Factor Zero 28
94%

28

Oráculo no dejó de hablar, pero su voz ya no sonaba a simple información. Era una advertencia.

—Teniente Voss —dijo—. Sus niveles de respuesta emocional superan los parámetros seguros. Su estado no es óptimo. Está operando bajo ira aguda. Recomiendo desacelerar.

Aline no respondió.

El mundo, visto a través del HUD del exoesqueleto, era una superposición constante de capas: térmica, cinética, estructural, espectroscópica. Y, por debajo de todo eso, persistía una anomalía. Un rastro.

Veinte metros más abajo.

Ajustó los filtros del visor. Eliminó ruido. Recalibró los parámetros.

Entonces lo vio.

Bajo los restos del living destrozado, escombros, estanterías volcadas, equipos partidos, cables colgando, había una discontinuidad estructural evidente: una superficie metálica rectangular que no coincidía con el resto del piso.

Recordó el gesto de Kross justo antes de dejarlos pasar.

—Acceso oculto detectado —confirmó Oráculo.

Aline no perdió tiempo.

Avanzó y lanzó una patada con el exoesqueleto.

El impacto fue brutal.

Cajas, paneles falsos y restos de equipo salieron despedidos en todas direcciones. El estruendo retumbó por todo el departamento. Debajo apareció una escotilla.

Gruesa. Metálica. Manual. Integrada al piso. Vieja, pero reforzada. Un panel lateral dejaba ver trabas internas de acero, diseñadas para soportar presión y peso desde arriba.

—Puedo abrirla —comenzó Oráculo—. Deme dos…

Aline ya tenía el cuchillo en la mano.

La hoja de adimarium se desplegó con un zumbido grave. El filo vibró al alcanzar la frecuencia de corte y el visor marcó las trabas internas en rojo.

Clavó la hoja y cortó.

El acero cedió como manteca caliente. Una traba. Otra. Otra más. Todo en apenas segundos. Luego Aline enganchó el borde de la escotilla con el brazo del exoesqueleto y la arrancó de cuajo, lanzándola a un lado.

Debajo se abría el descenso.

Oscuridad.

Profundidad.

Una escalera metálica descendía en vertical por un túnel excavado y reforzado con placas irregulares. El aire era más húmedo. Olía a óxido, alcantarillado y metal viejo.

Más abajo, luces rojas y azules teñían un pasillo estrecho.

—Estructura subterránea no registrada —informó Oráculo—. Detecto una plataforma de descenso. Posible ascensor manual. Múltiples firmas térmicas.

Aline saltó.

Se dejó caer al vacío y activó los gravitones del traje. El descenso se estabilizó al instante; el cuerpo flotó apenas, corrigiendo la trayectoria para no rozar las paredes.

Aterrizó con un golpe seco sobre una plataforma metálica inferior.

Delante de ella se extendía un pasillo angosto e industrial, iluminado por destellos alternados de rojo y azul. Conductos a la vista. Puertas laterales, algunas abiertas.

Sangre.

Mucha sangre.

Radioactiva, aunque ya inofensiva, manchaba el suelo y las paredes en un rastro irregular que conducía hacia una puerta al fondo. Allí donde había caído, el metal presentaba quemaduras oscuras.

—Confirmo —dijo Oráculo—. Sangre de Eiden Kross. El rastro continúa.

Aline dio un paso.

Varios hombres se asomaron desde las puertas laterales. Armados. Sus rostros mostraron una mezcla inmediata de sorpresa y terror al ver un exoesqueleto Anti-Zero allí abajo.

Dispararon.

Los primeros impactos golpearon el blindaje. Otros chocaron contra el escudo personal, que se activó de forma reactiva y absorbió la energía cinética con un pulso grave.

Aline no se cubrió.

Cambió el fusil a modalidad penetrante y electromagnética.

El arma zumbó. Los estabilizadores se reajustaron.

Y disparó.

Las ráfagas atravesaron los escudos personales como si no existieran. La energía diseñada para combatir Zeros destrozó cuerpos humanos con una violencia monstruosa.

Un hombre perdió medio torso.

Otro salió despedido contra la pared y se desintegró entre fragmentos de carne y metal.

Un tercero intentó retroceder, pero el disparo le arrancó las piernas antes de que pudiera siquiera gritar.

El pasillo se llenó de humo, sangre y restos.

Aline siguió avanzando. Y rematando.

Cada paso del exoesqueleto sonaba pesado. Mecánico. Implacable.

Otro disparo.

Otra puerta abierta.

Otro cuerpo cayendo en pedazos.

Aline no gritaba. No hablaba.

Solo apretaba los dientes mientras el fusil vomitaba muerte en ráfagas controladas.

Al pasar frente a una de las puertas laterales abiertas de par en par, giró apenas el torso del exoesqueleto para mirar dentro.

El HUD reaccionó de inmediato.

Capas de análisis cubrieron el interior: firmas térmicas, trayectorias probables, puntos de cobertura, posibles amenazas ocultas.

La habitación era pequeña y estaba abarrotada. Mesas improvisadas, cables, equipos viejos apilados sin orden. Nada vivo.

Aline siguió adelante.

La siguiente puerta mostraba algo distinto.

Un espacio preparado para grabaciones.

Iluminación artificial fija. Cámaras montadas en trípodes y soportes de pared, todas apuntando hacia una cama enorme, apenas tapada por sábanas revueltas.

