19 #3
En la proyección, Damond se apartó de la cama y caminó hacia uno de los rincones del camarote. Se agachó frente a un panel de mantenimiento y extrajo una multiherramienta holográfica del bolsillo.
El proyector emitió un destello azul y el contorno de un destornillador eléctrico tomó forma.
Los tornillos cedieron uno tras otro.
La herramienta cambió de configuración. Retiró la cubierta interior, forzó un segundo cierre de seguridad y metió la mano en el compartimiento.
Sus dedos encontraron algo sólido.
Extrajo una caja metálica alargada con una manija lateral.
—Lo tenemos —dijo uno de los operadores, incapaz de ocultar una sonrisa.
—Bien —respondió el encapuchado—. Vamos con el resto.
Entonces el marco de la puerta se iluminó.
La puerta se abrió.
Aline apareció en el umbral.
Su mirada recorrió la escena en una fracción de segundo: el panel abierto, la caja en las manos de Damond y la cama al costado.
—¿Damond? ¿Qué estás haciendo?
—Mierda —masculló uno de los operadores.
El encapuchado reaccionó sin vacilar.
—Neutraliza ahora. Activa NOX-SHARD.
Los dedos volaron sobre la consola.
—Ejecutando.
En el punto de vista, el cambio fue instantáneo.
Damond aferró la caja con una mano. Con la otra desenfundó el arma reglamentaria en un único movimiento, levantó el brazo y disparó.
El haz de energía cruzó la habitación.
Aline reaccionó por puro instinto. Se lanzó a un lado, pero el disparo alcanzó su brazo izquierdo. El impacto quemó tejido y músculo de inmediato, arrancándole un gruñido ahogado.
El dolor fue brutal.
Rodó por el suelo, consiguió incorporarse y corrió hacia su camarote. Se cubrió tras el marco de la puerta, tomó el arma que había dejado sobre la mesa y activó el implante.
—¡Joren! ¡Alerta, ahora! ¡Damond enloqueció!
Damond ya avanzaba por el pasillo.
Aline asomó apenas y disparó.
No falló.
Dos impactos seguidos alcanzaron el torso del sargento.
El escudo energético reaccionó al instante. Un campo translúcido vibró alrededor de su cuerpo, absorbiendo la energía con un zumbido grave.
—¡Mierda!
Volvió a cubrirse.
Damond seguía retrocediendo hacia el hangar, disparando mientras caminaba. No buscaba cobertura. Los haces de energía golpeaban paredes y compuertas, arrancando chispas y dejando cicatrices humeantes en el metal.
Otro disparo pasó rozando la esquina del camarote.
Aline respiraba agitada. El brazo izquierdo le colgaba inútil, ennegrecido y humeante. Apenas vestida, había salido corriendo cuando la IA le advirtió de una intrusión en el camarote de Nyx-17.
La puerta de Joren se abrió de golpe.
—¿Qué carajo…?
Había reaccionado tarde.
Damond giró sobre sí mismo y disparó.
El haz rozó una de las piernas de Joren. No fue un impacto directo, pero bastó para hacerlo caer hacia atrás dentro del camarote.
La puerta se cerró de golpe.
En la sala oscura, uno de los operadores habló con absoluta calma.
—NOX-SHARD activo.
Entonces llegó el grito.
No era un grito de dolor.
Era algo peor.
Un alarido roto, animal, el sonido de una mente quebrándose… o liberándose de algo que la había mantenido encadenada durante años.
Nyx-17.
El sonido recorrió todo el pasillo.
Damond se detuvo apenas un instante. Giró la cabeza hacia el origen del grito y, al segundo siguiente, echó a correr hacia el hangar.
Sus pasos resonaron contra el metal mientras se alejaba.
Aline intentó activar los cierres de seguridad.
Nada respondió.
Los sistemas rechazaban todos los comandos. Acceso denegado. Protocolos bloqueados.
—No… no…
Desde su camarote, Joren intentó hacer lo mismo mientras luchaba por ponerse de pie.
