Cuando sea estrictamente necesario. Solo cuando sea necesario para mantener la credibilidad.
—Solo cuando sea necesario —repitió, y por un segundo algo cruzó su expresión que no supe nombrar del todo. Diversión, tal vez. O algo más peligroso, algo que preferí no examinar demasiado de cerca en ese momento.
Las siguientes dos semanas transcurrieron en una sucesión de reuniones logísticas, llamadas con relaciones públicas contratadas específicamente para gestionar la narrativa de nuestro compromiso, y visitas ocasionales de Mateo a la bodega que, para mi propia sorpresa, empezaron a sentirse menos como una imposición y más como una rutina extrañamente cómoda.
El viernes de la fiesta de la vendimia llegó demasiado rápido, como suelen llegar las fechas que uno preferiría evitar indefinidamente.
Me puse el vestido que mi madre había elegido cuidadosamente, un verde oscuro que combinaba, de forma casi ridícula pero innegablemente elegante, con la etiqueta de nuestra mejor cosecha, y me quedé mirando el anillo en mi dedo durante más tiempo del que quería admitir, sintiendo el peso extraño de un símbolo que se suponía no significaba nada real pero que ya empezaba a sentirse más pesado de lo esperado.
Mateo llegó a buscarme a las ocho en punto, vestido de manera impecable, como siempre parecía estarlo, y por un momento, cuando lo vi de pie en la puerta de mi casa con un ramo de flores que probablemente había comprado alguna asistente eficiente contratada específicamente para estos detalles, sentí una punzada extraña en el pecho que decidí ignorar por completo, atribuyéndola simplemente a los nervios de la noche que se avecinaba.
—¿Lista? —preguntó, ofreciéndome el brazo con una ceremonia exagerada que me hizo poner los ojos en blanco a pesar de mí misma.
—Nunca voy a estar lista para esto, honestamente.
—Esa es la actitud correcta para un compromiso feliz, Val. Deberíamos anotar esa frase para el discurso de la boda.
Le di un codazo, más fuerte de lo necesario, y él se rio de verdad, una risa que sonó distinta a todas las que le había escuchado antes durante estas semanas: menos calculada, más real, más parecida a la risa despreocupada que tal vez había tenido antes de que la rivalidad familiar y las responsabilidades de heredero le enseñaran a controlar cada gesto público.
Y mientras caminábamos juntos hacia el coche, hacia una fiesta llena de gente que iba a examinar cada uno de nuestros gestos buscando la mentira detrás de la fachada, pensé, con una claridad incómoda que no esperaba tener todavía, que tal vez el problema no iba a ser convencer a los demás de que esto era real.
El problema iba a ser no empezar a convencerme a mí misma de la misma mentira.