Factor Zero 14 #2
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14 #2

La bioimpresión de miembros funcionales de ese nivel era relativamente rápida. Unas pocas horas bastaban para obtener estructuras completas listas para el implante.

La cirugía, en cambio, era otra cosa.

La integración ósea, muscular y, sobre todo, neural requería varias horas de trabajo continuo. Era entonces, con las piernas ya preparadas, cuando se realizaba la conexión fina con el sistema nervioso y los implantes del exoesqueleto.

Aline le apretó la mano con fuerza cuando fueron a llevárselo.

—Te esperaré —dijo—. Y mañana, cuando te den el alta, te invito a almorzar.

Joren sonrió pese al cansancio.

—Me parece una idea genial. Pero yo elijo el lugar.

Por primera vez en horas, Aline sonrió de verdad.

—Claro.

Sintió un cosquilleo recorrerle el cuerpo. Le costó soltarle la mano. Pero terminó haciéndolo.

Los médicos se lo llevaron.

Aline permaneció sentada allí, inquieta.

Inquieta pese a saber que no había un riesgo real. Que el procedimiento era rutinario. Que la tecnología llevaba décadas realizando intervenciones mucho más complejas.

Aun así, la espera se le hizo eterna.

Joren regresó poco después de la medianoche.

Lo trajeron en una camilla flotante, todavía inconsciente por la anestesia. Su respiración era lenta y regular.

Mientras el personal lo acomodaba con cuidado en la habitación, ajustando soportes y monitores, un médico se acercó a Aline.

Era un hombre de rostro cansado, con las mangas del uniforme ligeramente arremangadas y una tableta bajo el brazo.

Se detuvo frente a ella y habló en voz baja, respetuosa.

—La intervención salió muy bien. No hubo complicaciones.

Hizo una breve pausa para asegurarse de que ella lo seguía.

—La integración ósea, muscular y neural fue completa. Cuando despierte, va a poder caminar con normalidad. Al principio todo se sentirá extraño, pero es parte del proceso.

Aline se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

—Recomendamos algo de reposo y un poco de fisioterapia —continuó el médico—. Más por adaptación que por necesidad real. Su cuerpo respondió mejor de lo esperado.

Aline asintió despacio, todavía procesándolo.

—Gracias, doctor.

El médico le dedicó una leve inclinación de cabeza antes de retirarse en silencio.

Cuando la puerta volvió a cerrarse y quedaron solos, Aline por fin se permitió sonreír.

Con cuidado, levantó apenas la manta y observó una de las piernas nuevas.

Pálida.

Perfecta.

Sin una sola imperfección visible.

Dudó un segundo antes de tocarla con suavidad, apenas con la yema de los dedos.

Luego retiró la mano, avergonzada de sí misma.

Volvió a acomodarse en la silla y dejó que Joren durmiera.

Y ella, agotada por el día, por la semana y por todo lo que había ocurrido, apoyó la cabeza hacia atrás.

No tardó mucho en quedarse dormida.

Aline abrió los ojos al percibir movimiento a su lado.

Joren estaba despierto.

Sentado en el borde de la cama, observaba sus piernas nuevas con atención. Movía despacio los dedos de los pies, como si estuviera sorprendido de que respondieran de verdad. Los miraba con una mezcla extraña de fascinación y cautela, como algo ajeno y propio al mismo tiempo.

Una sonrisa sincera se le escapaba sin darse cuenta.

Aline lo vio y sintió un alivio inmediato.

Se incorporó apenas. Tenía la boca seca, el cuello rígido por la mala postura y esa sensación pesada que deja dormir sentado.

Joren levantó la vista.

—Te quedaste toda la noche conmigo.

Le sonrió.

—Gracias.

Aline tragó saliva y le devolvió la sonrisa.

No llegó a responder.

La puerta se abrió con un leve siseo y una enfermera entró sosteniendo una tableta de datos contra el antebrazo. Avanzó sin prisa, evaluando primero el estado general de la habitación antes de acercarse a la cama.

—Buenos días, Joren. ¿Cómo te sientes?

Él se tomó un segundo para pensarlo.

—Bien… raro.

La enfermera sonrió con comprensión mientras activaba varios monitores flotantes. Se inclinó ligeramente y comenzó a escanear las piernas nuevas con movimientos precisos.

—¿Dolor?

—No. Solo eso… raro.

Ella asintió.

—Es normal.

Se enderezó y continuó con tono tranquilo.

—Durante el día puedes sentir hormigueo, tirantez o algo de fatiga. Nada fuera de lo esperado. Hoy mismo podrás ponerte de pie con asistencia. Y, por supuesto, caminar.

Le dio algunas indicaciones más, asegurándose de que las entendía antes de continuar.

