23
El departamento de Aline estaba en silencio.
La noche ya se había asentado sobre Ciudad Metro y las luces de la torre Kagayaki entraban filtradas por los ventanales, reflejándose sobre las superficies limpias y ordenadas del lugar.
Aline estaba sentada sobre la cama, con la espalda apoyada contra el respaldo y las piernas flexionadas. Seguía llevando la ropa oscura del funeral, apenas más suelta que antes. Incluso así, su postura continuaba siendo tensa, alerta, como si todavía no hubiera terminado de bajar la guardia.
A su lado, Joren había proyectado el terminal personal en el aire.
Varias ventanas flotaban abiertas frente a él: líneas de código, diagramas de sistemas, estados de hardware y procesos de seguridad.
En una mano sostenía un cable de conexión directa; el extremo libre colgaba apenas, balanceándose con una inercia mínima.
De camino a casa, después de dejar a Marina en su departamento, Aline le había contado lo que Rika Morozov le había dicho junto a la tumba de Damond. La reorganización de la unidad. La restitución prevista. Las revisiones profundas del fin de semana.
Era lógico, después del nivel de alerta que Megatech había activado.
Pero Joren había sentido un escalofrío apenas la escuchó.
—Tenemos que eliminar Aegis-Lock de nuestros sistemas —dijo sin rodeos—. Ya.
Aline lo miró, preocupada.
—No va a pasar una revisión profunda como la que nos van a hacer. Y si detectan software externo… —negó con la cabeza— peor todavía si encuentran algo como Aegis-Lock. Vamos a tener problemas serios.
Por eso, apenas llegaron al departamento, Joren le explicó que necesitaba acceder cuanto antes a los implantes desactivados de ambos. No solo para borrar el software, sino para hacerlo sin dejar rastros.
Antes tuvo que pasar por su propio piso a buscar equipo específico.
Cuando regresaron, Lara los esperaba con la cena preparada. Se notó enseguida que se había puesto nerviosa al verles la cara al entrar.
Aline le aseguró que no había pasado nada.
Lara apenas conocía a Damond de vista y ninguno de los dos había querido exponerla llevándola al funeral, por si alguien de Noctis seguía observando, igual que había ocurrido en el de Kessler.
Además, la torre Kagayaki no solo contaba con seguridad corporativa de alto nivel. Después de lo ocurrido, la vigilancia de Megatech sobre ellos se había intensificado todavía más.
Allí, al menos de momento, Lara estaba segura.
—Vamos a estar en mi habitación un rato —le dijo Aline.
—Tenemos que remover software de nuestros implantes neurales —añadió Joren—. Es delicado. Muy delicado. Así que, por favor… si no es urgente, necesitamos privacidad.
Lara se sonrojó apenas y asintió enseguida. Dijo que lo entendía. Que no se preocuparan.
Para entonces, Aline ya le había dejado claro que podía instalarse en la habitación donde Joren se había quedado con Marina. Ese iba a ser su cuarto a partir de ahora.
Cenaron juntos, aunque casi no hablaron.
Lara seguía visiblemente incómoda, como si todavía sintiera que estaba ocupando un lugar que no le correspondía.
Después, cuando todo estuvo listo, Aline y Joren entraron en la habitación.
No era un procedimiento sencillo.
Los implantes estaban bloqueados y Joren jamás había intentado algo así sin acceso completo a su propio computador neural.
—No voy a mentirte, Aline —dijo finalmente, serio—. Nunca hice algo así.
Ella lo observó sin interrumpirlo.
—No voy a poder enlazarme contigo como la otra vez, con los implantes apagados —continuó—. Necesito empezar contigo primero. Tengo que preparar todo antes de ejecutar un failsafe de autoaislamiento cognitivo en mi sistema.
Hizo una pausa breve, ordenando mentalmente cada paso.
—Eso va a activar solo una parte mínima de tu implante. El área emocional, nada más. Lo justo para borrar Aegis-Lock. Tenemos que confiar en que no detecten la activación mientras elimino todo.
Señaló la holovisión flotando cerca de la cama.
—Relájate un poco. Lee algo. Mira las noticias. Lo importante es que no te pongas nerviosa.
Aline asintió despacio.
—De acuerdo.
Joren se acercó a ella.
—Déjame conectarte.
Liberó con cuidado el conector oculto en la sien de Aline y accedió al puerto del computador neural. Después conectó el cable. El otro extremo, en lugar de ir hacia su propia interfaz, terminó enchufado a una tableta especializada.
—Bien —dijo, soltando el aire—. Empiezo.
Aline permaneció inmóvil.
—Y si sientes algo raro, me lo dices enseguida —añadió él—. Te voy a avisar antes de activar el implante.
El tiempo empezó a pasar.
Joren trabajó en silencio, escribiendo líneas de código, levantando procesos aislados y verificando estados una y otra vez. Aline mantenía la vista fija en la holovisión, aunque apenas prestaba atención a lo que mostraba.
Casi dos horas después, Joren volvió a hablar.
—Voy a encender el implante.
Aline asintió.
—Bien… hazlo.
Ella cerró los ojos.
Pasaron unos segundos.
—Listo —dijo Joren.
Aline frunció apenas el ceño.
—No siento nada.
—Mejor —respondió él, sin apartar la vista de los procesos—. Dame un momento más. Voy a ejecutar el eliminador.
