Factor Zero 11 #2
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11 #2

—Porque lo que le hicieron a la teniente no se lo deseo a nadie. Puede que muchos lo olviden en unas semanas. Pero quien la reconozca no va a pensar nada bueno. Y esos videos… siempre vuelven. Siempre reaparecen.

El sistema indicó el fin del turno de duchas.

Damond salió del recinto.

Joren se quedó solo, terminando de vestirse, con la mente revuelta y sin saber muy bien qué pensar de todo lo que acababa de escuchar.

El entorno virtual era estable y silencioso. Llevaba poco más de media hora conectada. Era un espacio neutro, diseñado para simular una consulta privada: luz suave, paredes sin rasgos definidos y un diván holográfico que sostenía el cuerpo de Aline como si realmente estuviera allí.

Estaba recostada, ya uniformada.

El psicólogo la observaba desde su asiento. A un lado flotaba una tableta donde revisaba datos que no compartía.

—Después del hackeo —preguntó con tono medido—, ¿cómo se siente ahora?

Aline tardó unos segundos en responder.

—Mejor —contestó al fin—. No bien… pero mejor.

Hizo una pausa breve.

—Fue una experiencia que no le deseo a nadie. Saber que alguien estuvo dentro de tu cabeza, mirando, registrando cosas… —negó levemente—. Es difícil de explicar.

El hombre asintió despacio.

—Usted fue monitorizada durante al menos dos días.

—Sí —respondió ella sin rodeos—. Y eso… no se lo deseo a nadie. No saber cuándo empezó. No saber qué vieron exactamente.

Guardó silencio un instante.

—Afortunadamente me ayudó el especialista Joren Malek. Si no hubiera sido por él… —sacudió la cabeza—. No quiero pensar qué habría pasado.

—Entiendo —dijo el psicólogo—. ¿Y cómo se siente respecto a los videos que fueron distribuidos?

Aline se quedó inmóvil. La mandíbula se le tensó.

—Terrible —dijo—. Frustrada. Furiosa.

Inspiró hondo.

—No tanto miedo… pero sí incomodidad cuando salgo a la calle. Siento que cualquiera que me mira lo hace porque me reconoce. Como si todos supieran, aunque no digan nada.

Desvió la mirada.

—Me dan ganas de quedarme encerrada. De no ver a nadie.

—Ese impulso es comprensible —respondió él—, pero el aislamiento prolongado suele reforzar la vergüenza y la sensación de desprotección. Mantener vínculos de apoyo es importante, aunque resulte difícil.

Aline asintió lentamente.

—Mi unidad ha sido un apoyo —dijo—. Joren Malek… e Irek Damond.

Dudó un segundo.

—Esta semana nos unió más. Antes de esto… antes de que todo me cambiara, yo era demasiado fría. No quería lazos fuera del trabajo.

Respiró hondo.

—Ahora me doy cuenta de que estaba equivocada. Los necesitaba más de lo que creía.

El psicólogo inclinó apenas la cabeza.

—Es una reacción habitual tras una experiencia traumática intensa —explicó—. La necesidad de cercanía. De validación. En ese contexto, decisiones que antes no habría tomado pueden aparecer como respuestas inmediatas al malestar.

Aline pensó, inevitablemente, en el clon.

En su mirada. En sus palabras. En lo poco que había durado.

Sintió lástima.

Pero no dijo nada.

—No se castigue por eso —continuó el psicólogo—. Reconocer la vulnerabilidad forma parte del proceso. La clave estará en no tomar decisiones impulsivas que luego le generen más culpa. Vaya despacio.

Una notificación discreta apareció en un extremo del entorno virtual, indicando que el tiempo de la sesión estaba llegando a su fin.

—Sé que está ocupada —añadió el hombre—. Recursos Humanos me advirtió que hoy tendríamos poco margen. Retomaremos el viernes, ¿de acuerdo?

Aline asintió.

—De acuerdo.

—Hasta entonces, teniente.

La imagen del psicólogo se desvaneció. El entorno virtual comenzó a disolverse a su alrededor, devolviéndola poco a poco a la sala de simulación.

Aline se incorporó despacio, respiró hondo y cerró la sesión.

Permaneció sentada unos instantes, en silencio, comprobando la hora en su campo visual.

Aún faltaba un poco para las ocho.

Suspiró.

Y, como siempre, su mente volvió a recorrer cada maldito día de aquella semana.

Las palabras del psicólogo. El impulso. El desenfreno descargado en el clon. La frustración. Kessler. El hackeo. Joren.

Y todo lo que la esperaba cuando terminara el servicio. Cuando volviera a casa. Cuando tuviera que enfrentarse otra vez a sí misma.

A quién iba a ser entonces.

A ese deseo constante. A esa necesidad de contacto que comenzaba a volverse insoportable.

Sintió vergüenza.

Una vergüenza densa, difícil de nombrar.

No solo por los videos, sino por lo que habían despertado después. Por no haberse atrevido a decirle al psicólogo lo que realmente la estaba carcomiendo. Por no poder decírselo a nadie.

No tenía una sola amiga con quien sincerarse. Ni una.

Y tampoco tenía idea de qué iba a hacer para controlar aquel impulso.

El protocolo era claro: debía buscar ayuda. Hablarlo. Exponerlo.

