28 #4
—Puede retirarse —respondió Oráculo—. Siga la misma ruta de salida que en su visita anterior. Coordinaré su traslado hasta su residencia.
Aline dio unos pasos.
Y se detuvo.
—¿Puedo ver a Joren? —preguntó sin girarse.
Hubo apenas una pausa.
—No —respondió Oráculo—. En su estado actual no es recomendable. Los restos del especialista Joren Malek serán entregados a su familia a la brevedad.
Aline cerró los ojos.
Solo un instante.
Lo justo para no quebrarse allí mismo.
—Riven Dayne —dijo entonces, con la voz apagada—. ¿Puedes decirme si lo encontraron? ¿Si saben qué pasó con él?
Hubo una pausa mínima.
—Sí —respondió Oráculo—. Riven Dayne fue hallado durante la incursión. Su cuerpo se encontraba en una celda. Llevaba varios días fallecido.
Aline tragó saliva.
—¿Qué le hicieron?
—Presentaba signos claros de tortura —contestó Oráculo—. Daño físico prolongado, estrés extremo y fallos sistémicos compatibles con interrogatorio coercitivo. Existen registros. Una grabación. En ella aparece atado a una silla, en ese mismo nivel subterráneo.
Aline cerró los ojos.
—Fue torturado hasta la muerte, teniente Voss —continuó la IA—. En su estado actual, es todo lo que le informaré. Cuando se encuentre en mejores condiciones, si así lo desea, podrá acceder al material completo.
El silencio pesó entre ambas.
—¿Puedo solicitar que el cuerpo sea entregado a su hermana? A Lara Dayne.
Esta vez la respuesta tardó un segundo más de lo habitual.
—Una vez finalizada la autopsia correspondiente —dijo Oráculo—, el cuerpo será puesto a disposición de ella.
Aline permaneció callada unos instantes.
—Vi una cama ahí abajo —dijo al final—. Cámaras… ¿qué estaban haciendo en ese lugar?
Hubo otra pausa.
Más densa.
—Solo le diré esto, teniente Voss, y será lo último al respecto —respondió Oráculo—. En ese nivel se realizaban producciones pornográficas mediante chantaje.
Aline sintió cómo el estómago se le cerraba.
—Los individuos que usted vio en el lugar fueron los únicos sobrevivientes —continuó la IA—. Y así lo confirmaron durante los interrogatorios.
El tono descendió apenas.
—Como ya le indiqué, autorizaré el acceso a información más detallada únicamente cuando se encuentre en mejores condiciones emocionales. En su estado actual no está preparada para conocer la totalidad de lo que ocurría allí.
Aline apretó los puños.
—Gracias… —murmuró.
Y salió.
Los pasillos se deslizaron a su alrededor sin que realmente los viera. Luces, paredes, puertas automáticas… todo parecía vacío, distante, sin peso. La cabeza era un torbellino de nombres que regresaban una y otra vez.
No supo exactamente cómo llegó a la zona de transporte.
Ni cuándo subió al vehículo.
Solo recordaba estar sentada allí, rígida, mientras el sistema automático la alejaba del complejo. El implante no dejaba de emitir alertas emocionales, intentando compensar una pérdida para la que ya no tenía ningún soporte.
Aegis-Lock ya no estaba.
No quedaba amortiguación.
Solo vacío.
Cuando el vehículo se detuvo, el entorno había cambiado.
Torre Kagayaki.
Había pasado más de un día desde que se marchó con Joren.
Aline apenas fue consciente de bajar. Tanteó uno de los bolsillos hasta encontrar el pequeño contenedor con las pastillas que Oráculo le había entregado. Sabía que la dosis ya estaba registrada en su implante. Sabía que debía tomarlas.
Pero no pudo.
Cerró el puño alrededor del envase y siguió caminando.
El ascensor.
El panel.
Piso 187.
El trayecto fue silencioso.
Demasiado silencioso.
Cuando las puertas se abrieron, dio un paso.
Luego otro.
Y el cuerpo empezó a fallarle.
Entró al departamento tambaleándose, como si cada movimiento le exigiera una fuerza que ya no tenía.
Lara escuchó el ruido.
Se asomó desde el pasillo y abrió los ojos de par en par al verla.
—Aline… —susurró—. ¿Qué pasó?
Aline intentó avanzar, pero las piernas dejaron de responderle. Tropezó y cayó de rodillas junto al sofá, incapaz de sostenerse.
Lara reaccionó al instante.
Corrió hacia ella, se arrodilló y la rodeó con los brazos, intentando ayudarla a incorporarse.
—Aline, mírame —dijo, con la voz temblorosa—. Tranquila… estoy aquí…
Pero Aline ya no podía sostener nada.
El control emocional dejó de importar.
Las barreras.
El rango.
La disciplina.
La teniente Anti-Zero.
Nada de eso existía ya.
Se rompió.
El llanto salió de golpe. Violento. Desgarrado.
Un llanto que le sacudió el cuerpo entero, que le robó el aire, que no podía detener, aunque quisiera. Sollozos profundos, irregulares, como si cada uno arrancara algo más desde adentro.
Lara la abrazó con fuerza.
No dijo nada al principio.
Solo la sostuvo.
Le acarició el cabello, la espalda, mantuvo la cabeza de Aline apoyada contra su hombro y le dejó espacio para derrumbarse todo lo que necesitara.
Esta vez era ella quien sostenía.
Aline lloró sin medida, sin orden, sin palabras.
Lloró por Joren.
Por Riven.
Por Damond.
Por Kessler.
Por Nyx-17.
Por todo lo perdido.
Por todo lo que no iba a volver.
Y Lara permaneció allí, firme, rodeándola con los brazos, convertida en la única ancla que le quedaba a alguien que acababa de quedar completamente roto.