16
Damond estaba apoyado en la barra del Halcón de Óxido, con un antebrazo sobre la madera oscura y el vaso girando despacio entre los dedos.
Ya era tarde, cerca de la medianoche. El bar seguía vivo, pero con ese ritmo lento que aparece cuando la mayoría ya ha bebido lo suficiente y los que quedan lo hacen sin apuro.
Había un par de copas vacías frente a él y otra a medio terminar. Para cualquiera habría sido demasiado. Para Damond, apenas era el comienzo.
Rhea se movía detrás de la barra con su soltura habitual. Alta, imponente incluso para los estándares felinian, llevaba el delantal ajustado a la cintura y los brazos desnudos, fuertes. Se acercó sin preguntarle nada y le sirvió otra copa del mismo licor oscuro.
—¿Nervioso, Irek? —preguntó mientras dejaba el vaso frente a él.
Damond levantó la vista y soltó una risa breve.
—No tanto —respondió—. Aunque empiezo a pensar que Mara no va a aparecer.
Rhea ladeó la cabeza, divertida.
—Va a venir. Siempre vienen —dijo—. No sé cómo lo haces, pero tienes una suerte increíble con las mujeres. Y eso que ya no eres precisamente joven.
Damond alzó una ceja.
—¿Arrepentida de no aceptar salir conmigo?
Ella apoyó ambas manos en la cintura, marcando sin esfuerzo la diferencia de tamaño entre los dos.
—¿Un humano con una felinian como yo? —replicó con una sonrisa ladeada—. No darías la talla, Irek. No tienes el tamaño para mí.
—Tendrías que probarme para saberlo.
Rhea negó con la cabeza, riéndose mientras se giraba para atender a otro cliente.
—Tal vez algún día —dijo por encima del hombro—. Pero por ahora te quedas con las ganas.
Damond la siguió con la mirada apenas un segundo.
Entonces sintió unos brazos rodeándole el torso por detrás.
Una mujer joven se pegó a su espalda sin pedir permiso. Cabello negro, largo y suelto. Un vestido azul ajustado, elegante sin llamar demasiado la atención. Su perfume llegó antes que su voz.
Mara.
—Hola, Irek —susurró, apoyando el mentón en su hombro—. Qué bueno que estés aquí.
Damond se giró, la tomó de la cintura y la besó sin rodeos.
—Pensé que no vendrías —dijo al separarse—. Vas tarde.
Mara sonrió sin soltarlo.
—¿Cómo no iba a venir? Con lo bien que lo pasamos ayer, claro que iba a aparecer. Tenía ganas de repetir.
Damond hizo un gesto hacia la barra.
—Otra bebida. Para ella.
Mara se acomodó a su lado, cruzó una pierna con naturalidad y se apoyó apenas contra él. Damond dio un trago lento.
La noche siempre terminaba cumpliendo.
Rhea regresó con la bebida y la dejó frente a Mara. Antes de alejarse le dedicó a Damond una sonrisa cómplice.
—Disfruten.
—Gracias —respondió él, alzando apenas el vaso.
Mara se inclinó hacia él, demasiado cerca para que fuera casual.
—Por nosotros.
—Por repetir.
—Anoche fue divertido —añadió ella con una sonrisa suave—. Muy divertido.
—Coincido.
—Pero esta vez no quiero ir a un hotel —continuó, bajando la voz—. Prefiero algo más… cómodo.
Damond ladeó la cabeza.
—¿Qué tienes en mente?
—Mi casa. No queda lejos. Tengo buena bebida, mejor música… y privacidad.
Lo dijo como si fuera la propuesta más natural del mundo.
—Suena tentador.
—Lo es —sonrió ella—. Y lo vamos a pasar bien.
El tiempo se deslizó sin que ninguno lo notara. Una copa dio paso a otra y luego a una más. Mara hablaba, se reía más de la cuenta y encontraba cualquier excusa para tocarlo. Damond, acostumbrado a ese lenguaje, no necesitó más señales.
Cuando salieron del bar, el aire nocturno los recibió con un contraste agradable. Mara se acercó todavía más y lo tomó del brazo.
—Ven —dijo—. Vamos.
No tardaron en llegar a la camioneta de Damond.
El trayecto fue corto. A medida que avanzaban, la ciudad cambiaba: menos torres, más complejos bajos, amplios y cuidados.
—No esperaba algo así —comentó Damond cuando entraron al conjunto residencial.
Había un parque artificial en el centro, senderos iluminados, estacionamientos subterráneos y piscinas visibles entre los edificios.
Mara sonrió.
—Tranquilo —dijo mientras lo tomaba de la mano—. No muerdo… a menos que me lo pidas.
El departamento resultó ser amplio, de dos niveles y casi sin divisiones. Espacios abiertos, líneas limpias e iluminación cálida. Comodidad sin ostentación.
Entraron besándose. Mara lo condujo hasta el sofá y lo hizo sentar antes de apartarse.
—No te muevas.
Fue hasta el bar integrado. Antes de preparar las bebidas deslizó los dedos por un panel discreto y una música suave comenzó a sonar por todo el departamento.
Preparó dos tragos con soltura, regresó y se sentó a su lado.
Brindaron otra vez.
Las copas se vaciaron despacio mientras la cercanía volvía a instalarse entre ellos. Primero regresaron los besos, suaves, casi perezosos. Después se hicieron más largos, más seguros.
La ropa fue quedando atrás, abandonada sin demasiado orden. Terminaron entrelazados en el sillón, moviéndose en un ritmo irregular, torpe por momentos e intenso en otros, envueltos en ese clima lento que se había ido construyendo desde que salieron del bar.
