Falso Amor, Verdadera Cosecha
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CAPÍTULO 1 — VAL
Me quedé de pie junto al ataúd más tiempo del necesario, sintiendo el peso de cada mirada compasiva que se posaba sobre mí, cada "lo siento mucho, Val" susurrado con la misma cadencia hueca, hasta que finalmente mi madre me tomó del brazo y me guio hacia el primer banco, donde debíamos sentarnos como familia inmediata, como si ese título significara algo ahora que la persona que más nos había unido ya no estaba.
Fue entonces cuando los vi.
Los Ferrer estaban sentados al otro lado del pasillo central, una fila entera de ellos, vestidos con esa elegancia discreta que solo el dinero antiguo sabe proyectar.
Reconocí a Andreu Ferrer de inmediato, con su bigote canoso y su expresión perpetuamente severa.
Reconocí al padre de Mateo, más delgado de lo que recordaba, con arrugas nuevas alrededor de los ojos que hablaban de años de preocupación silenciosa. Y lo reconocí a él.
Mateo Ferrer. Once años sin verlo de cerca, y seguía teniendo esa manera de ocupar el espacio como si le perteneciera, como si el aire mismo se reorganizara ligeramente a su alrededor.
Llevaba el pelo más corto que en mis recuerdos adolescentes, un traje oscuro que le sentaba con una perfección que solo podía ser obra de un sastre carísimo, y una expresión contenida que casi, casi parecía sincera.
Los odio, pensé, con una convicción que llevaba alimentando desde los dieciséis años.
Los odio a todos, con esa educación perfecta que usan como armadura, con esos trajes que cuestan más que la cosecha de un mes entero de nuestra bodega.
Y lo odio a él más que a nadie, sentado en la segunda fila con las manos cruzadas sobre el regazo, como si tuviera algún derecho a estar ahí, llorando —o fingiendo llorar— a una mujer cuya familia había sido su enemiga declarada durante media vida.
El sacerdote habló de generosidad, de la dedicación de mi abuela a la tierra, de su legado en la comunidad vinícola del Penedès.
No mencionó, por supuesto, la manera en que había mantenido viva una rivalidad durante décadas, la manera en que se había negado, hasta el último de sus días, a vender ni una sola hectárea de Els Vinyars Vells a los Ferrer, aunque la lógica empresarial más básica sugiriera que una fusión de tierras habría beneficiado a ambas familias.
Después de la misa, cuando la gente empezó a filtrarse hacia el pequeño cementerio adyacente, sentí la mano de mi madre en mi brazo otra vez, esta vez con una urgencia distinta.
—Val. El notario quiere hablar con nosotros. Con todos.
Fruncí el ceño, sin entender del todo.
—¿Todos quiénes?
Ella no respondió de inmediato. Su mirada se movió, casi imperceptiblemente, hacia el otro lado de la capilla, hacia esa fila de gente que llevaba generaciones siendo nuestra desgracia particular. Sentí que el estómago se me tensaba antes de que ella terminara de confirmar lo que ya sospechaba.
—Los Ferrer también fueron citados.
La sala del notario, ubicada en un edificio antiguo del centro de Vilafranca del Penedès, olía a papel viejo, a madera encerada y, para mi absoluta irritación, a la colonia cara de Mateo Ferrer, que se sentó justo enfrente de mí en cuanto entramos, cruzando una pierna sobre la otra con una calma que me dieron ganas de romper con las manos desnudas.
—Buenas tardes a todos —dijo el notario, un hombre pequeño y meticuloso llamado Ferran Puig, ajustándose las gafas gruesas antes de sentarse detrás de su escritorio atestado de carpetas—. Antes de empezar, quiero decir que Rosa Duarte fue muy clara con sus instrucciones. Muy clara.
Sacó una carpeta de entre la pila, la abrió con dedos cuidadosos, y desdobló el documento del testamento con una ceremonia que se sintió, de repente, insoportablemente lenta.
—«A mi nieta Valentina y al nieto de mi querido Joaquín Ferrer, Mateo, les dejo mis participaciones en Bodegas Duarte y, junto con las participaciones que Joaquín deja a su nieto, la totalidad de los terrenos en disputa del Penedès conocidos como Els Vinyars Vells» —leyó el notario, sin levantar la vista del papel—. «Con una condición.»
Sentí que Mateo se tensaba en la silla frente a mí, apenas un cambio en la postura, pero suficiente para notarlo. Por primera vez en once años, no parecía tan seguro de sí mismo.
—«La condición es la siguiente» —continuó Puig, con esa cadencia neutral e implacable propia de quien lleva décadas leyendo documentos legales sin permitirse ninguna emoción—.
«Valentina y Mateo deberán comprometerse públicamente y mantener dicho compromiso, viviendo bajo el mismo techo, durante un período no menor a un año, contado desde la firma de este documento.
Si en cualquier momento de ese año el compromiso se rompe, o si ambos se niegan a cumplir la condición, la totalidad de las tierras y las participaciones pasarán a la oferta de compra ya presentada por el grupo Solvest Capital, que planea urbanizar Els Vinyars Vells. »
Silencio. Un silencio tan pesado, tan absoluto, que pude escuchar el reloj de pared marcando cada segundo con una precisión casi cruel, y el sonido lejano de un coche pasando por la calle empedrada afuera.
—Esto es una broma —dije finalmente, y mi voz salió más aguda de lo que quería, cargada de una incredulidad que no lograba contener—. Mi abuela no pudo escribir esto.
—Lo escribió, y lo firmó, con testigos —respondió Puig con calma profesional, deslizando una copia del documento hacia mí como si eso fuera a hacer la noticia más digerible—.
