15
Cuando el médico regresó a la habitación, la tarde ya estaba bastante avanzada. Llevaba una tableta en la mano y revisaba información mientras caminaba.
Joren estaba de pie junto a la cama, apoyado en el respaldo, probando su equilibrio. Las piernas nuevas respondían bien. Quizá demasiado bien. Cada movimiento se sentía ligeramente extraño, como si todavía no terminara de reconocerlas como parte de sí mismo.
—La adaptación inicial es excelente —dijo el médico mientras consultaba los registros—. La integración neural fue limpia y la respuesta muscular está dentro de los parámetros óptimos.
Marina observaba la escena con una mezcla de alivio y nerviosismo. Aline permanecía a un lado, atenta, sin perder detalle.
—Puede caminar con normalidad —continuó el médico—, pero eso no significa que deba exigirse. Nada de correr ni esfuerzos intensos durante un par de días. El sistema nervioso todavía necesita terminar de sincronizarse.
Joren asintió.
—Lo entiendo.
El médico deslizó la tableta hacia él y abrió un resumen de indicaciones.
—Aquí tiene la medicación. Analgésicos suaves, reguladores neuromusculares y un estabilizador metabólico. También deberá volver durante los próximos días para algunos controles de rutina.
—Gracias, doctor.
El médico asintió y se dispuso a marcharse, pero Joren volvió a hablar.
—Disculpe… ¿sería posible ver a Nyx-17 antes de irme?
El médico se detuvo y negó despacio.
—Lo siento. No será posible. Apenas se completó la reimplantación del brazo, personal de Megatech vino a buscarla. Ya no se encuentra en este centro.
Joren bajó la mirada.
—Entiendo…
Suspiró y miró a Aline.
—Supongo que tendré que esperar hasta el lunes para darle las gracias.
Aline asintió.
—Supongo que sí.
Poco después, tras completar los últimos trámites y autorizaciones, abandonaron el hospital. El aire exterior se sintió extraño después de tantas horas bajo iluminación artificial.
Apenas pusieron un pie en la explanada, una figura conocida apareció desde un costado.
—Mírenlo nada más —dijo Damond con una sonrisa ladeada—. Caminando como si nada.
Joren levantó la vista y sonrió.
Damond le dio una palmada en el hombro, midiendo la fuerza.
—Me alegro, chico. De verdad.
Luego dirigió la atención hacia Marina y le dedicó una leve inclinación de cabeza.
—Señora Malek.
—Sargento —respondió ella con una sonrisa—. Gracias por todo. Y por anoche.
Damond se encogió de hombros, como si no tuviera importancia, aunque intercambió una mirada cómplice con ella antes de volver a centrarse en Joren y Aline.
—Justo venía a ver cómo estabas. Por suerte me los encuentro aquí.
Se llevó las manos a la cintura y miró alrededor.
—Pero mejor todavía: vengan conmigo. Estoy con la camioneta. ¿A dónde piensan ir?
Joren dudó un instante.
El almuerzo con Aline había quedado descartado. Las piernas nuevas aún no terminaban de coordinar del todo bien; sentía una especie de cosquilleo constante y empezaba a notar el cansancio. Además, no iba a dejar a su madre fuera del plan.
—¿Puede llevarnos a mi casa, sargento? —preguntó—. Si quiere, podemos comer algo allí. Me vendría bien la compañía.
Damond sonrió sin pensarlo dos veces.
—Claro que sí, chico. Vamos todos para allá. De camino pido algo para picar. Invito yo.
—Se lo agradezco mucho —dijo Marina—. Es usted muy atento.
—Exageraciones, señora —respondió Damond con una media sonrisa—. Pero acepto el cumplido.
Marina terminó adelantándose unos pasos junto a él, hablando de cosas triviales. Aprovechando el momento, Aline se inclinó ligeramente hacia Joren.
—¿Estás seguro de que es buena idea que Damond tenga tanta confianza con tu madre? —preguntó en voz baja.
Joren la miró de inmediato.
—Con la fama que tiene… y la forma en que habla de sus "precarias"… —continuó—. Me da un poco de escalofríos.
Aline soltó una sonrisa.
—Es broma, Joren.
Él la observó sin terminar de convencerse.
—Dudo mucho que Damond tenga ese tipo de intenciones con ella.
Joren no respondió.
La duda, sin embargo, ya había echado raíces.
Caminaron juntos hasta el estacionamiento del hospital.
El lugar era amplio, de techos altos, iluminado por paneles blancos y líneas holográficas que marcaban las rutas de circulación.
Damond los condujo hasta una camioneta de ruedas, grande y robusta. Abrió las puertas y esperó a que Marina subiera primero. Después lo hicieron Joren y Aline.
Minutos más tarde abandonaban el hospital.
La camioneta se incorporó a una autopista subterránea donde el tráfico avanzaba sin interrupciones. Carriles amplios, iluminación constante y señalización flotante guiaban a los vehículos a gran velocidad.
—Voy a pedir algo por la red —comentó Damond mientras conducía—. Me da pereza parar en una tienda.
Activó el implante.
—Pásame tu dirección, Joren. Así envío todo directo.
Joren asintió y transmitió la información.
El trayecto los llevó hasta una zona residencial de nivel medio. Torres altas, casi idénticas entre sí, se alzaban a ambos lados de la vía. Balcones iluminados y jardines verticales recorrían las fachadas.
