27 #2
—Las cámaras de este sector no pertenecen al complejo ni a la red de vigilancia de Ciudad Metro —añadió Oráculo—. Son sistemas privados. Tengo acceso.
Varias imágenes se superpusieron en sus implantes: ángulos distintos, entradas, esquinas ciegas.
Ninguna los mostraba avanzando.
—El salto de lapso está activo —precisó Oráculo—. No quedarán registros de su desplazamiento. El patrón de ocultamiento es similar al que detecté en los desfases asociados a Eiden Kross… aunque más rudimentario. Él no puede estar conectado directamente a la red de Metro.
Doblaron una esquina y se detuvieron.
—Residencia marcada.
Era una casa baja, encajada entre departamentos de aspecto precario. La fachada estaba descuidada; la puerta metálica tenía la pintura descascarada y la luz exterior parecía a punto de apagarse.
Joren se adelantó y tocó el timbre.
Durante un instante no ocurrió nada.
Luego, tras insistir un par de veces más, se escucharon pasos.
Aline tensó apenas los hombros.
La puerta se abrió.
Contra todo pronóstico, Eiden Kross apareció frente a ellos exactamente igual que en los registros: delgado, encorvado, ojos pequeños y huidizos, cabello castaño mal cuidado. Los observó un segundo más de lo normal. Primero a Aline. Después a Joren.
—Detecto señales elevadas de reconocimiento —indicó Oráculo.
—¿Sí? —preguntó el hombre con voz baja.
La mirada volvió a detenerse en Aline. Demasiado tiempo. Había algo en esa forma de observarla que le erizó la piel. Por un instante regresaron las palabras de Lara. El asco. El miedo.
Aline adoptó de inmediato su tono profesional.
—¿Eiden Kross?
—Sí —respondió él—. ¿En qué puedo ayudarlos?
—Somos la teniente Aline Voss y el especialista Joren Malek, agentes de Megatech.
Mostró una identificación digital. El brillo holográfico se reflejó en los ojos de Kross.
—Necesitamos hacerle unas preguntas relacionadas con actividades recientes. Red Noctis.
Kross parpadeó apenas. Un gesto mínimo. Se humedeció los labios.
—Claro —dijo después de un segundo—. No hay problema. ¿Qué necesitan saber?
—Preferimos hablar adentro —intervino Joren—. No es algo que convenga discutir en la calle.
Eiden los observó en silencio. Los labios le hicieron un movimiento extraño, compulsivo, como si estuviera masticando algo invisible. Después volvió a fijarse en Aline.
—Está bien —dijo al fin—. Pasen. Solo… denme un segundo.
Cerró la puerta.
Desde el interior se escuchó movimiento rápido. Algo arrastrándose. Un golpe seco.
La puerta volvió a abrirse.
—Adelante.
Entraron.
El living era pequeño, desordenado y claramente de clase baja. Muebles viejos, cables cruzando el suelo, cajas abiertas. Había equipamiento repartido por todas partes sin ningún orden aparente: placas, módulos, piezas desmontadas.
Dos puertas laterales.
Un pasillo estrecho.
Y al fondo, un escritorio improvisado con un terminal encendido que parpadeaba.
—Sepan disculpar el desorden —dijo Kross.
—Detecto múltiples piezas ilegales —informó Oráculo en sus cabezas—. Módulos de acceso ciudadano modificados, interferidores de señal de corto alcance y componentes de rastreo urbano no autorizados. Nada de esto corresponde a uso doméstico.
Aline y Joren intercambiaron una mirada breve.
Todavía no dijeron nada.
Kross carraspeó.
—Denme un momento… estaba por tomar mi medicación.
Sin esperar respuesta, se internó en la pequeña cocina contigua. Aline y Joren siguieron cada uno de sus movimientos.
La cocina era estrecha e improvisada. Un refrigerador antiguo, con la puerta abollada, zumbaba de forma irregular. Kross lo abrió, tomó una botella de agua a medio llenar y la cerró de un golpe seco. Luego caminó hasta el escritorio, abrió un cajón inferior y extrajo un frasco de plástico opaco.
Pastillas.
Sacó una, la observó un instante y se la llevó a la boca. Bebió agua. Tragó. Después soltó el aire lentamente, como si recién entonces pudiera respirar con normalidad.
Regresó al living y se dejó caer en uno de los sillones, rígido, con las manos apoyadas sobre las rodillas.
—Siéntense, por favor —dijo—. Me sorprende ver agentes de Megatech por aquí. Se supone que Red Noctis fue desmantelada… o eso dijeron las noticias.
—Así es —respondió Aline enseguida.
Su implante confirmó lo evidente: nerviosismo elevado, sudoración, microtemblores en las manos. Pero ni siquiera hacía falta la lectura emocional para notarlo. Kross tenía la frente perlada y la camisa pegada a la espalda.
—Pero no todas las viviendas fueron intervenidas —continuó ella—. Ni todos los residentes interrogados. Se nos asignó entrevistar a algunos vecinos para detectar actividades que pudieron haber quedado fuera del operativo inicial.
Joren se acercó a una de las mesas bajas y señaló el equipamiento disperso.
—Por ejemplo… esto. Interferidores de corto alcance. Módulos de acceso urbano. Componentes de rastreo civil. Todo pertenece al área pública de la ciudad. ¿Para qué tiene este equipo?
Kross siguió la dirección de su dedo y parpadeó rápido.
—Es equipamiento viejo… dañado —respondió—. Lo compro a chatarreros. Reutilizo piezas.
—Mentira —sentenció Oráculo en sus cabezas.
