Factor Zero 18
60%

18

Era tarde cuando Aline recibió el mensaje.

No llegó por los canales habituales. Entró por la vía cifrada que Joren había levantado horas antes para ese mismo propósito: paquetes fragmentados, enrutamiento aleatorio y verificación mediante claves efímeras.

Un canal pensado para recibir información sin dejar rastro, no para mantener conversaciones.

El identificador coincidía.

Riven.

Aline abrió el mensaje.

Hablé con Lara.

Gracias.

Alquilamos un piso.

Te paso la dirección.

Está más tranquila.

Fuimos a un médico.

El bebé está bien.

La dirección apareció debajo, en texto plano.

Aline la reconoció al instante. No porque hubiera estado allí, sino porque Joren ya la tenía marcada en sus registros.

El mensaje continuaba.

No hemos salido mucho.

Gracias por los créditos.

Lara lloró cuando vio el lugar.

Hubo un corte en el texto.

Luego apareció otra sección.

Te paso lo que prometí.

Aline se inclinó un poco hacia la pantalla.

Los datos comenzaron a desplegarse.

Tres nombres.

Nombres civiles, acompañados de direcciones, números de contacto y patrones de movimiento.

Joren los cruzó de inmediato con registros disponibles en las redes de Megatech.

Seth Koval. Antecedentes por estafas digitales menores y extorsión indirecta.

Mirek Ansel. Denuncias por manipulación de implantes sin licencia.

Nadia Virel. Sin antecedentes formales, pero presente en múltiples registros cruzados como intermediaria financiera no declarada.

Debajo aparecieron dos ubicaciones geolocalizadas.

La primera era un viejo nodo de mantenimiento cercano a los túneles de carga del distrito. El mismo que Riven había mencionado.

La segunda resultó más difícil de clasificar: un conjunto de edificios industriales reconvertidos cerca del límite sur del distrito, con accesos irregulares y tráfico nocturno constante.

Y al final apareció un número.

No era una línea directa.

Era un relay.

Un bot de derivación protegido por varias capas de anonimización.

—Es un filtro —murmuró Joren—. Entrada común, salida variable. Bastante típico.

Aline siguió observando la pantalla.

—¿Qué te dicen los nombres?

Joren ya estaba trabajando.

Sus dedos se movían con rapidez, abriendo ventanas superpuestas, cruzando bases de datos, registros municipales y trazas policiales fuera de circuito.

—Koval y Ansel tienen historial —dijo—. Extorsión, fraude, manipulación. Siempre delitos pequeños.

Hizo una breve pausa.

—Virel es más interesante. No tiene manchas oficiales, pero aparece en demasiados movimientos financieros como para ser casualidad.

Proyectó un mapa sobre la pantalla.

Los tres registros convergían en el mismo punto.

—Mismo núcleo —añadió—. Bloque Lázaro.

Aline apoyó los brazos sobre el respaldo de la silla mientras observaba la proyección.

—Encaja.

Joren asintió sin apartar la vista.

—Demasiado bien.

Aline volvió al mensaje.

No he hablado con nadie más.

No pienso hacerlo.

Dijiste que avisara si notaba algo raro.

Por ahora, nada.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Voy a revisar el nodo —dijo Joren al fin—. Pero con cuidado. Si sigue activo, no quiero disparar ninguna alarma.

Aline rodeó sus hombros con los brazos y apoyó el mentón sobre uno de ellos. El gesto fue breve, cálido.

—Hazlo. Yo me quedo contigo.

Joren ladeó apenas la cabeza y le dio un beso rápido sin apartarse del terminal.

Aline fue hasta la cocina y regresó con dos tazas de café.

—Gracias —murmuró él.

Creó una silla holográfica a su lado y ella se sentó.

La noche avanzó de esa manera.

Joren explicando qué podía tocar y qué no. Cómo moverse por la malla sin llamar la atención. Cómo distinguir patrones reales del ruido. Cómo leer una red que llevaba años aprendiendo a ocultarse.

Aline escuchaba con atención mientras, poco a poco, empezaban a aparecer conexiones.

Tres nombres.

Dos ubicaciones.

Una red que parecía haber perfeccionado el arte de desaparecer.

En algún momento el cansancio terminó imponiéndose.

Aline no supo exactamente cuándo se quedó dormida.

Se recostó un momento en la cama, detrás de él. Solo para descansar los ojos.

El resto lo decidió su cuerpo.

Cuando despertó, la luz entraba oblicua por la ventana.

Estaba cubierta con una manta.

El aire era tibio.

Y el zumbido constante del terminal seguía llenando la habitación.

Joren no se había movido.

Giró apenas la cabeza cuando sintió que ella se incorporaba.

—Buenos días —dijo, con una sonrisa cansada.

—Buenos días… —bostezó Aline mientras se frotaba los ojos—. ¿Dormiste algo?

—No —admitió—. Me quedé con esto.

Se giró un poco y señaló la pantalla.

—Revisé a los tres. Tengo actividad antigua, movimientos y conexiones, pero en los últimos meses es como si hubieran desaparecido. No hay compras. No hay transacciones. No hay nada.

Frunció el ceño.

—Está demasiado limpio.

Aline se acercó y se apoyó detrás de él, mirando por encima de su hombro.

—¿Y los lugares?

—Los dos que marcó Riven.

Asintió.

