Factor Zero 17 #2
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17 #2

—Esta noche no —respondió con sinceridad—. Pero mañana estoy disponible. Dime dónde y nos vemos. Solo que no sea cerca de Bloque Lázaro.

—No —contestó él de inmediato—. Ni de broma.

El ruido de fondo cambió. Parecía caminar sobre cemento.

—Mañana, entonces. A las diez de la mañana. En el estacionamiento de una cafetería. Se llama Nodo 47. Está a unas cuadras del Centro Comercial Arca Norte. Es discreto.

Aline asintió, aunque él no pudiera verla.

—Ahí estaré.

—Voy a estar yo solo —añadió Riven—. Y me gustaría que vinieras sola también. No te ofendas. No confío demasiado en los militares.

Aline guardó silencio unos segundos.

—Eres la única persona que tuvo al menos un gesto con nosotros —continuó él—. Y escuché cómo tus compañeros te lo reprochaban cuando salieron. No quiero caridad de nadie. Tampoco la tuya.

—Está bien —dijo finalmente—. No te preocupes. Estaré allí. Puntual.

Riven soltó el aire, claramente aliviado.

—Gracias. En serio. Nos vemos mañana.

La comunicación se cortó.

Aline permaneció unos segundos mirando al vacío, con el ceño ligeramente fruncido, intentando imaginar qué podía ser tan importante como para necesitar verla en persona.

Activó el implante y abrió un canal con Joren.

Aline: Me llamó el hermano de la amante de Kessler. Quiere verme mañana.

La respuesta llegó casi al instante.

Joren: Voy contigo.

Aline suspiró.

Aline: No. Vamos a estar cerca de un centro comercial. No hace falta, Joren.

Hubo una breve pausa.

Joren: Aline… recuerda el hackeo. Si ese chico tiene algo que ver, no quiero que te pase nada.

Ella se quedó pensativa unos segundos.

Tenía razón.

No del todo.

Pero lo suficiente.

Aline: Está bien. Pero no conmigo. Quédate cerca y nos mantenemos en contacto. ¿De acuerdo?

Joren: De acuerdo.

Esperó un segundo más antes de escribir.

Aline: Ibas a ir igual si te decía que no, ¿verdad?

La respuesta tardó un poco más.

Joren: Claro que sí.

Joren: Y si no me decías dónde era, lo iba a averiguar.

Aline negó con la cabeza, divertida pese a todo.

Un nuevo mensaje apareció enseguida.

Joren: No quise sonar controlador… pero no quiero que pases por algo así otra vez. No sabemos de dónde salió ese hackeo. Y todo esto tiene que ver con Kessler. Hay que ser cuidadosos.

Aline no pudo evitar sonreír.

Aline: Eres una ternurita peligrosamente protectora.

Aline: Ahora vete a dormir. O mira una película. No me dejas empezar el informe.

Joren: Está bien. Nos vemos mañana.

Aline: Nos vemos.

Cerró el canal.

Luego se levantó despacio, estiró los hombros y se obligó a sentarse frente al terminal.

La calidez que había sentido durante buena parte del día empezó a disiparse, sustituida por el peso habitual de las responsabilidades.

Los informes no se iban a escribir solos.

Y si no quería que Akemi Sato tomara nuevas medidas, ni que el recorte de honorarios terminara siendo todavía peor, más le valía ponerse a trabajar.

Aline salió del túnel del metro y se detuvo un instante en lo alto de la escalinata, dejando que el flujo de personas pasara a su alrededor.

Vestía de forma discreta: pantalón oscuro, botas bajas, una camiseta lisa y una chaqueta amplia con capucha, lo bastante caída como para proyectar sombra sobre parte del rostro.

Lo último que quería era que alguien la reconociera.

O creyera reconocerla por los videos.

Cruzó la calle con paso tranquilo, observando el entorno sin que pareciera hacerlo.

La cafetería Nodo 47 era un local bajo, de fachada sobria, con un estacionamiento abierto a un costado.

Nada llamativo.

Nada que invitara a quedarse más tiempo del necesario.

Él estaba allí.

Recostado contra una pared lateral, cerca de la entrada.

Fumaba con nerviosismo. El cigarrillo le temblaba apenas entre los dedos. Las orejas felinas se movían con pequeños espasmos involuntarios y la cola oscilaba detrás de una pierna, inquieta.

Miraba en todas direcciones, como si esperara que algo ocurriera en cualquier momento.

La reconoció enseguida.

No por el rostro.

Por la estatura.

Por la presencia.

Aline redujo apenas la velocidad.

—¿Puedes verlo? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondió Joren por el implante—. Estoy conectado a tu ocular. No estoy lejos.

Hubo una breve pausa.

—Si pasa algo, llego en segundos.

—Gracias.

Siguió avanzando.

Cuando estuvo a pocos metros, Riven la recorrió de arriba abajo sin sostenerle la mirada. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el pie en un movimiento brusco.

—Gracias por venir —dijo.

—Dijiste que era importante.

Riven asintió y se dio media vuelta.

—Ven.

Entraron en la cafetería.

El ambiente era tranquilo. Había poca gente a esa hora. Paneles holográficos proyectaban el menú en tonos suaves y, detrás de la barra, dos empleados preparaban pedidos con movimientos automáticos.

El lugar tenía algo artesanal en medio de tanta tecnología: madera sintética, iluminación cálida y mesas sencillas.

Fueron hasta una mesa al fondo.

Apenas se sentaron, Riven activó un panel aislante sónico. Un zumbido tenue los envolvió, amortiguando los sonidos del exterior.

Después manipuló el terminal integrado en la mesa y la carta holográfica se desplegó entre ambos.

Ni siquiera la miró.

