10 #3
—Anoche revisé informes de Recursos Humanos —dijo Aline—. Hay escasez de personal y todo está siendo reorganizado. Antes del derrumbe, el zero de oscuridad eliminó varios equipos completos. Si hace falta, tendremos que cubrir otros distritos.
Damond chasqueó la lengua.
—Estamos en la mierda. Con razón nos mandan un puto zero de portal. Van a querer movernos rápido.
Sacudió la cabeza.
—Una mierda… Si esos jodidos de Gaia siguen metiendo ficha, vamos a estar hasta las pelotas de trabajo.
—¿Es oficial que haya sido Gaia en Numen? —preguntó Joren.
—¿Quién más podría haber sido? —replicó Damond.
—Eso ahora no importa —cortó Aline—. Vamos a estar listos. Punto.
Apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Por ahora, el zero se quedará en la habitación de Kessler. Pediré directivas. Tal vez envíen una cápsula para alojarlo. Ya veremos mañana. Mientras tanto, programaremos sus implantes para que pueda moverse por la base y encargarse de tareas menores. Si puede quitarnos trabajo de encima, mejor.
Damond hizo una mueca.
—No sé si me gusta tener a un zero caminando por aquí tan tranquilo.
—No va a pasar nada —intervino Joren—. Es de los nuestros. Está regulado.
—Sí, claro —bufó Damond—. Hasta que algún puto hacker se meta en sus chips y nos joda a todos. Si nos agarra sin armaduras, estamos muertos antes de reaccionar.
—Eso no va a pasar, Damond —respondió Aline con firmeza—. Deja de imaginar escenarios. Nunca ha ocurrido algo así.
Damond apretó la mandíbula, pero no insistió. Terminó de fumar y apagó el cigarro.
—Bueno. Te espero en los simuladores, Joren. Vamos a ver qué tal te desenvuelves.
Se levantó y se marchó.
Aline y Joren terminaron de comer en silencio.
—¿Estás nervioso por la asignación operativa? —preguntó ella al cabo de unos segundos.
Joren la miró.
—Un poco. Pero me siento más seguro sabiendo que tú y Damond están conmigo. Sé lo buenos que son.
Aline esbozó una leve sonrisa.
—Pronto estarás a nuestro nivel. Cuando empieces a entrenar en serio con los simuladores, lo notarás.
Carraspeó ligeramente.
—Por cierto… creo que tu programa está permitiendo accesos en mi sistema que no termino de entender.
Joren tardó un segundo en comprender.
Luego recordó.
La instalación. La conexión. Todo lo que vino después.
Bajó la mirada.
—Es verdad… no llegué a explicártelo. Hace bastantes cosas.
Se puso rojo al notar la expresión de Aline.
No era reproche. Era curiosidad.
—Voy a prepararte un manual rápido de uso —añadió—. Te lo paso por correo más tarde, teniente.
—Joren —lo corrigió ella—. Aunque estemos de servicio, puedes llamarme Aline.
Joren levantó la vista y asintió.
—De acuerdo… Aline.
Se puso de pie, algo nervioso.
—¿Vamos a los simuladores?
—Claro.
Desecharon las bandejas y se pusieron en marcha.
Era momento de entrenar.
La sala de simulación se selló detrás de ellos con un siseo seco.
Las luces descendieron hasta un gris uniforme, neutro. El espacio físico desapareció en cuanto se acomodaron en los arneses de inmersión, de pie, con los conectores alineados en la nuca y la columna.
—Sincronización en tres… dos… uno —dijo Joren.
El mundo se apagó y volvió a encenderse de golpe.
La base fue reemplazada por un entorno abierto: plataformas suspendidas, muros de hormigón quebrado y pasarelas rotas flotando en el vacío. No había cielo ni suelo definidos, solo profundidad y distancia.
Las armaduras se materializaron a su alrededor, completas y activas.
—Bienvenido al infierno de los gravitones —dijo Damond, elevándose un metro con un impulso corto—. Si no aprendes a moverte aquí, afuera te destrozan.
Joren tragó saliva.
El peso del exoesqueleto le resultaba familiar. El entorno, no.
Todo exigía precisión.
