Factor Zero EPILOGO
100%

EPILOGO

El dolor fue lo primero.

Una sensación viva.

Brutal.

Como si algo hubiera explotado dentro de su cabeza y, al mismo tiempo, estuviera reconstruyéndose desde el centro hacia afuera.

Joren despertó de golpe.

Se incorporó con un jadeo violento, el pecho subiendo y bajando como si acabara de salir de una asfixia interminable. El corazón le martillaba con una fuerza desmedida, irregular, imposible de controlar.

Durante un segundo no entendió dónde estaba.

Ni cuándo había dejado de estar donde recordaba.

Y entonces la última imagen regresó de golpe.

La risa de Kross.

La mirada torcida.

El instante previo al dolor absoluto.

Intentó hablar, pero solo consiguió expulsar aire.

Parpadeó varias veces.

La sala era blanca.

Demasiado blanca.

Aséptica. Limpia. Silenciosa.

Un espacio clínico iluminado de forma uniforme, sin sombras reales.

Estaba recostado sobre una camilla médica.

Y notó, con una mezcla extraña de desconcierto y pudor tardío, que estaba completamente desnudo.

Giró la cabeza con brusquedad.

Había una mujer junto a él.

Muy baja.

Demasiado delgada.

La piel tenía un tono pálido antinatural, atravesado por finas venas azuladas visibles bajo la superficie. Tenía la cabeza completamente rapada y unos ojos grandes, demasiado grandes, de un violeta intenso que parecía emitir luz bajo la iluminación clínica.

Vestía un traje negro de fibras de adimarium ajustado al cuerpo como una segunda piel. En la frente llevaba incrustado un pequeño chip metálico. Otro idéntico sobresalía en la base del cuello.

Una mental.

Una zero.

La mujer mantenía una mano extendida hacia él, los dedos apenas separados, como si hubiera estado manipulando algo invisible entre ambos. Cuando percibió que Joren se movía, dejó caer lentamente el brazo a un costado.

Su postura se volvió rígida.

Mecánica.

Miró al frente sin expresión alguna, parpadeando apenas, como si alguien hubiera desconectado algo dentro de ella.

Joren tragó saliva.

Y entonces la vio.

Al otro lado de la camilla, proyectada con una nitidez impecable, acababa de aparecer Adira Oráculo.

Traje ejecutivo blanco, entallado, sin una sola arruga. Cabello perfectamente recogido. Las gafas amplias reflejaban la luz fría de la sala.

Y su expresión era la de siempre.

Fría.

Impecable.

Ilegible.

Joren seguía respirando con dificultad. El cuerpo todavía le temblaba por la descarga de adrenalina.

Se incorporó hasta quedar sentado sobre la camilla y miró alrededor con desesperación.

—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz rota—. ¿Dónde estoy?

La mirada recorrió la sala otra vez, frenética.

—¿Dónde está Aline?

—Tranquilícese, especialista Malek —respondió Oráculo con tono medido—. Se encuentra en un lugar seguro. A salvo.

Mientras hablaba, la mental se dio la vuelta con un movimiento lento y preciso. Caminó hacia la salida sin mirar atrás y abandonó la sala en silencio.

La puerta se selló detrás de ella.

Joren la siguió con la mirada apenas un segundo.

Los recuerdos empezaron a acomodarse con una claridad horrible.

La casa de Kross.

La risa.

El dolor.

—Morí… —dijo al final, girándose hacia Oráculo, con la voz baja, incrédula—. Yo… morí.

Esperó una corrección.

Una negación.

Algún eufemismo clínico.

No llegó.

—Sí, especialista Malek —dijo Oráculo—. Usted falleció hace exactamente doce horas.

El mundo se detuvo.

—¿Cómo…? —susurró—. ¿Cómo puede ser posible?

—No se preocupe —continuó Oráculo, imperturbable—. Su cuerpo fue restituido. Y, gracias a la intervención de un factor zero específico, se le ha devuelto la vida.

Joren la miró fijamente, intentando procesar cada palabra.

—¿Devolverme… la vida?

Su mente buscó referencias, teorías, datos.

Zeros capaces de destruir, controlar, matar.

Eso lo entendía.

Pero esto…

La mirada se le fue instintivamente hacia la puerta por la que había salido la mujer rapada.

—Existe una variedad extremadamente rara de zeros —prosiguió Oráculo— conocida como factor Salud.

Estos individuos poseen la capacidad de manipular materia orgánica viva a nivel molecular.