El edificio de Joren no destacaba por lujo, pero sí por orden.
Damond tomó una rampa de acceso conectada directamente con la autopista.
Un bloqueo holográfico apareció frente a ellos, proyectando un campo translúcido que cubrió el carril.
Joren autorizó el ingreso con un pensamiento.
El campo desapareció.
La camioneta descendió hacia el estacionamiento interno del edificio.
El lugar estaba bastante lleno: filas de espacios delimitados por marcas luminosas, columnas estructurales y paneles de seguridad incrustados en las paredes.
Damond estacionó en el bloque asignado a Joren, uno que permanecía siempre libre porque él no tenía vehículo propio.
Apagó el motor.
Las puertas se abrieron.
Y comenzaron a bajar.
El silencio del estacionamiento los envolvió enseguida.
El ascensor los recibió con un siseo suave y comenzó a elevarse.
Las paredes de gris pulido estaban atravesadas por líneas de luz blanca que marcaban el ascenso. Un panel transparente indicaba la altura: 78… 104… 137…
—Piso ciento sesenta y dos —comentó Joren—. Ya falta poco.
Marina levantó las cejas.
—Nunca me acostumbro a estas alturas. Siempre pienso que voy a marearme antes de llegar.
Damond soltó una risa breve.
—Uno termina acostumbrándose.
Miró el panel.
—O deja de pensar en ello.
El ascensor desaceleró y las puertas se abrieron a un pasillo amplio y silencioso, alfombrado en tonos oscuros. La iluminación cálida hacía que pareciera más un hogar que una instalación corporativa.
Avanzaron hasta una puerta marcada con un identificador luminoso.
Joren apoyó la mano sobre el panel, autorizó la apertura y la puerta se deslizó hacia un lado.
—Bienvenidos.
El departamento era más amplio de lo que Aline había imaginado.
Un espacio abierto integraba sala y comedor, mientras que la cocina quedaba al fondo, separada por una barra baja. Los ventanales, enormes, mostraban una franja lejana de Ciudad Metro, difusa por la altura.
Todo estaba ordenado.
Impecablemente ordenado.
Aline avanzó despacio, observando el lugar.
Muebles de líneas simples, colores neutros y algunas plantas bien cuidadas repartidas por el departamento. Nada ostentoso. Nada que llamara especialmente la atención.
En una de las paredes laterales había varias fotografías enmarcadas. Una de ellas, más grande que las demás, captó su atención de inmediato.
El centro comercial.
Lo reconoció al instante.
El primer día.
El caos. Los disparos. Los gritos. Los rehenes. Tres zeros fuera de control y su unidad enviada prácticamente al matadero.
La fotografía no mostraba la batalla, sino lo que vino después.
Dos figuras entre humo y ruinas.
Ella y Joren.
Cubiertos de polvo, sangre y hollín. Las armaduras dañadas, los visores opacos.
Era un titular congelado en el tiempo.
El capitán Darius Helm y el sargento Kael Ibarra habían quedado bajo los escombros, calcinados y aplastados por la misma ciudad que intentaron salvar. Érebo 9 había muerto aquel día.
Salvo por ellos dos.
Aline tragó saliva y apartó la vista.
Justo debajo había otra fotografía.
El escuadrón actual.
Ella, Joren, Damond y Kessler sentados en el comedor de la base en una imagen claramente informal. No recordaba que la hubieran tomado. Ni siquiera recordaba aquel momento.
Todos parecían relajados. Cómodos. Como si durante unos minutos hubieran conseguido olvidarse del trabajo.
Aline frunció apenas el ceño y siguió avanzando como si no hubiera visto nada.
Mientras tanto, Damond ya estaba en la cocina. Abrió el compartimiento de entregas automáticas y asintió, satisfecho.
—Llegó todo. Perfecto.
Joren se dejó caer en uno de los sillones y soltó el aire con cuidado.
Las piernas nuevas le pesaban. No por dolor, sino por el esfuerzo constante de mantenerlas coordinadas.
Marina se acercó a la cocina para ayudar a Damond a acomodar las cosas sobre la barra.
Aline se sumó poco después.
Su cabeza seguía en otra parte, pero aun así fue alcanzando platos, recipientes y cubiertos sin necesidad de que nadie le pidiera nada.
Había comida para picar: porciones calientes en envases térmicos, pan, varias salsas y un par de botellas de cerveza que Damond dejó sobre la mesa con absoluta naturalidad.
Terminaron sentándose todos en la sala, alrededor de la mesa baja.
La conversación fluyó sin esfuerzo. Comentarios simples, anécdotas sueltas y alguna broma ocasional se fueron encadenando con naturalidad. Marina hablaba, Damond respondía, Aline intervenía de vez en cuando y Joren se limitaba a observar.
Y, sin darse cuenta, sonreía.
No recordaba cuándo había sido la última vez que su departamento había tenido algo así. Voces. Risas. Presencia.
La charla se fue estirando sola. Las horas pasaron entre comentarios cada vez más tranquilos, risas bajas y silencios cómodos. La comida fue desapareciendo poco a poco y las botellas quedaron a medio vaciar sobre la mesa.
Al final, el cansancio terminó imponiéndose.
Aline fue la primera en rendirse.
Estaba sentada en uno de los extremos del sofá, escuchando a Marina contar una anécdota sobre la adolescencia de Joren.