Factor Zero 16 #2
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16 #2

Se abrieron nuevos compartimentos y de ellos surgieron herramientas todavía más finas y especializadas.

No era una cirugía convencional.

Era algo mucho más preciso.

Y mucho más peligroso.

Iris regresó al departamento cuando el cielo empezaba a aclarar.

Al abrir la puerta, se detuvo en seco.

Damond seguía en el sofá, desnudo, respirando con lentitud, hundido en un sueño pesado. No había nadie más… salvo la figura encapuchada, sentada en el sillón contiguo, esperándola en absoluto silencio.

Iris cerró la puerta y recorrió el lugar con la mirada.

Ni rastro de instrumental. Ni manchas. Ni olor a antiséptico.

El departamento estaba exactamente igual que cuando se había marchado. La figura levantó la vista.

Iris avanzó despacio. Sentía el pulso golpeándole en las sienes y un leve temblor en las manos.

—¿Ya está? —preguntó en voz baja.

La figura se puso de pie y asintió.

Los ojos de Iris la delataban: demasiado abiertos, demasiado cansados.

—Te pasaste con el Cítrax —dijo él—. Ese polvo es fuerte. Intenta ser un poco más profesional.

—Sé lo que hago —respondió ella, seca.

Dejó el bolso sobre la mesa y empezó a desvestirse.

—Es solo un consejo —añadió el encapuchado mientras caminaba hacia la puerta—. Que no sospeche.

Se detuvo un instante antes de salir.

—Trátalo como a alguien especial esta semana. El lunes entra en servicio, así que no te preocupes. A partir de ahí, me encargo yo. Te transfiero el resto de lo acordado. Como siempre.

Miró por encima del hombro, evaluando a Iris, que ya se había quitado la ropa.

Ella encendió otro cigarrillo y se dejó caer junto a Damond en el sofá.

—Nos vemos.

La puerta se cerró.

Iris permaneció mirando en esa dirección durante varios segundos, fumando en silencio, con la mente completamente vacía.

Luego bajó la vista hacia Damond.

Nada en él delataba lo ocurrido.

Pero sabía que, durante aquellas cuatro horas, le habían hecho más que suficiente.

No preguntaba.

Nunca lo hacía.

Su trabajo era simple: atraer, servir, sonreír, acostarse con los objetivos, y dejar que otros hicieran el resto.

Después, desaparecer.

Y esta vez… no iba a ser diferente.

Damond despertó con un dolor de cabeza feroz.

Estaba desnudo, hundido en el sofá de una casa demasiado lujosa para una cita improvisada, con la cabeza apoyada sobre las caderas de su amante, que dormía boca abajo a su lado.

Al incorporarse, el origen del malestar resultó evidente.

Botellas vacías y otras a medio terminar sobre la mesa. Ceniceros rebosados. Y, entre todo aquello, restos de líneas de Cítrax: el polvo anaranjado todavía visible sobre el cristal.

Le ardía la nariz.

Pero el dolor de cabeza era peor.

—Mierda… —murmuró.

Había bebido como un animal.

No encontraba otra explicación.

Giró la cabeza y observó a Mara. Desnuda, de espaldas, con el cabello negro desparramado sobre los cojines.

Intentó reconstruir la noche.

Besos. Risas. El sofá. El calor de su cuerpo. Y después… nada. Un vacío negro.

Solo la sensación de haberse vuelto pesado, torpe, como si alguien hubiera apagado un interruptor dentro de su cabeza.

Esperaba no haber hecho ninguna estupidez.

Se movió con cuidado y le tocó suavemente el hombro.

—Eh… buenos días.

Mara se removió, bostezó y se giró hacia él con una sonrisa adormilada. Se desperezó sin el menor pudor.

—Buenos días, grandote.

Lo besó primero en la mejilla y luego en los labios.

—Estuviste increíble anoche —añadió mientras lo abrazaba—. ¿Qué tal si lo repetimos?

Damond sonrió pese al martilleo constante en la cabeza.

El cuerpo le dolía, pero la cercanía de ella ayudaba a olvidarlo.

Se dejó llevar.

La mañana transcurrió entre caricias, risas y una intimidad tranquila. Más tarde, el agua caliente de la ducha los envolvió y consiguió aliviar parte del cansancio.

Solo una parte.

Cuando por fin estuvieron vestidos, terminaron sentados en el comedor con dos tazas de café humeante entre las manos.

—Menos mal que me despertaste —dijo Mara mientras se estiraba—. Tengo que trabajar.

Le sonrió con ese encanto fácil que parecía surgirle sin esfuerzo.

—La pasé increíble.

—Yo también —respondió Damond, intentando sonar más despierto de lo que realmente estaba—. Aunque creo que no dormí ni un segundo.

Ella soltó una risa.

—¿Qué te parece si nos vemos el viernes? —propuso—. Salimos a divertirnos. Claro… si no te has aburrido ya de mí.

Damond arqueó las cejas, sinceramente sorprendido.

—¿Aburrirme? Para nada.

—Bien —dijo ella—. Conozco un lugar increíble. Y unos hoteles… muy interesantes. ¿Conoces el Luxury? Cerca del Distrito G, junto a Grim Howl. Te va a encantar.

Damond sonrió y se inclinó apenas hacia ella.

—Suena peligroso.

—Lo es.

—Entonces creo que podría arriesgarme.

Mara volvió a reír y terminó el café, que ya empezaba a enfriarse.

Damond hizo lo mismo.

El silencio que siguió se llenó por sí solo, entre miradas, sonrisas pequeñas y esa comodidad que aparece cuando nadie siente la necesidad de hablar.

Ella fue la primera en levantarse.

—De verdad tengo que irme —dijo—. Si no, me quedaría un rato más.

—Una pena —respondió Damond mientras se incorporaba con algo de esfuerzo—. Estaba empezando a sentirme humano otra vez.

Mara sonrió de lado mientras se ponía la chaqueta.

Damond tomó la suya, todavía con el cansancio pegado al cuerpo.

Salieron juntos, hablando de trivialidades.

Afuera, el aire fresco de la mañana los recibió de golpe.

Caminaron hasta la camioneta.

—Entonces… viernes —dijo él.

—Viernes.

Se despidieron con un beso largo, sin prisa.

Después, Damond subió al vehículo.

Mara se quedó quieta, observándolo alejarse.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Permaneció inmóvil unos segundos más.

Luego se giró y caminó hacia el metro, mezclándose con la gente que empezaba su día.

Por suerte, pensó, no sospecha nada.