Factor Zero 29
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El funeral de Joren fue una de las cosas más duras que Aline tuvo que atravesar.

Eso… y tener que decirle a Marina Malek que su hijo estaba muerto.

De no haber sido por Lara, no sabía qué habría hecho.

La noche en que regresó al departamento, cuando Lara la recibió y simplemente la sostuvo entre sus brazos, Aline lloró hasta perder el conocimiento.

No recordaba en qué momento dejó de hacerlo ni cuándo el cuerpo terminó por rendirse.

Solo supo que, al despertar, alguien le había echado una manta por encima.

Y que Lara seguía allí.

Acostada a su lado.

Abrazándola con cuidado, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera terminar de romperla.

Así permanecieron mucho tiempo.

Dos mujeres destrozadas aferradas en silencio, compartiendo calor, respiración y una presencia mínima que impedía que todo terminara de derrumbarse.

El día siguiente fue un desastre.

Aline no sabía cómo reunir fuerzas para enfrentar a Marina.

Cada vez que pensaba en ello, el pecho se le cerraba y la garganta se le llenaba de palabras que no conseguía pronunciar.

Pero no quería que se enterara por Megatech.

No quería que una notificación fría e impersonal le arrebatara a su hijo sin rostro, sin voz, sin alguien capaz de mirarla a los ojos.

Lara la acompañó.

No habló durante el trayecto.

Y cuando Marina abrió la puerta y vio a Aline, no necesitó ninguna explicación.

Lo entendió de inmediato.

La postura rígida. Los ojos apagados. La manera en que parecía mantenerse en pie únicamente por costumbre.

Aline ni siquiera llegó a hablar.

Se quebró ahí mismo.

Pidió disculpas entre sollozos, una y otra vez, repitiendo que no había podido hacer nada, que lo sentía, que lo sentía mucho.

Marina también lloró, pero de otra forma. Con un dolor contenido, apretado contra el pecho, como alguien que ya había perdido demasiado en la vida como para permitirse caer del todo.

Lara preparó té.

Lo hizo con manos firmes, como si ese gesto simple pudiera sostener algo de todo aquello.

Las tres terminaron sentadas alrededor de la mesa del comedor, sin hablar, sin un orden claro. El silencio no era incómodo.

Era necesario.

En un momento, Marina empezó a hablar.

Contó cosas pequeñas. Anécdotas simples.

Dijo que Joren hablaba mucho de Aline. Que confiaba en ella. Que la admiraba.

Aline bajó la cabeza.

No pudo responder.

Marina insistió con suavidad en que tomara la medicación. No como una orden, sino como una madre que sabía reconocer cuándo alguien ya no podía sostenerse solo.

Aline terminó cediendo.

Fue la única forma de calmarse un poco.

Después llegó el momento de contarle a Lara lo de su hermano.

Aline no entró en detalles. No habló de las celdas, ni de las grabaciones, ni de la tortura. Solo le dijo que lo habían encontrado. Que estaba muerto. Que, cuando pudiera, le contaría más. Que ahora mismo no era capaz.

Lara lloró.

Ya había llorado antes, demasiado, pero esta vez fue distinto.

Había dolor, sí.

Pero también algo parecido al alivio.

Saber qué había pasado.

Saber que Riven tendría un final.

Porque, sin él, no sabía cómo habría terminado ella.

Ni su bebé.

Rika Morozov apareció al día siguiente.

Fue discreta. No pidió detalles. No los necesitaba.

Pasó únicamente para ver a Aline, para asegurarse de que seguía viva, de que respiraba, de que todavía estaba allí.

Aline, medicada, consiguió sostener una conversación mínima. No habló de lo ocurrido.

Rika tampoco insistió.

Y entonces llegó el funeral.

El de Joren.

Y el de Riven.

Aline y Lara decidieron hacerlo conjunto.

Por parte de Lara no asistió nadie.

Por parte de Aline, tampoco.

Solo Marina y algunos familiares de Joren estuvieron presentes: rostros cansados, ojos enrojecidos, silencios demasiado largos.

Akemi Sato dijo lo de siempre.

Palabras medidas, condolencias formales, valor, servicio, pérdida, honor.

