Factor Zero 24
81%

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Joren llevaba varios minutos esperando.

Estaba sentado en una de las salas de tránsito interno del complejo médico de Torre Megatech, un espacio aséptico y silencioso, diseñado para que el tiempo pareciera perder consistencia.

Paredes claras, iluminación homogénea, ninguna ventana.

Apenas un par de asientos integrados al muro y un panel holográfico apagado frente a él.

Miró la hora por tercera vez.

La actualización había terminado hacía rato, pero lo seguían reteniendo allí con explicaciones vagas: validación de datos, chequeos finales, protocolos post-activación.

Nada fuera de lo normal.

Al menos, en apariencia.

Apoyó los codos sobre las rodillas y se pasó una mano por el rostro, agotado.

Oráculo también se le había aparecido a él esa tarde.

La proyección había surgido sin aviso, igual de perfecta, igual de imponente. Y antes siquiera de llegar a la propuesta, habían hablado durante mucho más tiempo del que esperaba.

Hablaron de Aegis-Lock.

Solo recordar ese momento le dejaba un vacío incómodo en el estómago.

Cuando la IA pronunció el nombre del software, sintió que el corazón se le detenía por un segundo. No hubo rodeos. Ni sorpresa fingida. Oráculo simplemente se lo dijo con naturalidad clínica: lo había detectado hacía tiempo.

Desde antes, incluso, de la última visita a la torre.

Había observado cómo evolucionaba.

Cómo mutaba.

Cómo dejaba de ser una defensa improvisada para convertirse en algo más refinado. Más complejo. Más elegante.

—Interesante.

Esa había sido la palabra exacta.

No "ilegal".

No "inaceptable".

Ni siquiera "peligroso".

Interesante.

Oráculo habló de arquitectura, de decisiones de diseño, de soluciones poco ortodoxas que aun así resultaban eficaces. Le dijo que tenía potencial como ingeniero. Que desperdiciaba capacidades en su puesto actual.

Y después hablaron de muchas otras cosas.

Hasta que llegó la verdadera propuesta.

Probar en él la versión más reciente de su software operativo. Un sistema profundamente modificado, reforzado, diseñado, en teoría, para ser imposible de hackear.

Pero solo en teoría.

Necesitaba pruebas reales.

Necesitaba fricción.

Necesitaba riesgo.

—¿No desea hacer justicia por los miembros de su unidad? —le había preguntado Oráculo.

Necesitaba descubrir qué habían extraído de Centinela 9.

Y quería que él y Aline investigaran el asunto en secreto.

Con información proporcionada directamente por ella.

Claro que al principio se negó.

La propuesta era una locura. Una línea cruzada detrás de otra.

Y cuando Oráculo añadió que sería ella misma la IA integrada, la que monitorizaría estados, respuestas, decisiones tácticas, la que estaría dentro…

Ahí entendió que nunca había venido a ofrecerle nada.

Ni siquiera cuando aclaró que el propio presidente Atami debía permanecer al margen.

No aceptó por eso.

Aceptar no era una elección.

Era supervivencia.

Hacía apenas una hora habían terminado de instalarle aquella nueva versión del sistema y de reactivar por completo sus implantes.

No se sentía distinto.

No había dolor. Ni mareos. Ni alteraciones perceptivas.

Solo una certeza incómoda.

Ella estaba ahí.

Silenciosa.

Observándolo todo.

Oráculo.

Le resultó casi irónico descubrir que el botón de apagado temporal para privacidad existía realmente dentro de la interfaz mental. Perfectamente visible. Accesible. Bastaba un comando para desactivar el sistema y dejarla fuera.

Si es que eso era cierto.

Porque dudaba seriamente que una entidad como Oráculo aceptara quedarse ciega por voluntad ajena.

Aunque el implante se apagara, podía seguir observando desde cualquier otro lugar: cámaras, sensores, redes externas, terminales, tráfico de datos.

Nunca iba a estar realmente solo.

Nunca.

Ni siquiera cuando todo aquello terminara.

Si es que termina, pensó.

Porque, para Joren, a esas alturas las cosas ya estaban claras. Brutalmente claras.

Era un prisionero.

Y gran parte de la culpa era suya.

Por Aegis-Lock.

Por haberlo creado.

Por haberlo instalado en el implante de Aline.

Por haberla arrastrado con él hasta aquello.

Soltó el aire despacio y levantó la vista hacia el techo blanco de la sala.

—¿Por qué está demorando tanto? —preguntó finalmente a través del implante, sin molestarse en ocultar la tensión.

La respuesta llegó al instante, directamente dentro de su cabeza, con aquella voz precisa y neutra que ya empezaba a resultarle molesta.

—No se preocupe, especialista Malek —dijo Oráculo—. La teniente Aline Voss se encuentra atravesando una intervención menor.

Joren frunció el ceño de inmediato.

—¿Intervención?

—Le estoy implantando un prototipo de brazo tecnificado —continuó la IA—. Será de utilidad para la incursión que planeo. Podrá observar su funcionamiento durante las pruebas, una vez finalizada la cirugía.

El pulso de Joren se aceleró de inmediato.

—Este prototipo es altamente avanzado —añadió Oráculo—. Tecnología de punta. No requiere columna tecnificada y la intervención no implica riesgos significativos. Puede mantenerse tranquilo.

