14
Joren despertó despacio.
Primero fue la luz. Un resplandor blanco y difuso filtrado por paneles translúcidos que flotaban sobre él. Después llegaron los sonidos: el zumbido tenue de los sistemas médicos funcionando en segundo plano y un pitido suave y rítmico que marcaba algún parámetro vital.
Parpadeó.
La habitación fue tomando forma poco a poco. Paredes limpias y curvas, fabricadas con materiales sintéticos mates que absorbían la luz. Superficies sin aristas, diseñadas para eliminar sombras duras. Varios paneles holográficos flotaban a un costado de la cama mostrando lecturas biométricas.
Todo estaba demasiado ordenado.
Demasiado limpio.
Demasiado clínico.
Estaba cubierto hasta el torso. La cabeza descansaba sobre una almohada ergonómica que se ajustó ligeramente cuando intentó moverse.
Giró la vista hacia un lado.
Aline estaba sentada junto a la cama en una silla sencilla. Tenía la cabeza inclinada hacia adelante, los brazos cruzados y los ojos cerrados. Dormitaba. El cansancio se le marcaba en el rostro y la tensión seguía instalada en sus hombros.
Joren tragó saliva.
Intentó incorporarse apenas.
El colchón crujió bajo su peso.
Aline abrió los ojos al instante.
Se incorporó de golpe y se acercó a la cama, apoyando una mano en el borde mientras se inclinaba hacia él.
—Joren…
Él volvió a parpadear, lento, todavía embotado. Los recuerdos empezaron a encajar.
La estación.
El caos.
La gravedad aplastándolo todo.
El destello.
Bajó la mirada.
Las mantas cubrían sus piernas.
O lo que quedaba de ellas.
Sintió el peso de la tela sobre el cuerpo… pero nada debajo.
Sus ojos no encontraron forma bajo las mantas. Solo una línea limpia que terminaba abruptamente a la altura de los muslos.
El aire se le quedó atrapado en el pecho.
Tragó saliva otra vez, incapaz de apartar la vista.
Aline reaccionó de inmediato.
Le apoyó una mano en el hombro.
—Tranquilo —dijo enseguida—. No pasa nada.
La voz era suave.
Mucho más suave de lo habitual.
—Te tomaron muestras de ADN en cuanto llegaste. Ya están imprimiendo piernas nuevas. Esta noche tienes la cirugía de implante y mañana… mañana vas a estar caminando otra vez.
Joren lo sabía.
Conocía la tecnología.
Conocía los seguros corporativos.
Conocía los protocolos Anti-Zero.
Pero no fue suficiente.
La imagen regresó de golpe.
El sable de energía.
El corte limpio.
La sensación imposible de vacío.
Un par de lágrimas se escaparon antes de que pudiera contenerlas.
Giró la cabeza, avergonzado.
Y se encontró con los ojos de Aline.
Azules.
Atentos.
Preocupados.
—Aline…
—Estoy aquí.
Le sonrió.
Le tomó la mano con cuidado, como si temiera hacerle daño.
—Lo hiciste muy bien, Joren.
Él respiró hondo, intentando ordenar las ideas.
—¿Qué… qué pasó?
Aline dudó un instante.
Lo suficiente como para que él lo notara.
—Eso no importa ahora —respondió al final—. Lo importante es que seguimos vivos. Y que conseguimos salir de ahí.
Joren asintió, aunque su mente seguía girando.
Aquellos zeros… No eran normales.
—No pienses en eso ahora —añadió Aline al ver la expresión que se le formaba.
Joren cerró los ojos un instante y obedeció. Cuando volvió a abrirlos, ella cambió de tema.
—Tu madre estuvo aquí.
Joren parpadeó.
—¿Mi madre?
—Llegó en cuanto se enteró de lo ocurrido. Pero no la dejaron entrar. Mañana, después de la cirugía, podrá verte.
Frunció apenas el ceño.
—Está muy preocupada. No llegué a hablar con ella, pero los médicos dijeron que preguntó varias veces por ti.
Él asintió despacio.
Procesándolo.
Luego volvió a mirarla.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
Aline dudó apenas.
Seguía llevando el uniforme operativo: pantalón oscuro, camiseta ajustada y una chaqueta ligera abierta por comodidad.
Joren recorrió con la mirada lo poco que quedaba visible, buscando señales.
No encontró heridas evidentes.
Pero sabía que aquella caída no había salido gratis.
—Ya pasé por tratamiento —respondió ella—. Gel curativo. Estabilización muscular. Me duele la espalda, nada más. Estoy bien.
Joren la observó unos segundos. No pareció convencido. Pero tampoco insistió.
—¿Y Damond? ¿Nyx-17?
Pensó en Nyx.
En cómo lo había sacado de allí una y otra vez. En cómo había aparecido justo cuando iba a morir.
—Están bien —respondió Aline—. Damond está afuera fumando. Dijo que iba a esperar a que despertaras. Y Nyx-17 está en otra ala, la de zeros. Perdió un brazo, pero ya están trabajando en restaurarlo. No te preocupes.
La forma en que lo dijo dejaba clara una verdad evidente. Sin Nyx-17, Joren no estaría allí.
—Tengo que darle las gracias —murmuró—. Si no hubiera estado…
—No te culpes —lo interrumpió Aline—. Sabíamos que todavía no dominas los gravitones. Y esos zeros… no eran normales.
Hizo una pausa.
—Sí, Nyx te salvó la vida. Pero era su trabajo hacerlo.
Aline tragó saliva.
Por un instante regresó aquella incomodidad.
La misma que había sentido la primera vez que vio a la zero.
Aquel rechazo irracional.
Seco.
Inexplicable.
