10 #2
El hangar estaba iluminado por paneles blancos incrustados en las paredes curvas, algunos parpadeando de forma casi imperceptible. A un costado descansaba el Revenant de servicio, inmóvil y silencioso.
Y al centro estaban ellos.
Cuatro soldados. Uniformados. Con los bolsos preparados, esperando relevo para marcharse.
Un capitán al frente. Alto, delgado, con una sonrisa ladeada que no se molestaba en ocultar. A su lado, una teniente de mirada dura. Detrás, un soldado corpulento y un técnico joven con una tableta activa entre las manos.
Los cuatro levantaron la vista cuando los vieron bajar.
Y las miradas se clavaron en Aline casi al instante.
Hubo sonrisas. Un codazo. Algún comentario apenas susurrado.
El técnico dijo algo que arrancó una risa breve.
Ni siquiera intentaron disimularlo.
Damond escupió al suelo.
Joren apretó los dientes.
Aline siguió caminando sin vacilar hasta detenerse frente al capitán.
Saludó.
—Teniente Aline Voss. Asumo el mando operativo de la unidad durante esta semana.
El capitán la recorrió de arriba abajo sin el menor pudor.
Luego sonrió.
—Capitán Marcus Hale. Como siempre, Voss, muy formal de tu parte. Y eso que sabes perfectamente que aquí no hace falta.
Se inclinó ligeramente hacia atrás.
—Los muchachos y yo hemos hablado bastante de ti esta semana. Vimos tus videos. Bastante candentes, por cierto. No esperaba algo así de ti. Nos dejaste a todos sorprendidos.
Damond dio un paso al frente.
—Eres un hijo de puta, Hale.
La sonrisa desapareció de inmediato.
—Cierra la boca, Damond. Estoy hablando con la teniente.
Aline sostuvo la mirada del capitán sin pestañear.
Luego recorrió lentamente al resto del grupo.
Por el implante, su voz llegó firme y seca.
Ninguno haga nada. Yo me encargo.
Volvió a fijar los ojos en Hale.
El silencio se tensó entre ambos.
—Bueno, Hale —dijo finalmente, en un tono bajo y afilado—. Me alegra que te hayan gustado mis videos. Espero que te hayas tocado bastante viéndolos, igual que los demás.
La sonrisa del capitán vaciló.
—Especialmente la teniente Rika Morozov.
Aline giró apenas la cabeza hacia la segunda al mando.
—Si mal no recuerdo, en la academia tenía fama de interesarse mucho por las mujeres. Me sorprende que no hayas aprendido a disimular mejor.
Morozov se quedó rígida.
Aline continuó sin darle tiempo a responder.
—Y si ya terminaron con las estupideces, quiero el reporte. Sé perfectamente por lo que pasé esta semana y no estoy de humor para soportar comentarios de adolescentes.
Hizo una breve pausa.
—Esos videos fueron grabados y distribuidos ilegalmente por hackers del submundo. Son material ilícito. Megatech ya emitió un comunicado oficial y espero que, para cuando presente mi informe diario, hayan desaparecido de todas sus bases de datos.
Recorrió nuevamente a los cuatro.
—Presento reportes a las veintiuna en punto. Tienen tiempo de sobra.
Su voz se volvió todavía más fría.
—Y espero que Recursos Humanos no encuentre registros de difusión de material sensible perteneciente a una oficial operativa. No queremos que nuestras propias unidades incumplan la legislación corporativa.
El efecto fue inmediato.
Las sonrisas desaparecieron.
Morozov estaba colorada. El técnico bajó la vista. Incluso Hale tuvo que carraspear antes de continuar.
—Reporte de la semana. Sin actividad zero registrada. Zona estable. Patrullas dentro de parámetros normales.
Activó su terminal.
—La unidad Revenant asignada presentó una desalineación menor en los estabilizadores de cola y microvibraciones en el giroscopio de babor. Ya fueron corregidas. Un técnico externo recalibró los sistemas de simulación asistida y completó el mantenimiento programado de la base.
Consultó una última línea.
—Además, se nos asignó un zero de Portal para la unidad. Llegará mañana. Queda bajo su responsabilidad la calibración de chips, los análisis biométricos y la preparación operativa inicial.
Cerró el terminal.
—Eso es todo.
Aline asintió una sola vez.
—Recibido.
Luego se apartó ligeramente.
—Quedan relevados.
Ninguno perdió tiempo.
Subieron al Revenant casi de inmediato.
Morozov pasó junto a Aline sin mirarla.
Hale evitó cruzar sus ojos con los de ella.
Damond, al verlos pasar, no pudo evitar sonreír de oreja a oreja.
—Los pusiste en vereda —murmuró por el enlace.
El Revenant despegó y desapareció entre las capas de la base.
—Me la has puesto dura, teniente —soltó Damond sin pensar.
Aline se giró y lo atravesó con la mirada.
Damond parpadeó.
—Lo siento… no era apropiado.
Aline respiró hondo.
—Joren —ordenó—. En cuanto dejes tus cosas, revisa que las reparaciones del Revenant estén correctas.
—Entendido.
—Damond, pasa revista a la base. Cualquier cosa fuera de lugar, documéntala y envíamela si crees que debo incluirla en el informe.
—Enseguida, teniente.
Los dos se alejaron por el pasillo, cada uno con su tarea.
Aline se quedó sola unos segundos, apretando los dientes.
—Aline —intervino su IA—. Detecto picos emocionales elevados. Ira. Activando regulación.