Aline escuchaba sin escuchar.

Maldito el momento en que esa IA había puesto los ojos sobre ellos.

Todo era culpa suya.

Los había obligado. Los había empujado a una investigación que nunca les correspondió, bajo amenaza, bajo chantaje. Oráculo los había utilizado como piezas descartables en algo que jamás debió escalar hasta ese punto.

Y, aun así…

¿A quién quiero engañar?

Si no hubiera sido Oráculo, habría sido ella misma.

Por justicia.

Porque jamás habría soportado quedarse quieta sabiendo lo que había pasado.

La diferencia era brutal. Sin el exoesqueleto, sin ese brazo prestado, sin el respaldo forzado de Oráculo, no habría llegado a ninguna parte.

Salvo a la muerte.

Habría muerto junto a Joren, frente a un zero contra el que no tenían ninguna posibilidad real.

La culpa, en el fondo, no era de Oráculo.

Ni siquiera de ella.

Era de ellos.

De los Zeros.

De Gaia.

Los Zeros…

Todo era culpa de los Zeros.

Megatech tenía razón en una cosa, aunque le doliera admitirlo. Habían destruido incontables vidas, arrasado sectores enteros, convertido Numen en una herida abierta que jamás iba a cerrar.

Y ahora…

Ahora también habían destruido la suya.

Aline siempre lo había sabido.

Los Zeros eran la mayor amenaza de ese mundo.

Por eso se había alistado.

Por eso había entrado en una unidad Anti-Zero casi sin pensarlo, aun sabiendo perfectamente lo que implicaba.

El primer día perdió a media unidad.

Meses después, a quienes los reemplazaron.

Nombres que ya nunca iba a poder sacarse de la cabeza.

Helm.

Ibarra.

Kessler.

Damond.

Y ahora Joren.

Hasta ella misma había estado a punto de morir.

Eiden Kross había sido un auténtico monstruo. No solo por lo que era, sino por todo lo que había dejado detrás. Había destruido la vida de Lara. Había matado a Riven. Pornografía. Extorsión. Chantaje.

Y quién sabía cuántas cosas más.

Cosas que Oráculo había preferido no contarle.

Cosas que, probablemente, todavía no quería conocer.

Gaia.

Maldita Gaia.

Aline permaneció frente a la tumba de Joren durante un tiempo imposible de medir.

Demasiado tiempo.

El mundo parecía haberse detenido allí, reducido a una lápida fría y a un nombre que seguía doliéndole como una herida abierta.

Marina, sin decir nada, le apoyó una mano en el hombro antes de apartarse para darle espacio. Lara se inclinó apenas hacia ella y le susurró que la estarían esperando.

Aline no respondió.

Tenía la mirada fija en la lápida y, pese a los reguladores, pese a la medicación, las lágrimas seguían cayendo sin control.

—Quería que vivieras conmigo… —susurró, con la voz rota—. Quería todo contigo.

Sabía que era injusto pensarlo así.

Se conocían desde hacía muy poco.

Ni siquiera habían pasado tres semanas desde que decidieron estar juntos.

Y aun así…

Le habían arrebatado algo que sentía, quería creer, que podría haber sido enorme.

Algo real.

Algo capaz de cambiarle la vida.

¿Volvería a convertirse en la teniente fría y contenida de antes?

¿En la Aline Voss que existía antes de Joren?

¿Y qué ocurriría cuando terminaran esos tres meses obligatorios?

¿Oráculo volvería a fijarse en ella?

¿Volvería a arrastrarla a algo así?

¿O todo seguiría adelante como si nada hubiera pasado?

Aline se agachó despacio.

Besó la palma de su mano y la apoyó con cuidado sobre la lápida.

Ya había dejado flores.

No quedaba nada más que pudiera hacer allí.

Se incorporó lentamente. Se dio la vuelta sin querer marcharse del todo, pero sabiendo que tenía que hacerlo.

Caminó sin mirar atrás hasta reunirse con Marina y Lara.

Las dos la rodearon con los brazos, sosteniéndola cuando las fuerzas volvieron a fallarle, ayudándola a avanzar paso a paso.