Está todo en regla, señorita Duarte. Su abuela vino a esta misma oficina hace ocho meses, completamente lúcida, y me pidió específicamente que redactara esta cláusula.
Miré a Mateo. Él me miró a mí. Y por un segundo —solo un segundo, lo juro, apenas un parpadeo— vi en sus ojos el mismo pánico que yo sentía retorciéndose por dentro, la misma sensación de que el suelo bajo nuestros pies acababa de convertirse en arena movediza.
—¿Comprometidos? —dijo él finalmente, con esa voz ronca que no recordaba con tanta claridad y que ahora, para mi enorme fastidio, sonaba exactamente igual de irritante que a los diecisiete años, solo que un octavo más grave, un octavo más adulta—. ¿Contigo?
—Créeme, Ferrer, a mí me gusta la idea tan poco como a ti.
—No sé, Duarte. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y por primera vez desde que había entrado en esa sala, sonrió.
Esa sonrisa maldita que yo recordaba de la fiesta de la vendimia, la que me hizo quedar como una tonta delante de todo el pueblo cuando tenía dieciséis años, la sonrisa que había definido mi resentimiento hacia él durante más de una década—.
A mí me parece que tu abuela tenía mejor sentido del humor de lo que yo pensaba.
—Esto no tiene ninguna gracia, Mateo.
—No —coincidió, y la sonrisa desapareció tan rápido como había llegado, sustituida por algo más serio, más pesado—. No la tiene. Porque si perdemos esas tierras, mi familia pierde la bodega. Toda ella. No solo el terreno en disputa.
Eso me hizo callar por un momento. Porque yo sabía —todo el pueblo lo sabía, aunque nadie lo decía en voz alta durante las conversaciones de sobremesa— que Bodegas Ferrer llevaba dos años tambaleándose, cargando deudas silenciosas que nadie de la familia admitía abiertamente.
Y ahora entendía por qué Mateo no parecía tan indignado como yo esperaba que estuviera.
Estaba calculando. Siempre calculando, incluso en un momento como este.
—Un año —dije, más para mí misma que para él, dejando que la palabra se asentara con todo su peso—. Viviendo juntos.
—Fingiendo estar enamorados —añadió Puig, sin ninguna necesidad aparente de suavizar el golpe, con el mismo tono neutral con el que anunciaría el clima de mañana—.
Su abuela fue específica en eso también.
Cito textualmente: «Que el compromiso sea creíble ante la familia, la prensa y el pueblo, o no cuenta como cumplida la condición. »
Mateo se rio, una risa corta y sin humor que resonó extraña en la sala silenciosa.
—Rosa siempre tuvo un sentido de la justicia muy particular.
—No es justicia. —Me levanté de la silla, porque necesitaba moverme, necesitaba no estar sentada a metro y medio de la persona que más había despreciado en el mundo durante los últimos once años—.
Es una encerrona. Nos está obligando a salvar juntos lo que ninguno de los dos pidió, lo que ninguno de los dos eligió.
—O nos está dando una excusa —dijo Mateo, con una calma que me sacaba completamente de quicio, poniéndose de pie también, más alto de lo que recordaba, o quizás simplemente más cerca de lo que mi memoria adolescente había registrado— para dejar de fingir que no hay nada más que odio entre nuestras familias.
Tal vez ella vio algo que nosotros nunca quisimos ver.
—No hay nada más que odio —dije, aunque algo en mi estómago se retorció al decirlo, algo incómodo y desconocido que no quise examinar demasiado de cerca en ese momento.
—Claro. —Se abotonó la chaqueta con un gesto casi automático, y por un momento volvió a ser el heredero perfecto de los Ferrer: pulido, controlado, imposible de leer del todo —. Entonces supongo que tenemos una boda falsa que planear, futura esposa.
—Compromiso —corregí, con los dientes apretados, sintiendo el calor subir por mi cuello—. Y todavía no he dicho que sí.
—No tienes opción, Val. —Su voz se suavizó, apenas, lo suficiente para que sonara casi como una disculpa genuina, algo que no esperaba de él en absoluto—.
Ninguno de los dos la tiene. Podemos pelear contra esto durante semanas, contratar abogados, buscar cada resquicio legal posible, y al final vamos a terminar exactamente en el mismo lugar, solo que con menos tiempo y más dinero perdido.
Puig aclaró la garganta, recordándonos su presencia con la discreción de alguien acostumbrado a presenciar los momentos más íntimos y dolorosos de las familias que atendía.
—Hay más detalles administrativos que debemos revisar —dijo—, pero entiendo si prefieren procesar la noticia primero. Podemos programar una segunda reunión para dentro de unos días, si lo prefieren.
—No hace falta —dijo mi madre, hablando por primera vez desde que habíamos entrado en la sala, con una voz cansada que llevaba semanas cargando el peso de la enfermedad y muerte de mi abuela—. Terminemos con esto ahora. Val, Mateo, necesitamos entender exactamente qué implica esta condición.
Y ahí, de pie en esa sala que olía a papel viejo y a la colonia de Mateo, mirando al hombre que había jurado no volver a dejar entrar en mi vida bajo ninguna circunstancia, escuchando los detalles administrativos de una farsa que mi propia abuela había orquestado desde la tumba, supe con una certeza fría y pesada que tenía razón.
Once años. Y en un solo día, mi abuela había logrado lo que nadie más pudo lograr en toda una vida: atarme a Mateo Ferrer de una manera de la que no podría escapar fácilmente.
Al menos no sin perderlo todo lo que ella había pasado su vida entera construyendo.