Sintió el ajuste casi de inmediato. Una leve presión detrás de los ojos redujo la intensidad sin apagarla por completo.
—Estado estabilizado. ¿Deseas modificar los parámetros?
—No —respondió ella—. Déjalo así.
Se colgó el bolso al hombro y echó a andar hacia su camarote.
¿Modificar los parámetros?
La idea la inquietó más de lo que esperaba.
Frunció el ceño mientras avanzaba.
¿Desde cuándo puedo hacer eso? ¿Tiene algo que ver con el programa de Joren?
Tendría que hablar con él en cuanto encontrara un momento. Que le explicara exactamente qué había instalado, qué hacía y, sobre todo, qué no hacía.
No le gustaba no saber.
Nunca le había gustado perder el control sobre su propio cuerpo. Mucho menos sobre su mente.
El recuerdo de la conexión neural le subió el calor a la cara.
El cable. El enlace. Los pensamientos cruzándose. Lo que había sentido. Lo que había provocado en él.
Sacudió la cabeza con brusquedad, intentando apartarlo.
No funcionó.
Se cruzó con Joren en el pasillo. Él avanzaba en dirección contraria, concentrado en sus propias tareas. Apenas intercambiaron una mirada fugaz.
Fue suficiente.
Suficiente para que el calor regresara a sus mejillas.
Aline apretó la mandíbula y siguió caminando.
Entró en su habitación, dejó el bolso sobre la superficie metálica junto a la pared y se obligó a centrarse.
Era hora de trabajar.
Recorrió la base con su tableta en la mano, revisando cada punto operativo como si fuera la primera vez.
Sensores, cerraduras, presión interna, redundancias energéticas.
Todo se mantenía dentro de los parámetros habituales.
La automatización de Centinela 9 seguía siendo tan impecable como impersonal.
Damond cubrió el perímetro interno y los accesos secundarios. Volvió con lecturas limpias. Nada fuera de lugar. Ningún registro extraño. Ningún retraso en los sistemas.
Joren se sumergió en las comunicaciones, el soporte técnico y los sistemas de simulación. Reinició procesos, verificó firmas digitales y comprobó personalmente las reparaciones del Revenant.
—Todo en orden —informó al final—. Sin inconsistencias. La base está limpia.
Después pasaron a la sala de armaduras.
El compartimiento reforzado los recibió con su habitual silencio metálico. Las armaduras Anti-Zero aguardaban inmóviles en sus soportes.
Aline supervisó la puesta a punto general. Actuadores, servos, sellos y sincronización neural.
Damond revisó anclajes y módulos de impacto.
Joren se concentró en los sistemas gravitónicos y digitales, afinando respuestas y eliminando pequeñas latencias.
Cuando terminaron, las tres armaduras estaban listas para una salida inmediata.
La de Kessler ya no estaba.
Megatech la había retirado.
Y resultaba extraño no verla allí. Más extraño de lo que Aline estaba dispuesta a admitir.
Gran parte de la mañana se les fue en esas tareas.
Cuando terminaron, fueron al comedor.
Se sentaron juntos con sus raciones impresas y, por primera vez desde que llegaron, el ambiente pareció relajarse un poco.
—Me alegra que hayas puesto en vereda a ese bastardo de Hale, teniente —dijo Damond—. Estuve a punto de saltarle encima.
—Me lo esperaba —respondió Aline—. Sabiendo cuánto le gusta molestarnos cada vez que tomamos turno.
Hizo una breve pausa.
—No sé por qué Némesis 9 compite tanto con nosotros. Se supone que hacemos lo mismo: cazar zeros.
Damond soltó una risita seca.
—Estás verde, Voss. Con el tiempo verás que todos los escuadrones compiten para ver quién la tiene más grande.
Lo viste en Kanzenji, cuando nos dejaron fuera pese a que el trabajo ya estaba hecho.
O en Numen, peleándose por ver quién rescataba más civiles.
Hasta Kessler nos empujaba a rendir más para destacar.
Joren asintió mientras comía.
—No llevo tanto tiempo, pero estuve en otras unidades. Siempre pasa.
Aline bufó.
—Pues no va a pasar con nosotros. Vamos a darlo todo, como siempre, pero no para demostrar nada. Lo hacemos porque es lo correcto. Porque es nuestro trabajo.
—Siempre formal, teniente —comentó Damond mientras sacaba el cigarro.
Joren carraspeó y miró a Aline de reojo.
—Aline… Teniente —se corrigió—. ¿Qué hacemos mañana con el zero cuando llegue?
Aline suspiró.
—Prepararlo y asignarle un lugar.
Damond frunció el ceño.
—¿Y dónde lo metemos? Esta base no tiene cubículos para zeros. Se supone que somos apoyo. No entiendo por qué nos mandan uno ahora.
Negó con la cabeza.
—Y no creo que hayan aceptado tan fácilmente al pesado de Hale. Lleva años pidiendo un puto zero de portal cada vez que solicita recursos.
—Dijeron que habría una reestructuración —comentó Joren—. Quizá nos pasen de apoyo a fuerza de choque.
—Aún no sabemos nada —respondió Aline—. Pero, si es así, tenemos que empezar ya con tu entrenamiento gravitónico. Cuando terminemos de almorzar nos pondremos con eso. Quiero que estemos preparados para cualquier cosa.
—Con lo de Numen —añadió Damond, expulsando humo—, esperemos que los zeros se queden quietos una temporada.