Joren apretó los dientes.

—Detecto niveles elevados de estrés e ira —continuó la IA—. Una respuesta humana perfectamente esperable en este contexto.

Joren soltó una risa breve, seca, sin humor.

—Qué alivio saber que lo entiendes.

—Lo entiendo —respondió Oráculo—. Y usted debe comprender algo a cambio.

Hizo una pausa mínima.

—Cuando me propongo un objetivo… lo obtengo.

Joren apartó la mirada hacia el panel apagado frente a él.

—Cuando concluya esta fase experimental —continuó la IA—, tengo intención de integrarlo al área de seguridad y desarrollo de software estratégico de Megatech. Necesito perfiles como el suyo.

—No me interesa —respondió él sin rodeos—. Me gusta mi trabajo. La unidad Anti-Zero.

—Lo comprendo —dijo Oráculo—. Pero debe entender que esto no constituye una propuesta.

La voz permaneció completamente neutra.

—Es un hecho.

Joren se dejó caer contra el respaldo, cerró los ojos un instante y soltó el aire lentamente.

Aline estaba en una sala quirúrgica, siendo modificada sin haber tenido una posibilidad real de negarse.

Y él estaba allí.

Esperando.

Con Oráculo metida dentro de la cabeza.

Cerca de las 20:40, la voz de Oráculo volvió a manifestarse en su mente.

—La intervención ha finalizado —dijo—. Puede ver a la teniente Voss.

En el mismo instante, una línea luminosa apareció en su campo visual, proyectada directamente a través del implante ocular. No era un simple marcador: flotaba con precisión absoluta sobre el suelo, adaptándose a cada desnivel y extendiéndose hacia adelante como un hilo guía.

—Siga la línea y llegará hasta ella.

Joren se puso de pie enseguida.

La siguió sin dudar, acelerando el paso sin notarlo.

El corredor estaba vacío.

Demasiado vacío.

Las luces blancas se encendían una tras otra a medida que avanzaba, como si el edificio entero despertara únicamente para él. El sonido de sus botas era lo único que rompía el silencio.

Atravesó varias puertas selladas, corredores largos y salas cerradas que parecían repetirse una detrás de otra. La línea seguía avanzando, doblando esquinas y llevándolo cada vez más al interior del mismo nivel.

La distancia empezó a parecerle interminable.

—¿Por qué no hay nadie aquí? —preguntó finalmente, con un nudo en el estómago.

—Esta ala se encuentra casi completamente automatizada —respondió Oráculo—. No requiere personal orgánico permanente. Todo este sector corresponde a niveles elevados de seguridad corporativa. El acceso humano se limita a intervenciones puntuales.

Hizo una pausa breve.

—Y esta área es privada. Solo yo poseo autoridad sobre ella.

Eso no lo tranquilizó en absoluto.

La línea luminosa se detuvo frente a una puerta lisa, sin paneles visibles. Cuando Joren se acercó, la superficie se abrió en silencio, deslizándose hacia un costado.

Entró.

La habitación era fría. Aséptica. Impersonal.

El aire estaba perfectamente climatizado, sin olor alguno. En el centro flotaba una camilla médica suspendida a baja altura, rodeada por varios brazos robóticos anclados al techo. Cada uno sostenía herramientas quirúrgicas plegadas, sensores activos y módulos de intervención todavía encendidos.

Y sobre la camilla estaba Aline.

Desnuda.

Inconsciente.

La piel clara contrastaba con el blanco absoluto de la sala. No había sábanas cubriéndola, pero la temperatura exacta del ambiente evitaba que aquello resultara hostil. Aun así, verla inmóvil bajo todos esos brazos mecánicos le provocó a Joren un escalofrío inmediato.

A un costado de la camilla flotaba un recipiente transparente y sellado.

Dentro, suspendido en líquido conservante, estaba el brazo derecho original de Aline, amputado limpiamente desde el codo. Un rastro tenue de sangre todavía manchaba el interior del contenedor.

El estómago se le contrajo.

Dio un paso hacia adelante.

Y entonces lo notó.

Aline tenía el brazo.

O, mejor dicho, tenía un brazo idéntico al anterior.

El nuevo miembro se unía a su cuerpo con una naturalidad perturbadora. La piel era indistinguible de la original: mismo tono, misma textura, incluso la misma temperatura. No había juntas visibles, ni placas metálicas, ni líneas de transición.

Nada tosco.

Nada industrial.

No se parecía en absoluto a los implantes brutales que había visto en tecnomantes o veteranos de guerra.

Era impecable.

Se acercó rápidamente a la camilla.

Le apartó con cuidado un mechón de cabello del rostro y luego bajó la mano hasta el nuevo brazo, recorriendo la piel con los dedos, buscando una diferencia que no lograba encontrar.

Detrás de él, el contenedor con el brazo original comenzó a desplazarse suavemente por el aire. Un panel oculto se abrió en la pared sin emitir sonido y el recipiente desapareció dentro.

—No se preocupe, especialista Malek —dijo Oráculo—. El material genético del brazo ha sido preservado. El apéndice completo permanece intacto. Si la teniente Voss así lo desea, podrá ser reimplantado cuando concluya esta fase. Todo esto es temporal.

Joren no respondió.

—Procedo a despertarla.