18 #2
También se disculpó por no poder pasar a verlo durante el fin de semana.
Según explicó, estaba ocupado con una de sus "precarias", una mujer que acababa de conocer y a la que pensaba dedicarle algo de tiempo.
Sabía por Joren que todo iba bien.
Y realmente iba bien.
Las piernas nuevas ya funcionaban con normalidad.
No necesitaba medicación.
La adaptación había sido mucho más rápida de lo que cualquiera esperaba.
Cuando terminó de entrenar, Aline regresó al departamento.
Tenía el cuerpo cansado y la cabeza bastante más despejada.
Esa noche habían invitado a Marina a cenar.
En el departamento de Joren.
Y, por primera vez, iban a tener que ponerle palabras a lo que estaba ocurriendo entre ellos.
No sabía cómo iba a desarrollarse esa conversación.
Ni cómo reaccionaría Marina.
Pero, por una vez, tampoco sentía deseos de escapar de ella.
Damond estaba sentado en el borde de la cama, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas. Sobre la mesa baja aún quedaban restos de Cítrax: polvo anaranjado mal limpiado y una tarjeta olvidada a un costado. Aspiró una última línea con torpeza y se llevó una mano a la frente.
El dolor le latía detrás de los ojos.
No era una simple resaca. Era una presión profunda, interna, como si algo le estuviera apretando el cerebro desde dentro. Como si alguien hubiera estado hurgando en su cabeza sin demasiado cuidado.
—Mierda… —murmuró, masajeándose las sienes.
En la cama, Mara yacía boca arriba, desnuda, con una pierna doblada y el cabello negro desparramado sobre las sábanas. Fumaba con calma, observando cómo el humo ascendía lentamente hacia el techo.
—¿Qué te pasa? —preguntó sin girar la cabeza—. ¿Te sentó mal la bebida?
Damond levantó la vista hacia ella, entrecerrando los ojos.
—No lo sé —respondió—. Me está explotando la cabeza.
Respiró hondo antes de continuar.
—Estoy acostumbrado a beber. Nunca me pasa esto.
Mara soltó el humo despacio y volvió el rostro hacia él.
—Quizá no tienes estómago para el Cítrax —dijo con una sonrisa ladeada.
Se giró boca abajo y se estiró con una lentitud deliberada.
Damond la observó sin disimulo. Durante unos segundos, el deseo consiguió empujar el malestar a un segundo plano.
—No soy ningún novato —dijo—. Pero puede ser.
Se encogió de hombros.
—Prefiero beber… aunque tengo que admitir que tu cuerpo y esto —señaló la mesa con una sonrisa cansada— hacen una combinación bastante buena.
El Cítrax le dejaba una sensación cálida en el pecho, una euforia suave que no terminaba de encajar con aquella presión constante en la cabeza. Era agradable y molesto al mismo tiempo.
—Entonces deja de quejarte —replicó Mara incorporándose.
Le tomó el antebrazo y tiró de él hasta hacerlo caer sobre la cama y sobre ella. El contacto fue inmediato.
—No me vayas a salir con que te duele la cabeza —añadió con una sonrisa divertida—. Esa excusa la usamos nosotras.
Damond soltó una risa breve.
—Acabamos de llegar…
—Y este lugar… —lo interrumpió ella, rodeándolo con las piernas.
La habitación estaba bañada por una luz tenue y cálida. Los paneles ámbar, los textiles suaves y los espejos distribuidos por las paredes le daban ese aire artificialmente íntimo que buscaban todos los hoteles de pareja.
—…me gusta mucho —continuó Mara—. No vamos a desperdiciarlo.
Lo besó con decisión.
—Quiero aprovecharlo.
Damond respondió al beso y cerró los ojos.
La punzada seguía allí, persistente, como un ruido de fondo que no lograba silenciar. Aun así, se aferró a ella, al calor de su cuerpo y a la cercanía compartida.
Se dejó llevar.
Se entregó a esa distracción necesaria, intentando que el placer alcanzara para borrar, aunque fuera por un rato, aquella sensación extraña que no lograba quitarse de encima.