Pueden regenerar tejidos, reconstruir cuerpos completos a partir de muestras genéticas mínimas e incluso revertir la muerte, siempre que el intervalo temporal no haya sido excesivo.

Joren bajó lentamente la vista hacia sus manos.

Estaban intactas.

Demasiado intactas.

—Su cuerpo —continuó Oráculo— fue reconstruido a partir de una única gota de sangre.

El proceso finalizó hace apenas unos minutos.

Su cuerpo original se encuentra bajo análisis.

Actualmente se le está realizando una autopsia completa.

No era necesaria para la restauración, pero se procedió de igual manera.

Joren no respondió.

Se examinó el pecho, los brazos, las piernas.

No sentía dolor.

No sentía debilidad.

Pero algo era distinto.

Viejas cicatrices habían desaparecido. Marcas pequeñas, imperfecciones que llevaba encima desde hacía años, simplemente ya no estaban.

Como si jamás hubieran existido.

Y entonces una idea le atravesó la cabeza.

Si él estaba vivo…

Levantó la mirada de golpe.

—¿Ellos…? —preguntó, con la voz tensa—. ¿Damond? ¿Kessler?

—No, especialista Malek —respondió Oráculo—. Sus antiguos compañeros de escuadrón no fueron devueltos a la vida.

El silencio fue brutal.

—¿Por qué? —preguntó él apenas—. Si… si pueden hacerlo…

—No había un motivo para ello —respondió Oráculo—. No representaban una utilidad real que justificara el procedimiento.

Utilidad.

La palabra le subió por la garganta como ácido.

—Como puede imaginar —continuó la IA—, la resurrección no es un recurso que pueda hacerse público.

De conocerse su existencia, cada muerte exigiría ser revertida.

La población reclamaría acceso irrestricto.

Otros exigirían usos alternativos: rejuvenecimiento, extensión de vida.

La demanda sería inmediata. Los conflictos, inevitables.

Joren guardó silencio.

Cerró los ojos un instante.

Lo entendía.

Y entenderlo lo hacía sentirse sucio.

—Por ese motivo —añadió Oráculo—, el uso de zeros de este tipo es secreto, limitado y estrictamente regulado. Solo se autoriza en casos específicos. Necesarios. Justificables.

Joren abrió los ojos lentamente.

—¿Y yo lo soy? —preguntó, con la voz ronca.

Oráculo no dudó.

—Sí. Como ya le manifesté, estoy interesada en usted, especialista Malek. En sus capacidades. Quiero incorporarlo al área de seguridad y desarrollo de software estratégico de Megatech.

Joren volvió a quedarse en silencio.

Sintió cómo la indignación empezaba a crecerle despacio, como una presión interna.

¿Eso era todo?

¿Lo habían traído de vuelta por eso?

¿Por Aegis-Lock?

¿Por su valor como herramienta?

Pensó en Damond.

En Kessler.

Soldados.

Personas.

Vidas.

Y, aun así, una parte de él, la más incómoda, sabía que, si algo así se hiciera público, el mundo se rompería.

Todos exigirían recuperar a los suyos.

La pelea por los zeros de Salud sería inmediata.

Total.

Nada de eso, sin embargo, hacía que aquello fuera justo.

Joren respiró hondo.

El pecho le tembló.

Y entonces lo entendió.

No lo habían salvado.

Lo habían reclamado.

—Aline… —dijo de golpe, como si el nombre fuera lo único real en esa sala—. ¿Puedo verla? ¿Está aquí?

—No, especialista Malek —respondió Oráculo—. La teniente Voss no se encuentra en estas instalaciones. Las pruebas han concluido. Ella permanece bajo observación médica. El implante será retirado y el software experimental eliminado.

Joren parpadeó.

Y recién entonces lo notó.

No sentía el peso constante del implante.

No había HUD.

No había ruido de fondo, ni microalertas, ni ese zumbido apenas perceptible en el borde de la conciencia.

Nada.

El vacío lo atravesó de golpe.

—Como habrá notado —continuó Oráculo—, actualmente carece de implantes. No se preocupe: serán reinstalados en breve.

Joren tragó saliva.

Aline…

—¿Cuándo… cuándo podré verla? —preguntó, incapaz ya de ocultar la urgencia—. Necesito saber cómo está.

La respuesta cayó con el peso de una sentencia.

—No podrá verla, especialista Malek. Ni ahora ni en el futuro.

Joren la miró sin entender.

Como si las palabras todavía no terminaran de acomodarse en su mente.

—¿Qué…?