Pero después de todo lo ocurrido, después de haberse sentido tan vulnerable, tan expuesta, no se veía capaz.

Quizá… si el psicólogo fuera una mujer.

¿Cambiaría algo? ¿Qué pensaría este hombre de mí si lo supiera?

Seguramente lo mismo que parecía pensar medio mundo ahora.

Una mujer grande. Musculosa. Desagradable.

Una mujer que había recurrido a comprar un amante clon para saciar su necesidad de afecto, de contacto… o de lo que fuera que le estaba ocurriendo.

Se maldijo en silencio y sacudió la cabeza, intentando expulsar aquellos pensamientos antes de que siguieran creciendo.

—Detecto un incremento sostenido en los niveles de frustración y ansiedad —informó la IA—. ¿Deseas ajustar parámetros emocionales o activar control de impulsos?

Aline apretó los dientes.

—No —respondió en voz baja—. Cancelar.

—Confirmado. Parámetros sin cambios.

Se puso de pie de inmediato, como si quedarse un segundo más allí fuera peligroso.

Tomó aire.

Se recompuso lo justo.

Y salió de la sala sin mirar atrás.

Las alarmas internas de Centinela 9 resonaron con un pulso grave y sostenido. No era una alerta de combate, sino una notificación operativa clara e inequívoca: llegada de nave autorizada. Ventana de aterrizaje abierta.

Faltaban apenas unos minutos para las 08:00.

Aline se reunió con Joren y Damond en el pasillo principal. Los tres avanzaron juntos hacia el hangar en silencio, con esa concentración tensa que aparece cuando todos saben exactamente qué va a pasar y, aun así, no pueden evitar cierta incomodidad.

El hangar ya estaba completamente operativo cuando llegaron. Luces blancas encendidas, plataformas activas, sistemas de presurización listos.

Las compuertas frontales comenzaron a abrirse con un rugido bajo y prolongado, dejando entrar la luz filtrada de Ciudad Metro y el zumbido característico de un transporte táctico en aproximación.

El Valkyria V-92 Specter emergió entre las corrientes de aire como una sombra sólida.

Su silueta angulosa se deslizó sostenida por motores antigravitacionales apenas audibles.

Era un vehículo diseñado para entornos hostiles, para entrar y salir sin llamar la atención…

aunque allí, en el hangar, todos sabían perfectamente qué traía.

El Specter descendió con suavidad y se posó sobre la plataforma asignada. Los sistemas magnéticos fijaron el casco y las compuertas laterales se abrieron con un siseo seco.

Desde el interior, una silueta se incorporó.

Avanzó con paso firme hasta quedar frente a ellos, bajo la luz directa del hangar.

Era una mujer.

Aline la evaluó de inmediato, por puro reflejo profesional.

Medía alrededor de metro setenta. Tenía una complexión atlética y definida, la piel gris muy clara, casi ceniza, y la cabeza completamente rapada, conforme al protocolo militar zero.

Dos cuernos negros emergían de la frente y se curvaban hacia atrás en una punta limpia.

Sus ojos amarillos brillaban sobre un fondo negro profundo.

Labios oscuros. Garras pequeñas visibles en los dedos.

Y, desde la cadera, una cola negra, larga y fina, que se movía apenas.

Una darken.

Vestía el uniforme militar zero, ajustado y diseñado para contener cualquier fuga de radiación en caso de activación del estado zero.

Aline detectó enseguida las marcas reglamentarias: el chip de control neural en la frente y el implante del cuello encargado de regular el flujo del factor zero.

—Entrega realizada —informó el piloto por el comunicador interno, levantando un pulgar—. El reporte completo llegará en breve.

El Specter cerró compuertas y volvió a elevarse sin más ceremonia. En cuestión de segundos abandonó el hangar, dejando atrás únicamente el eco de los motores disipándose.

Ya había sido entregada.

El informe había llegado media hora antes.

Los tres permanecieron en silencio unos instantes, observando a la zero.

Una mujer, pensó Aline.

Atlética. Bonita, incluso.

No musculosa como ella. Más esbelta. Más… femenina.

La comparación le dejó una sensación incómoda que no supo ubicar.

Joren dio un paso al frente y activó sus interfaces. Durante un instante, Aline sintió una punzada seca en el pecho, completamente irracional, hasta que él habló con su tono técnico habitual.

—Análisis de chips iniciado. Revisión biométrica y calibración con los sistemas de la base. Todo en orden.

La zero permaneció inmóvil.

—Cargando parámetros operativos, autorizaciones de mando e integración a la unidad —continuó Joren—. Quedará sincronizada con nosotros.

Aline no respondió. Seguía observando.

—Esto es una mierda —murmuró Damond a su lado—. No esperaba que fuera una mujer… ni que estuviera buena. Y encima una jodida darken.

Aline lo miró de reojo.

—¿Y eso qué tiene que ver?

El tono salió más frío de lo que pretendía.

Damond la observó un instante.

—Eres nueva en la fuerza, Voss. Supongo que en la escuela de oficiales no explican estas cosas. En las unidades… todo es bastante más sucio.

Hizo un gesto vago con la mano.

—Nadie quiere a los zeros. A nadie le gusta trabajar con lo mismo que después salimos a cazar. Y muchas veces la frustración termina descargándose sobre ellos.

Se señaló la frente.

—Con esos chips no pueden defenderse.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.