Factor Zero 25
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Joren y Aline permanecían tendidos sobre la cama, apenas cubiertos por las sábanas revueltas. La luz tenue de Ciudad Metro entraba filtrada por el ventanal, dibujando sombras suaves sobre el techo. Ninguno de los dos conseguía dormir.

Habían hecho el amor casi en silencio, con una urgencia contenida, física, como si el cuerpo necesitara aferrarse a algo real después de un día que había borrado demasiados límites.

Pero ahora, con la respiración más calma y el pulso desacelerándose poco a poco, todo lo demás volvía a ocupar espacio.

El nuevo software.

El nuevo pasajero.

Y esa sensación incómoda de que, incluso con los implantes apagados, no estaban realmente solos.

Aline levantó despacio el brazo derecho y lo sostuvo frente a sus ojos. Abrió y cerró la mano varias veces, observando cómo la luz recorría la piel sin revelar nada extraño.

Era su brazo.

Se sentía exactamente igual.

Y, aun así, sabía que no lo era.

Joren giró apenas la cabeza hacia ella. Extendió una mano y le acarició el antebrazo con suavidad, subiendo despacio hasta entrelazar sus dedos con los de ella.

—Lo siento mucho, Aline —dijo en voz baja—. De verdad. Todo esto es culpa mía. Si no hubiera instalado Aegis-Lock en tu hardware…

Ella se volvió hacia él antes de que terminara la frase. Apoyó una mano firme sobre su pecho y negó despacio.

—No vuelvas a disculparte por eso —lo interrumpió—. No tienes la culpa de nada.

Lo sostuvo con la mirada.

—Yo dejé que lo instalaras. Sabía perfectamente lo que estabas haciendo y no me arrepiento. La culpa no es tuya ni mía. Es de Red Noctis. Del hackeo. De lo que nos hicieron.

La voz se le endureció apenas.

—Ellos son responsables de la muerte de Kessler… y de Damond.

Joren tensó la mandíbula al escuchar esos nombres.

—Y ahora tenemos una oportunidad —continuó ella—. Una real. De hacer justicia.

Le acarició el rostro despacio antes de besarlo con suavidad, sin apuro, como si quisiera anclar esas palabras en algo tangible.

—Oráculo nos eligió por algo. Nos guste o no. Y tenemos que aprovecharlo.

Joren soltó el aire lentamente. No respondió al beso enseguida.

—No confío en esa IA, Aline —dijo al final—. Ni un poco. Esto no es un regalo. Nos está usando. No sé para qué exactamente ni por qué no mueve otras unidades o zeros con más respaldo. Está actuando al margen del propio Atami.

Desvió la mirada hacia el techo.

—Y estoy bastante seguro de que, si algo sale mal, no nos va a proteger de nadie. Ya nos dejó claro que no tenemos alternativa.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Quiere que me incorpore a la división de seguridad y desarrollo de software estratégico de Megatech cuando esto termine. Y no sonó opcional.

La miró otra vez.

—Este probablemente sea nuestro último trabajo juntos. Mi último trabajo dentro de las fuerzas Anti-Zero.

Aline arqueó apenas las cejas. La noticia le golpeó el pecho… pero, mezclado con eso, apareció también un alivio que no esperaba sentir.

Joren dejaría el campo.

No volvería a exponerse de la misma manera.

No tendría que perderlo.

No dijo nada de eso.

Solo sonrió apenas.

—Puede que dejemos de trabajar juntos —respondió—. Pero fuera del trabajo vamos a seguir haciéndolo. Siempre.

Se acercó un poco más a él bajo las sábanas.

—Y… si quieres… puedes venirte a vivir conmigo.

Soltó una risa baja.

—Bueno, en realidad ya lo estás haciendo. Solo que ninguno de los dos lo dijo todavía en voz alta. Y eso que llevamos días prácticamente viviendo así.

Joren la observó unos segundos en silencio.

—¿Qué es "así"? —preguntó al final, casi sin pensar—. ¿Qué somos exactamente, Aline? ¿Qué es "esto" que tenemos?

Ella sostuvo su mirada sin apartarse.

Después se inclinó y lo besó otra vez, lento, profundo.

—Algo maravilloso —murmuró contra sus labios, sonriendo apenas—. Algo que jamás pensé que iba a tener. Y mucho menos contigo.

Rió en voz baja.

—Nunca imaginé, desde aquella vez que te vi jugando cartas con Helm e Ibarra, que iba a terminar en una cama contigo. Ni una sola vez. Y míranos ahora…

Apoyó la frente contra la suya.

—No puedo dejar de hacerlo, Joren. Cada día te vuelves más importante para mí.

Tomó aire despacio.

—Así que te lo propongo formalmente. Quédate a vivir conmigo.

Joren no respondió enseguida.

La vida le había cambiado demasiado rápido. Todo parecía moverse a una velocidad absurda. Y, aun así, debajo de todo, seguía sintiendo esa sombra constante dentro de la cabeza.

Se inclinó hacia ella y la besó largamente, cálido, agotado.

—¿Y Lara? —susurró apenas entre el roce de sus labios.

Aline sonrió contra su boca.

—Será como nuestra pequeña hija rebelde.

La respuesta terminó perdiéndose entre nuevos besos, caricias lentas y cuerpos que volvían a buscarse con una necesidad que ya no podían, ni querían, contener.

Porque, al menos por ahora, ninguno de los dos conseguía imaginar una vida donde el otro no estuviera.

La luz de la mañana se filtraba tenue entre las cortinas cuando Aline despertó.