Era evidente que ya había estado allí antes.

Con un par de gestos rápidos pidió un café simple y confirmó la orden.

Aline recorrió la carta apenas unos segundos antes de seleccionar un café negro y amargo.

Luego se acomodó en el respaldo y lo observó en silencio.

Riven soltó un largo suspiro.

Sacó otro cigarrillo, lo encendió y aspiró con fuerza.

Durante varios segundos no dijo nada.

Solo fumó mientras observaba el estacionamiento a través del cristal.

Finalmente habló, sin apartar del todo la vista.

—Tu corporación estuvo en el vecindario.

Aline no reaccionó.

—Haciendo preguntas. Muchas. A todo el mundo… pero sobre todo a mi hermana y a mí.

Hizo una breve pausa.

—Nos tuvieron casi un día entero interrogándonos. Sobre Kessler.

Aline mantuvo el rostro impasible.

—Mi hermana se quebró —continuó.

Apretó los labios.

—No la pasó bien. Yo tampoco.

Giró apenas la cabeza para comprobar que ella seguía escuchándolo.

—Nos soltaron al día siguiente. Desde entonces ella está deprimida. Y el barrio entero… paranoico.

Volvió a mirar hacia afuera.

—Nos miran raro. Saben que ustedes fueron a nuestra casa. Saben quiénes son. Y después de tu… escándalo…

No terminó la frase.

Aline sintió el conocido nudo en el estómago, pero no apartó la mirada.

Esperó.

Riven dio otra calada larga y dejó escapar el humo lentamente.

—Recibimos amenazas.

La frase salió seca.

—Tuvimos que irnos de Bloque Lázaro. A mi hermana la atacaron.

Aline tensó apenas los dedos sobre la mesa.

—La llamaron la puta de los Anti-Zero.

Se pasó una mano por el cabello.

—Salimos a comprar unas cosas. Cuando volvimos habían forzado la puerta… y prendido fuego lo poco que tenía.

La mandíbula de Aline se endureció.

—La llevé a mi departamento. También estaba en el bloque. Solo para recoger mis cosas y largarnos de allí.

Bajó la voz.

—No tenemos nada.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Ella no tiene trabajo. Kessler le enviaba dinero todos los meses. Yo perdí el mío. Tuve que dejarlo para cuidarla.

Tragó saliva.

—Está aterrada. Y temo por el bebé.

La última frase quedó suspendida entre ambos.

—No tenemos seguro médico…

En ese momento llegó la camarera con las dos tazas.

Las dejó sobre la mesa con una sonrisa profesional.

—¿Algo más?

—No, gracias.

La mujer se retiró.

Riven ni siquiera tocó el café.

—Intenté llamarte hace unos días —dijo finalmente—. Pensé que me habías dado un número falso.

Alzó la vista.

—Hasta que me escribiste ayer. Dudé antes de responder… pero no tenía otra opción.

Aline permaneció en silencio.

—Te dije que no quería tu caridad. Y es verdad.

La miró directamente por primera vez.

—Pero tengo información. Y no se la di a los corporativos.

Aline se inclinó apenas hacia adelante.

—¿Qué tipo de información?

Riven soltó el aire despacio, apagó el cigarrillo y sostuvo la mirada.

—Cuando me interrogaron, dijeron que Kessler había sido hackeado en Bloque Lázaro.

Soltó una risa breve y amarga.

—Intentaron culparnos a mi hermana y a mí. Ridículo. Apenas tenemos para comer, mucho menos para hackear a alguien.

Negó con la cabeza.

—Y menos al tipo que la mantenía.

Apretó los labios.

—Ella lo quería. Pese a todo.

La pausa siguiente fue más pesada.

—Después me enteré de tu hackeo.

Miró el café sin tocarlo.

—Fue imposible no enterarse.

Bajó la vista.

—No voy a mentirte. Vi los videos.

Aline no mostró reacción alguna.

—Y cuando los vi… la forma en que se hizo… el método…

Negó lentamente con la cabeza.

—Se parece demasiado a Red Noctis.

El silencio se instaló durante unos segundos.

Entonces la voz de Joren sonó en el implante.

—¿Red Noctis?

Aline mantuvo la mirada fija en Riven.

—Explícate.

Riven se pasó una mano por el rostro antes de responder.

—Son tipos de Bloque Lázaro. No sé exactamente cómo funcionan, pero los he visto presumir de ello. Metiéndose en implantes. En terminales. En sistemas de tecnomantes de la zona.

Levantó la vista.

—Tienen fama. O eso dicen ellos. Presumen de poder entrar en cualquier red, cualquier terminal o cualquier implante.

Hizo una pausa.

—Roban información. Extorsionan. Amenazan con publicar lo que encuentran si no haces lo que quieren.

Se encogió de hombros.

—Transferencias, favores, trabajos… lo que sea.

Su expresión se endureció.

—Casi nunca termina bien.

Aline no se movió.

—No sé exactamente cómo operan —continuó—, pero podrías haber sido víctima de algo así.

Inspiró hondo.

—Cuando se fueron aquel día… escuché el tiroteo.

Miró unos segundos hacia la ventana.

—Salí a ver qué pasaba.

Volvió a centrar la atención en ella.

—Y vi a varios de esos tipos observando desde lejos.

Frunció el ceño.

—Como si ya supieran lo que estaba ocurriendo.

Aline sintió el peso de aquellas palabras, pero mantuvo el mismo gesto neutral.

—Quizá Kessler fue hackeado por ellos —añadió Riven—. Quizá lo obligaron a hacer algo. Quizá lo empujaron al suicidio.

Negó con la cabeza.

—No lo sé.

Bajó aún más la voz.

—Pero he visto gente romperse así.