Las comunicaciones estaban caídas. La red interna bloqueada. Los canales de emergencia completamente mudos.
El grito volvió a escucharse.
Esta vez Aline no dudó.
Apretó el arma contra el pecho y corrió hacia el camarote de Nyx-17.
Se detuvo en seco al asomarse.
La zero estaba en el suelo.
Se sujetaba la cabeza con ambas manos, los dedos hundidos en el cuero cabelludo mientras todo su cuerpo temblaba sin control. Tenía los ojos abiertos de par en par, desorbitados, incapaces de fijarse en nada.
Como si el mundo acabara de romperse.
El grito se transformó en jadeos irregulares.
Libre.
Aline lo entendió de inmediato.
Los chips habían dejado de controlarla.
Toda una vida sin decidir cuándo moverse. Sin decidir cuándo hablar. Sin decidir cuándo mirar, dormir, comer o simplemente apartarse del dolor.
Toda una existencia reducida a observar, pensar y soportar.
Y ahora, de golpe, todo ese control había desaparecido.
Nyx-17 podía moverse.
Podía decidir.
Podía actuar.
Y aquello la aterraba.
Sus miradas se cruzaron.
En los ojos de la zero había pánico. Confusión. Y algo más: la certeza de que aquella libertad no iba a durar.
Aline soltó el arma. El metal golpeó el suelo con un sonido seco.
Levantó la mano sana despacio. Luego la otra, ignorando el dolor que le recorría el brazo quemado.
—Está bien… —dijo con la voz quebrada—. Tranquila. Nadie te va a hacer daño.
Nyx-17 la observaba sin verla del todo. El rostro le temblaba. Todo su cuerpo temblaba como si siguiera buscando una orden que ya no existía. Algo que la guiara. Algo que le dijera qué hacer.
Joren llegó entonces.
Cojeando, se colocó junto a Aline y bajó el arma al comprender lo que estaba viendo.
Se quedó inmóvil.
Aline ya había leído sobre aquello.
Entrenamientos. Simulaciones. Informes que nadie quería volver a abrir.
Zeros liberados sin soporte.
Mentes que jamás habían sido libres y que, de pronto, quedaban sueltas sin transición alguna.
Algunos atacaban todo lo que encontraban a su alrededor. Otros colapsaban y arrastraban consigo a cualquiera que estuviera cerca. Años de contención buscando una salida de golpe.
Sin exoesqueletos ni blindaje, ni ella ni Joren podrían detener a un zero fuera de control.
Joren permanecía rígido, conteniendo la respiración.
Aline no apartó la vista de Nyx-17.
—No te muevas —susurró apenas, sin dejar de observarla—. Suelta el arma.
Joren dudó una fracción de segundo.
Luego obedeció.
El arma cayó al suelo.
Nyx-17 no reaccionó.
No había agresividad en su postura. Ni apego. Ni resentimiento.
Todo aquello había sido ejecutado por una IA.
Lo único que quedaba ahora era una mente libre por primera vez en su vida.
Y aterrada.
Sus ojos seguían clavados en Aline. No con odio.
Con reconocimiento.
Y con una decisión que Aline tardó un segundo de más en comprender.
Nyx-17 sabía algo que ellos no podían cambiar.
Sabía que su sufrimiento no iba a terminar.
Que siempre habría alguien capaz de reconstruir su cuerpo. De restaurarla. De encerrarla otra vez dentro de sí misma.
Ya lo había vivido.
No pensaba permitir que ocurriera de nuevo.
Aline sintió el cambio antes de verlo.
El aire se tensó de golpe.
Una presión invisible recorrió el camarote cuando Nyx-17 extendió su factor con una precisión absoluta.
Su percepción se expandió varios kilómetros en todas direcciones, rastreando puntos de salto posibles: subestaciones energéticas, núcleos térmicos, reactores secundarios.
Eligió uno.
Un reactor de calor perteneciente a una fotocélula industrial.
El portal se abrió.