—Regla uno —continuó Damond—. No saltes como si esto fuera un puto gimnasio. Los gravitones no son fuerza bruta. Son vector y tiempo.
Aline ya estaba en movimiento.
Activó un impulso corto y limpio. Su armadura se elevó y aterrizó sobre una plataforma lateral con una suavidad que no parecía real.
—No empujes —dijo—. Dirige. Piensa en dónde quieres terminar el salto, no desde dónde sales.
Joren lo intentó.
Aplicó demasiado impulso.
Salió disparado, perdió estabilidad y tuvo que clavar los anclajes para no precipitarse al vacío.
—Eso —comentó Damond— es exactamente lo que no hay que hacer.
Joren resopló.
—Otra vez —ordenó Aline.
Ajustaron parámetros, redujeron potencia y aumentaron el control fino.
Esta vez saltó y aterrizó de forma estable.
No fue perfecto. Pero funcionó.
—Mejor —dijo Aline—. Ahora encadena.
El escenario cambió de inmediato. Aparecieron paredes verticales, pasillos estrechos y desniveles abruptos.
—Usa los muros —indicó Damond—. Rebote lateral, descarga corta, giro de cadera. Si lo haces bien, no pierdes velocidad.
Joren falló dos veces.
A la tercera lo consiguió.
Rebotó contra una pared, corrigió la trayectoria en el aire y cayó rodando sobre la siguiente plataforma.
—Bien —admitió Damond—. Así no te matan tan rápido.
Las horas siguientes transcurrieron entre saltos largos, descensos controlados y caídas simuladas que obligaban a reaccionar antes de tocar fondo.
Error. Corrección. Repetición.
Incluso con los reguladores activos, el cansancio empezó a hacerse notar. Los sistemas ya marcaban microfatiga neural.
—Último ejercicio —anunció Aline—. Escape vertical.
El entorno volvió a transformarse. Una estructura colapsaba sobre sí misma mientras las plataformas desaparecían y las rutas de salida se cerraban en tiempo real.
—Recuerda —dijo Damond—. Si te quedas quieto, mueres. Así de simple.
Joren respiró hondo y se lanzó.
No fue elegante. Ni limpio. Pero funcionó.
Saltó, corrigió una caída larga con los gravitones, volvió a impulsarse antes de tocar fondo y encadenó otro salto. Ajustó tarde varias veces, pero siempre lo suficiente para mantenerse en movimiento.
Siguió subiendo.
Cuando alcanzó la plataforma superior, jadeando, el entorno se congeló.
El silencio cayó de golpe.
—No está mal —dijo Aline—. Para alguien que apenas aprobó las pruebas de ingreso.
Joren soltó una risa cansada.
—Gracias… creo.
Damond se cruzó de brazos.
—Con un par de semanas más, quizá dejes de ser un estorbo.
Eso, viniendo de él, era casi un elogio.
La simulación se desvaneció. El blanco lo cubrió todo durante un instante y luego volvió la base.
Los tres desconectaron casi al mismo tiempo. El zumbido residual quedó flotando en el aire de la sala.
—Mañana seguimos —dijo Aline mientras bajaba del arnés—. Hoy fue suficiente.
Joren asintió, exhausto, con una sonrisa que ya no intentaba ocultar.
Damond se dirigió directamente a la salida.
—Descansen. Mañana llega el zero… y no va a ser un día tranquilo.
Salieron al pasillo.
Joren todavía sentía un ligero temblor en las piernas cuando Aline se detuvo un instante.
—No te rompiste —dijo, sin mirarlo—. Para una primera vez, alcanza.
Joren tardó un segundo en reaccionar.
—Gracias.
Aline ya volvía a caminar.
Damond pasó junto a él rumbo a la salida del sector.
—No te emociones —gruñó—. Mañana veremos si sigues siendo útil.
Se detuvo apenas un instante, se inclinó hacia él y bajó la voz lo justo para que solo pudiera escucharlo.
—Y esa última frase de la teniente… espero que te la diga cuando finalmente te acuestes con ella.
Joren se quedó helado.
El calor le subió de golpe al rostro, sin encontrar respuesta.
Damond se enderezó, satisfecho con el resultado, y se alejó por el pasillo con una sonrisa franca.