Un poco más lejos, Rika Morozov observaba la escena en silencio.

Su expresión era triste.

Pero no se acercó.

No después de enterarse de lo que había existido entre Aline y Joren.

No en ese momento.

Quizá más adelante.

Los días pasaron.

Luego las semanas.

Después, los meses.

Hasta que llegó el día en que nació el bebé de Lara.

Un niño.

Izan.

Aline estuvo allí desde el principio. En la sala de espera, en los pasillos, en esas horas interminables donde el tiempo parecía no avanzar nunca.

No como teniente. No como soldado. Sino como aquello en lo que se había convertido sin darse cuenta: el apoyo constante de Lara.

Su ancla. Lo que la sostenía cuando todo lo demás se había venido abajo.

No porque se sintiera fuerte.

Sino porque mantenerse en pie era la única forma que conocía de no derrumbarse ella también.

Marina estuvo allí ese día.

Y cuando Lara sostuvo a Izan por primera vez, cuando escuchó su llanto firme y entendió que había nacido sano, completo, vivo… algo cambió en su rostro.

Sonrió.

Una sonrisa real.

Profunda.

Sin esfuerzo.

Felicidad auténtica, después de tanto miedo y tanta pérdida.

Riven no estaba allí.

Pero Aline sí.

Y eso les dio fuerzas a las dos.

Del mismo modo en que Lara se las había dado a ella durante aquellos meses oscuros, silenciosos, rotos.

Aline podía alegrarse al verla sonreír, al verla respirar un poco mejor… pero esa alegría nunca terminaba de alcanzarla del todo.

Siempre quedaba incompleta.

Como si algo faltara incluso en los momentos buenos.

Sin necesidad de decirlo en voz alta, Izan terminó convirtiéndose en una especie de faro.

Algo que marcaba dirección.

Algo que obligaba a levantarse, a seguir adelante, a no rendirse.

Hubo noches largas.

Noches de llanto.

De agotamiento absoluto.

Aline caminando por el departamento con Izan dormido contra el pecho cuando Lara ya no podía mantenerse despierta. Preparando biberones a cualquier hora. Aprendiendo, torpemente, a sostener una vida tan pequeña que resultaba absurdo pensar que dependiera de ellas.

Y en medio de esos silencios, la ausencia de Joren pesaba más que nunca.

—No sé qué haría sin ti —le dijo Lara una madrugada, agotada, con la voz apenas sostenida.

Aline no respondió enseguida.

Miró al niño dormido en sus brazos, respirando con una tranquilidad absoluta.

—Yo tampoco —dijo al final.

Antes de todo aquello, Aline prefería la soledad.

El entrenamiento.

El silencio.

Estar sola consigo misma.

Ahora ya no podía imaginarse regresando a un departamento vacío.

Sabía que, si lo hacía, la depresión terminaría devorándola.

Porque ya había aprendido lo que el silencio podía hacerle.

Tener a Lara y a Izan allí le daba estructura.

Rutina.

Presencia.

Algo tangible a lo que aferrarse cuando la cabeza amenazaba con irse a lugares demasiado oscuros.

No la hacía feliz.

Pero la mantenía funcionando.

La terapia ayudó.

Los médicos también.

Aprendió a reconocer lo que sentía en lugar de enterrarlo. A no dejar que la rabia ocupara todo el espacio. A respirar. A detenerse. A aceptar que algunas heridas jamás cerraban por completo, aunque pudieran dejar de sangrar.

Joren, sin embargo, seguía ahí.

En cada pausa.

En cada noche.

En cada momento de silencio.

Y, aun así, en el fondo, Aline sabía que no pertenecía a una vida tranquila.

Esperaba el momento de volver.

De sentir otra vez el peso del exoesqueleto sobre el cuerpo.

De entrar en combate.

De canalizar la rabia, la frustración y la pérdida en algo útil.

Porque alguien tenía que hacerlo.

Porque los zeros seguían ahí afuera.

Y cada día que pasaba, el odio que sentía hacia ellos crecía un poco más.

Aline Voss estaba decidida a enfrentarlos.

Sabía que eso no la salvaría.

Y sabía, también, que una vez regresara, ya no habría vuelta atrás.