Factor Zero 22 #2
74%

22 #2

—Voy a salir a buscarte ropa —dijo—. Y también un terminal nuevo. Con un número descartable. Así vas a poder comunicarte sin miedo.

Lara asintió en silencio.

—No salgas por ahora —añadió Aline—. Aunque hayan hecho una redada, esto todavía no terminó. Voy a averiguar qué pasó exactamente con Riven… pero tenemos que esperar. Y con Eiden Kross tampoco podemos movernos todavía. Estamos vigilados. Bajo sumario.

Lara dejó los cubiertos a un lado y se puso de pie. Antes de que Aline reaccionara, la abrazó con fuerza.

—No sé qué ángel te cruzó en mi vida, Aline Voss… —murmuró, con la voz quebrada— pero no tienes idea de cuánto te lo agradezco.

Apretó un poco más el abrazo.

—Te lo voy a devolver. De alguna forma. No sé cómo todavía… pero lo voy a hacer.

—Tranquila —respondió Aline, abrazándola también—. Primero salgamos de esto.

Salió poco después.

Mientras recorría la ciudad, pidió ropa para Lara a través de la malla, guiándose por las medidas que ella misma le había dado. Prendas simples. Cómodas. Todo fue enviado directamente al departamento.

Compró también un terminal básico, sin registros previos, y gestionó un número descartable.

Después hizo varias llamadas. A conocidos. A contactos que todavía le debían favores.

Finalmente, envió un mensaje a Akemi Sato.

Fue directa.

Le informó que Lara se estaba quedando con ella. Que Riven había sido asesinado. Que existía un video circulando en la red.

La respuesta llegó rápido. Seca. Precisa.

Sí, Riven había sido asesinado.

Sí, el video había circulado entre los responsables.

No, no era necesario interrogar a Lara.

Estaba a salvo.

Los culpables habían sido identificados y capturados.

No había nada más que hacer.

Después, en un tono extraño en ella, casi confidencial, añadió que no estuviera nerviosa. Megatech estaba corta de personal. No iban a deshacerse de ellos. Habían detectado una brecha grave de seguridad y Oráculo ya estaba trabajando en ello.

Serían restituidos en cuanto Centinela 9 volviera a estar operativa.

El proceso avanzaba rápido.

Una semana, quizá menos.

Cuando Aline regresó al departamento, la escena la hizo detenerse apenas cruzó la puerta.

Joren estaba sentado a la mesa, conectado a un terminal.

Lara, de espaldas a él, preparaba la cena.

Se movía con mucha más seguridad que por la mañana, siguiendo las instrucciones que flotaban proyectadas sobre la mesada, concentrada en algo simple, cotidiano. Había cierta calma en eso. Una rutina improvisada que, por unas horas, les permitía fingir normalidad.

Aline los observó en silencio.

Y no pudo evitar pensar en lo rápido que había cambiado todo.

Semanas atrás, compartir piso con alguien le habría parecido imposible. Ahora estaba allí, en una relación con Joren Malek que todavía le costaba llamar noviazgo, con una muchacha rota por el miedo y la pérdida, embarazada, prácticamente una desconocida.

El recuerdo de Damond y Kessler le golpeó el pecho con una pesadez sorda.

Todavía no había querido preguntarle a Sato demasiados detalles sobre Damond.

Se acercó a la mesa y tomó asiento frente a Joren.

—Sato respondió —dijo—. Dice que, si todo sigue estable, en una semana… o quizá dos… vamos a volver al servicio.

Joren levantó la vista del terminal, sorprendido.

Aline asintió apenas, aunque en su expresión no había alivio.

—Centinela 9 ya se está reconstruyendo. Oráculo está trabajando sobre la brecha de seguridad. Nos necesitan operativos cuanto antes.

Y mientras lo decía, no pudo evitar pensar que, para entonces, nada iba a ser igual.

Las llamadas de Aline empezaron a dar resultados varias horas más tarde, cuando Metro ya estaba sumida en ese pulso interminable de luces artificiales y tráfico aéreo.

Lo que averiguó no le dio tranquilidad.

Solo confirmó lo que ya sospechaba.