Esta vez no lo dejó crecer.
Lo contuvo.
—Bueno… parece que el chico despertó.
La voz de Damond llegó desde la puerta.
Ambos giraron la cabeza.
El sargento estaba apoyado contra el marco, con los brazos cruzados y una sonrisa ladeada.
Llevaba allí un rato.
Aline tardó apenas un segundo en darse cuenta de algo más. Seguía sujetando la mano de Joren. Y Damond estaba mirando exactamente ahí.
La soltó de inmediato.
Demasiado rápido.
Damond arqueó una ceja.
—Teniente… no hace falta que te incomodes por mí. Mierda, ninguno de los dos.
Entró en la habitación mientras hablaba.
—Vi cómo estabas, Aline. No dejes de tomarle la mano solo porque aparecí yo.
Aline no supo qué responder.
Joren se puso rojo al instante.
Damond se acercó a la cama y apoyó una mano firme sobre el hombro de Joren.
—Me alegra verte despierto, chico. Casi me da algo cuando vi cómo quedaste.
Bajó la vista hacia las mantas. Su sonrisa desapareció durante un segundo.
—Pero tranquilo. Tómalo como experiencia. Yo ya pasé por amputaciones peores.
Volvió a mirarlo.
—Y las tuyas…
Negó con la cabeza.
—Las tuyas fueron demasiado limpias.
Le dio una palmada leve en el hombro.
—Como si no llevaras una armadura Anti-Zero.
Frunció apenas el ceño. Algo en aquello seguía molestándolo. Pero no desarrolló la idea.
Joren tragó saliva.
—Mañana vas a estar caminando otra vez. Para algo tenemos el mejor seguro que existe.
Damond levantó la vista y miró a Aline. Ella seguía rígida junto a la cama.
Demasiado pendiente de Joren.
Demasiado poco pendiente de cualquier otra cosa.
La sonrisa regresó.
Más amplia esta vez.
—Yo ya me voy.
Señaló con el pulgar hacia la puerta.
—Pero la teniente Voss se queda contigo a cuidarte.
Miró primero a Joren.
Después a Aline.
—Ya me lo dijo.
Aline palideció.
—De verdad estaba muy preocupada por ti —continuó Damond, sin la menor piedad—. Cuando perdiste el conocimiento… estuvo llorando.
La sonrisa se le ensanchó.
—Y te cargó ella sola. Aunque las alertas decían que se estaba reventando la espalda. Se nota que le caes bien, chico.
Aline se puso completamente roja.
Por una vez, no encontró nada que responder.
—Bueno —añadió Damond mientras se estiraba—. Yo me tengo que ir. Mi hija me espera abajo desde hace rato. Está preocupada por su viejo.
Joren parpadeó, sorprendido.
—No… no sabía que tenía hijos, sargento.
La sonrisa de Damond cambió. Se volvió más tranquila.
—Sí. Tengo una. Aunque ahora lleve esta vida de galán —dijo con una ironía cansada—, una vez estuve casado. Resultado: una niña que ya tiene catorce años. Me divorcié. Cosas de la vida.
Soltó el aire despacio.
—Mi hija todavía me quiere, a pesar de toda la basura que su madre le mete en la cabeza sobre mí.
La corporación le avisó lo que pasó y vino a verme.
Mi exesposa también está con ella. Seguro fue idea de la niña.
No tengo muchas ganas de ver a mi ex… pero no voy a perder la oportunidad de abrazar a mi hija.
Los miró a ambos.
—Ustedes tampoco deberían desaprovechar la oportunidad.
La incomodidad de los dos fue tan evidente que Damond terminó soltando una carcajada.
—Me voy. Nos vemos mañana, Joren. Voy a estar aquí para ver cómo sales de la operación. Después, cuando te adaptes, echamos unas carreras para probar esas piernas nuevas.
Levantó una mano a modo de despedida, se dio media vuelta y salió de la habitación.
El silencio que dejó atrás fue denso.
Cargado.
Pero no duró demasiado.
Aline tragó saliva, acercó la silla y la colocó junto a la cama. Se sentó despacio y, tras dudar apenas un segundo, volvió a tomar la mano de Joren.
Esta vez con más suavidad.
Joren le devolvió el gesto.
Sus dedos terminaron entrelazándose.
No supo qué decir.
Y no dijo nada.
Aline tampoco.
Dejaron que aquel contacto hablara por ellos. Que dijera todo lo que ninguno estaba preparado para poner en palabras todavía.
Cuando el día empezó a estirarse y el silencio dejó de pesar, hablaron.
Hablaron del enfrentamiento.
De los zeros.
De las lecturas extrañas. De la chica de cabellera corta y platinada, capaz de manipular la gravedad con una facilidad inquietante, esquivando disparos y agujas como si simplemente no existieran. De los otros dos que habían aparecido después: la zero de tierra y el zero de KI.
Aline le contó que el Revenant había sufrido daños graves. Que cuando llegaron los refuerzos, los zeros ya habían desaparecido.
Los cinco.
—Di la orden de retirada —dijo—. La central quería que aguantáramos.
Hizo una breve pausa.
—Me sancionaron por eso. Pero no me importó.
Joren no supo qué responder.
—Con la falta de personal que hay, no nos van a suspender —continuó ella—. Y, sinceramente… no iba a arriesgarte más.
También admitió que le había preocupado que el zero de KI decidiera perseguirlos. Por suerte, nunca ocurrió. Con la lluvia de fuego del Revenant, lo más probable era que también hubiera salido herido, igual que los otros.
La tarde se les fue sin que ninguno se diera cuenta.
Ya entrada la noche, vinieron a buscar a Joren.
La impresión de las piernas había terminado horas antes.