Factor Zero 11
36%

11

El día había sido largo. Intenso.

La llegada a la base. El cruce con Hale. La forma en que tuvo que plantarse delante de toda la unidad para marcar un límite básico.

Cerró los ojos un instante al recordar la expresión del capitán cuando le devolvió la burla sin levantar la voz.

No se arrepentía.

Pero tampoco se sentía orgullosa.

Lo que realmente le pesaba era Rika Morozov.

Había hecho carrera junto a ella. Entrenamientos, misiones, noches interminables en bases remotas. Sabía lo poco que hablaba de su vida privada y lo mucho que la protegía. Y aun así había utilizado ese conocimiento como un golpe preciso.

Necesario, quizá. Pero sucio.

Suspiró.

No le había gustado verla burlarse junto a los demás.

Giró apenas la cabeza sobre la almohada.

El zero llegaría a la mañana siguiente. Ocho en punto, según el informe de Akemi Sato que había recibido poco después de enviar el suyo. Tendría que ponerlo todo en marcha: asignación provisional, protocolos de recepción, análisis biométricos, calibración de chips.

No le gustaba la idea de tener un zero en la base.

Pero no era algo que pudiera decidir.

Su trabajo consistía en hacerlo funcionar. Nada más.

Sin quererlo, sus pensamientos derivaron hacia el entrenamiento. Hacia Joren.

Era la primera vez que lo veía utilizar los gravitones en una simulación completa. Siempre lo había conocido como soporte técnico, anclado al Revenant o a sistemas de retaguardia. Había esperado que le costara mucho más.

No había sido brillante. Pero tampoco torpe.

Había cometido errores, sí, aunque con criterio.

Aprendía rápido. Con tiempo mejoraría.

Se sorprendió organizando mentalmente ejercicios para el día siguiente. Ajustes. Correcciones. Rutinas específicas para reforzar los puntos más débiles.

Se encargaría de ello.

Estaba repasando posibles escenarios cuando una notificación silenciosa apareció en su campo visual.

Un mensaje.

Remitente: Joren Malek.

Asunto: Manual.

Parpadeó, sorprendida, y lo abrió.

Perdón la hora. Lamento no haberte podido explicar bien las funciones aquel día, ni después. Cualquier cosa, me preguntas.

Adjunto: un archivo.

Un manual.

Aline incorporó apenas la cabeza sobre la almohada y activó la vista ampliada.

El documento no era especialmente largo, pero sí denso. Texto técnico, esquemas simples y referencias cruzadas. Todo claro. Directo. Sin adornos innecesarios.

El programa tenía nombre.

Aegis-Lock.

Lo recorrió con atención.

Aegis-Lock funcionaba como una capa intermedia entre la seguridad estándar de Megatech y el núcleo operativo de su computador neural.

No reemplazaba sistemas. Los conectaba. Añadía redundancia activa, doble verificación y alertas silenciosas que no escalaban automáticamente a la red corporativa.

También incorporaba regulación secundaria de estados críticos sin activar protocolos externos.

Una defensa discreta. Limpia. Demasiado eficaz.

Accedió utilizando la clave genérica que Joren había incluido al final del documento. El sistema le pidió generar una propia y lo hizo sin dudar.

La interfaz se desplegó ante ella.

Parámetros. Muchísimos parámetros.

Filtros de comunicación, niveles de acceso, gestión de alertas, umbrales emocionales, canales aislados, rutas de datos y prioridades operativas.

No era algo que pudiera revisar en una sola noche.

Además, gran parte ya estaba configurado. Calibrado. Por Joren.

Aline cerró los ojos durante un momento.

Era brillante.

No encontraba otra forma de definirlo.

Ese programa no solo coexistía con la seguridad corporativa. La rodeaba, la reforzaba y conseguía pasar desapercibido incluso después de la última actualización de Megatech.

¿Cómo construyó algo así?

Si la corporación lo descubría, lo mínimo sería expulsarlo. Y eso siendo optimistas.

Podían encerrarlo. Obligarle a trabajar para ellos. O algo peor.

Y aun así se lo había entregado.

A ella.

Tragó saliva.

¿Cómo decidió exponerse así, sabiendo lo estricta que soy con la disciplina, las normas y la ley corporativa?

¿Y cómo le permití hacerlo?

Se llevó las manos al rostro y apoyó las palmas contra las mejillas calientes.

El recuerdo regresó sin pedir permiso.

El cable. La conexión directa. Los pensamientos rozándose. Lo que había sentido. Lo que había provocado en él.

Abrió los ojos de golpe y negó apenas con la cabeza, como si pudiera expulsar aquellas imágenes de su mente.

No podía. Ya no.

Terminó cerrando el manual y apagando la interfaz. Luego se giró de lado, dándole la espalda al centro del camarote, y forzó la respiración hasta encontrar un ritmo lento y regular.

Le costó dormir. Mucho.

Pero el cansancio terminó imponiéndose.

El día siguiente llegaría rápido.

Y con él… el zero.

El sistema marcó las 05:45, el inicio del turno masculino para el uso de las duchas comunes.

El espacio era amplio, de paredes lisas y drenajes continuos en el suelo, sin divisiones.

Estaba diseñado para la eficiencia, no para la comodidad.

El agua caía en columnas constantes desde las boquillas superiores y el sonido amortiguado del flujo volvía cualquier conversación más pesada de lo normal.

Damond estaba de espaldas, enjabonándose el hombro izquierdo con movimientos lentos. Joren, unos metros más allá, mantenía la mirada fija en la pared frente a él. El jabón le corría por el pecho sin que pareciera notarlo.