El proceso se lanzó.
En pantalla, las líneas de código seguían avanzando con un ritmo constante: barras de progreso, validaciones, verificaciones de integridad.
Entonces Aline sintió un cosquilleo leve en la sien.
No era molesto. Al contrario.
Una presión suave y rítmica descendió lentamente hacia el cuello, relajándole los músculos casi sin darse cuenta.
—Se siente… bien —murmuró—. Relajante. Como un masaje en la cabeza.
Joren sonrió apenas, sin apartar la vista del terminal.
—La capa emocional está activa —explicó—. Es el mismo puerto que necesito para enlazar. Las señales que envío por el cable producen esa sensación.
La miró de reojo.
—Si conectara este cable a otro computador neural en este estado, todas las sensaciones físicas se reflejarían en el otro.
Aline arqueó apenas las cejas, intrigada.
Pasaron unos segundos más.
—Listo —dijo Joren finalmente—. Eliminado.
Cerró varias ventanas con movimientos rápidos.
—Déjame desconectarte.
Retiró el cable con cuidado.
—Ahora voy yo —continuó—. Ya calibré todo contigo. Siéntate aquí, conéctame, y ejecuta este script. Cuando termine, me avisas.
Aline asintió.
Joren ocupó su lugar y ella conectó el cable a su implante, siguiendo cada paso con precisión.
—Listo —dijo después de unos segundos.
Joren soltó el aire lentamente.
—Tienes razón… la sensación es agradable.
Aline sonrió apenas mientras observaba la barra avanzar despacio hasta completarse.
—Hecho.
Joren empezó a incorporarse… pero, en lugar de desconectar el cable, soltó el extremo conectado a la tableta.
—Ven —dijo.
Aline lo miró con curiosidad y se acomodó junto a él sobre la cama.
—Mira esto.
Con extremo cuidado, Joren conectó el otro extremo del cable directamente al implante de ella.
—No transmite pensamientos —aclaró—. No en este estado. Pero prueba.
Se rozó el brazo con la mano.
Aline abrió apenas los ojos al sentir ese mismo roce reflejado con claridad en su propio brazo.
—¿Lo ves?
—Lo siento —corrigió ella, sorprendida.
Joren sonrió.
—Ahora esto.
Se inclinó y la besó.
Aline respondió enseguida.
La sensación fue distinta desde el primer instante.
No eran solo los labios, ni el calor del otro, ni la respiración compartida. El contacto parecía duplicarse, extenderse por el enlace, regresar amplificado. Lo que uno sentía atravesaba al otro casi sin barreras.
El beso se volvió más lento. Más profundo.
Las manos empezaron a moverse con calma, recorriendo piel, tela y curvas conocidas, pero ahora acompañadas por aquella resonancia extraña que hacía que cada roce pareciera multiplicarse.
La ropa fue quedando atrás poco a poco, sin apuro.
Cada caricia arrastraba una respuesta inmediata del otro lado del enlace. El deseo circulaba con una claridad casi abrumadora, mezclado con emociones más difíciles de separar: confianza, intimidad, entrega.
Por momentos resultaba imposible distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro.
El tiempo perdió importancia.
Solo quedaron las respiraciones agitadas, el calor compartido y una sensación constante de cercanía absoluta.
Cuando finalmente se separaron un poco, ambos respiraban con dificultad. Seguían conectados. Seguían sintiendo pequeños ecos del otro vibrando bajo la piel.
Se miraron.
Y los dos sonrieron, todavía incrédulos por lo que acababan de experimentar.
Después volvieron a acercarse sin decir nada.
Por unas horas, el resto del mundo dejó de importar.
Aline salió del baño con el vapor tibio todavía pegado a la piel.
Llevaba una camiseta limpia y el cabello recogido sin demasiado cuidado. Se sentía liviana, cansada y, al mismo tiempo, extrañamente despierta. La ducha había sido necesaria. Merecida.
La noche anterior solo admitía una palabra: intensa.
Mientras avanzaba hacia la cocina, parte de su mente volvió al enlace, a aquella sensación compartida que todavía parecía resonarle bajo la piel. Joren había cerrado los puertos por la mañana, tal como habían acordado, pero aun así la memoria seguía ahí.
Se preguntó, con cierta cautela, si algo así podía llegar a volverse adictivo.
Entró en la cocina.
Lara estaba de espaldas, preparando el desayuno.
Cuando sus miradas se cruzaron, la reacción fue inmediata.
La genetic felinian se sonrojó hasta las orejas y apartó la vista enseguida, torpe, nerviosa. Las manos se le tensaron sobre la encimera.
Aline tardó apenas un segundo en entender.
Y entonces lo entendió todo de golpe.
Sintió el calor subirle al rostro.
No habían activado ningún aislante sónico la noche anterior.
El recuerdo de los jadeos, de las respiraciones entrecortadas y de todo aquello amplificado por el enlace le atravesó la cabeza como un fogonazo. Cerró los ojos un instante, avergonzada.
—Lo… lo siento —alcanzó a decir.
—No, no pasa nada —respondió Lara enseguida, todavía sin mirarla, con la voz apenas temblorosa—. Es tu casa, Aline. No tienes que explicarme nada.
—No nos dimos cuenta —añadió ella, torpe.
En ese momento Joren entró en la cocina.