28 #2
—Daño estructural del exoesqueleto: veinte por ciento —informó Oráculo—. Escudo no operativo.
Aline no se detuvo.
Siguió golpeándola con una furia muda, alternando puñetazos, rodillazos y nuevas puñaladas, hasta sentir cómo el cuerpo de la zero empezaba a ceder.
Las convulsiones se volvieron erráticas.
La resistencia desapareció.
Finalmente quedó inconsciente, colgando contra la pared, sostenida apenas por su propio peso.
Aline no dudó.
Le clavó el cuchillo en el cuello y terminó el trabajo.
Cuando todo acabó, permaneció unos segundos inmóvil, respirando con dificultad.
Luego bajó el arma lentamente.
Miró el fusil.
Pesado.
Torpe.
Demasiado lento para lo que estaba enfrentando.
Y pensó, con una claridad brutal, que después de haber usado el cañón… aquel fusil ya no le alcanzaba.
La voz de Oráculo llegó nítida entre el ruido residual del combate.
—No detecto más firmas de vida activas al frente —informó—. Salvo una.
Aline dio un paso.
Y, en ese mismo instante, toda la iluminación colapsó.
Las luces del pasillo parpadearon una vez antes de apagarse por completo. El entorno quedó sumido en una oscuridad espesa, absoluta.
El HUD del exoesqueleto se reajustó al instante.
—He cortado toda la energía en un radio de quinientos metros —continuó Oráculo—.
Red civil, nodos privados y respaldo industrial.
El Zero de Control Tecnológico no podrá ejecutar otro teletransporte sin fuentes energéticas externas.
Solo podría hacerlo mediante fuentes autónomas… y no detecto indicios de ello.
Aline respiró hondo, obligándose a bajar el pulso. El temblor en las manos empezó a ceder poco a poco. El nombre de Joren seguía martillándole la cabeza, pero lo empujó al fondo de su mente.
Al menos por ahora.
Avanzó.
El rastro de sangre seguía claro en el visor: una línea irregular que serpenteaba por el suelo y desaparecía al fondo del pasillo.
Cruzó la última puerta destrozada y entró en otra bodega, más ordenada que las anteriores.
Estanterías metálicas. Cajas abiertas. Restos de instrumental abandonados con apuro.
El olor a óxido se mezclaba con algo distinto.
Químico.
Estéril.
Fuera de lugar.
Al fondo había otra puerta.
La cruzó.
La sala era pequeña, de techo bajo, mal iluminada incluso antes del corte energético. Una enfermería miserable, montada apenas con lo necesario: dos camillas metálicas, un carro de instrumental incompleto, envases abiertos de gel médico y parches regenerativos tirados sin cuidado.
Y allí estaba él.
Eiden Kross permanecía sentado sobre una de las camillas, inclinado hacia adelante, respirando con dificultad.
La proyección holográfica del terminal personal que llevaba en la muñeca era la única fuente de luz en la sala, tiñéndolo todo de un resplandor azulado y enfermizo.
Un torniquete le rodeaba el brazo destrozado, empapado de sangre seca y fresca que le quemaba la ropa.
En la otra mano sostenía un inoculador de gel regenerativo presionado contra el muñón, esperando que el tejido terminara de cerrarse.
El visor marcó actividad biológica acelerada.
Dolor extremo.
Estrés.
Y miedo.
Mucho miedo.
Kross levantó la vista al verla entrar.
El exoesqueleto ocupaba casi toda la entrada. Oscuro. Cubierto de sangre. Con marcas de impacto todavía humeantes. El fusil colgaba bajo, pero listo. El cuchillo seguía en su mano.
Aline avanzó un paso más.
—Teniente Voss —dijo Oráculo, sin elevar el tono—. No lo mate.
Aline se detuvo.
—Lo quiero vivo —añadió la IA—. Es una orden.
Aline apretó los dientes.
Con un movimiento seco cambió el fusil a modalidad de aguja y apuntó directo al pecho de Kross.
—Puta asquerosa… marimacho de mierda —escupió él.
Pero no la estaba mirando a los ojos.
Miraba por encima de su cabeza.
Aline apenas tuvo una fracción de segundo para entenderlo.
La detonación explotó detrás de ella, a la altura de la nuca.
La granada de pulso energético había sido colocada sobre la puerta, camuflada y dirigida. Oráculo no la había detectado. El Zero había ocultado la firma tecnológica usando su propio factor.
La explosión descargó una oleada de energía concentrada que impactó de lleno en la parte alta de la espalda de Aline, canalizando radiación a través del traje.
El golpe la lanzó hacia adelante como si la hubiera embestido un tren.
El exoesqueleto salió despedido contra la camilla y las paredes de la enfermería. El metal crujió. El suelo vibró. La puerta detrás de ella se deformó sobre sí misma, arrancada de los anclajes y convertida en una masa irreconocible de acero retorcido.
Kross se movió en el mismo instante.
Activó su escudo personal, reforzado por su propio factor. La onda expansiva se disipó alrededor de él como agua golpeando una roca. Aprovechó el impulso, se dejó caer hacia un lado y salió corriendo, cojeando, perdiendo sangre… pero demasiado rápido para alguien herido.
—Daño estructural del exoesqueleto: cincuenta por ciento —anunció Oráculo—. Sistemas secundarios inestables. Integridad comprometida.
