17
La habitación estaba en penumbras.
Las cortinas apenas dejaban pasar la luz gris de la ciudad, lo justo para insinuar las formas sin llegar a definirlas del todo. La cama desordenada ocupaba el centro de la estancia: sábanas revueltas y una manta caída hasta el suelo.
Joren despertó despacio.
Lo primero que notó fue la sensación en las piernas. No era dolor, sino un picor profundo, una presión interna difícil de describir. Se movió con cuidado, flexionó los pies, los dedos. Respondían. Todavía se sentían ajenas, pero estaban ahí.
Después notó el calor.
Giró apenas la cabeza y sonrió sin darse cuenta.
Aline dormía a su lado, boca abajo. La manta la cubría a medias, dejando al descubierto parte de la espalda y un hombro. Respiraba hondo, con el ritmo lento y tranquilo de quien, por fin, había conseguido relajarse.
Joren cerró los ojos un instante.
Recordó cómo habían llegado hasta allí.
Las caricias torpes en el sofá. Los besos que poco a poco se volvieron más urgentes. El momento en que ninguno quiso detenerse y terminaron avanzando hasta la habitación. El cansancio seguía ahí, pero había algo más fuerte acumulándose desde hacía demasiado tiempo.
Sus piernas no habían respondido del todo bien, pero Aline había sido paciente. Delicada, incluso, cuando él no se lo pedía. Y, aun así, terminaron dejándose arrastrar por todo lo que llevaban semanas guardándose.
Después llegaron el silencio, las voces bajas, las confesiones dichas sin mirarse directamente, con las cabezas apoyadas una junto a la otra.
Y, finalmente, el sueño.
Abrió los ojos otra vez.
Ver a Aline allí, compartiendo su cama, le aceleró el pulso.
Con cuidado, se incorporó. Las piernas protestaron de inmediato: debilidad, tirantez, un recordatorio constante de todo lo que había ocurrido. Apoyó los pies en el suelo, esperó unos segundos y se puso de pie despacio.
Avanzó hacia la sala.
El departamento estaba en silencio. La luz exterior entraba débilmente por los ventanales. En el suelo seguía parte de la ropa donde había quedado la noche anterior: su camisa, el pantalón de Aline, la chaqueta sobre el respaldo de una silla.
Fue directo a la mesa baja, donde había dejado la medicación. Tomó las cápsulas, las tragó con un sorbo de agua y respiró hondo.
Todavía sonreía.
Sin vestirse, entró al baño. Se observó un momento en el espejo: ojeras marcadas, el cabello revuelto, pero una expresión distinta.
Se lavó la cara con agua fría para despejarse. Después entró en la ducha. El agua caliente le recorrió el cuerpo, llevándose el sudor y parte del cansancio. Apoyó las manos contra la pared durante unos segundos, dejando que el vapor lo envolviera.
No recordaba la última vez que se había sentido así al despertar.
Cuando salió, se secó rápido, todavía con aquella sonrisa que no terminaba de desaparecer. Cerró el grifo y regresó hacia la habitación con pasos cuidadosos.
Aline seguía dormida.
Sabía que tenía el sueño ligero, pero confiaba en que el agotamiento la mantuviera así un poco más.
Se movió en silencio por el departamento. La impresora de alimentos zumbó al activarse. Eligió algo nutritivo, pensado para alguien que entrenaba a diario: un bol de proteína vegetal con frutas rojas y semillas, pan integral tibio con pasta de frutos secos y café fuerte, como a ella le gustaba.
Mientras ajustaba los parámetros, se sonrojó sin querer.
Recordó el calor de su cuerpo, la forma en que se habían quedado abrazados al final, y la idea de que todo aquello fuera real seguía resultándole extraña.
Los medicamentos empezaron a hacer efecto y la molestia en las piernas se disipó poco a poco.
Respiró hondo.
Más tranquilo.
Preparó la bandeja con cuidado y regresó a la habitación.
La dejó sobre la mesita junto a la cama y se quedó observándola un momento.
Aline seguía boca abajo, la manta deslizándose apenas sobre su espalda.
Joren recorrió con la mirada aquel cuerpo fuerte y relajado, desde los hombros hasta el contorno de la cintura, antes de detenerse en su rostro. El cabello corto y oscuro, desordenado contra la almohada, le arrancó otra sonrisa.
Se mordió el labio, dudó un instante y terminó inclinándose hacia ella.
La despertó con un beso suave en la nuca.
Aline abrió los ojos sin sobresaltarse.
Sonrió al sentirlo cerca.
Giró apenas la cabeza para encontrar sus labios y besarlo despacio, sin prisa. Inhaló su fragancia limpia y reciente.
Entonces percibió el aroma del desayuno.
Abrió los ojos del todo y miró la bandeja.
La sorpresa fue inmediata al reconocer exactamente lo que solía desayunar cada mañana.
—¿Y esto…? —murmuró.
Joren se encogió de hombros, algo tímido.
Aline sonrió.
Lo tomó por el cuello y tiró suavemente de él, haciéndolo caer sobre la cama entre risas apagadas. Lo abrazó con fuerza, pegándolo contra su pecho.
El gesto despertó de inmediato la cercanía de la noche anterior.
Se quedaron así unos minutos, compartiendo besos y caricias lentas, disfrutando de estar juntos.
Ninguno parecía tener prisa.
El mundo podía esperar un poco más.
