26 #2
—Puedo hablarles de Irek —dijo finalmente—. Pero no sé qué mierda es Red Noctis.
Se encogió apenas de hombros.
—Me pagan por salir con hombres. O ellos me pagan a mí. Ya saben perfectamente a qué me dedico, así que no voy a fingir otra cosa.
Dio otra calada.
—Tengo un cliente habitual. Nunca vi su cara. Nunca supe su nombre real. Solo un alias: Ghostline.
Joren sintió cómo Aline se tensaba apenas.
—A veces me paga para acercarme a hombres específicos —continuó Iris—. Me manda ubicación, horario, bar o club. Mi trabajo es hablarles, seducirlos, acostarme con ellos. Nada más.
Aline no apartó la vista de ella.
—Irek Damond fue uno de esos trabajos.
Iris asintió lentamente.
—Sí.
Frunció apenas el ceño, intentando ordenar recuerdos entre la niebla química.
—Me mandó a buscarlo a un bar… algo de óxido. Halcón de Óxido, creo.
Miró el humo elevarse delante suyo.
—Fui. Hablé con él. No fue difícil. Le gusté enseguida.
Se acomodó contra el sofá.
—Salimos toda la semana. Nos acostamos varias veces. El martes me pidieron que lo llevara a un complejo privado. Un barrio de lujo. Quería que dijera que el departamento era mío.
Joren sintió un nudo incómodo cerrársele en el estómago.
—Me pagaron veinte mil créditos —continuó Iris, completamente vacía— para darle una droga. Algo que lo dejara profundamente dormido.
Bajó la mirada.
—La puse en su bebida. Esperé. Cuando cayó inconsciente, avisé.
Aline apretó la mandíbula.
—Después llegaron esos hombres. Sí. Entraron al departamento. Me dijeron que desapareciera durante cuatro horas.
Levantó los ojos hacia ellos.
—Y eso hice.
La voz seguía igual de plana.
—No sé qué le hicieron. Nunca pregunté.
Se recostó lentamente otra vez contra el respaldo.
—El hombre de la capucha es quien me contrata. Ghostline.
Dio otra calada.
—Nunca usa nombres reales. Nunca direcciones. Solo números descartables. Cuando un trabajo termina… desaparece.
—¿Y después? —preguntó Joren.
—Iba siguiendo las instrucciones que me daban —respondió Iris—. Me dijeron que siguiera viendo a Damond el resto de la semana. Y eso hice. Hasta el domingo.
Se quedó callada unos segundos, mirando el humo elevarse lentamente frente a ella.
—Sobre lo que pasó después… no sé nada. Vi lo de la base en las noticias. Irek me había comentado que trabajaba en una, pero nunca dijo cuál. Pensé que era otra historia corporativa más.
Levantó apenas la vista hacia ellos.
—Que ustedes estén aquí me deja claro que no lo era.
Aline la observaba con atención.
No había ansiedad.
No había grietas visibles.
Solo agotamiento.
—Y si esperan que les dé información sobre quien me contrató, no la tengo —continuó Iris—. Nunca pregunto demasiado. No me involucro más de la cuenta. Hay hombres con fetiches raros, secretos raros y dinero suficiente para pagar silencio. Yo hago mi trabajo mientras la cifra valga la pena.
Miró el cigarrillo entre sus dedos.
—Los remordimientos desaparecen rápido en este ambiente. Las drogas ayudan bastante. Ayudan a no pensar demasiado en con quién te acuestas… o en lo que te piden hacer.
Alzó los ojos otra vez.
Vacíos.
—Mi trabajo es legal. No maté a nadie. No ataqué ninguna base. Y no tengo mucho más que decirles… salvo que quieran detalles más íntimos de esa semana.
El silencio que quedó fue pesado.
Demasiado limpio.
Demasiado frío.
Aline recibió la confirmación silenciosa de sus implantes: no había alteraciones emocionales relevantes. Ninguna disonancia detectable.
Iris decía la verdad.
O al menos, la verdad que ella misma aceptaba.
—Descríbelo —pidió Aline—. Al encapuchado. No lo que hacía. Quiero saber cómo se movía. Cómo hablaba.
Iris frunció apenas el ceño, obligándose a rebuscar en recuerdos que claramente prefería no tocar.
—No recuerdo tanto como quisiera… —murmuró—. Siempre llevaba el mismo abrigo largo. Nada especial. Guantes. Y la máscara holográfica nunca mostraba nada concreto. Solo una silueta neutra.
Dio otra calada.
—La voz estaba distorsionada, pero no sonaba robótica. Era masculina. Hablaba poco. Muy directo. Como alguien que siempre está pensando en otra cosa.
Se quedó unos segundos mirando hacia un punto vacío antes de continuar.
—Y caminaba raro. No nervioso… más bien calculando todo el tiempo. Como si estuviera midiendo espacios constantemente. Miraba cada detalle, incluso cuando fingía no hacerlo.
