19
El fin de semana terminó con una calma engañosa.
Después de la cena del viernes, Marina se despidió en la puerta del departamento de Joren.
No dijo nada de forma explícita, pero su mirada lo decía todo.
Al pasar junto a Aline, se detuvo un segundo más de lo necesario, le apoyó una mano en el antebrazo y le sonrió con una calidez tranquila y sincera.
—Me alegra verlo así —dijo en voz baja—. Hace tiempo que no lo veía tan… en paz.
Aline sintió el calor subirle a las mejillas. Asintió y le devolvió la sonrisa.
—Yo también —respondió—. De verdad.
Marina la sostuvo un instante más con la mirada, como si estuviera a punto de añadir algo, pero finalmente se contuvo. Luego abrazó a su hijo con fuerza.
—Cuídate —le dijo—. Y cuídala bien.
Joren asintió, incapaz de borrar la sonrisa.
Marina bajó para tomar el taxi que la esperaba. Antes de desaparecer tras las puertas del ascensor, volvió la cabeza una última vez y les dedicó una mirada cómplice.
Cuando quedaron solos, Joren y Aline se miraron y terminaron riéndose.
Después recogieron sin prisa. La noche siguió avanzando y Joren volvió a sumergirse en el trabajo. Retomó los datos, los cruces y los patrones de movimiento. Puso a trabajar una IA personal diseñada para observar, registrar y alertar. Nada invasivo. Nada que dejara rastros evidentes.
No tocó redes públicas ni intentó forzar accesos. Se concentró en relaciones, repeticiones y silencios demasiado ordenados como para ser casuales.
Bloque Lázaro seguía siendo un nudo extraño.
Aline permaneció a su lado todo el tiempo. Observaba, ayudaba cuando podía y señalaba detalles que a veces se le escapaban a Joren por exceso de concentración. Entre los dos fueron armando un esquema cada vez más completo: horarios, rutas y contactos recurrentes.
Joren incluso retrocedió varios días en los registros de cámaras, buscando a Kessler dentro del bloque y cruzando coincidencias con los tres nombres que les había dado Riven. Revisó movimientos anteriores, visitas y hasta el periodo cercano al funeral.
No encontró nada concluyente.
Las cámaras estaban mal mantenidas, llenas de puntos ciegos y zonas muertas.
Así transcurrió el fin de semana.
Entre datos, silencios compartidos y una intimidad que ya no necesitaba explicaciones.
Finalmente llegó el lunes.
Akemi Sato notificó a Aline, con su habitual frialdad, que la unidad sería recogida para el cambio de turno.
Esperaron en la azotea de Torre Kagayaki. Habían pasado la noche en el departamento de Aline. El fin de semana había sido intenso en todos los sentidos: la investigación, la cercanía y esa tensión constante que seguía flotando bajo la piel.
El Revenant apareció entre los edificios, imponente, estabilizando el descenso con un rugido grave.
Damond ya estaba allí cuando aterrizó.
Aline lo notó de inmediato.
Algo no iba bien.
El sargento estaba pálido, con profundas ojeras y los hombros más caídos de lo habitual. Demasiado quieto para alguien como él.
Cuando subieron a bordo y el blindado volvió a elevarse, el silencio empezó a resultar incómodo.
Joren intercambió una rápida mirada con Aline.
—¿Se encuentra bien, sargento? —preguntó.
Damond levantó la vista con lentitud.
—¿Tanto se me nota?
No hizo falta responder.
—Mierda… —murmuró—. No sé qué carajos me pasa.
Se masajeó una sien.
—Tengo un dolor de cabeza brutal. Empezó suave la semana pasada, se puso peor durante el fin de semana y ahora es una punzada constante. Como si me estuvieran clavando algo ahí dentro.
—¿No fuiste a revisión médica? —preguntó Aline, ya seria.
Damond soltó el aire.
—No voy a mentir, teniente. Conocí a una mujer. Especial. Pasé toda la semana con ella.
Hizo un gesto vago con la mano.
—Bebí. Me metí algunas cosas. Ya estoy limpio y listo para trabajar, pero supongo que esto es el rebote.
Aline arqueó una ceja.
—¿"Algunas cosas"? —repitió—. ¿Qué cosas exactamente?
—Cítrax —respondió Damond—. Entre otras.
Aline giró apenas la cabeza hacia Joren.
Él intervino enseguida.
—El Cítrax es un estimulante neuroactivo de segunda generación.
Polvo sintético de absorción rápida por mucosas.
Aumenta la liberación de dopamina y noradrenalina, pero también altera la regulación cortical profunda.
No debería provocar dolor persistente… salvo en casos de consumo repetido o producto adulterado.
Damond chasqueó la lengua.
—No sabía que tenías esas costumbres —dijo Aline sin ocultar cierta desaprobación.
Damond esbozó una sonrisa cansada.
—Bueno… no las tenía. Pero cuando te lo ofrecen en ciertas circunstancias, uno se vuelve más flexible de lo que debería.
Aline lo observó sin pestañear.
Damond levantó una mano.
—No, no. No lo recomiendo. Para nada.
El Revenant continuó su trayecto, llevándolos hacia el inicio de una semana que, sin que ninguno lo supiera todavía, ya venía torcida desde antes de empezar.
La nave descendió con un rugido grave. Los estabilizadores se desplegaron y se posó con precisión milimétrica sobre la plataforma del hangar de Centinela 9. El eco de los motores antigravitacionales fue apagándose poco a poco, dejando tras de sí un silencio cargado de tensión.