—La teniente Voss no puede conocer la existencia de la resurrección —continuó Oráculo—. Ni ella, ni su familia, ni ningún tercero. Usted fue devuelto a la vida con un propósito específico: servir a Megatech en las áreas que se le asignen, como compensación por la restitución.

Compensación.

La palabra le raspó la cabeza como vidrio roto.

—Su vida anterior concluyó con su fallecimiento —añadió la IA—. A partir de este momento, su vida será otra. Diferente. Y deberá enfocarse en cumplirla si desea conservarla en condiciones aceptables.

El aire pareció retirarse de la sala.

Aline.

—Una negativa a cooperar —concluyó Oráculo, sin el menor cambio de tono— implicará el uso de psiónica para un ajuste cognitivo. Sería un procedimiento lamentable… e innecesario, si decide colaborar.

Joren no se movió.

La miró fijamente, los ojos bien abiertos, húmedos, sin que llegara a caer una lágrima.

El cuerpo le temblaba.

Pero ya no era adrenalina.

Era furia.

Horror puro.

Por un instante, lo único que vio fue el rostro de Aline.

La certeza de todo lo que ella viviría creyéndolo muerto.

Joren Malek había muerto.

Y el hombre sentado en esa camilla acababa de convertirse en propiedad de Megatech.

—Pero no se preocupe, especialista Malek —continuó Oráculo, como si nada de lo anterior tuviera peso alguno—. Puedo confirmar que la operación fue exitosa.

Joren no apartó la mirada.

—El implante de la teniente Voss fue probado —prosiguió—, así como el software experimental. El desempeño no alcanzó los parámetros esperados. La resistencia frente a una intrusión por parte de un zero de Control Tecnológico resultó insuficiente.

Hizo una pausa mínima.

—Sin embargo, el fallo es informativo. Será corregido. La siguiente iteración no repetirá ese error.

Las palabras siguieron cayendo, ordenadas, impersonales.

—El zero implicado, Eiden Kross, fue eliminado. Una célula de Gaia fue neutralizada en su residencia. Se recuperó información relevante y se desmanteló una red de extorsión que operaba más allá del distrito. El material sensible fue extraído y recuperado en su totalidad.

Las piezas empezaron a encajar.

Kessler, obligado a robar algo.

Algo importante.

Algo que nunca llegó a entregar.

Damond, utilizado para recuperarlo.

Y después Aline.

El implante.

El software.

El enfrentamiento contra un zero de Control Tecnológico.

Las unidades en espera.

La omisión deliberada.

La “casualidad” de que nadie más interviniera.

No había sido una investigación.

Había sido una prueba de campo.

Joren levantó la vista lentamente.

—¿Lo sabías…? —preguntó, con la voz tensa—. ¿Sabías que había un zero de Control Tecnológico ahí?

Oráculo no respondió.

No lo negó.

No lo confirmó.

Simplemente lo observó.

Fue suficiente.

Joren apretó los dientes hasta sentir dolor en la mandíbula.

En ese momento, la puerta se abrió.

Entró un equipo médico completo.

Cuatro personas.

Traían una camilla.

—Hemos hablado lo suficiente, especialista Malek —dijo Oráculo—. Procederemos con la reinstalación de sus implantes. Luego continuaremos esta conversación.

Todo había sido una trampa.

Desde la citación.

Desde el chantaje.

Desde el “o acepta o irá a prisión”.

A Oráculo no le habría importado si ambos morían.

Dos variables más.

Si Aline hubiera muerto, habría sido una pérdida aceptable.

Como Kessler.

Como Damond.

—¡Hija de puta…! —escupió Joren, incorporándose de golpe—. ¡Nos usaste! ¡Nos mandaste a morir!

Intentó levantarse, pero varias manos lo sujetaron de inmediato.

Sintió una inyección.

El frío recorriéndole el brazo.

—¡Todo esto es culpa tuya! —alcanzó a gritar—. ¡Todo!

El sedante actuó rápido.

Demasiado rápido.

El cuerpo dejó de responderle.

Lo recostaron con cuidado.

La visión empezó a desdibujarse.

Oráculo lo observó unos segundos más.

—Procedan —ordenó—. Si su conducta no mejora, se autoriza el uso de psiónica.

El equipo asintió y empujó la camilla hacia la salida.

Joren quiso resistirse.

Decir algo más.

Pensar en Aline una última vez con claridad.

No pudo.

La sala quedó vacía.

El holograma de Oráculo permaneció inmóvil un instante más, observando el espacio donde él había estado.

Luego se desvaneció.

La luz blanca siguió encendida.

Y el silencio, profundo y absoluto, volvió a adueñarse de la sala.

—FIN—