Factor Zero 20 #3
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20 #3

Finalmente relató lo ocurrido tras la huida de Damond. El colapso de la estructura, los daños sufridos durante las explosiones y las condiciones en las que habían sido encontrados por los equipos de rescate.

Cuando terminó, la habitación volvió a quedar en silencio.

Sato los observó a ambos durante unos segundos.

—Entendido.

Se puso de pie. La silla holográfica se desvaneció.

—A partir de ahora, esto ya no está en sus manos.

Los observó sin cambiar la expresión.

—Descansen mientras puedan. Cuando salga, vendrá el personal técnico.

Sin añadir nada más, se dio media vuelta y abandonó la habitación.

La puerta se cerró tras ella.

La habitación permaneció en silencio unos segundos.

Luego el acceso volvió a abrirse.

Esta vez entró personal técnico de Megatech.

Eran cuatro. Dos médicos y dos técnicos de seguridad. Todos con uniformes estériles, cascos abiertos y maletines sellados con el emblema corporativo. Se movían con precisión automática, como si aquel procedimiento se hubiera repetido cientos de veces.

—Será rápido —dijo uno de los médicos, sin inflexión alguna.

No hubo margen para objeciones.

Los colocaron en posición semirreclinada y les aplicaron inyecciones breves en la base del cráneo, justo donde se alojaban los nodos neurales.

Aline sintió primero un cosquilleo extraño. Luego presión. Después algo peor: una sensación hueca, como si le vaciaran la cabeza desde dentro.

Lo notó de inmediato.

Como si alguien hubiera apagado un sistema entero sin previo aviso.

Las capas de datos, los flujos invisibles, la presencia constante del implante… todo desapareció de golpe.

Parpadeó.

La visión volvió a ser normal. Sin aumentos, sin filtros, sin lecturas automáticas. Solo luz, color y profundidad. Imperfectos.

Joren inhaló con fuerza cuando le tocó a él.

—Mierda…

Los técnicos continuaron.

Conectores de exoesqueleto deshabilitados. Potenciadores físicos anulados. Accesos especiales cerrados uno a uno. En Aline, los refuerzos musculares y la densidad ósea quedaron inactivos.

No era una extracción completa.

Pero la sensación… lo era.

Cuando terminaron, recogieron el equipo sin decir una sola palabra.

—El alta está concedida —informó uno de los médicos—. Se recomienda descanso. Eviten esfuerzos físicos.

Se marcharon.

El silencio que dejaron atrás resultó extraño.

Se vistieron sin hablar y salieron poco después.

Lara y Marina los esperaban en la sala exterior.

Lara estaba pálida, con los ojos enrojecidos y los hombros tensos. Al verlos, soltó el aire, aliviada, pero no dijo nada.

—Vamos a mi departamento —dijo Aline—. Allí estaremos más seguros.

Nadie discutió.

Pasaban de las veintitrés cuando llegaron.

Apenas entró, Lara se dejó caer en el sofá, como si las piernas ya no le respondieran. Se abrazó el vientre, respiró hondo… y en cuestión de minutos se quedó dormida, agotada.

Aline la observó un momento. Luego tomó una manta y la cubrió con cuidado. Ajustó un almohadón bajo su cabeza para que estuviera más cómoda.

Después fue hasta la cocina.

Preparó café para ella; té para Joren y Marina.

Marina habló en voz baja, todavía afectada.

—No se imaginan lo perturbada que está esa chica… Estaba muerta de hambre… agotada. ¿Quién es exactamente?

—La amante de Kessler, mamá —respondió Joren—. Dimos con ella investigando. Está esperando un hijo de él.

Aline asintió.

—Yo estaba ayudando a su hermano —añadió—. Después del incidente tuvieron problemas en el bloque donde vivían… en parte por nuestra intervención.

Bebió un sorbo de café.

—Cree que los mismos que se metieron con mi implante fueron tras ellos.

Marina se llevó una mano al pecho.

—¿Y qué piensan hacer con ella?

—Por ahora se queda aquí —respondió Aline—. Mañana hablaremos con calma. No tiene a nadie… y tenemos que confirmar lo de Riven.

—Voy a revisar lo que tengo —dijo Joren.

Cerró los ojos por reflejo.

Y no pasó nada.

Frunció el ceño. Activó el terminal manualmente. La interfaz apareció con un leve retardo, torpe, incómoda sin el implante.

Buscó en los registros del terminal de Riven.

La grabación apareció al instante.

Riven caminaba rápido por una calle mal iluminada, mirando hacia atrás una y otra vez. La respiración agitada saturaba el audio. La imagen tembló ligeramente. Luego realizó la llamada a su hermana.

Después, estática.

—Aquí intervinieron el terminal —dijo Joren—. Cortaron la señal. A partir de este punto no hay nada.

Cerró el archivo.

