19 #4
La realidad se desgarró en una herida violenta de la que brotó una llamarada blanca y azulada, saturada de plasma y luz. El rugido fue inmediato, ensordecedor.
Aline apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Se lanzó a un lado y empujó a Joren con el hombro.
El calor los golpeó como un muro.
Durante apenas una fracción de segundo, el camarote quedó expuesto a la temperatura de un reactor abierto.
El metal chilló. Las paredes se volvieron incandescentes y el suelo se puso al rojo en el mismo instante.
Nyx-17 no llegó a gritar.
La energía la alcanzó y la desintegró al instante, sin transición, sin dejar restos.
Simplemente dejó de existir.
El portal se cerró de golpe.
Aline y Joren retrocedieron como pudieron. El calor residual atravesaba el calzado y les quemaba la piel. El aire olía a ozono y metal fundido.
El camarote quedó destruido.
Las paredes deformadas.
El suelo humeante.
El acceso inutilizable.
Aline se sostuvo a duras penas. El brazo inutilizado le ardía. La piel le quemaba allí donde el calor había alcanzado.
Joren respiraba con dificultad, inclinado hacia adelante, incapaz de apartar la vista del camarote destruido.
Nyx-17 ya no estaba.
Aquella había sido la primera decisión verdaderamente libre de toda su vida.
Y también la última.
Pero no hubo tiempo para sostener ese pensamiento.
Todavía aturdidos por el calor, con la piel abrasada y el olor acre de carne quemada llenándoles los pulmones, llegó el estallido.
Primero fue el rugido grave de motores forzados resonando por los conductos de la base.
Luego una vibración brutal recorrió toda la estructura.
Después llegaron las explosiones.
Damond.
Había alcanzado el hangar, se había puesto la armadura Anti-Zero, había tomado el control del Revenant y, antes de escapar, había decidido arrasar con todo.
El primer impacto sacudió el suelo bajo sus pies.
Luego llegó otro.
Y otro más.
Misiles de corto alcance estallaron dentro del hangar mientras ráfagas de energía atravesaban pasillos, soportes y muros como si fueran papel.
La base entera tembló.
El metal gritó.
Las luces comenzaron a apagarse y encenderse de forma errática mientras las alarmas llenaban los corredores con su aullido constante.
Aline apenas podía ver.
El resplandor del reactor le había dejado manchas blancas flotando frente a los ojos. El brazo izquierdo era una masa de dolor sordo. La planta de los pies le ardía con cada paso, la piel abierta pegándose al metal a cada pisada.
—¡Joren!
Otra explosión hizo caer fragmentos del techo.
Joren intentaba ponerse de pie cuando el calor le arrancó un gemido ahogado. Las manos quemadas resbalaban sobre el metal todavía incandescente; la piel de las palmas se le desprendía a tiras cada vez que se aferraba, dejando marcas húmedas en la superficie.
Aline reaccionó por puro instinto.
Lo agarró del brazo y tiró de él.
El movimiento le desgarró algo en el hombro quemado. Apretó los dientes y no se detuvo.
Lo arrastró por el pasillo mientras una nueva detonación hacía vibrar toda la estructura.
El siguiente impacto derrumbó parte del corredor.
Se lanzaron dentro del camarote más cercano apenas a tiempo.
Aline empujó a Joren contra el suelo y se arrojó sobre él, cubriéndolo con su cuerpo.
Su espalda absorbió el golpe cuando la estructura cedió.
Algo crujió.
El mundo se convirtió en ruido.
Una sección entera del techo se desplomó sobre ellos.
Placas.
Vigas.
Fragmentos de blindaje.
Algo pesado golpeó la pierna de Aline con un crujido seco, arrancándole un grito que se perdió entre las sirenas.
El aire se llenó de polvo, humo y chispas.
Las alarmas continuaban sonando, lejanas y distorsionadas, mientras el Revenant terminaba de descargar su arsenal y se alejaba de la base.
Poco a poco el estruendo se extinguió.
Quedaron los avisos automáticos.
El crepitar del metal deformado.
Y el silencio.
Aline estaba medio sepultada.
Una pierna atrapada bajo los escombros.
El cuerpo cubriendo a Joren.
Ahora que el estruendo se apagaba, el dolor la alcanzaba entero, sin la adrenalina que lo había mantenido a raya.
El brazo quemado le latía hasta el hombro.
La espalda, donde el calor la había alcanzado, le tiraba con cada respiración, la piel tensa y agrietada bajo el uniforme chamuscado.
Y por debajo de todo, el olor: acre, dulzón, inconfundible.
Tardó un segundo en entender que era el suyo. Su propia carne.
El dolor era constante, profundo, insoportable.
Aun así, no se movió.
No se apartó.
Joren permanecía debajo de ella, aplastado entre su cuerpo y los restos de la estructura. Apenas podía respirar. Cada inhalación era corta y desesperada.
—Aline… —susurró sin aire.
Ella apoyó la frente contra su hombro, jadeando, intentando descargar parte del peso, aunque sabía que era imposible. Cada vez que movía la mano quemada para buscar apoyo, la piel en carne viva se le pegaba a los escombros y volvía a abrirse.
—Estoy aquí —murmuró con la voz rota—. No te duermas. ¿Me oyes? No te duermas.
Las luces de emergencia parpadearon una última vez.
Y luego la base quedó sumida en la oscuridad.
Sepultada.
Herida.
Y en silencio.