26
El vehículo se deslizó por la autopista aérea como una bala silenciosa, integrándose al flujo constante de tránsito elevado. A su alrededor, Ciudad Metro se desplegaba en capas superpuestas de luces, rutas suspendidas y torres que desaparecían dentro de la bruma artificial.
A medida que avanzaban, comenzaron a aparecer los muros divisorios entre distritos.
Eran inmensos.
Colosos de hormigón reforzado, metal y paneles de control que superaban fácilmente los cien metros de altura. Fronteras internas levantadas en medio de la ciudad, separando sectores enteros como si pertenecieran a mundos distintos.
El vehículo los sobrevoló sin dificultad mientras Oráculo ajustaba la ruta.
—Ingresando al Distrito Helix —anunció la IA—. Sector medio-alto.
El cambio fue inmediato, aunque sutil.
Menos contaminación visual.
Menos anuncios agresivos.
Menos ruido.
Las torres eran más estilizadas, más limpias, con superficies reflectantes y jardines verticales integrados a las fachadas. Incluso la seguridad se veía distinta: presente, constante… pero discreta.
—Torre Lázuli —continuó Oráculo—. Trescientos doce niveles. Residencial privada. Iris Calder reside en el nivel doscientos ochenta y seis.
El vehículo redujo velocidad y comenzó a ascender en vertical hasta alinearse con una de las plataformas superiores de aterrizaje.
El aparcamiento aéreo rodeaba la torre como un anillo metálico suspendido a cientos de metros del suelo. Plataformas circulares, iluminación tenue, espacios reservados para vehículos de lujo y unidades corporativas.
Aterrizaron con suavidad.
Las compuertas se abrieron y el silencio los envolvió de inmediato.
No había personal visible.
Solo drones de mantenimiento desplazándose lentamente por rieles laterales.
—Su presencia ha sido registrada —informó Oráculo—. El personal de la torre fue notificado. No intervendrán.
Aline y Joren descendieron del vehículo y caminaron hacia el acceso interno.
Frente a ellos, una barrera automatizada bloqueaba el paso: hologramas sólidos, advertencias suspendidas en el aire y símbolos rojos de ACCESO RESTRINGIDO pulsando de forma constante.
—Desactivando protocolo de contención —indicó Oráculo.
Los hologramas parpadearon y comenzaron a fragmentarse en líneas de luz antes de desaparecer. El campo de seguridad cayó con un zumbido grave.
—Tienen treinta segundos —añadió la IA—. Ingresen.
Atravesaron el acceso.
Las barreras se reactivaron inmediatamente detrás de ellos.
—Según mis registros, Iris Calder continúa en su departamento —continuó Oráculo—. Ingresó a las 06:19 y no ha vuelto a salir.
Joren frunció el ceño mientras avanzaban.
—No somos policías… ¿de verdad podemos entrar así? —murmuró a través del implante.
—Existen agentes corporativos autorizados a operar en múltiples jurisdicciones privadas —respondió Oráculo—. Con permisos de Megatech, el acceso queda validado. En Ciudad Metro, Megatech constituye la autoridad efectiva.
Joren no respondió.
El corredor era amplio e impecable, con paredes claras y paneles de vidrio inteligente que se oscurecían apenas ellos pasaban. Un ascensor los esperaba ya abierto.
Entraron.
El desplazamiento vertical fue rápido, casi imposible de percibir.
Las cifras ascendieron hasta detenerse en el nivel doscientos ochenta y seis.
Las puertas se abrieron hacia un pasillo silencioso, alfombrado, iluminado por luces suaves y sin cámaras visibles.
Aunque ambos sabían perfectamente que estaban allí.
—Departamento 286-C —indicó Oráculo.
Caminaron hasta la puerta.
Aline llamó una vez.
Después otra.
Nada.
—¿Segura de que está aquí? —preguntó.
—Confirmado —respondió Oráculo—. Procediendo a abrir acceso.
La cerradura emitió un sonido seco y la puerta se deslizó lentamente hacia un lado.
—Ingresen.
Joren llevó la mano al arma reglamentaria por puro reflejo, aunque no llegó a desenfundarla.
Aline entró primero.
El departamento era amplio, elegante y claramente caro. El aire olía a perfumes suaves, alcohol y algún aromatizante ambiental demasiado refinado. Un sofá enorme dominaba la sala, rodeado de mesas bajas de diseño y nodos holográficos apagados sobre las paredes.
Había botellas abiertas.
Copas.
Ropa abandonada sobre un respaldo.
Un par de zapatos tirados junto a un sillón.
Pequeños restos de desorden dentro de un entorno cuidadosamente construido.
La clase de caos que deja alguien acostumbrado a vivir de noche.
Varias puertas se abrían hacia un corredor lateral.
—¿Está sola? —preguntó Aline mientras observaba alrededor.
—Teniente Voss —respondió Oráculo—. Si hubiera otra presencia ya se lo habría indicado. Iris Calder se encuentra sola. El dormitorio principal está al final del pasillo, a la izquierda.
Una línea holográfica tenue apareció en el campo visual de ambos, marcando el recorrido.
—Revisen.
Avanzaron despacio, atentos a cualquier ruido.
Pero el departamento estaba demasiado silencioso.
Y era precisamente ese tipo de silencio el que ponía nerviosa a Aline.
Mientras caminaban, fue registrando detalles casi sin querer: restos de maquillaje sobre una superficie de vidrio, un estuche abierto con pastillas de distintos colores, ropa de diseñador mezclada con prendas mucho más funcionales.
