CAPÍTULO 2 — MATEO
Le dije a Val que no teníamos opción, y era verdad, pero no le dije toda la verdad.
No le dije que, cuando salí de la notaría y llegué al coche, tuve que sentarme durante quince minutos enteros antes de poder arrancar el motor, porque las manos me temblaban de un modo que no me había pasado desde la quiebra del banco, hace dos años, cuando mi padre me llamó a su despacho, cerró la puerta con un cuidado innecesario, y me dijo, con la voz rota de una manera que nunca antes había escuchado en él, que tal vez perdíamos todo.
Bodegas Ferrer. Ciento cuarenta años de historia, generaciones enteras de manos trabajando la misma tierra, de decisiones tomadas con el peso de un apellido que significaba algo en toda Cataluña.
Y todo dependía ahora, de la manera más absurda posible, de que yo convenciera a Valentina Duarte —la misma mujer que a los dieciséis años me había mirado con un desprecio que todavía recordaba en los detalles más pequeños— de fingir que me amaba delante de todo el mundo.
—Podría ser peor —dijo mi hermana Carla esa noche, sirviéndose una copa de nuestro propio tinto en la cocina de la casa familiar, con esa costumbre suya de decir lo obvio con total seriedad, como si estuviera anunciando el clima—.
Podrías estar comprometido con alguien que realmente te quisiera.
Imagínate la presión de tener que corresponder sentimientos genuinos.
—No tiene gracia, Carla.
—Un poco sí. —Se sentó frente a mí, con las piernas cruzadas sobre la silla de la cocina, estudiándome como solo una hermana menor sabe hacerlo, con esa mezcla exacta de cariño y crueldad que había perfeccionado durante veintiséis años de convivencia —.
Val Duarte. La misma Val Duarte que te llamó "el rey de la nada" delante de todo el pueblo en la fiesta de la vendimia.
Todavía me acuerdo de la cara que pusiste.
—Tenía dieciséis años. Yo tenía diecisiete. Fue hace mucho tiempo, Carla.
—Y aun así te acuerdas de las palabras exactas.
No respondí, porque tenía razón, y odiaba cuando tenía razón, algo que ocurría con una frecuencia irritante.
Me acordaba de las palabras exactas porque me acordaba de todo lo que tuvo que ver con Val Duarte esa noche de hacía once años: el vestido azul que llevaba, sencillo pero que le quedaba de una manera que ningún otro vestido de ninguna otra chica del pueblo había logrado llevar; la manera en que se reía antes de que yo lo arruinara todo con un comentario estúpido sobre su familia que ni siquiera pensaba en serio, que solo quería impresionar a mis amigos, quienes en ese entonces me parecían las personas más importantes del mundo.
Me acordaba de su cara cuando entendió que hablaba en serio, esa transformación instantánea de la alegría al desprecio.
Me acordaba, sobre todo, de no haberme disculpado nunca, ni siquiera cuando tuve mil oportunidades de hacerlo durante los años siguientes, cada vez que nos cruzábamos en algún evento del pueblo y ella me miraba como si fuera menos que nada.
—Once años —dije en voz alta, como si decirlo ayudara a que tuviera algún sentido lógico—. Y ahora tengo que mudarme con ella. Fingir que la amo delante de la prensa. Delante del pueblo entero, que todavía recuerda perfectamente cada capítulo de nuestra rivalidad familiar.
—Delante de papá —añadió Carla, más suave, sin la ironía habitual en su voz.
Eso dolió más de lo que esperaba, mucho más de lo que estaba preparado para admitir en voz alta.
Mi padre llevaba dos años cargando con la vergüenza silenciosa de haber estado a punto de perder todo lo que su propio padre había construido con sus manos, todo lo que representaba llevar el apellido Ferrer en una región donde ese nombre todavía significaba algo.
Si yo lograba salvar la bodega —aunque fuera con un compromiso falso, aunque fuera mintiéndole a todo el mundo durante un año entero— tal vez podría devolverle algo de la paz que había perdido durante esos dos años de números rojos y llamadas nocturnas con el banco.
Y si fallaba, si Val y yo no lográbamos que nadie se creyera esta farsa durante un año entero, perderíamos las tierras del Penedès, las mismas tierras que, según los rumores que nunca nadie confirmó del todo, mi abuelo Joaquín y la abuela de Val habían compartido de jóvenes, antes de que algo —nadie sabía exactamente qué— los separara para siempre, dividiendo no solo la tierra sino también, aparentemente, dos vidas enteras.
Nunca supe qué pasó entre ellos con detalle.
Mi padre tampoco quería hablar de eso, cambiaba de tema cada vez que yo intentaba preguntar, con una incomodidad que sugería que había más historia de la que jamás nos había contado.
Pero ahora, sentado en la cocina con una copa de vino que no me sabía a nada, con el peso completo de un testamento manipulador recién revelado, empecé a preguntarme si el testamento de Rosa Duarte no era solo una condición legal astuta.
Tal vez era una disculpa tardía. O una segunda oportunidad, cincuenta años tarde, entregada a la generación equivocada, la que ni siquiera había pedido cargar con el peso de una historia de amor perdida.
Al día siguiente fui a Bodegas Duarte porque alguien tenía que empezar a organizar los detalles logísticos de esta locura, y prefería que fuera yo antes de que Val encontrara una excusa para posponerlo indefinidamente, algo que sospechaba que haría dado el desprecio evidente que había mostrado en la notaría.