Aline avanzó unos pasos y observó la pantalla holográfica del área contigua. Seguía activa, aunque bloqueada. No había tráfico externo visible.
—¿Puedes saber qué estaba haciendo? —preguntó mentalmente.
—Negativo —respondió Oráculo—. Esta residencia no está conectada a ninguno de mis nodos. El sistema es local y cerrado.
Hizo una pausa mínima.
—Peculiar.
Aline volvió la vista hacia Kross.
—Vamos a serle sinceros, señor Kross —dijo—. El especialista Malek y yo formamos parte de una unidad Anti-Zero. Érebo 9.
El hombre se tensó apenas.
—En las últimas semanas —continuó ella—, dos de nuestros compañeros sufrieron un hackeo masivo en sus terminales neurales. Ese ataque derivó directamente en sus muertes. Los responsables pertenecían a la organización conocida en este vecindario como Red Noctis.
Hizo una pausa, sosteniéndole la mirada.
—Después de la redada reciente, no quedamos conformes. La información obtenida no fue suficiente para cerrar el caso. Por eso estamos revisando zonas que pudieron haber quedado fuera del operativo. Especialmente domicilios aislados. Alejados. Lugares que… casi ni parecen parte del mismo bloque.
Joren se apoyó contra la pared, atento, sin perder de vista a Kross.
—Esta área —añadió Aline— pertenecía a una antigua bodega industrial. Aunque ahora figure asociada a Lázaro, técnicamente sigue siendo un sector aparte. Megatech intervino el bloque principal, pero nunca ingresó aquí. Usted permaneció en esta vivienda durante toda la redada.
—Preferí no salir —respondió Kross—. Como nadie vino a mi casa… no quise llamar la atención.
—¿A qué se dedica actualmente? —preguntó Aline.
—Estoy desempleado —dijo él—. Pero soy ingeniero informático. Hago trabajos freelance mientras busco algo estable. Me alcanza para pagar este lugar y vivir.
—¿Desde cuándo reside en Bloque Lázaro?
—Desde siempre. Bueno… casi siempre. Desde niño.
Aline inclinó apenas la cabeza.
—¿Conoce a Lara y Riven Dayne?
Kross dudó.
Fue mínimo.
Pero bastó.
—No… no los conozco.
—Mentira —confirmó Oráculo al instante.
Joren intervino enseguida.
—¿Conocía a alguno de los residentes detenidos durante la redada? ¿Frecuentaba los locales de la zona alta? ¿Bares? ¿Talleres?
—No mucho —respondió Kross—. Prefiero quedarme en casa. Trabajo solo.
—¿Y visitas? —insistió Joren—. ¿Clientes? ¿Colegas?
—No. Todo es remoto.
Joren señaló el terminal del fondo.
—Curioso. Para alguien que trabaja en remoto, su sistema no tiene conexión a la red pública. Ni siquiera encriptada. Eso no es normal.
Kross tragó saliva.
—Es… por seguridad.
—¿Seguridad contra qué? —preguntó Aline.
El silencio se estiró unos segundos.
Kross bajó la mirada y empezó a frotarse las manos.
—En este barrio… uno aprende a cuidarse.
Aline sostuvo sus ojos.
Sabía que mentía.
Y él sabía que ella lo sabía.
—Me conecto solo cuando es necesario —añadió rápido—. Cuando termino, desconecto todo. Tengo mi propio servidor local. Mi propia IA. No necesito sistemas externos. Si hace falta acceso, conecto un momento y listo.
Se pasó una mano por el cuello. Estaba empapado en sudor.
—Todos sabían lo que era Noctis y de lo que eran capaces. Aprendí a trabajar así para evitar ataques. Para estar tranquilo.
—Eso no es normal —dijo Aline, sin suavizar el tono—. Es bastante raro.
Avanzó un paso.
—Tenemos registros suyos en distintos puntos de la ciudad. Apariciones y desapariciones sin continuidad visual. Tramos enteros donde deja de existir para las cámaras y reaparece después en otro lugar. ¿Puede explicarlo?
El implante de Aline reaccionó de inmediato.
Frecuencia cardíaca en ascenso.
Sudoración extrema.
Microespasmos faciales.
—Respuesta fisiológica incompatible con tranquilidad —informó Oráculo.
Kross abrió la boca.
—Yo… es que…
Balbuceó.
Se llevó una mano al rostro y parpadeó varias veces.
Y entonces ocurrió.
La respiración se estabilizó de golpe.
Los hombros dejaron de temblar.
La tensión desapareció de su cara como si alguien hubiera accionado un interruptor.
Después sonrió.
Una sonrisa amplia.
Satisfecha.
—Al fin —dijo.
Aline y Joren se miraron al mismo tiempo.
—¿Al fin qué? —preguntó Joren.
Kross inclinó apenas la cabeza.
—Al fin esta puta pastilla hizo efecto.
Joren no alcanzó a reaccionar.
Sintió un pinchazo seco.
Una presión brutal dentro del cráneo.
Como si alguien intentara arrancarle el computador neural desde adentro.
Y después llegó la explosión.
Primero no hubo sonido.
Solo blanco.
Un impacto sordo que lanzó a Aline contra el suelo.
Luego apareció el pitido.
Agudo.
Constante.
Taladrándole el oído izquierdo.
Sangre.
Fragmentos.
El cuerpo de Joren cayó sin forma, desplomándose como un peso muerto. La cabeza destruida. El implante reducido a restos humeantes. Parte de la carne desintegrada por radiación.
Aline impactó contra el piso, aturdida, empapada en sangre ajena. El mundo giró a su alrededor.
Alzó la vista con dificultad.
Kross se estaba incorporando.
Con calma.
Sonriendo.