Permaneció unos segundos inmóvil, escuchando la respiración tranquila de Joren a su lado, dejando que el cuerpo terminara de regresar a la realidad después de una noche demasiado intensa, cargada de pensamientos que todavía seguían ahí, latiendo debajo de la piel.

Se incorporó despacio, tomó una camiseta larga del suelo y se la puso apenas por encima, lo suficiente como para no salir desnuda al pasillo. Caminó descalza hasta el baño y cerró la puerta con cuidado.

La ducha la recibió con agua tibia, constante, reconfortante.

Dejó que el agua le recorriera la espalda y cerró los ojos unos segundos, intentando ordenar ideas que seguían demasiado presentes: Oráculo, el brazo, la sensación incómoda de tener algo nuevo dentro de ella.

Cuando terminó, se secó rápido, volvió a ponerse la camiseta, ya limpia, y salió hacia el comedor.

Lara ya estaba despierta.

Aline se sirvió café de la cafetera automática, que se activaba sola todas las mañanas. El aroma llenó enseguida el departamento.

—Buenos días —dijo Lara sin dejar de moverse entre los utensilios.

Aline la observó unos segundos en silencio.

Había algo raro en ella. En la postura. En la rigidez de los hombros. En la forma en que evitaba quedarse quieta siquiera un instante.

Se acercó un poco más.

—¿Estás bien, Lara?

La genetic felinian tardó varios segundos en responder. Cuando finalmente se giró, tenía la mirada baja.

—Sí… —murmuró—. ¿Por qué?

—No sé… —Aline dudó apenas—. Te noto distante. Nerviosa.

Apoyó la taza sobre la encimera.

—Y tiene sentido. No has salido del departamento desde que llegaste. Sé que tienes miedo. Sé que lo de Riven todavía pesa.

Los ojos de Lara se humedecieron casi al instante.

—Ni siquiera sé dónde está su cuerpo… —susurró—. No sé nada de él.

Aline dejó el café a un lado y, sin decir nada más, la rodeó con los brazos.

No fue un gesto invasivo.

Solo firme. Contenido.

Lara permaneció rígida un segundo antes de terminar apoyando la frente contra su hombro.

—No puedo darte demasiados detalles todavía —murmuró Aline—. Pero Joren y yo conseguimos autorización para movernos. Hoy mismo vamos a investigar a Eiden Kross.

Sintió cómo Lara se tensaba entre sus brazos.

—Te lo prometo —continuó—. Voy a averiguar qué pasó con Riven. Y qué le hicieron.

Lara levantó la cabeza de golpe, mirándola con incredulidad.

—¿De verdad…?

—De verdad.

Aline sostuvo su mirada.

—Vamos a terminar con esto. Para que puedas volver a vivir tranquila. Para que puedas salir a la calle sin miedo.

Lara tembló apenas, como si la sola idea le resultara demasiado grande.

—No te estoy presionando —añadió Aline enseguida—. Tómate el tiempo que necesites. Ya te dije que puedes quedarte aquí todo lo que quieras. No pienso dejarte sola.

Le acomodó suavemente un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Pero tienes que recuperarte. Por ti… y por el bebé.

Lara sonrió apenas, todavía húmeda de lágrimas.

—Él está bien… o eso creo. Patea todos los días.

Aline no pudo evitar devolverle la sonrisa.

Dudó apenas un instante.

—¿Puedo… tocar?

Lara asintió despacio y se levantó un poco la camiseta, dejando al descubierto el vientre.

Aline apoyó la mano con cuidado.

Durante unos segundos no pasó nada.

Y entonces lo sintió.

Un movimiento pequeño, suave, pero inconfundible bajo su palma.

Aline abrió un poco los ojos.

—Ahí… —susurró—. Se movió.

Lara soltó una risa nerviosa.

—¿Ya sabes qué va a ser? —preguntó Aline.

—No —negó ella—. Le pedí al médico que no me lo dijera. Ya se puede saber… pero quiero que sea sorpresa.

Bajó la mirada hacia el vientre.

—No me importa si es niño o niña. Igual ya tengo nombres pensados.

Aline la miró con curiosidad.

—¿Cuáles?

—Si es niña… Ilara. Y si es niño… Izan.

Aline asintió lentamente, sincera.

—Sea quien sea… tu bebé va a ser tan bienvenido aquí como tú.

Lara la miró sorprendida.

—Joren también va a quedarse —continuó Aline—. Va a vivir conmigo. Y tú, Lara…

Sonrió apenas.

—Tú vas a ser nuestra hija pequeña.

Algo se quebró dentro de Lara.

Un sonido ahogado escapó de su garganta, una mezcla de llanto y alivio.

Su madre había muerto cuando todavía era joven. Y aun antes de eso nunca había tenido un vínculo sano ni con ella ni con su padre. Siempre se sintió una carga. Un problema. Alguien que sobraba. Y aún lo seguía sintiendo.

Por eso, ver esa sonrisa genuina en Aline… escuchar esas palabras…

Le aflojó algo muy profundo.

Se lanzó a abrazarla sin pensarlo.

Aline la sostuvo con fuerza enseguida.

Lara lloraba, pero esta vez no era de miedo. Ni de tristeza.

Era de alivio.

Una felicidad tan desconocida como frágil, de esa que duele precisamente porque una parte de ella teme perderla.

Se quedaron abrazadas largo rato.

Por primera vez en muchísimo tiempo, Lara sintió que estaba completamente a salvo.

Fue un rato después, mientras desayunaban los tres juntos, cuando Aline y Joren reactivaron sus computadores neurales.

Le explicaron a Lara, de la forma más simple posible, que habían recibido autorización especial para investigar. Que el encargo venía directamente de altos mandos de Megatech. No dieron demasiados detalles.