Frente a la rampa, alineados con rigidez militar, aguardaban los cuatro miembros de Némesis 9.
Y un paso más atrás, Nyx-17.
Aline fue la primera en descender.
Apenas puso un pie en el hangar, la vio.
La zero permanecía erguida, con la postura impecable, pero su estado era evidente incluso a distancia.
El ojo izquierdo estaba completamente amoratado e hinchado.
Una fina línea de sangre descendía desde una de sus fosas nasales, cruzándole el labio antes de caer gota a gota sobre el suelo metálico.
Cada gota siseaba al tocar la superficie, consumiéndose de inmediato por la radiación residual.
Aline se detuvo en seco.
Su mirada se clavó en Hale.
—¿Qué pasó aquí?
No elevó la voz.
La pregunta no iba dirigida a Nyx-17.
Hale sostuvo su mirada sin inmutarse.
—Un pequeño intercambio con la zero —respondió—. Nada más.
No sonrió.
Ninguno de los miembros de Némesis 9 lo hizo.
Aline avanzó un paso y se detuvo frente a él.
—¿Está lista para mi reporte, teniente? —añadió Hale, marcando el rango con una precisión insultante—. ¿O prefiere que lo dejemos para más tarde?
El tono dejaba claro que no pensaba justificarse.
Aline apretó apenas los labios.
—Adelante, capitán. Escucho su informe.
Hale comenzó a hablar con voz neutra.
—Zona en calma. Rutinas completadas según protocolo. Sin incidentes mayores. Movimientos bajo control. Ninguna alerta durante el turno.
Y añadió casi al final:
—Se produjo un altercado menor con la zero asignada. Una falta de respeto hacia un oficial superior.
Hizo una pausa mínima.
—La corrección fue inmediata.
Miró brevemente hacia Nyx-17.
—Un puñetazo en el ojo. Otro en la nariz. Todo quedará registrado en mi informe.
Aline sostuvo su mirada.
—Perfecto —respondió—. Yo también dejaré constancia.
Hale asintió apenas.
—¿Algo más, teniente?
—No. Pueden retirarse. Quedan relevados.
Némesis 9 avanzó hacia la rampa del Revenant. Mientras subían, Rika Morozov lanzó una mirada dura hacia Aline.
Las compuertas se cerraron y el hovercóptero comenzó a elevarse.
Aline fue directamente hacia Nyx-17.
—Puedes relajarte —dijo con firmeza.
La zero aflojó la postura apenas un grado.
—Gracias, teniente.
Joren ya estaba a su lado.
—Ven —le indicó—. Vamos a enfermería. Quiero ver ese ojo.
Caminaron juntos por el pasillo. Nyx-17 avanzaba sin quejarse ni alterar el paso. Damond los seguía unos metros detrás, serio, llevándose una mano a las sienes de vez en cuando. El dolor seguía sin ceder.
En la enfermería, Joren activó un escáner portátil y examinó el ojo con cuidado.
—Inflamación superficial —murmuró—. No hay daño estructural.
Aline abrió un compartimento, sacó una cápsula de gel curativo y la activó. Aplicó la sustancia con suavidad sobre el pómulo y el párpado. El gel emitió un tenue resplandor azulado al adherirse y comenzó a actuar de inmediato.
Nyx-17 no reaccionó.
La inflamación empezó a bajar casi al instante.
—Esto ayudará —dijo Aline.
Damond, apoyado contra una pared, tomó un analgésico y se lo tragó sin agua. Cerró los ojos durante un segundo y respiró hondo.
—Mierda… Ojalá esto sirva.
Aline le lanzó una mirada de reojo, pero no comentó nada.
Nyx-17 permanecía inmóvil mientras el gel hacía efecto.
Joren desvió la vista hacia el brazo derecho de la zero, el nuevo implante perfectamente integrado al hombro.
—¿Cómo está tu brazo? —preguntó con tono profesional.
Aline siguió la dirección de su mirada.
—Bien, especialista Malek —respondió Nyx-17—. El reemplazo funciona dentro de parámetros óptimos. No he requerido medicación adicional desde la integración.
Hizo una breve pausa.
—Puedo observar que sus piernas también operan dentro de condiciones óptimas.
—Sí —asintió Joren—. Gracias.
Aline no apartó la vista de la zero.
—¿Por qué te golpeó Hale, Nyx?
Nyx-17 tardó apenas un instante en responder.
—Durante una conversación informal en el hangar, antes de su llegada —comenzó—, el capitán Hale emitió comentarios despectivos hacia usted, teniente Voss.
Aline sintió cómo la tensión le subía a la mandíbula, pero la dejó continuar.
—Se refirió a la retirada de Érebo 9 durante el incidente zero de la semana pasada. Calificó la decisión como cobarde y afirmó que la unidad había fallado debido a su liderazgo.
Joren frunció el ceño.
—Intervine indicando que la retirada fue una decisión correcta dadas las circunstancias: superioridad numérica y táctica de los zeros enemigos, así como la amputación de dos miembros de la unidad durante el enfrentamiento.
Nyx-17 levantó la vista y la fijó en Aline.
—Fue entonces cuando el capitán Hale expresó, cito textualmente, teniente —añadió—, y no es mi intención ofenderla: "Parece que ahora solo está dedicada a ser una puta".
El silencio cayó de golpe sobre la enfermería.
Aline sintió el calor subirle desde el pecho. Apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.