Había señales claras de hackeo en los sistemas de Damond. Intrusión profunda. Persistente. No un ataque superficial ni improvisado. Pero nadie lograba explicar cómo habían conseguido algo mucho peor: tomar control de sus funciones motoras y obligarlo a obedecer comandos externos.

Los registros eran fragmentarios, incompletos. Apenas quedaban rastros útiles. Centinela 9. La huida. La persecución. Y el final.

Un disparo autoinfligido. Implantes destruidos. Fin.

Se había interrogado a varios miembros de Red Noctis. Y no solo mediante métodos convencionales. El nivel de alerta había sido tan alto que Megatech autorizó el uso de Factor Zero psiónico: lectura de memoria, extracción forzada de recuerdos, reconstrucción parcial de patrones mentales.

No encontraron nada importante.

Todos eran piezas menores.

Gente reclutada, pagada o amenazada. Personas que recibían órdenes sin conocer jamás a quienes estaban arriba. Voces distorsionadas. Identidades falsas. Saltos constantes entre nodos y servidores fantasma.

Las redes de extorsión seguían siempre el mismo patrón, repetido una y otra vez:

Hackeo de implantes neurales.

Intervención de cámaras personales y oculares.

Extracción de datos privados: grabaciones, historiales médicos, movimientos financieros.

Extorsión.

No siempre sexual… aunque la mayoría sí lo era.

Dinero. Servicios. Trabajo forzado.

Reclutaban chicas de los barrios más vulnerables. Algunas entendían perfectamente lo que hacían; otras apenas lo intuían. Usaban sus terminales como puentes de acceso: emparejamientos temporales, handshakes encubiertos, microcanales abiertos durante la proximidad física.

Ataques man-in-the-body.

Relay neural.

Puertos de mantenimiento mal protegidos.

Firmware adulterado en implantes civiles.

Desde ahí accedían a información privilegiada. Soldados. Ejecutivos. Personal corporativo.

Y después llegaba la presión.

Así habían crecido.

Así habían ganado poder.

Pero los datos importantes ya no estaban en los discos incautados. Habían sido limpiados antes. Migrados. Quemados.

Nadie daba una explicación concreta.

Todos sabían que había alguien más arriba.

Pero, de cara a la corporación, aquello bastaba.

El caso podía cerrarse.

Al menos oficialmente.

Damond había sido otra víctima más.

Aline lo supo en cuanto terminó la última llamada.

Tal vez lo habían atrapado mediante una de esas mujeres. Tal vez alguien se acercó cuando estaba cansado, vulnerable, con dolor. No sabía quién. No sabía cómo.

Tampoco entendía todavía cómo la habían hackeado a ella y a Damond durante el funeral anterior.

Lo suyo había sido una casualidad brutal: un clon, una ventana mínima de oportunidad mientras intentaban ver qué podían sacarle. No llegaron a extorsionarla solo porque Joren actuó a tiempo.

El funeral de Damond fue dos días después.

Aline estuvo allí.

Como el de Kessler, fue un acto frío, preciso, corporativo. La misma Akemi Sato dio un discurso casi idéntico: sacrificio, servicio, honor. Palabras medidas al milímetro.

Asistió muy poca gente. Entre la poca gente que había allí, solo logró reconocer a Rhea, la camarera del Halcón de Óxido.

Fue allí donde Aline vio por primera vez a la hija de Damond.

Una adolescente.

Demasiado joven para estar despidiendo a su padre.

Tomada de la mano de su madre, miraba el ataúd con los ojos hinchados y el rostro rígido, haciendo un esfuerzo desesperado por no quebrarse delante de todos.

Marina, a un lado, no pudo contener las lágrimas, aunque apenas había conocido a Damond. Joren le sostuvo la mano en silencio.

Aline también lloró.

Sin hacer ruido.

Y cuando vio cómo la chica finalmente se derrumbaba, reunió valor y se acercó.

—Tu padre… —dijo en voz baja— me salvó la vida más de una vez. Era un gran soldado… pero, fuera del servicio, también era una buena persona. De las que ya casi no quedan.

La exesposa la miró como si acabara de decir algo imperdonable.

Algo que no debía escucharse allí.

No respondió.