Debajo de ellas, una pareja desnuda la miraba con los ojos desorbitados, paralizada por el terror al ver una armadura Anti-Zero cubierta de sangre.

No gritaban.

Ni siquiera se movían.

Solo temblaban.

Aline no se detuvo.

Siguió caminando.

Más adelante, el pasillo cambiaba otra vez. El aire era más frío. Más cerrado. Un corredor estrecho conducía a una serie de compartimentos reforzados, alineados uno junto a otro.

Celdas improvisadas.

De allí habían salido varios de los hombres armados que ahora yacían despedazados sobre el suelo.

Una puerta se abrió de golpe frente a ella.

Una mujer salió disparada al pasillo.

Era delgada, ágil. Llevaba el cabello corto, teñido de un lila brillante que parecía emitir luz propia en la penumbra.

Escamas irregulares cubrían partes de su piel y reflejaban los destellos rojos y azules del corredor.

Sus ojos amarillos se clavaron en Aline con una mezcla feroz de rabia y cálculo.

El HUD reaccionó tarde.

La descarga eléctrica explotó desde el cuerpo de la mujer.

Un arco violento cruzó el aire y golpeó de lleno el escudo personal de Aline.

El campo colapsó al instante.

—Zero de Rayo detectado —advirtió Oráculo—. Escudo descargado. Consumo total de la célula.

Aline abrió fuego en ráfaga.

La mujer ya se estaba moviendo.

Saltó hacia atrás con una velocidad absurda y desapareció tras el marco de la puerta justo cuando los proyectiles arrancaban fragmentos de pared y metal del lugar donde había estado un segundo antes.

Aline avanzó.

Corrió.

Volvió a disparar mientras atravesaba la puerta.

La habitación era amplia, una mezcla de comedor y bodega. Estanterías altas, mesas largas, cajas apiladas. La zero se desplazaba entre ellas como una sombra, liberando nuevas descargas que estallaban contra el blindaje del exoesqueleto, saturando sensores y forzando sistemas.

Varios disparos impactaron.

La zero sangró.

Pero apenas.

La dureza de su cuerpo absorbía buena parte del daño.

—Mierda… —gruñó Aline.

Estaba perdiendo tiempo.

Desde un corredor al fondo aparecieron más hombres armados.

Aline giró el torso y abrió fuego antes de que reaccionaran.

Sus escudos personales resistieron apenas una fracción de segundo antes de colapsar por la munición electromagnética.

Los cuerpos se deshicieron contra el suelo y las paredes.

Ningún disparo enemigo logró atravesar el blindaje.

Aline sacó dos granadas del arnés del exoesqueleto y las lanzó hacia el interior de la sala sin detenerse a apuntar. Retrocedió de inmediato al pasillo y cerró la puerta de un golpe seco, aprovechando el peso del traje.

Un segundo después, las explosiones sacudieron toda la estructura.

El estruendo recorrió los túneles subterráneos, haciendo vibrar el metal bajo sus pies y arrancando chispas de los conductos expuestos. El suelo tembló como si algo enorme se hubiera movido bajo tierra.

No tuvo tiempo de comprobar el daño.

La mujer apareció frente a ella a menos de dos metros.

Como si el espacio se hubiera plegado para escupirla directamente al pasillo.

En ambas manos se le formaron cuchillas de relámpagos: arcos de electricidad condensada que chisporroteaban con violencia mientras se lanzaba sobre Aline con un grito gutural, cargado de furia.

Aline reaccionó por puro instinto.

Le atrapó uno de los antebrazos en pleno ataque, sintiendo cómo la descarga recorría el blindaje del exoesqueleto y saturaba sensores secundarios.

Pero la otra cuchilla impactó de lleno contra la armadura.

Una vez. Dos. Tres. Cada puñalada arrancaba chispas violentas y hacía que partes del metal se encendieran al rojo por los arcos eléctricos que recorrían la hoja.

El exoesqueleto se deformaba levemente con cada impacto.

Al mismo tiempo, Aline desenvainó el cuchillo de adimarium con la otra mano.

El choque fue brutal.

Metal contra energía viva.

Todo ocurrió en segundos.

Los impactos resonaron por todo el pasillo mientras la zero seguía golpeando la cuchilla eléctrica contra el exoesqueleto. Entonces Aline avanzó usando todo el peso del traje y le estampó un cabezazo directo en el rostro.

Luego otro.

La mujer se tambaleó, aturdida. Las puñaladas se detuvieron apenas un instante. Y fue suficiente.

Aline la empujó contra la pared con el antebrazo, inmovilizándola con una fuerza aplastante, y comenzó a apuñalar sin pausa con el cuchillo de adimarium, buscando puntos blandos entre las escamas endurecidas.

La hoja entraba y salía una y otra vez. Sangre radioactiva brotó sobre la armadura y el suelo, siseando al contacto con el metal mientras dejaba pequeñas quemaduras humeantes.

La zero gritó.

Y descargó toda su energía de golpe.

La radiación eléctrica inundó el corredor, recorriendo paredes y conductos, derritiendo secciones de metal y quemando cableado expuesto. Durante un instante el aire se volvió irrespirable, cargado de ozono y calor.

La armadura absorbió la mayor parte del impacto.

Pero no todo.

Alertas rojas comenzaron a encenderse por el HUD. Los sistemas secundarios empezaron a caer uno tras otro.

Las luces del pasillo parpadearon y se apagaron.