Aline gruñó y se apoyó sobre un brazo para incorporarse. El HUD parpadeaba sin parar. Varias alertas se superponían unas sobre otras. El cuello del traje había absorbido gran parte del impacto, pero aun así el golpe le había vaciado los pulmones y dejado la cabeza zumbando.
Dolía. Mucho. Cada movimiento le recorría el cuerpo como una descarga sorda. Pero la rabia, la adrenalina y la desesperación eran más fuertes. La muerte de Joren dolía mucho más.
Levantó el fusil y disparó.
Las agujas salieron silbando, clavándose en estanterías, paredes y equipos médicos. Kross se movía entre ellos saltando, arrastrándose y usando el entorno como cobertura con una agilidad enfermiza.
Ninguna aguja dio en el blanco.
—Puede que no salga de aquí, hija de puta —gritó él desde algún punto entre las sombras—. No sé cómo me encontraste… pero si voy a morir, te juro que te llevo conmigo. A ti y a todo este puto lugar.
Aline cambió otra vez de modalidad a barrido.
El fusil rugió.
Disparó en ráfagas largas, barriendo estanterías, destrozando metal, pulverizando cajas y arrancando fragmentos del suelo. Kross se lanzó cuerpo a tierra y reptó por debajo del fuego, esquivando por centímetros. El escudo personal parpadeó un par de veces, resistió… y volvió a estabilizarse.
Demasiado lento.
El pensamiento atravesó la mente de Aline con una claridad brutal.
Ese fusil era demasiado lento.
Las armas Anti-Zero estaban diseñadas para unidades completas, para saturación coordinada. Ella sola no tenía la cadencia suficiente para detener a un zero dispuesto a morir llevándose todo consigo.
Aun así, avanzó.
El exoesqueleto respondió con retraso. Un actuador falló medio segundo. El HUD volvió a parpadear. Aline siguió caminando igual, paso a paso, disparando mientras acortaba distancia.
—¿No te gustó que matara a tu noviecito, puta? —soltó Kross desde la oscuridad—. Me arrancaste el puto brazo, zorra de mierda. Todo estaba saliendo perfecto. Ya me iba a ocupar de ti.
La voz le llegaba distorsionada por el casco. El HUD volvió a llenarse de líneas de error superpuestas a la imagen térmica. Aline apretó los dientes y disparó hacia el origen del sonido, esta vez en modalidad penetrante.
Los proyectiles atravesaron estanterías y equipos médicos, arrancando fragmentos en todas direcciones.
Pero Kross ya no estaba ahí.
—Cuidado —advirtió Oráculo—. La estructura está comprometida. Un derrumbe en este punto sería letal. Autorizo eliminación inmediata del objetivo.
Kross soltó una risa seca. Rota.
—No lo parezco, puta, pero tengo implantes genéticos —dijo—. Soy rápido. Mucho más de lo que crees. No me vas a acertar tan fácil… y, aunque lo hagas, esa mierda de fusil no me va a matar antes de que te mate yo.
Hubo un ruido metálico entre las sombras.
—¿Te gustó la granada? —continuó—. Tengo más. Acércate… y te las muestro.
Kross se movía en la oscuridad con una soltura antinatural.
Para Aline era apenas un contorno definido en la visión térmica, agazapado detrás de estanterías volcadas. El problema no era verlo.
Era alcanzarlo con las fallas del exoesqueleto.
Estaba manipulando algo con la mano. No podía distinguir qué. El factor seguía ocultando la firma tecnológica.
El pitido en su cabeza empezaba a disiparse, pero el dolor en la espalda seguía ahí, sólido, constante, clavado entre los músculos como una barra de metal caliente.
—Oráculo —dijo Aline, respirando hondo—. ¿Puedes pilotear el exoesqueleto?
—Puedo —respondió la IA—. Pero abandonar la armadura implica exposición directa. Riesgo elevado de muerte por radiación zero.
—Solo necesito una distracción —contestó ella—. Voy a usar el cañón. Te encargo el traje.
No esperó respuesta.
Cambió el cargador del fusil, activó el lanzador auxiliar y disparó una munición cegadora.
El proyectil explotó cerca de Kross en una detonación de luz blanca y pulsos sónicos. El zero lanzó un grito ahogado, cegado por el aturdimiento.
En el mismo movimiento, Aline abrió el exoesqueleto y salió.
Rodó por el suelo en silencio. El cuerpo le dolía, pero todavía respondía. Sus ojos tecnificados cambiaron a visión térmica mientras se deslizaba entre cajas, metal retorcido y equipos destrozados, aprovechando cada cobertura.
Detrás de ella, Oráculo tomó el control del traje.
El exoesqueleto avanzó de frente, pesado, disparando ráfagas para mantener presión constante.
Kross reaccionó con furia.
En su mano apareció una granada envuelta en un campo energético tenue. El factor concentrado alrededor de ella hacía vibrar el aire.
—¡Ven! —gritó—. ¡Ven de una puta vez!
Alzó el brazo para lanzarla.
Y entonces la vio.
Por el rabillo del ojo.
Aline emergiendo entre las estanterías, ensangrentada, cubierta de polvo y restos metálicos. Los ojos clavados en él con una furia absoluta.
Su brazo derecho ya no parecía humano.
El cañón estaba desplegado por completo. Las venas luminosas recorrían la estructura mientras el núcleo cargaba energía.
Kross apenas alcanzó a abrir los ojos.
Aline disparó, ya sin las distorsiones del HUD.