Factor Zero 12
40%

12

Joren revisaba el análisis del entrenamiento directamente en su implante mientras masticaba con desgano una ración estándar.

La ración era insípida, como siempre. Pasta proteica compactada, algo de fibra sintética y poco más. Joren masticaba sin prestarle demasiada atención, concentrado en los datos que flotaban frente a su ojo derecho.

Saltos fallidos. Retrasos de reacción. Uso ineficiente del vector gravitónico durante descensos prolongados.

Suspiró.

Le estaba costando adaptarse. Mucho.

El manejo de los gravitones había sido uno de sus puntos más flojos desde el inicio de su formación. Por eso había terminado especializándose en apoyo táctico y transporte: control de Revenants, rutas, inserciones. Ahí se movía con soltura. Ahí rendía bien.

Pero el combate directo con exoesqueleto siempre le exigía el doble.

Aline había sido dura aquella tarde. Demasiado.

Joren frunció apenas el ceño, aunque no le guardaba rencor. En el fondo sabía que tenía razón. Los zeros no iban a darle tiempo ni margen de error. En el campo de batalla no existía la paciencia.

Al menos ahora tenían a Nyx-17.

Pensar en eso le levantó un poco el ánimo.

Era la primera vez que entrenaba junto a un zero de Portal. La posibilidad de reposicionarse al instante, saltar entre vórtices abiertos o aparecer directamente sobre un objetivo cambiaba por completo todo lo que conocía hasta entonces.

Cuando lograran sincronizarse de verdad, cuando su percepción se acostumbrara al cambio abrupto de orientación y a la distorsión espacial, podrían convertirse en una unidad extremadamente eficaz.

Lo sabía.

Su IA le marcó nuevas recomendaciones para el día siguiente. Ajustes. Ritmo. Repetición de fundamentos.

El cansancio le pesaba en cada músculo. Aunque hubiera sido un entorno virtual, los conectores sinápticos hacían demasiado bien su trabajo. El dolor era real. El agotamiento también.

Parte del entrenamiento. Parte del precio.

La puerta del comedor se abrió.

Joren levantó la vista de inmediato.

Aline entró sin decir nada.

Durante un segundo se quedó observándola, intentando leerle la expresión. La frialdad de la tarde ya no estaba allí. Tampoco aquella rigidez impenetrable ni la mirada distante.

En su lugar había algo diferente.

Tensión, quizá. Cansancio. ¿Duda?

No estaba seguro.

Aline caminó directamente hacia la impresora de alimentos, pidió la misma ración que él y, cuando la bandeja estuvo lista, se sentó frente a Joren.

Dejó pasar unos segundos en silencio.

—Lo siento.

Joren parpadeó.

—¿Perdón?

—Por el entrenamiento de esta tarde —continuó Aline, directa—. Me pasé.

Él negó levemente con la cabeza.

—No entiendo a qué vienen las disculpas. Fue… un buen entrenamiento.

—No lo fue, Joren —lo interrumpió ella, firme, pero sin dureza—. Te forcé como si estuvieras en una prueba de estrés de la escuela militar. Me olvidé de que esto no va de romperte, sino de enseñarte a dominar los gravitones.

Bajó la mirada durante un instante.

—En el campo de batalla no hay concesiones, lo sé. Pero antes hay que aprender a sostenerse. Y hoy no te di eso.

Suspiró.

—Tengo la cabeza hecha un desastre —admitió—. La llegada de Nyx-17 me afectó más de lo que debería.

Joren la observó con atención.

—Mañana voy a ajustar el entrenamiento —añadió—. Volveremos a las bases. Dejaremos a Nyx-17 de lado hasta que domines mejor los saltos. Después la reintegramos, paso a paso.

Él asintió despacio.

—Me parece bien —dijo—. Creo que será lo mejor… Aline.

Que dijera su nombre le transmitió una extraña sensación de tranquilidad.

Aline levantó la vista y sostuvo su mirada apenas un segundo más de lo habitual.

Joren carraspeó y, casi por reflejo, cambió de tema.

—Por cierto —dijo, activando el canal interno—. ¿Pudiste revisar los parámetros de Aegis-Lock? ¿Te quedó alguna duda?

El cambio la tomó por sorpresa, pero también le alivió.

Era más fácil hablar de eso.

—Sí —respondió—. Lo revisé… aunque no entendí todo. Solo una parte.

Joren se inclinó ligeramente hacia delante.

—Es normal. Tiene muchas capas —dijo con una media sonrisa—. Pero no te preocupes. Estoy aquí. Pregúntame lo que quieras.

Aline no supo por qué, pero sonrió también.

Un gesto pequeño. Automático.

—Entonces sí —respondió—. Tengo varias cosas que preguntarte.

Joren empezó a explicarle, cada vez con más soltura, cómo funcionaban algunos de los módulos más complejos: los filtros, los disparadores de alerta y la lógica de redundancia que había diseñado.

No presumía.

Pero era evidente que estaba orgulloso de su trabajo.

Aline lo escuchaba con atención, apoyada sobre la mesa, interrumpiéndolo solo para aclarar detalles o plantear dudas concretas.

Poco a poco, el peso que llevaba encima empezó a aflojar.

La conversación se volvió técnica. Fluida. Cómoda.

Y aunque ninguno de los dos lo expresó en voz alta, ambos tuvieron la sensación de que algo se estaba recomponiendo allí, entre datos, raciones insípidas y palabras.

Aline abrió la puerta del camarote de Kessler.

