Factor Zero 20
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Aline despertó.

No fue un sobresalto, ni hubo pánico.

La consciencia regresó por capas: pesada, espesa, como si nadara a contracorriente.

Lo primero que percibió fue la luz.

Blanca. Difusa.

No el rojo de las alarmas ni el parpadeo de emergencia de la base, sino una iluminación estable, clínica.

Parpadeó con lentitud.

Sobre ella flotaban paneles holográficos semitransparentes que proyectaban constantes vitales, lecturas médicas y diagramas anatómicos actualizándose en tiempo real.

Estaba en un hospital.

Giró apenas la cabeza.

El movimiento le resultó torpe, como si el cuerpo todavía no terminara de responder.

A un costado, no muy lejos, distinguió otra camilla.

Joren.

Estaba inconsciente. El pecho subía y bajaba con regularidad. Vendajes, sensores y un arnés médico rodeaban su torso.

Respiraba.

Un alivio silencioso le atravesó el pecho.

Una figura se movió dentro de su campo de visión.

Una enfermera revisaba los hologramas junto a la cama de Joren. Deslizaba datos con los dedos y tomaba notas en una tableta física.

Alzó la vista.

Sus ojos se encontraron.

—Oh… Ya despertó.

Se acercó de inmediato y redujo el brillo de uno de los paneles.

—Tranquila —añadió con voz calmada—. No intente moverse todavía. ¿Cómo se siente?

Aline tardó un instante en responder.

Las palabras parecían llegar más despacio que los pensamientos.

—Pesada… —dijo al fin—. Como si me hubieran enterrado.

La enfermera asintió.

—Es normal. Pasó por estabilización completa y una intervención importante. Va a sentirse cansada, desorientada… quizá tenga algunas lagunas. Pero está fuera de peligro.

Aline intentó tragar saliva.

Tenía la boca seca y la garganta áspera.

—¿Y… él?

Movió apenas la mirada hacia Joren.

—Está estable —respondió la enfermera—. Durmió durante todo el proceso. Va a despertar pronto.

Le dedicó una sonrisa suave.

—Voy a llamar al médico. No se preocupe. Ya pasó lo peor.

Se dio media vuelta y salió de la habitación, dejando atrás un silencio apenas roto por los pitidos suaves de los monitores.

Aline quedó sola.

O casi.

El letargo seguía allí, como una niebla espesa, pero el cuerpo empezaba a reclamar su atención.

Bajó la vista hacia la pierna izquierda. La sábana se elevaba ligeramente sobre ella.

Recordó el impacto. El crujido. El peso imposible que le había caído encima.

Con cuidado levantó un poco la tela.

La pierna seguía allí.

Vendajes limpios cubrían la zona, rodeada por sensores y una estructura externa de soporte. No había deformidades ni sangre. Solo tejido nuevo, reconstruido.

Restaurada.

La idea tardó un instante en asentarse.

Movió los dedos del pie. Respondieron de inmediato. Sintió un dolor profundo y sordo, pero también la certeza de que seguía siendo su pierna.

Luego levantó las manos frente a sus ojos y las giró despacio. La piel mostraba zonas nuevas, ligeramente más pálidas, donde el tejido clonado aún no había terminado de igualarse con el resto. Las palmas. Los dedos.

Habían tocado metal al rojo vivo.

Y aun así seguían allí.

Pensó entonces en sus ojos. Si no hubiera tenido implantes ópticos, el resplandor del reactor la habría dejado ciega.

El recuerdo de Nyx-17 llegó sin previo aviso.

El grito. La mirada. El miedo absoluto.

Y aquella decisión.

Aline cerró los ojos durante un instante.

No había sido un accidente. Tampoco un impulso.

Había sido una elección consciente.

Intentó respirar hondo, pero otra imagen apareció de inmediato.

Damond.

Los dolores de cabeza. La sensación de que algo no iba bien. Esa alarma interna que había percibido y decidió no escuchar.

—Idiota… —susurró.

No sabía si se lo decía a él o a sí misma.

Por no haber insistido. Por no haber forzado una revisión médica. Por haber dejado pasar algo que ahora parecía tan evidente.

Y entonces la certeza terminó de tomar forma.

Cuando intentó pedir ayuda, los sistemas no respondieron. Los accesos estaban bloqueados y las comunicaciones habían caído al mismo tiempo.

Damond no había enloquecido.

Lo habían utilizado.

Cuanto más repasaba lo ocurrido, menos sentido tenía cualquier otra explicación. El deterioro progresivo, los dolores de cabeza, los bloqueos de seguridad, la coordinación del ataque.

Debían haberlo hackeado.

La puerta se abrió en ese momento.

Entró el médico.

Era un hombre mayor, humano, de cabello gris peinado hacia atrás y una bata impecable.

Fue directamente a los paneles y revisó los datos con atención.

—Teniente Voss. Bienvenida de vuelta.

Se inclinó lo justo para examinarle los ojos.

Reflejos.

Reacción pupilar.

Microrespuestas.

—¿Siente dolor?

—Sí.

Hizo una pausa.

—Pero es soportable.

—Bien. Es una buena señal.

Activó un escáner manual y lo pasó por la pierna, el torso y la espalda.

—Sufrió un aplastamiento severo en la extremidad inferior izquierda —explicó—. También múltiples quemaduras térmicas en pies, manos y antebrazo izquierdo, además de traumatismos por impacto y un disparo de arma energética.

Consultó una lectura antes de continuar.