Llegaron a la puerta del dormitorio.
Aline se detuvo un segundo.
Tomó aire.
Y empujó.
La habitación estaba en penumbra y en desorden.
Y no estaba vacía.
Ropa tirada sin cuidado sobre el suelo pulido: un vestido oscuro arrugado junto a la cama, zapatos de tacón volcados cerca de una mesa baja, ropa interior abandonada entre botellas vacías y envoltorios abiertos.
El aire estaba cargado de perfume caro, sudor y un trasfondo químico dulzón que se pegaba en la garganta.
Iris Calder yacía sobre la cama, desnuda, boca arriba, con un brazo colgando hacia el costado y el cabello negro extendido sobre la almohada. Respiraba lento. Pesado.
El implante de Aline cambió automáticamente de modalidad. La visión se adaptó a la oscuridad, resaltando temperatura corporal, ritmo respiratorio y actividad muscular.
Viva.
Alterada, pero estable.
Joren se asomó apenas desde la puerta. Su visor replicó el barrido táctico casi al instante: adaptación lumínica, detección de amenazas, lectura de implantes.
Nada.
No había armas.
Ni implantes.
Por pudor, y también por cálculo, se quedó junto al marco de la puerta y apartó la mano del arma. Aquella mujer no parecía representar ningún peligro.
Aline avanzó despacio.
Como si el cuarto pudiera volverse hostil de un momento a otro.
Se inclinó junto a la cama y la sacudió con firmeza, aunque sin brusquedad.
—Iris.
La mujer se removió apenas.
Abrió los ojos lentamente.
Pupilas dilatadas.
Mirada turbia.
Desfasada.
Parpadeó un par de veces, como si tardara en acomodar la realidad frente a ella.
Joren pasó la mano por el panel de la pared y aumentó apenas la intensidad de la luz. Solo lo suficiente para que pudiera verlos sin quedar cegada.
No gritó.
No se sobresaltó.
Iris enfocó a Aline… y simplemente se giró de costado, como si encontrar desconocidos dentro de su habitación fuera algo normal. No intentó cubrirse. Se incorporó lentamente en la cama y se frotó un ojo con cansancio.
La voz de Oráculo resonó dentro de sus implantes.
—Estado compatible con privación prolongada de sueño y consumo reciente de sustancias psicoactivas. Letargo leve. Capacidad cognitiva reducida, pero funcional. No se detecta agresividad.
—¿Iris Calder? —preguntó Aline.
La mujer asintió apenas.
—Soy la teniente Aline Voss. Y él es…
—Sé quiénes son —la interrumpió Iris con voz ronca—. ¿Vienen por Irek Damond?
Aline y Joren intercambiaron una mirada rápida.
—Sí —respondió Aline—. Queremos hablar sobre Damond… y sobre Red Noctis.
La mirada de Iris cayó unos segundos hacia el suelo.
—¿Puedo vestirme?
—Adelante.
Aline retrocedió un paso.
Iris se levantó sin apuro ni vergüenza. Caminó hasta el armario con movimientos lentos, automáticos. Se puso ropa interior limpia, un pantalón cómodo y una camiseta ancha de estar en casa.
—Vamos a la sala —murmuró mientras se daba vuelta.
Pasó entre ambos sin siquiera mirarlos. Joren y Aline se apartaron para dejarla pasar.
Mientras avanzaban detrás de ella, Oráculo proyectó diagnósticos silenciosos en sus implantes: residuos químicos en sangre, ciclos de abstinencia, consumo intermitente de estimulantes y depresores.
Una vida sostenida artificialmente.
Una vida llevada demasiado al límite.
Iris llegó al sofá, rebuscó dentro de un abrigo tirado y sacó un cigarrillo delgado.
No era tabaco.
Lo encendió.
El humo que expulsó era verde y tenía un olor extraño, casi metálico.
Cuando finalmente levantó la vista hacia ellos, Aline percibió algo peor que si fuera miedo.
Vacío.
Un agotamiento tan profundo que parecía haberle drenado cualquier reacción emocional.
—¿Qué quieren saber? —preguntó.
Se dejó caer contra el respaldo del sofá y cruzó una pierna sobre la otra con pesadez. Dio otra calada larga antes de volver a hablar.
Joren fue directo.
—La semana pasada estuviste con Irek Damond —dijo con tono seco y profesional—. Poco antes de que sufriera un hackeo masivo que terminó con robo de material corporativo y la destrucción de una base Anti-Zero de Megatech.
Iris no reaccionó.
Ni sorpresa.
Ni tensión.
Nada.
—Tenemos múltiples registros —continuó Joren—.
Clubs, hoteles, departamentos privados. Y especialmente un incidente el martes por la noche.
En un complejo residencial de alto nivel.
Las cámaras muestran una camioneta llegando al lugar.
Varios hombres bajan con maletines, ingresan al departamento donde Damond estaba contigo…
y permanecen allí durante cuatro horas. Tú quedas afuera.
Aline avanzó un paso.
—Queremos todos los detalles —dijo con firmeza—. Cómo lo conociste. Quién te contrató. Qué pasó esa noche.
La sostuvo de la mirada.
—Y entiende algo, Iris: nuestros implantes detectan inconsistencias. Mentirnos o esconder información puede convertirte en parte directa de lo que le hicieron a Irek Damond.
Iris la observó sin pestañear.
Pero no parecía asustada.
Parecía cansada de todo.