15 #2
Asintió una vez.
Apoyó la cabeza contra el respaldo.
Y se quedó dormida.
Marina fue la primera en darse cuenta.
Bajó la voz automáticamente, sonrió con ternura y se levantó despacio.
—Está agotada —murmuró—. Se nota.
Fue hasta la habitación de Joren y regresó con una manta. Con cuidado la acomodó sobre Aline, cubriéndole los hombros y parte del torso.
Aline ni siquiera se movió. Respiraba profundamente, de forma regular, completamente rendida por el cansancio.
Joren la observó en silencio. Había gratitud en su mirada, pero también nerviosismo. Mucho nerviosismo.
Entre los tres recogieron lo que quedaba de la comida. Damond y Marina se encargaron de los envases mientras Joren llevaba varias cosas a la recicladora.
Cuando terminaron, el departamento volvió a quedar tan ordenado como antes.
Ya era muy tarde.
—Señora Malek —dijo entonces Damond—, si quiere, puedo llevarla a su casa. Me queda de camino.
Joren miró hacia el sofá.
—Voy a despertar a Aline…
Marina negó con suavidad y le apoyó una mano en el hombro.
—Déjala dormir.
Bajó un poco la voz.
—De verdad. Está agotada.
Lo observó un instante.
—Tú también deberías descansar.
Después volvió la vista hacia Damond.
—Acepto la oferta. Gracias.
Mientras Marina iba a buscar su abrigo, Damond se acercó a Joren y le apoyó una mano firme en el hombro.
Su expresión era seria.
La mirada, no.
—Descansa, chico —dijo—. Ya pasé por esa intervención más veces de las que me gustaría recordar.
Señaló las piernas nuevas con un gesto de cabeza.
—Hoy caminas raro. Mañana te va a doler todo. Y pasado mañana será como si siempre hubieras tenido esas piernas.
Joren soltó una pequeña risa y asintió.
—El lunes volvemos al trabajo —continuó Damond—. Retomamos el entrenamiento. No te vengas abajo.
Hizo una breve pausa.
—Y agradece estar vivo.
Joren volvió a asentir. Damond miró de reojo hacia el sofá. Hacia Aline.
Luego regresó la vista a él.
—Y no seas idiota.
Bajó la voz.
—No desperdicies la oportunidad. Porque, sinceramente, aquí las cosas están bastante claras.
Le dio una palmada en la espalda antes de enderezarse.
En ese momento Marina regresó.
Se acercó a su hijo y lo abrazó con cuidado.
—Descansa, cariño —dijo—. Mañana hablamos con calma.
Joren le devolvió el abrazo y acompañó a su madre hasta la puerta. Damond se despidió con un gesto de la mano y ambos se marcharon.
Cuando la puerta se cerró, el departamento quedó en silencio.
Joren regresó despacio a la sala. Aline seguía dormida en el sofá, envuelta en la manta, con el rostro relajado de una forma que no le había visto en muchos días.
Se quedó observándola unos segundos, sin saber muy bien qué hacer.
Y entonces sintió cómo el nerviosismo volvía a subirle por el cuerpo.
Aline despertó.
Primero fue la sensación de calor. Después, el peso suave de la manta.
Abrió los ojos de golpe y el pulso se le aceleró por reflejo, como si hubiera saltado de un sueño directamente a una alarma inexistente.
Tardó un segundo en ubicarse.
Aquel techo no era el de su casa. Tampoco el de la base ni el de una clínica. Giró la cabeza. Era el departamento de Joren.
La luz llegaba tenue, filtrada por los reflejos azulados de la ciudad. Todo estaba en silencio. Demasiado tranquilo.
Su implante marcaba la hora: pasadas las veintitrés.
—Mierda…
La vergüenza le llegó de inmediato al darse cuenta de que se había quedado dormida. En casa ajena. En su sofá.
Entonces escuchó un sonido.
Giró la cabeza.
Joren salía del baño con el cabello todavía húmedo. Una bocanada de vapor escapó detrás de él y, con ella, llegó aquel olor.
Su fragancia. Limpia, fresca, apenas especiada.
Le golpeó de lleno, sin previo aviso.
—Aline —dijo al verla despierta—. Espero no haberte despertado.
Se acercó un poco.
Aline se incorporó. Solo entonces fue consciente de sí misma: del uniforme, del cansancio acumulado y de que no se había duchado en todo el día. En realidad, desde el día anterior.
—Lo siento, Joren —dijo mientras se ponía de pie—. No me di cuenta. Perdón. Ya me voy.
Él arqueó las cejas.
—¿Te vas? ¿A esta hora?