—La pierna fue restaurada mediante clonación acelerada y refuerzo óseo. La piel dañada se regeneró por completo. Su espalda resistió mejor de lo esperado gracias a sus implantes. Sin ellos, el daño habría sido mucho mayor.

Aline escuchó en silencio.

El médico miró a Joren.

—No se preocupe por Malek. Usted estaba literalmente sobre él cuando los equipos de rescate los encontraron. Absorbió la mayor parte del impacto.

Volvió a mirarla.

—Quien recibió el peor daño fue usted. Él va a despertar en cualquier momento.

Aline asintió apenas.

Intentó recordar el instante exacto en que perdió el conocimiento.

El peso.

La falta de aire.

El dolor saturándolo todo.

Joren atrapado debajo.

No pudo evitar pensar en Numen.

Cerró los ojos una vez más.

Seguía viva.

Joren también.

El médico observó los indicadores durante unos segundos más.

—Hay dos personas afuera, en la sala de espera —dijo finalmente—. Si se siente en condiciones, puedo hacer que entren.

Hizo una breve pausa.

—Su supervisora estuvo aquí esta mañana. Se marchó hace unas horas. Dijo que volvería por la tarde.

Aline frunció apenas el ceño.

Akemi Sato.

Si había pasado por allí, no tardaría en regresar.

¿Y los otros?

La primera imagen que le vino a la mente fue Marina.

Durante un segundo pensó en Damond.

Pero era imposible.

—Sí… —respondió al fin—. Que pasen.

Tragó saliva.

—Doctor… antes… ¿puedo preguntar algo?

El hombre la observó con atención.

—¿Se sabe exactamente qué pasó?

El médico suspiró despacio.

Parecía escoger cada palabra.

—Esto es un hospital militar, teniente. Para personal de Megatech. Usted lo sabe. No me corresponde dar explicaciones oficiales.

Se apoyó ligeramente en el borde de la camilla.

—Lo único que sé, por los reportes internos y lo que ha aparecido en las noticias, es que su base fue atacada. No se ha detallado cómo. Megatech tampoco ha dado información concreta.

Hizo una breve pausa.

—Se habló de una explosión. De un incendio. Se enviaron unidades de respuesta. Y se reportó que el ataque fue ejecutado desde una unidad Revenant.

Aline dejó caer la cabeza hacia atrás, contra la almohada.

—Las declaraciones son deliberadamente vagas —continuó el médico—. Supongo que su supervisora podrá aclararle más cuando llegue.

La observó un momento.

—Intente no pensar en eso todavía.

Luego añadió:

—Piense en que sobrevivió.

Aline respiró hondo.

—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?

El médico consultó su terminal.

—Casi dieciséis horas.

Alzó la vista.

—Es martes. Son las quince cuarenta y dos.

El dato cayó sobre ella como un peso frío.

Asintió despacio.

—Está bien… Gracias.

—Avisaré a las personas que están afuera.

Cuando salió, el silencio volvió a envolver la habitación.

La puerta volvió a abrirse pocos minutos después.

Aline reconoció a Marina al instante.

Entró con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo. Fue directa hacia la camilla de Joren y le apoyó una mano en el rostro. Le recorrió la mejilla, la frente, asegurándose de que estaba allí.

Vivo.

Aline sintió cómo se le cerraba la garganta.

La segunda figura entró detrás de ella.

Era una muchacha joven. Bonita. Una genetic felinian de cabello castaño oscuro y ojos verdes apagados por el llanto. El pelaje de manos y piernas era de un marrón claro, suave, del mismo tono que el cabello. El vientre redondeado no dejaba lugar a dudas.

Lara.

Aline tardó un segundo en procesarlo.

La joven avanzó despacio. Tenía los ojos hinchados y la mirada perdida, como si llevara horas conteniendo las lágrimas. Al verla en la camilla se detuvo, dudando.

Luego siguió avanzando.

Cada paso parecía costarle un esfuerzo enorme.

Se quedó de pie junto a ella y la observó en silencio.

Aline le sostuvo la mirada, desconcertada, sin entender qué hacía allí.

Entonces Lara se quebró.

Las lágrimas brotaron de golpe. Se inclinó hacia ella y, sin decir una sola palabra, la abrazó. El llanto era silencioso, contenido, pero imposible de detener. Todo su cuerpo temblaba.

Aline reaccionó por instinto.

Le devolvió el abrazo.

No preguntó nada. No dijo nada. Simplemente la sostuvo.

Marina se acercó y apoyó una mano en el hombro de Aline.

—¿La conoces? —preguntó en voz baja—. Lleva horas conmigo abajo. Dice que te conoce, pero no ha querido hablar.

Negó suavemente con la cabeza.

—Cada vez que alguien intenta ayudarla, se encierra a llorar en el baño. Me parte el alma.

Aline asintió sin soltar a Lara.

—¿Qué haces aquí, Lara? —preguntó con cuidado—. ¿Dónde está tu hermano?

Lara se tensó de golpe.

El temblor se volvió más intenso.

Pareció quedarse sin aire.

—Está muerto… —consiguió decir entre sollozos—. Riven… Riven está muerto…

El llanto terminó de desbordarse.

Se aferró a Aline con desesperación.

Aline no supo qué decir.

La abrazó con más fuerza y cruzó una mirada con Marina.

Dolor.

Eso era todo lo que había en ambas.

Tardaron varios minutos en conseguir que se calmara.

Marina le acercó un vaso de agua y esperó a que bebiera.

Aline se acomodó en la camilla. Lara se sentó a su lado, aferrada al vaso como si fuera un salvavidas.