La sala estaba sumida en una penumbra casi total, iluminada únicamente por el resplandor frío de varios terminales activos.
Dos figuras trabajaban sentadas frente a consolas holográficas que desplegaban capas de datos en el aire: flujos de red, mapas de tráfico y paquetes cifrados descomponiéndose en tiempo real.
Entre ellos, de pie, la figura encapuchada observaba en silencio, con los brazos cruzados.
Frente a los tres flotaba la proyección principal.
No era una cámara convencional.
Era un punto de vista.
La imagen mostraba a Mara desde muy cerca, fragmentada por el movimiento.
La luz cálida del hotel se reflejaba sobre su piel y sus jadeos llegaban amortiguados, mezclados con el ruido ambiental.
Todo era visto a través del implante ocular de Damond, transmitido en tiempo real junto con capas de telemetría superpuestas: ritmo cardíaco, niveles de dopamina, actividad hormonal y patrones corticales actualizándose segundo a segundo.
El encapuchado inclinó apenas la cabeza.
—Ya tengo dónde se están quedando —dijo uno de los hombres sin apartar la vista de su terminal.
Sus dedos se movieron con rapidez y una nueva ventana se abrió junto a la proyección principal.
Imágenes de una cámara de seguridad urbana.
Un genetic felinian entraba a un edificio acompañado por una mujer de su especie. Riven y Lara. La toma era distante, granulada, pero suficiente.
—Bloque C-17, nivel medio —continuó—. Departamento 43.
Las imágenes avanzaron.
—También pasaron por una clínica esta mañana.
La proyección cambió a la entrada de un centro médico. Registros de acceso y marcas horarias aparecieron superpuestos.
—Compraron provisiones después. Volvieron directamente al edificio. Siguen ahí.
El encapuchado observó la información unos segundos.
—Bien. Tenlo en cuenta.
Se incorporó despacio.
—Vamos a ir por ellos, pero no todavía.
Dejó que el silencio se asentara antes de continuar.
—Necesito que todo esté tranquilo hasta el lunes.
Uno de los operadores asintió.
—Cuando llegue el momento, encárgate de los dos.
Su voz permaneció serena.
—Hay que dar un ejemplo. Que quede claro que con nosotros no se juega.
La proyección volvió a mostrar a Riven entrando en el edificio.
—No me importa cómo lo hagas, pero los quiero muertos.
Guardó silencio un instante.
—Grábenlo todo. Lo subiremos a la red. Quiero que todo el bloque lo vea. Que entiendan que hay que cerrar la boca.
Desvió la mirada hacia la pantalla principal otra vez, donde Mara seguía apareciendo entre movimientos fragmentados y respiraciones amortiguadas por la compresión de datos.
—¿Y los Anti-Zero?
El segundo operador negó con la cabeza.
—De momento, nada. Se están moviendo únicamente dentro de la red corporativa.
Amplió un diagrama.
—La seguridad está hipersensible desde los últimos hackeos. Firewalls adaptativos, detección predictiva… No es fácil entrar sin dejar rastro.
Señaló otra capa de información.
—Pero tengo trampas preparadas. Honeypots encubiertos, nodos falsos y firmas espejo. En cuanto salgan de esos canales, los vamos a detectar.
El encapuchado asintió despacio.
—Bien.
Hizo un gesto y uno de los terminales mostró una barra de progreso.
—Estoy terminando de compilar NOX-SHARD —dijo el operador—. El payload para el zero.
Una sonrisa mínima apareció en su rostro.
—Cuando se active, no va a saber qué es suyo y qué no.
—Con eso debería bastar —respondió el encapuchado.
Volvió a fijarse en la proyección.
—Seremos pacientes durante dos días.
Bajó ligeramente la voz.
—No le digas nada a nadie. Que esos Anti-Zero sigan vigilando a nuestra gente por las cámaras. Que todo parezca normal. Que no sospechen.
La imagen continuó flotando en el aire, íntima y completamente ajena a quienes la observaban.
—No se van a esperar —añadió finalmente— nada de lo que se les viene encima.