—Sin acceso a las redes corporativas no voy a poder escarbar mucho más. Estos tipos saben exactamente lo que hacen.

Marina seguía mirando la pantalla. No entendía los detalles técnicos, pero sí lo suficiente para captar la gravedad de la situación.

Se hizo un silencio.

Aline bajó la vista a su taza. Sin darse cuenta, pensó en Damond entrando al hangar con el cigarro entre los dedos, con esa sonrisa socarrona que tenía siempre, como si nada en el mundo pudiera tocarlo.

En cómo la había empujado, a su manera tosca, sin pedir nada a cambio, hacia lo único bueno que le había pasado en mucho tiempo.

Y ahora ya no estaba.

Ni siquiera había podido despedirse. Ni siquiera había sido él, al final. Solo su cuerpo, obligado a disparar contra la gente que lo quería.

Le costaba encontrarle sentido.

—Creo que lo mejor es que nos quedemos todos aquí —dijo al fin—. Al menos hasta entender qué está pasando.

—Sí —asintió Joren—. Ni se te ocurra volver a casa, mamá. Esta noche te quedas aquí.

Marina lo miró, todavía descolocada.

—¿Qué pasó con Damond?

Aline suspiró.

Fue Joren quien se lo explicó. Con calma. Sin recrearse en lo innecesario, pero sin esquivar lo importante.

A medida que avanzaba, Marina fue cubriéndose la boca con ambas manos.

Cuando terminó, el silencio resultó pesado.

—Vamos a descansar —dijo Aline al cabo de un momento—. Nos hace falta.

Se levantó despacio. El cuerpo seguía resentido.

Acompañó a Marina hasta la segunda habitación. El espacio estaba casi vacío, iluminado únicamente por el resplandor tenue de la ciudad al otro lado del ventanal.

Activó el panel proyector y, tras un par de gestos precisos, materializó dos camas holográficas. Simples, pero cómodas.

—Aquí pueden quedarse —dijo—. No será un hotel, pero es seguro.

Marina asintió en silencio.

Joren se quedó con ella. Se sentó a su lado y empezó a hablarle en voz baja, ordenando los hechos con paciencia, quitándoles algo de crudeza, intentando dar forma a una situación que ni él mismo terminaba de asimilar.

Marina escuchaba sin interrumpirlo. De vez en cuando le apretaba la mano.

Aline regresó al salón.

Lara dormía profundamente en el sofá, abrazada a la manta, con una mano apoyada de forma instintiva sobre el vientre.

Se quedó observándola unos segundos.

Comprobó que respiraba con normalidad. Que no tenía fiebre. Que el miedo no la había arrancado del sueño.

Después apagó algunas luces y dejó el departamento en penumbra.

Finalmente entró en su habitación y se recostó sobre la cama, mirando el techo.

El sueño no llegó.

Las imágenes regresaban una y otra vez. La base en llamas. El grito de Nyx-17. El rostro desencajado de Damond. Su voz, sus bromas, conversaciones que ahora parecían pertenecer a otra vida.

Había sido un apoyo constante, incluso cuando ella se negaba a reconocerlo. Un compañero. Un amigo. Y recién entonces, en la quietud de la noche, comprendió cuánto dolía perderlo.

Y estaba Nyx-17.

Aline apretó los párpados, pero la imagen seguía ahí: la zero en el suelo, temblando, con los ojos desorbitados de puro pánico.

Libre por primera vez en su vida, y aterrada por esa misma libertad.

Le había prometido que nadie volvería a hacerle daño.

Se lo había prometido horas antes de que todo ardiera.

No había podido cumplirlo.

Nyx había elegido desaparecer antes que dejar que la encerraran de nuevo. La primera decisión de toda su existencia, y la última. Y ella no había llegado a tiempo para ofrecerle otra cosa. Para demostrarle que existía otra salida.

Quizá no la había.

Ese pensamiento era el que más le pesaba.

Las lágrimas llegaron sin aviso. Resbalaron en silencio por sus mejillas y no hizo nada por detenerlas.

Todo se estaba derrumbando demasiado rápido.

Megatech había cerrado filas. Se protegía a sí misma antes de buscar respuestas, antes de asumir responsabilidades.

Apretó los dientes y tomó aire.

Y, entre el cansancio, el dolor y la rabia, una decisión terminó de tomar forma.

Si Megatech no hacía nada, lo haría ella.

No iba a permitir que la muerte de Kessler, la de Riven, la de Nyx-17 ni la de Damond quedaran en nada. Tampoco iba a permitir que quienes estaban detrás siguieran destruyendo vidas.

Esta vez no pensaba quedarse quieta.

Todavía no sabía cómo iba a hacerlo.

Pero encontraría la manera.

Cueste lo que cueste.

Cerró los ojos, con el pecho todavía temblando, y dejó que la noche la envolviera.

Cuando amaneciera, lo sabía, nada volvería a ser igual.