Factor Zero 14 #3
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14 #3

—Si en algún momento sientes dolor, mareo o cualquier cosa fuera de lo habitual, nos avisas enseguida, ¿sí?

—Entendido.

La enfermera miró entonces a Marina y a Aline.

—Vamos a necesitar un poco de privacidad mientras hacemos las pruebas. No será mucho tiempo.

Marina reaccionó de inmediato.

—Claro. Por supuesto.

Aline tomó los vasos de café antes de salir.

Ya en el pasillo, el silencio se instaló entre ambas durante unos segundos.

Fue Aline quien terminó rompiéndolo.

Le ofreció uno de los vasos.

—¿Café?

Marina sonrió.

—Gracias.

Aceptó el vaso y ambas quedaron allí, de pie, sosteniendo el calor entre las manos.

Durante unos instantes no dijeron nada.

Hasta que Marina habló.

—¿Sabe una cosa?

Aline volvió la cabeza hacia ella.

—Mi hijo la quiere mucho.

Aline abrió los ojos, sorprendida.

—Es un buen chico —continuó Marina mientras observaba el café—. Ha pasado por mucho. Y habla de usted con una devoción que nunca le había visto dedicarle a nadie.

Aline sintió un nudo en el pecho.

—Desde aquella relación que tuvo… —Marina frunció apenas el ceño— el mundo se le vino abajo. Se volvió frío, distante. A veces incluso brusco. Pero en estos últimos meses ha cambiado muchísimo. Y sé que es por usted.

Levantó la vista.

—No quiero entrometerme, pero tampoco puedo quedarme callada. Sé que Joren no lo va a decir. El miedo que arrastra desde aquella… mala experiencia… sigue ahí. Así que lo diré yo. Y espero que, si usted no siente lo mismo, se lo deje claro.

Aline tragó saliva.

—A mi hijo usted le gusta. Mucho. Y él cree… o al menos espera… que sea mutuo.

Marina sonrió apenas.

—No me lo ha dicho con palabras. Pero una madre se da cuenta de esas cosas.

Guardó silencio un instante antes de continuar.

—Joren no vive conmigo, por si se lo estaba preguntando. Pero me visita siempre que puede. Habla casi exclusivamente de su trabajo. No tiene mucho más.

Bajó la vista hacia el vaso.

—Es un chico muy solo.

Aline sintió una punzada incómoda en el pecho.

—Perdió a casi todos sus amigos por aquella… por aquella maldita relación —continuó Marina—. Y, aun así, cada vez que habla de usted, su voz cambia. Se vuelve más cálida. Más ligera.

La observó con atención.

—Debo admitir que no era como la imaginaba.

Aline se sonrojó.

—La imaginaba más alta. Y mucho más musculosa. Casi como un hombre —añadió Marina con una sonrisa divertida—. Por cómo mi hijo hablaba de sus entrenamientos.

Aline no supo dónde meterse.

—Pero, aunque es alta y fuerte, también es una mujer encantadora.

La sonrisa de Marina se suavizó.

—Distinta. Sólida. Me agrada mucho.

Ella misma pareció avergonzarse un poco.

—Ya me habría gustado tener una figura como la suya cuando era joven. Siempre fui una mujer bastante sencilla.

Aline sintió cómo el calor le subía otra vez a las mejillas.

Marina dio un pequeño sorbo al café y volvió a mirarla, esta vez más seria.

—Pero ahora que la conozco, me quedo mucho más tranquila.

Aline levantó la vista.

—Saber que es usted quien lo protege… me da paz.

Las palabras la golpearon más de lo que esperaba.

Marina permaneció unos segundos en silencio.

Luego dejó escapar un suspiro.

—Aline… ¿te molestaría si te hablo de otra manera?

Hizo un gesto leve, casi disculpándose.

—Me sale más natural cuando siento confianza con alguien.

Aline se quedó callada.

Sentía las mejillas calientes, el pulso acelerado y la cabeza hecha un caos.

No estaba acostumbrada a aquello.

No sabía muy bien qué responder.

Marina volvió a hablar, esta vez con una voz más baja.

—Mi hijo me contó lo que te pasó.

El escalofrío fue inmediato.

Aline sintió cómo se le tensaban los hombros.

—No me explicó exactamente qué ocurrió —continuó Marina—. Solo me dijo que fue algo terrible. Que te expusieron de una forma que nadie debería vivir.

Negó suavemente con la cabeza.

—No quise preguntarle más.

La miró con una calidez que desarmaba.

—Pero sí me dijo algo importante.

Aline no respondió.

—Que se arrepiente de no haber podido ayudarte entonces.

Marina sostuvo su mirada.

—Y que no te juzga.

Hizo una breve pausa.

—Sea lo que sea que haya pasado, no ha cambiado la forma en que te ve.

Aquello dolió. Porque sonaba sincero. Porque sabía que era sincero.

Marina apoyó con suavidad una mano sobre su antebrazo.

—No quiero incomodarte —dijo—. Perdóname si me excedí. Solo quería que lo supieras.

Aline permaneció en silencio unos segundos.

Luego respiró hondo.

—Se lo agradezco, señora Malek.

La voz le salió más baja de lo habitual.

—De verdad.

Buscó las palabras con cuidado.

—Pero creo que… solo el tiempo, con suerte, podrá ayudarme. Aun así, gracias.

Marina sonrió. Una sonrisa pequeña y comprensiva.

—Llámame Marina.

Luego señaló el vaso con un gesto divertido.

—Siempre que no te moleste que yo te llame Aline.

Aline no pudo evitar sonreír. La sonrisa le salió natural.

—Claro que no, Marina.

Algo dentro de ella, muy despacio, empezó a acomodarse. Una sensación extraña de tranquilidad.

Y mientras observaba a la madre de Joren sostener el vaso entre las manos, comprendió que no podía haberle caído mejor.