La encontré en la sala de barricas, un espacio fresco y oscuro que olía intensamente a madera de roble y a vino en fermentación, revisando unas muestras con el ceño fruncido, sosteniendo una copa contra la luz que se filtraba por una pequeña ventana en lo alto de la pared de piedra.
Estaba vestida con ropa de trabajo: unos vaqueros gastados, una camisa remangada, el pelo recogido de cualquier manera con lo que parecía un lápiz atravesado, sin ningún rastro del traje elegante y controlado del funeral.
Y, para mi absoluta irritación, me pareció más bonita así, en su elemento, concentrada en algo que claramente le importaba, que en cualquier fiesta elegante a la que la hubiera visto asistir durante los últimos once años.
—No te esperaba —dijo, sin levantar la vista de la muestra que sostenía contra la luz, aunque algo en la tensión de sus hombros sugería que había escuchado mis pasos desde el momento en que entré.
—Tenemos que hablar de logística.
—Qué romántico. —Su tono estaba cargado de un sarcasmo tan afilado que casi admiré la precisión.
—Val.
Finalmente me miró, dejando la muestra sobre la mesa de trabajo, y por un segundo pude ver el cansancio real detrás de la hostilidad, el peso evidente de haber perdido a su abuela hacía menos de una semana y ahora tener que planear una farsa complicada encima de un duelo que apenas había empezado a procesar.
—¿Qué logística? —preguntó, más suave de lo que esperaba, la hostilidad cediendo un poco ante el cansancio genuino.
—La prensa se va a enterar en cuanto alguien hable de más, y en un pueblo de este tamaño, alguien siempre habla de más. Necesitamos una historia coherente. Cómo empezamos, cuándo, por qué de repente estamos juntos después de años de... —hice un gesto vago, buscando la palabra correcta— esto.
—¿Esto?
—Odiarnos. La rivalidad. Como se llame oficialmente lo que ha existido entre nuestras familias durante cincuenta años.
Ella dejó la muestra sobre la mesa y se cruzó de brazos, estudiándome con la misma mirada clínica y evaluadora con la que había estudiado el vino un momento antes, como si yo fuera otra muestra que necesitara analizar cuidadosamente antes de emitir un juicio.
—Podemos decir que nos reencontramos en el funeral de mi abuela.
Que el dolor compartido nos unió de una manera inesperada.
—Su voz salió cargada de sarcasmo evidente, pero algo en su expresión vaciló al decirlo, algo sutil que sugería que la idea, aunque falsa, la incomodaba por razones que no tenían nada que ver con la simple mentira que estábamos construyendo.
—Es creíble —admití, sopesando la propuesta con la parte de mi cerebro acostumbrada a evaluar estrategias comerciales—. La gente quiere creer en historias así. Les da esperanza de que hasta las peores rivalidades pueden sanar.
—La gente es idiota.
—La gente —corregí, con más paciencia de la que sentía en realidad— quiere ver que hasta los Duarte y los Ferrer pueden dejar atrás medio siglo de rencor acumulado.
Eso vende. Eso convence a los inversores de que la fusión de tierras tiene sentido comercial, en vez de parecer una guerra territorial disfrazada torpemente de romance conveniente.
Val me miró largamente, con una expresión que sugería que estaba reconsiderando algo importante, sopesando pros y contras con la misma seriedad con la que evaluaba una cosecha nueva.
—Odio que tengas razón.
—Me pasa seguido, la verdad.
—No te acostumbres. —Pero había algo distinto en su tono ahora, algo menos afilado, casi imperceptiblemente más suave—. ¿Cuándo empezamos con esto exactamente?
—¿La farsa completa?
—El compromiso. Los eventos públicos. Todo lo que implica esto.
Saqué el teléfono, donde ya tenía anotada la primera fecha inevitable en el calendario, la que llevaba pensando toda la noche mientras no lograba dormir, dándole vueltas a cada posible escenario.
—La fiesta de la vendimia es en tres semanas.
Vi el momento exacto en que ella hizo la misma conexión que yo había hecho la noche anterior: la última vez que estuvimos juntos en esa fiesta específica, hace once años, terminamos siendo enemigos declarados delante de todo el pueblo, en un episodio que ambos, evidentemente, seguíamos recordando con una claridad incómoda.
—Vamos a tener que hacer un trabajo espectacular —dijo Val, con una sonrisa que no era del todo amable, pero tampoco era del todo hostil, algo intermedio y más complicado—, para que nadie recuerde lo que pasó la última vez que estuvimos en esa misma fiesta.
—Confía en mí, Duarte. —Me acerqué un paso, sin saber muy bien por qué lo hacía, solo sabiendo que la distancia entre nosotros se sentía distinta ahora que ambos sabíamos que íbamos a fingir que no existía, que íbamos a tener que actuar una intimidad que hasta hace unos días habría parecido completamente imposible—. Soy muy bueno actuando.
—Eso —dijo ella, sin apartar la mirada, con una expresión que no logré interpretar del todo— es justo lo que me preocupa.
Salí de la sala de barricas unos minutos después, con una lista de tareas pendientes y una sensación extraña asentándose en mi pecho, algo que no supe nombrar todavía pero que sospechaba, con una inquietud creciente, que iba a complicar mucho más esta historia de lo que cualquier documento legal podía predecir.