Factor Zero 24 #2
82%

24 #2

Uno de los brazos robóticos descendió desde el techo portando un pequeño inyector transparente. Se posicionó junto al cuello de Aline y liberó el contenido con una precisión limpia y rápida.

Joren contuvo la respiración.

Pasaron unos segundos.

Después, poco a poco, Aline empezó a moverse. Los párpados le temblaron antes de abrirse lentamente, dejando ver ese azul intenso que a Joren siempre le resultaba imposible ignorar.

—Joren… —murmuró, con la voz espesa por la sedación.

Él se inclinó enseguida hacia ella. No se dio cuenta de que tenía los ojos húmedos hasta estar demasiado cerca. Le dio un beso suave en los labios.

—Bienvenida —dijo en voz baja.

Aline sonrió apenas, todavía desorientada.

—El procedimiento ha finalizado, teniente Voss —resonó Oráculo directamente dentro de su mente.

Aline giró la cabeza con nerviosismo y se miró el brazo derecho.

No vio nada extraño.

Era su brazo.

Exactamente igual.

Pero dentro de su computador neural ya se desplegaban interfaces nuevas una detrás de otra: parámetros energéticos, rutas de señal, lecturas internas, capacidades que nunca antes había tenido.

Una plataforma flotante se aproximó llevando su ropa doblada con precisión impecable.

—Proceda a vestirse —indicó Oráculo—. A continuación, realizaremos las pruebas del implante.

La sala de pruebas era completamente blanca.

No había paredes visibles como tales, solo superficies continuas que parecían prolongarse hasta el infinito. A simple vista, el lugar carecía de referencias claras: arriba, abajo, profundidad. Todo resultaba artificialmente limpio.

En distintos puntos flotaban hologramas humanoides y blancos dinámicos que aparecían y desaparecían constantemente, cambiando de posición, velocidad y forma sin seguir ningún patrón reconocible.

Ligeramente desplazado del centro se manifestaba el holograma de Oráculo.

No ocupaba un lugar fijo. Su figura parecía proyectarse desde un pequeño nodo suspendido en el aire, una estructura geométrica mínima atravesada por pulsos de luz fría. La forma humanoide estaba apenas definida, como si conservar apariencia humana fuese solo una elección estética.

Joren permanecía en uno de los extremos de la sala, inmóvil, observando.

Aline estaba en el centro.

Sin previo aviso, el brazo derecho cambió.

Desde el codo hacia abajo, la piel se replegó sobre sí misma como si nunca hubiera sido carne.

En menos de un segundo, el miembro se transformó en un cañón de pulso negro metálico, compacto, elegante.

Venas luminosas verdes recorrieron la superficie, dibujando circuitos vivos bajo una carcasa perfecta.

La transición fue limpia.

Silenciosa.

Antinatural.

Joren contuvo el aire sin darse cuenta.

Aline levantó el brazo y apuntó.

Un pulso verde estalló desde el cañón.

El impacto fue inmediato.

Uno de los hologramas humanoides se desintegró en partículas antes siquiera de terminar la maniobra de evasión. Otro disparo. Otro blanco destruido. La precisión era absoluta. No había dispersión. No existía margen de error.

Entonces, desde paneles ocultos en las paredes, emergieron autómatas reales.

Joren los reconoció enseguida.

Chasis blindados de alto nivel, sensores militares, materiales de combate avanzados. Unidades que, en operaciones reales, necesitaban múltiples impactos Anti-Zero para ser neutralizadas.

El nodo de Oráculo emitió un pulso breve.

—Atáquelos.

Los autómatas se movieron primero.

Varios abrieron fuego al mismo tiempo, descargas energéticas convergiendo sobre Aline desde distintos ángulos.

Ella no se apartó.

Con un movimiento mínimo del brazo, una lámina de energía translúcida se desplegó frente a ella, curvándose en el aire como un cristal vivo. Los disparos impactaron contra la superficie y se disiparon sin llegar a rozarla. Ni una chispa alcanzó su piel.

Los autómatas se movieron primero.

Varios abrieron fuego al mismo tiempo, descargas energéticas convergiendo sobre Aline desde distintos ángulos.

Ella no se apartó.

Con un movimiento mínimo del brazo, una lámina de energía translúcida se desplegó frente a ella, curvándose en el aire como un cristal vivo. Los disparos impactaron contra la superficie y se disiparon sin llegar a rozarla. Ni una chispa alcanzó su piel.

Y detrás del escudo, sin bajar la guardia, Aline ya estaba apuntando.

Disparó.

Al primer autómata le bastó un solo pulso.

Fue vaporizado.

El segundo cayó un instante después. El tercero, antes de terminar de reposicionarse. Cada disparo, un blanco. Cada blanco, aniquilado por completo.

Durante una fracción de segundo, el holograma de Oráculo se fragmentó en múltiples capas de datos superpuestos, analizando el resultado en tiempo real.

Joren sintió un frío seco recorriéndole la espalda.

Aline giraba con una fluidez casi irreal. El escudo se abría y se cerraba a voluntad, deteniendo cada descarga un instante antes de que ella respondiera con un pulso definitivo. Los objetivos caían uno detrás de otro, simulados y reales, sin que dudara un instante ni perdiera ritmo.

El holograma de Oráculo se desplazaba alrededor de ella mientras recalibraba el entorno constantemente.

Los minutos pasaron sin que ninguno de los dos lo notara.

Hasta que la IA volvió a hablar.

—Es suficiente.

Aline bajó apenas el brazo.

Eran casi las 21:30.

La figura holográfica terminó de estabilizarse frente a ambos.

—No debe forzar el núcleo energético del implante, teniente Voss —continuó Oráculo—. Se trata de un prototipo experimental. Una réplica funcional del original. Su desarrollo ha requerido una inversión considerable.

Joren volvió a mirar el brazo de Aline, pero ahora desde otra perspectiva.

—Millones de créditos —precisó la IA—. Millones que ahora porta en su brazo derecho.

La pausa fue breve.

—Procure conservarlo.