Hizo una pequeña mueca.
—Y estaba un poco encorvado. Como alguien que pasa demasiadas horas sentado frente a una pantalla.
Joren intercambió una mirada rápida con Aline.
—¿Algo más? —preguntó.
Iris soltó el humo lentamente.
—Me dijo que me estaba pasando con el Citrax. Que aflojara un poco.
Aline arqueó apenas una ceja. Damond había mencionado esa droga antes.
—Le dije que no era asunto suyo —continuó Iris—. Y no volvió a hablar del tema.
—¿Los maletines? —preguntó Aline—. ¿Qué viste exactamente?
Iris exhaló despacio antes de responder.
—No soy médico. Pero vi abrir uno cuando entraron. Había cosas que reconozco de hospitales. Instrumental. Inyectores. Algunas cápsulas metálicas.
Negó apenas con la cabeza.
—No quise mirar demasiado.
Joren mantuvo la vista fija en ella.
—¿Y cuando volviste al departamento?
—Nada raro. Todo limpio. Sin olor a sangre. Sin señales de pelea.
Bajó la mirada un instante.
—Irek estaba tirado en el sofá, completamente dormido. Me desnudé, me acosté con él y fingí que me había quedado dormida también. Cuando despertó, le dije que seguramente se había desmayado por mezclar alcohol y drogas.
Joren dio un paso apenas hacia adelante.
—¿Entiendes que drogarlo y facilitar todo eso te convierte en cómplice?
Iris levantó la vista hacia él.
No había desafío.
Ni culpa.
Solo una distancia emocional casi inquietante.
A Joren le recorrió un escalofrío involuntario.
Se parecía demasiado a Oráculo.
—No maté a nadie —respondió Iris con calma—. Le di droga a un hombre con el que llevaba días consumiendo. Toda la semana fue igual.
Se encogió apenas de hombros.
—Si creen que eso merece cargos, adelante. Para eso pago abogados.
Aline siguió observándola unos segundos antes de volver a hablar.
—¿Durante esos días notaste algo raro en él? ¿Dolores de cabeza? ¿Malestar físico?
Iris asintió.
—Sí. Se quejaba bastante del dolor de cabeza durante el fin de semana.
Hizo una pequeña mueca cansada.
—Pensé que simplemente no aguantaba mi ritmo. A muchos les pasa. Sobre todo, cuando ya tienen cierta edad.
Joren bajó apenas la mirada.
—Pero cumplió —añadió Iris, apagando el cigarrillo.
La voz de Oráculo resonó dentro de sus implantes.
—El departamento no presenta irregularidades relevantes. La declaración es consistente. Estoy rastreando el alias Ghostline, pero las coincidencias son múltiples y existen demasiadas inconsistencias de identidad.
Aline volvió a mirar a Iris.
Y dejó de verla como una amenaza.
Era otra cosa.
Una herramienta desgastada.
Alguien demasiado rota como para reaccionar ya ante ciertas cosas.
Pensó inevitablemente en Lara.
En el miedo constante.
En la forma en que todavía podía quebrarse.
La diferencia entre ambas era brutal.
—No hay valor operativo en continuar aquí —concluyó Oráculo—. Presentar cargos no producirá resultados relevantes. Procederemos con Eiden Kross. He obtenido nueva información. Es… delicada.
Aline dio un paso atrás.
—Eso es todo por ahora —dijo—. No salgas de Ciudad Metro.
Iris alzó apenas una ceja.
—Nunca lo hago.
Aline y Joren se dieron vuelta para marcharse.
—Si sirve de algo… —dijo Iris a sus espaldas cuando ya cruzaban la sala.
Ambos se detuvieron.
No se giraron enseguida.
—Irek me parecía una buena persona —continuó ella—. Hablaba mucho de ustedes. De Aline. De Joren.
Hizo una pausa breve.
—Como si fueran su familia.
Aline sintió un peso extraño en el pecho.
—Y hablaba bastante de su hija. Lena.
Ahora sí se giraron.
Iris seguía sentada exactamente igual.
Cansada.
Vacía.
—No suelo sentir pena por gente que no conozco —dijo finalmente—. Eso lo aprendí hace mucho tiempo. Pero no me gusta cómo terminó esto. Ni verme metida en toda esta mierda.
Apretó los labios apenas un instante.
—No voy a volver a aceptar trabajos de Ghostline. Yo vendo placer. No trabajo para homicidas.
Levantó la mirada directamente hacia ellos.
—Y… si sirve de algo… lo lamento.
Aline y Joren la observaron unos segundos más.
Pero el rostro de Iris era imposible de leer.
No dijeron nada.
Salieron del departamento.
Y mientras avanzaban por el pasillo, la sensación que quedó entre ambos fue clara. Amarga.
Red Noctis no necesitaba monstruos.
Le bastaba con encontrar personas rotas… y saber exactamente cómo utilizarlas.