Era la primera vez que lo hacía desde que habían llegado a la base.

A su lado, Nyx-17 permanecía inmóvil, erguida, con la postura rígida que imponía el programa de control cuando no se le asignaba una acción concreta.

El camarote estaba limpio.

Demasiado limpio.

Las pertenencias de Kessler habían sido retiradas por completo. La cama estaba tendida con precisión y las mantas alineadas al milímetro. El pequeño escritorio metálico permanecía despejado.

Era un espacio funcional. Neutro.

Como si nunca hubiera pertenecido a nadie.

Aline dio un paso al interior.

Nunca había entrado allí. No sabía cómo dormía Kessler, qué guardaba o qué manías tenía. Ver el lugar vacío le produjo una sensación extraña, a medio camino entre el alivio y el desasosiego.

—Aquí es donde dormirás —dijo, mirando a Nyx-17.

—Entendido —respondió la zero con la voz modulada por la IA de control.

Nyx-17 avanzó hacia el interior del camarote.

—No tienes vestimenta adicional —continuó Aline—, pero ya solicité equipo para ti. Debería llegar mañana.

Hizo una breve pausa.

—¿Necesitas algo?

En cuanto formuló la pregunta supo que era innecesaria.

Nyx-17 no tenía necesidades propias. No de ese tipo.

—No necesito nada, teniente Voss —respondió la zero, deteniéndose junto a la cama.

Comenzó a desabrocharse el uniforme técnico. Aline apartó la vista un instante, aunque no se marchó. Permaneció allí, observando de reojo.

—Solicito autorización para descanso.

Aline exhaló despacio.

—Autorizado.

La zero terminó de quitarse el uniforme con movimientos precisos. Sin la prenda, su cuerpo resultó más delgado de lo que Aline había imaginado. Había cicatrices dispersas sobre la piel gris clara. Marcas viejas. Nada reciente.

Nyx-17 dobló el uniforme con cuidado, lo dejó a un lado y caminó hasta la cama. Se acostó, se cubrió con las mantas y cerró los ojos.

Todo el proceso fue eficiente. Desprovisto de intimidad.

—Que descanses, Nyx-17 —dijo Aline, sin saber muy bien por qué.

—Gracias, teniente Voss.

Aline salió del camarote, cerró la puerta y aseguró el cierre.

La base estaba sumida en penumbras. Luces atenuadas, pasillos silenciosos y el murmullo constante de los sistemas automáticos. Un lugar capaz de permanecer horas en calma… o de estallar sin previo aviso.

Entró en su camarote y se sentó frente al escritorio.

Activó el terminal y comenzó a redactar el informe del día.

Incluyó observaciones sobre la integración de Nyx-17, solicitudes a Recursos Humanos y algunos ajustes en los protocolos internos.

Después programó el sistema de seguridad con su clave de autorización para que monitoreara a la zero de forma continua.

Alertas solo para ella. Registro permanente por cámaras. Notificación inmediata ante cualquier variación de parámetros.

Quería creer que Hale y su unidad se comportarían. Pero las palabras de Damond seguían resonando en su cabeza.

Fue tarde, muy tarde, cuando finalmente se recostó en la cama. Los pensamientos volvieron a insistir. El cansancio terminó imponiéndose, aunque incluso entonces el sueño tardó en llegar.

Y cuando llegó, no fue reparador.

Aline se despertó a la mañana siguiente, como casi siempre, antes de que sonara la alarma.

Eran las 05:12.

Una costumbre imposible de erradicar después de años de rutina militar.

Se incorporó despacio, bostezó y se estiró, dejando que el cuerpo terminara de reaccionar. Las duchas seguirían ocupadas; el turno masculino iba primero. Aprovechó esos minutos para revisar las respuestas a los informes que había enviado la noche anterior.

Como de costumbre, Akemi Sato ya había contestado.

Autorizaciones aprobadas. Materiales en tránsito. Ninguna observación adicional.

Aline dejó el terminal, se vistió y salió rumbo al comedor.

Allí encontró a Nyx-17 ya uniformada, sentada a una de las mesas e ingiriendo una ración estándar con movimientos mecánicos.

—Buenos días, teniente Voss —saludó la zero sin levantar la vista.

—Buenos días, Nyx-17.

Aline fue directamente a la cafetera, se sirvió una taza y dio un sorbo largo. El calor le recorrió el cuerpo. Bostezó otra vez, sin intentar disimularlo.

—¿Tiene alguna directiva preparada para mí hoy, teniente? —preguntó la zero.

Aline la observó unos segundos, todavía algo adormilada.

—De momento, no. Pero vas a tener rutina, como todos. Hay que mantener la base en marcha: revisión de equipos, sistemas, la unidad Revenant… todo eso se hace por la mañana.

Hizo una breve pausa.

—¿Puedes encargarte?

—Sí, teniente Voss. Mi programa autónomo dispone de los protocolos necesarios. Comenzaré en cuanto termine de alimentarme.

Aline tragó saliva.

Le vino a la cabeza, sin querer, la frase de Joren.

Pasajeros prisioneros en cuerpos que no controlan.

La apartó antes de que empezara a hacer ruido.

—Malek te pasará las directivas detalladas —añadió—. Por la tarde entrenamos. Simuladores y gimnasio. Esta vez te quedas como apoyo. Joren necesita afianzar gravitones antes de integrarte del todo.

—Entendido, teniente Voss.

—Termina de comer. Cuando se habiliten las duchas para nuestro turno, vamos.

—De acuerdo.

Aline soltó el aire despacio.