Aline bajó en el ascensor con el cuerpo todavía tibio por la ducha y el uniforme otra vez sobre la piel. El descenso fue largo y silencioso, acompañado únicamente por el zumbido constante de la cabina y sus propios pensamientos.
Sabía que no estaba permitido viajar uniformada fuera de servicio, pero entre el hospital, el incidente, la noche en el departamento de Joren y el hecho de que Damond la hubiera llevado hasta allí, no tenía otra cosa que ponerse.
Y, por una vez, no le importó demasiado.
Estaba sonriendo.
Las imágenes de la noche anterior y de aquella mañana regresaban una y otra vez: el sofá, la habitación, el desayuno preparado con una atención que no esperaba.
No había querido irse.
Una parte de ella se habría quedado allí todo el día.
Pero no era apropiado.
Todavía no.
Además, necesitaba volver a su rutina: casa, cambio de ropa, entrenamiento, informes atrasados.
Y la sanción.
Seis meses.
Retención del treinta por ciento del sueldo.
Un golpe duro, sin duda.
Pero no se arrepentía.
Sabía perfectamente que, de haber obedecido las órdenes de la corporación, Joren quizá no estaría vivo.
Y Nyx-17, después de perder tanta sangre, probablemente tampoco.
No se lo había contado a Joren.
Y no pensaba hacerlo.
El ascensor llegó al nivel inferior con un aviso luminoso discreto.
Aline salió y atravesó el estacionamiento subterráneo. Un taxi autónomo la esperaba con las luces encendidas. Subió, se acomodó en el asiento y el vehículo partió de inmediato, incorporándose al tráfico a gran velocidad.
Apoyó la cabeza contra el respaldo.
Su mente seguía siendo un hervidero.
Las últimas dos semanas se mezclaban sin orden: la reunión en el bar, el clon, Kessler, Bloque Lázaro…
Y entonces lo recordó.
El hermano de la amante de Kessler.
Le había dejado un contacto, pero entre el hackeo, la filtración de sus datos y el cambio de número, aquello había quedado enterrado bajo demasiados problemas.
Antes de olvidarlo otra vez, activó el implante.
Redactó el mensaje con cuidado.
Buenos días. Disculpa no haberme contactado antes. Soy Aline Voss. Este es mi nuevo número. Por un problema de seguridad y un incidente de hackeo tuve que cambiarlo.
Espero que estén bien. Como te comenté aquella vez, pueden escribirme si necesitan algo.
Lo envió y soltó el aire despacio.
Poco después, el taxi se detuvo frente a la Torre Kagayaki.
Aline descendió, cruzó el acceso principal y subió hasta su departamento.
Ya dentro, en aquel lugar que todavía no sentía realmente suyo, se cambió por ropa de entrenamiento: top oscuro y calzas técnicas.
Después bajó al gimnasio de la torre.
Entrenó durante horas.
Más de lo habitual.
Necesitaba descargar tensión, ordenar emociones y recuperar una rutina que llevaba demasiados días rota.
El cuerpo le pedía movimiento.
Entre series recibió varios mensajes de Joren.
Joren: ¿Llegaste bien?
Aline: Sí. ¿Cómo te sientes?
Joren: Sigo caminando raro, pero cada vez mejor.
Aline sonrió.
Aline: Bien. Yo entrenando. No te esfuerces de más.
Joren: Claro. Obedezco… más o menos.
Cuando terminó, agotada pero mucho más despejada, volvió a subir al departamento.
Se duchó otra vez, esta vez sin prisas.
Pensó en él.
En sus manos.
En la forma en que la había mirado.
En las ganas que tenía de volver a verlo.
Incluso en llamarlo.
No lo hizo.
En lugar de eso, le escribió.
Aline: Nos vemos mañana. Esta noche tengo que ponerme al día con informes. Me acostaré tarde.
La respuesta llegó poco después.
Joren: Está bien. Damond manda saludos. Me escribió hace un rato para darme ánimos. Preguntó por nosotros… por cómo nos fue anoche. No sé qué decirle.
Aline soltó un suspiro mientras se sentaba en la cama.
Aline: Dile lo que quieras. Pero aclárale que no se ponga pesado. Nada cambia en la unidad. Y, por favor… que no se lo diga a nadie. Ya tenemos suficientes problemas.
Se recostó y cerró los ojos unos segundos.
Entonces el terminal sonó en su implante.
Aline abrió los ojos de inmediato.
Pensó que sería Joren.
No lo era.
El identificador no figuraba entre sus contactos registrados.
Tardó apenas un segundo en reconocerlo y dejar escapar otro suspiro.
El genetic felinian.
Aceptó la comunicación y la limitó a audio.
—¿Aline Voss? —preguntó una voz joven, masculina y algo tensa.
Había ruido de fondo. Pasos. El murmullo de un barrio que nunca terminaba de dormir.
A lo lejos sonó algo parecido a un disparo, seguido por varias risas nerviosas.
—Sí —respondió ella—. ¿Y tú eres?
Hubo una breve pausa.
—Soy Riven Dayne. El hermano de Lara… la chica que sale con… que salía con Darel Kessler.
La corrección no pasó desapercibida.
—Sí, sé quién eres —contestó Aline—. No recordaba tu nombre. Si es que me lo dijiste aquella vez.
Guardó una breve pausa.
—¿Ha pasado algo?
—No… bueno… sí —admitió él—. Necesito hablar contigo. Pero no puede ser por aquí. ¿Tienes tiempo?
Aline apretó los labios.
Los informes seguían esperándola.
Aquella noche no iba a ser posible.