Negó enseguida.
—Es tarde. No te preocupes… Quédate, por favor.
Aline abrió la boca para responder, pero las palabras no llegaron.
Dio un paso atrás, incómoda. Entonces sintió la mano de Joren en su antebrazo. El contacto fue breve.
Suave.
Pero bastó.
—Quédate —repitió, colorado, intentando que la voz no le temblara—. Por favor…
Desvió la mirada antes de añadir:
—Si quieres… puedes ducharte. Hay una holo-lavadora junto a la entrada.
El corazón de Aline dio un salto.
Asintió y tragó saliva.
Antes de pensarlo demasiado, se giró y caminó hacia el baño. Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella durante un segundo, respirando hondo.
¿De verdad me voy a quedar?
El baño era simple y ordenado. Todo olía a Joren. A limpio. A algo familiar que la desarmó más de lo que quería admitir.
Se desvistió con movimientos nerviosos, evitando mirarse demasiado en el espejo. Colocó el uniforme en la holo-lavadora y el sistema se activó al instante.
Luego entró en la ducha.
El agua caliente le aflojó los músculos. Cerró los ojos, apoyó las manos en la pared y respiró despacio, intentando ordenar la cabeza.
Cuando terminó, se secó con calma. La ropa ya estaba lista.
Se vistió con el pantalón y la camisa, dejando la chaqueta a un lado. Frente al espejo se acomodó el cabello todavía húmedo con los dedos, consciente de que el pulso seguía acelerado.
Abrió la puerta y salió.
Joren estaba sentado en el sofá.
Había preparado té. Dos tazas humeaban sobre la mesa mientras la holovisión proyectaba una película.
Al oírla, Joren levantó la vista.
Y sonrió.
No fue una sonrisa especialmente segura. Ni perfecta. Fue simplemente la mejor que pudo ofrecerle.
Aline se acercó en silencio y tomó asiento.
No supo qué decir.
Joren sostenía la taza entre las manos.
Le temblaban apenas.
Tragó saliva.
—Aline…
Ella giró la cabeza.
—Me gustas.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Aline parpadeó, sorprendida.
Joren bajó la mirada de inmediato.
—Desde hace tiempo… —continuó, nervioso—. Desde que empecé a conocerte en la unidad. Al principio eras distante. Fría. Y yo tampoco estaba bien. Venía de una situación horrible y no sabía cómo acercarme a nadie.
Esbozó una sonrisa torpe.
—Pero aun así esperaba esos momentos. En la base. Cuando hablábamos. Cuando estabas cerca.
Sus dedos se cerraron alrededor de la taza.
—Sé que probablemente no es mutuo. O al menos eso creía. Pero estas últimas semanas… desde el bar, desde lo de Kessler…
Negó con la cabeza.
—Me puse peor. Más nervioso.
Levantó la vista apenas un instante.
—Y después pasó lo de los videos.
Aline sintió un nudo en el estómago.
—No los vi —se apresuró a aclarar—. No pude. Pero hubo algo que pensé… y me da vergüenza decirlo.
Tomó aire.
—Me hubiera gustado que ese clon fuera yo.
Las manos ya le temblaban sin disimulo.
Cada palabra fue cayendo en un lugar distinto dentro de Aline.
La semana.
El clon.
La necesidad de contacto.
La vergüenza.
La cercanía.
Todo empezó a encajar de una forma demasiado clara.
No era el momento perfecto.
Pero hacía tiempo que había dejado de creer en momentos perfectos.
No dijo nada.
Simplemente se acercó.
Joren seguía intentando explicarse cuando Aline apoyó una mano sobre su pecho y lo besó.
Él se quedó inmóvil un instante.
Solo un instante.
Después respondió.
La taza quedó olvidada sobre la mesa. El equilibrio se perdió entre movimientos torpes y apresurados, y terminaron recostados en el sofá, entre besos que poco a poco se volvieron más profundos, más seguros.
Las manos buscaron. Encontraron.
La torpeza inicial desapareció poco a poco, reemplazada por una seguridad que ninguno de los dos parecía haber tenido hasta entonces.
No hubo juicio. No hubo dudas. Aline no pensó en su cuerpo ni en su tamaño. No pensó en los videos. No pensó en nada de eso.
En la mirada de Joren no había rechazo, ni incomodidad, ni miedo.
Solo deseo. Solo ganas de estar cerca de ella.
Se aferraron el uno al otro como si llevaran demasiado tiempo conteniéndose, demasiado tiempo encontrando excusas para no cruzar una línea que ambos habían visto acercarse desde hacía días.
Y por fin, Aline dejó de huir.