El vapor se espesaba.

Joren abrió la boca una vez.

La cerró.

Damond lo notó sin necesidad de mirarlo.

—Suéltalo, chico. ¿Qué te está dando vueltas?

Joren tragó saliva. El agua caliente le caía por la nuca, pero aun así sentía un frío incómodo recorriéndole la espalda.

—No me gustó… —empezó, dudando—. No me gustó lo que dijo ayer sobre la teniente Voss, sargento.

Damond arqueó apenas una ceja y giró un poco la cabeza.

—¿De verdad tienes esa cara larga solo por eso? Fue una broma, Joren. ¿Qué querías que hiciera? Me la dejó servida… y no me contuve.

Se giró un poco más y apoyó una mano en la pared húmeda.

—Además… se nota a kilómetros que te gusta. Y todavía más que algo cambió entre ustedes esta semana.

Joren se puso rojo al instante. Bajó la mirada y apretó los labios sin responder.

Damond cerró el agua con un gesto y activó el sistema de secado holográfico. Una lámina de luz recorrió su cuerpo, evaporando la humedad.

—¿Te crees que soy ciego? —continuó—. Hace meses que noto cómo la miras. Todos lo notamos… menos ella.

Sonrió apenas, aunque la expresión se apagó enseguida.

—Hasta teníamos una apuesta con el capitán Kessler —añadió—. Sobre si algún día te ibas a atrever a hablarle… y sobre cómo te iba a rechazar.

La sonrisa se le borró al mencionar el nombre.

Joren cerró su ducha y activó también el secado. Permaneció en silencio.

—Aline Voss —siguió Damond, ya seco, mientras caminaba hacia su casillero—. La recta. La que vive para el trabajo. Fría, tajante… y cuando se enfada, peligrosa.

Soltó una risa breve.

—Una máquina de combate. Puro músculo.

Se detuvo un segundo, señalando con la cabeza hacia una zona del recinto.

—Una vez entré aquí sin avisar. Me había quedado dormido, tenía prisa y no miré la hora. La encontré justo ahí donde estás tú ahora. Recién salida de la ducha. Desnuda.

Joren levantó la mirada de golpe.

—Me miró como si fuera a arrancarme la cabeza. Pero no dijo nada. Y yo… no pude apartar los ojos.

El calor le subió a Joren al rostro.

—Ella se cree tosca. Desagradable —añadió el sargento mientras empezaba a vestirse—. Se nota cuando evita los espejos. Pero no tienes idea del cuerpo que tiene. Grande, sí. Musculoso también.

Lo miró de reojo.

—Pero ojalá una de mis precarias tuviera algo parecido. No será una modelo, pero no tiene nada que envidiarle a nadie. La ropa que usa no la favorece, pero aquel día casi me caigo de espaldas.

Hizo una pausa breve.

—Bueno… si viste los videos, sabes de qué hablo.

—No los vi —respondió Joren demasiado rápido mientras agarraba su ropa.

Damond alzó una ceja.

—¿En serio? ¿Ni uno?

—No —dijo Joren, tenso—. Es material privado. Robado. Ella no consintió nada de eso.

El sargento bajó la mirada.

—Mierda…

Permaneció callado unos segundos antes de continuar.

—Te voy a ser honesto. Antes de que los borraran… vi un par.

Inspiró hondo.

—Y no debería haberlo hecho.

El silencio volvió a instalarse entre ambos, denso como el vapor que todavía flotaba en el aire.

—Ese día, cuando la vi aquí, me fui. Me largué en cuanto me di cuenta de que me había quedado mirándola como un imbécil.

Joren levantó la vista apenas.

—Pudo haberme denunciado. Un informe y se me caía la carrera. Muy caro. Pero hizo como si nada.

Soltó una risa sin humor.

—Idiota que fui, pensé que quizá quería algo conmigo. Le insinué algunas cosas. A ver si tenía suerte.

Negó con la cabeza.

—Me miró peor que esa mañana. Una de esas miradas que te dejan claro que, si vuelves a abrir la boca, al día siguiente te mandan al peor agujero de Metro.

Hizo una pausa.

—Kessler me puso como segundo al mando. No sé por qué. Por encima de un teniente. Algo raro había ahí. Pero ella no decía nada. Aguantaba. Cumplía órdenes.

Joren apretó la mandíbula.

—Con el tiempo cambió. El trato mejoró. Mis comentarios pasaron a ser camaradería. Ella sabía que no iba a sacar nada y yo preguntaba sabiendo que la respuesta siempre iba a ser no.

Inspiró hondo.

—Pero después de esto… de los videos… mierda. Me acuerdo de todo y ya no me animo a decir una palabra.

Se giró hacia Joren con una expresión mucho más seria.

—Y, aun así, he visto cómo te mira. Incluso esta mañana, cuando pasaron a buscarme. Es evidente.

Joren no respondió.

—No sé qué hiciste. Menos todavía después de todo lo de Numen y el hackeo. Pero tienes su atención.

Se pasó una mano por el rostro, cansado.

—Sé que vienes tocado por esa relación de mierda que tuviste. Así que te voy a dar un consejo.

Terminó de vestirse, cerró el casillero y se encaminó hacia la salida.

—Si de verdad te importa… si quieres algo con ella, hazlo. Pero despacio. No te aproveches. Ayúdala a recomponerse.

Se detuvo junto a la puerta antes de salir.