Damond cerró los ojos un instante.
Reconocía perfectamente ese tipo de noche.
Además del alcohol, hubo algo más.
Un polvo anaranjado apareció sobre la mesa con una naturalidad que apenas llamó su atención. Damond no preguntó. Estaba cómodo. Confiado.
Lo inhalaron juntos. Al principio no notó nada extraño. Pero algo no iba bien. Lo comprendió demasiado tarde.
El cansancio llegó de golpe, como una ola pesada. Sus reflejos dejaron de responder como siempre. El cuerpo, que había soportado noches mucho peores sin problemas, empezó a fallarle.
Un mareo breve. Luego otro. El corazón acelerado. Los músculos sin fuerza. Intentó decir algo.
No pudo.
La oscuridad cayó sin previo aviso.
Cuando su cuerpo quedó completamente inerte, la expresión de Mara cambió por completo. La sonrisa desapareció, sustituida por una calma fría y profesional.
Con algo de esfuerzo lo apartó y lo dejó recostado en el sofá.
Luego exhaló despacio. Había resistido más de lo esperado.
Sin vestirse todavía, se sirvió otro trago y activó el terminal. Solo audio.
—Está hecho —dijo—. Pueden venir.
Hubo un breve silencio.
—Perfecto, Iris —respondió una voz distorsionada—. Vamos en camino. Te transfiero la mitad de los créditos.
Un tono confirmó la transferencia.
—Usaremos ese recinto. Ya está pago. Cuando termines, te envío el resto.
Hizo una pausa.
—Probablemente necesitaremos el resto de la semana para que sigas con la tapadera. Te pagaremos el doble.
—Por mí, bien —respondió ella.
—Para el lunes estarás limpia —dijo la voz—. Espéranos.
La comunicación se cortó.
Iris miró a Damond, desnudo e inconsciente en medio de la sala, y negó con la cabeza.
Recogió su ropa y empezó a vestirse. Luego encendió un cigarrillo, de una sustancia más densa que el tabaco, inhaló despacio y se apoyó contra la pared.
Esperó.
El llamado llegó puntual.
Abrió la puerta.
Entraron varios individuos vestidos de forma neutra, cargando maletas metálicas. No saludaron. Se movían con una precisión fría, casi mecánica.
La última figura en cruzar el umbral era alta. Llevaba una capucha oscura demasiado baja y un abrigo largo, sobrio, sin insignias, que caía recto hasta casi las botas. Toda la ropa parecía elegida para no llamar la atención y, al mismo tiempo, borrar cualquier rasgo personal.
Bajo la capucha, un sistema de camuflaje holográfico distorsionaba el rostro y la voz, fragmentándolos en interferencias sutiles que impedían fijar una imagen clara.
La figura se detuvo frente a Iris y la observó unos segundos.
—Vuelve en cuatro horas.
Desvió la vista hacia Damond.
El equipo desplegó una camilla. Lo tomaron sin demasiados miramientos, lo recostaron y lo aseguraron. Iris observó la escena de reojo, sin decir una palabra.
—Será mejor que no sepas qué vamos a hacer —añadió la figura, como si hubiera leído su pensamiento.
Hizo un gesto mínimo.
—Velo un par de veces esta semana. Acuéstate con él. Que no sospeche. Pero no lo traigas aquí. Este lugar deja de estar disponible desde hoy.
Guardó silencio un instante.
—Después del lunes… ya no importará.
Iris asintió. Apagó el cigarrillo en el cenicero y salió.
La figura encapuchada se acercó entonces a la camilla.
A su alrededor, el equipo abrió las maletas. Dentro había instrumental médico de alta precisión: brazos articulados, módulos de soporte vital y pantallas desplegables cubiertas de lecturas biométricas.
Los dispositivos comenzaron a conectarse al cuerpo inconsciente de Damond mediante puertos magnéticos que encajaban en conectores subcutáneos.
—Pulso estable. Actividad cerebral dentro de parámetros inducidos —informó uno de los técnicos.
Otro preparó una jeringa con un fluido opalescente y la inyectó en el cuello. El cuerpo reaccionó con un espasmo mínimo antes de volver a quedar inmóvil.
El siguiente instrumento fue un bisturí láser.
Con movimientos precisos, el operador trazó una línea exacta sobre el cuero cabelludo mientras cauterizaba al mismo tiempo. La piel se abrió limpiamente, dejando al descubierto una sección del cráneo artificial: material blanquecino, óseo, cubierto de micrograbados de seguridad.
El acceso sellado del computador neural, instalado años atrás durante el injerto reglamentario.
—Puerto localizado —anunció uno de los técnicos.
Un dispositivo de intrusión se acopló al borde del implante. El sistema emitió un zumbido bajo mientras ejecutaba protocolos de acceso forzado.
Las protecciones estándar cedieron una tras otra.
Finalmente, el acceso se abrió.
Bajo la cubierta, el núcleo del computador neural quedó expuesto: fibras ópticas biológicas y matrices sinápticas que pulsaban con una luz tenue, acompasadas al ritmo cerebral.
Conectaron los enlaces directos.
Cables translúcidos se acoplaron al implante y las pantallas comenzaron a llenarse de diagramas, flujos de memoria y mapas de respuesta neuronal.
La figura encapuchada observaba en silencio, inmóvil, siguiendo cada variación.
—Protocolos fijados —anunció otro técnico—. Seguridad suspendida. Podemos operar sin disparar alertas externas.
La figura inclinó apenas la cabeza.
—Procedan.