Aline aprovechó el momento.

—Disculpen. Regreso en un minuto.

Salió de la habitación y recorrió el pasillo hasta el baño. Se lavó la cara con agua fría, se cepilló los dientes frente al espejo y respiró hondo varias veces.

Después se detuvo frente a una máquina expendedora.

Sacó una barra de proteínas y se la comió allí mismo, sin apuro.

Mientras masticaba, activó el implante.

Tenía un mensaje de Damond.

¿Cómo está el chico?

Aline respondió.

Bien. Despierto, ya con sus piernas. Las enfermeras están con él. Probablemente hoy mismo camine.

La respuesta llegó casi al instante.

Me alegro. Esta tarde le haré una visita… salvo que tengan otros planes 😉

Aline se quedó mirando el mensaje un segundo más de la cuenta.

Sintió el calor subirle al rostro. Cerró el canal sin responder. Fue a buscar café.

Dudó apenas antes de pedir dos vasos. Terminó haciéndolo igual. Los tomó y emprendió el regreso.

Antes de entrar escuchó una voz femenina al otro lado de la puerta.

—No sabes el susto que me diste, Joren. Me dijeron que no podía subir, que esperara, que volviera más tarde…

Aline se asomó con cuidado.

La madre de Joren estaba allí, abrazándolo con fuerza.

Era una mujer delgada, de piel pálida y cabello oscuro salpicado de canas. Lo sujetaba como si temiera que pudiera desaparecer en cuanto lo soltara.

—Estoy bien, mamá —decía Joren con paciencia—. De verdad. Ya pasó.

—No, no pasó nada —replicó ella, apretándolo aún más—. Me avisaron que estabas en cirugía, que habías perdido las piernas… ¿cómo querías que reaccionara?

Aline se quedó quieta junto a la puerta.

Ambos levantaron la vista y la vieron.

Ella estaba allí, de pie, con un vaso de café en cada mano.

Por un instante se sintió completamente fuera de lugar.

La mirada de la madre de Joren la recorrió de arriba abajo, evaluándola con sorpresa.

Aline bajó la vista apenas, incómoda. Le tomó un segundo recomponerse. Luego volvió a ser la teniente Voss.

Avanzó un paso.

—Buenos días, señora. Soy la teniente Aline Voss.

—¿Teniente Voss? —preguntó la mujer, sorprendida—. ¿Ella es la chica de la que me hablaste, Joren?

Joren se puso colorado hasta las orejas.

—Sí, mamá —admitió—. Es la oficial al mando de mi unidad… desde que falleció el capitán Kessler.

La mujer volvió a mirar a Aline.

Esta vez con más atención.

—Aline, ella es mi madre. Marina Malek.

Marina reaccionó enseguida. Se levantó y caminó hacia ella.

Aline dejó los vasos sobre una mesa cercana antes de extender la mano.

—Encantada.

—Encantada yo.

Marina le estrechó la mano con una sonrisa cálida.

—Mi hijo me ha hablado mucho de usted.

Aline parpadeó, sorprendida.

—Es usted una mujer impresionante.

No había juicio en aquellas palabras. Ni distancia. Ni lástima. Solo admiración.

Y eso la descolocó más de lo que esperaba.

—Gracias —respondió al final—. De verdad.

Marina asintió.

—También quería agradecerle algo.

Aline abrió ligeramente las cejas.

—Por haber salvado a mi hijo. Por no dejarlo atrás.

Aline abrió la boca para responder, pero Marina continuó.

—Anoche estuve hablando con el sargento Damond. Coincidimos abajo, en la sala de espera.

La sonrisa de Marina se amplió un poco.

—Habló muy bien de los dos. De usted y de Joren.

Aline y Joren intercambiaron una mirada fugaz.

Ambos imaginaron exactamente qué clase de cosas podía haber contado Damond.

—También conocí a su hija —continuó Marina—. Una niña encantadora. Y él… bueno, es un hombre agradable. Directo, pero agradable.

Joren sonrió apenas.

—Los médicos me dijeron que para la tarde te darán el alta —añadió Marina, volviéndose hacia él—. Después de algunos estudios más, claro.

En ese momento la puerta volvió a abrirse.

Dos enfermeras entraron empujando un carro bajo con el desayuno y varios equipos compactos de diagnóstico.

—Buenos días —saludó una de ellas—. ¿Cómo te sientes, Joren?

—Bien. Un poco cansado… pero bien.

La segunda enfermera consultó una pantalla flotante mientras asentía.

—Vamos a hacer unas pruebas de carga y respuesta neural antes del alta. Nada invasivo. Solo necesitamos comprobar cómo están reaccionando las piernas.

Se inclinó un poco hacia él.