—Hay movimiento entre esos puntos. No siempre son las mismas personas, pero sí gente relacionada. Y encontré otra cosa…

Amplió una imagen con un gesto.

—Varios utilizan PixelVeil. Las cámaras no registran rostros. Solo siluetas distorsionadas.

Aline apretó los labios, pensativa.

Joren siguió observando la pantalla.

—Es una red que aprendió a no dejar huellas. Y lleva bastante tiempo haciéndolo.

El silencio se instaló durante unos segundos.

Aline rodeó la silla con calma y la giró suavemente, apartándolo del terminal.

—Joren.

Él alzó la vista, todavía medio atrapado en el análisis.

—Ya basta por ahora.

—Estoy bien.

—No.

Lo interrumpió sin dureza, pero sin dejar espacio para discutir.

—No lo estás.

Sostuvo su mirada.

—Tienes que acostarte.

Joren sonrió.

Agotado.

Pero sin intención de discutir.

Apoyó las manos en las caderas de ella y las dejó descender despacio por sus muslos, como si aquel simple contacto le ayudara a volver a la realidad después de tantas horas frente a la pantalla.

Aline se inclinó y lo besó.

Breve.

Pero suficiente para arrancarlo por completo de la pantalla.

—Es viernes —murmuró—. Tienes tres días para seguir con esto. Y toda la semana que viene también, si en la base no salta nada… que es lo más probable.

Se separó apenas y se mordió el labio inferior.

—Voy a ir a ducharme ahora.

Lo miró con una media sonrisa que ya no tenía nada de estrictamente profesional.

—Si quieres… puedes venir conmigo. Y ayudarme con la espalda.

Joren parpadeó un par de veces.

La mente todavía le funcionaba a medias, cargada por una noche entera sin dormir. Pero la propuesta terminó de romper cualquier resto de concentración técnica.

Sonrió.

No hizo falta que respondiera.

Se dejó llevar cuando Aline le tomó la mano y tiró suavemente de él para ponerlo de pie y conducirlo hacia el baño.

Detrás quedaron el terminal encendido, los mapas abiertos y una investigación que podía esperar unas horas más.

La mañana avanzó con una calma extraña.

Después de la ducha compartida no hubo prisas.

Joren cayó rendido sobre la cama, vencido por el cansancio acumulado, mientras Aline se movía en silencio por el departamento. Preparó algo rápido para comer, se vistió con ropa cómoda y, cuando llegó la hora, activó el enlace para su cita.

El psicólogo apareció en la proyección con la misma imagen de siempre: neutra, profesional, cuidadosamente impersonal.

Aline le contó que se sentía mejor.

No mucho mejor.

Pero mejor.

Los recuerdos de los videos seguían ahí, presentes, aunque ya no irrumpían con la misma violencia de antes. Todavía aparecían, pero habían dejado de arrastrarla cada vez que surgían.

También habló del incidente con los zeros.

De la frustración.

De haberse visto obligada a desobedecer una orden directa cuando dos miembros de su unidad estaban heridos y sostener la posición ya no era una opción real.

No se arrepentía de la retirada.

Lo que le molestaba eran las consecuencias.

Las represalias.

La reducción del sueldo.

—Pero no me arrepiento —dijo con claridad—. Si hubiera obedecido, Joren Malek y Nyx-17 probablemente no estarían vivos.

Le habló de la amputación de las piernas de Joren.

Del brazo perdido por la zero de portal.

De la impotencia de enfrentarse a tres zeros que habían estado muy por encima de lo que ellos podían manejar.

También mencionó el apoyo que le habían dado a Joren después de la operación y lo rápido que la tecnología había conseguido devolverlo a la normalidad, como si nada hubiera ocurrido.

No mencionó la relación.

Lo pensó varias veces.

Pero no encontró la forma de ponerlo en palabras.

Y tampoco quiso hacerlo todavía.

Gracias a Aegis-Lock, el software de Joren, había conseguido silenciar las constantes intervenciones de la IA. Ya no tenía una voz analizando cada variación de su pulso o cada cambio emocional mientras hablaba.

Podía pensar con más claridad.

El psicólogo escuchó, asintió y le dio sus recomendaciones habituales.

Para Aline sonaron igual que siempre: correctas, razonables… y vacías.

Acordaron volver a hablar el lunes.

La sesión terminó y la proyección desapareció.

Aline soltó el aire despacio.

Agradecía que todas aquellas reuniones siguieran siendo virtuales.

No tener que salir.

No tener que exponerse a miradas que ya no sabía si eran reales o producto de todo lo que había vivido durante las últimas semanas.

Más tarde bajó al gimnasio.

Entrenó temprano, aprovechando que Joren seguía dormido.

Necesitaba moverse.

Necesitaba descargar energía.

Necesitaba dejar de pensar durante unas horas.

El ejercicio ayudó.

Mientras entrenaba, abrió un canal con Damond.

Le explicó que estaban investigando a los hackers relacionados con Bloque Lázaro.

Que habían conseguido información.

No entró en detalles; prefería esperar al lunes y hablarlo en persona.

Damond preguntó qué tenían.

Aline le contó que se había reunido con el hermano de la amante de Kessler y que había conseguido algunos nombres y ubicaciones. También le dijo que Joren estaba revisándolo todo desde la red corporativa.

Damond le pidió que tuvieran cuidado.

Y, a su manera, terminó felicitándola por haber dado el paso con Joren.