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La semana pasó rápido y sin nuevos sobresaltos.
No llegaron correos desconocidos, alertas basura ni amenazas explícitas. Solo quedó la humillación, persistente, como una capa de polvo que no terminaba de asentarse.
Aline tuvo que cambiar de gimnasio.
Había una sucursal de Helix Performance a pocas cuadras de su nuevo departamento, pero le bastó con presentarse una sola vez para entender que no era buena idea.
Las miradas eran demasiado evidentes. Los murmullos, las risas mal disimuladas, esa sensación constante de ser reconocida y evaluada.
Parecía que todos habían visto sus malditos videos.
Y, peor aún, ya no era seguro.
Su rostro estaba demasiado expuesto, demasiado asociado a algo que ya no podía controlar.
Aunque Megatech había emitido un comunicado oficial aclarando que se trataba de un hackeo y de una violación de datos contra una agente operativa, a nadie parecía importarle.
Para la gente, Aline no era una víctima.
Era otra “puta” expuesta. Daba igual cómo hubiera ocurrido.
El implante intervenido, la grabación forzada, el contexto.
El morbo siempre ganaba.
No faltaron los imbéciles que se le acercaron con sonrisas ladeadas, comentarios disfrazados de cortesía e insinuaciones torpes.
Algunos preguntaban si necesitaba “ayuda” con esos videos.
Otros asumían directamente que estaba disponible.
Aline estuvo a punto de explotar más de una vez, pero se contuvo. Fue diplomática. Se fue.
Terminó encontrando un gimnasio privado para residentes en Torre Kagayaki. Acceso restringido, sin costo adicional, menos gente y otro perfil: ejecutivos, técnicos y personal corporativo. Las miradas seguían ahí, sí, pero sabían, o fingían saber, cuándo apartarlas.
No quedaba de otra.
Y, en parte, se sintió más segura.
Pensó que lo más sensato era quedarse allí, al menos hasta que su cara dejara de ser “esa cara”. Hasta que el escándalo se diluyera y otra persona ocupara su lugar.
Porque siempre había otra.
Metro funcionaba así. Los escándalos abundaban y los viejos aburrían rápido. Era cuestión de esperar.
Cuando no entrenaba, Aline se quedaba en su nuevo departamento. Casi todo el tiempo. No quiso salir más. La visita al gimnasio había sido suficiente para recordarle que seguía demasiado expuesta. Necesitaba calmar la cabeza, no empeorarla a fuerza de miradas.
Compró ropa nueva. Vio algunas películas. Pasó horas mirando la ciudad desde el ventanal, con la mente en pausa.
Pensó en Joren.
Mucho.
También habló con él. Y con Damond. Más de lo que esperaba.
Pese al refunfuño inicial del sargento, lo habían reasignado a una torre ejecutiva, igual que a ella.
No estaba nada mal, había dicho. Con esos lujos extra que no tenía que pagar, era más fácil seducir a las “precarias” de la zona.
Aline rodó los ojos al escucharlo, pero agradeció que Damond siguiera siendo Damond.
Hablaron varias veces los tres. Incluso acordaron que, al volver a Centinela 9, dedicarían parte del tiempo libre a entrenar a Joren con los sistemas gravitónicos de la armadura.
Como personal de apoyo, no los dominaba bien.
Apenas había aprobado con lo justo y seguía flojo en ese apartado.
Pero contra zeros, el control total del exoesqueleto no era un lujo.
Aline no tocó el tema de aquella última noche con Joren.
Quiso hacerlo más de una vez. Le habría gustado que se quedara. Pero sabía que, si eso hubiera pasado, no solo se habría arrepentido al día siguiente: tampoco habría podido mirarlo igual.
¿Me gusta Joren?
No estaba segura.
Nunca se lo había preguntado antes de esa semana, y le resultaba inquietante descubrir cuánto podían cambiar las cosas después de un evento traumático.
Siguió con atención las noticias sobre Numen.
Todo empeoraba. Más muertos cada día. Habían desplegado zeros para ayudar y Jackson Corp avanzaba con las excavaciones, pero del campeón del Torneo no había rastro.
Megatech seguía sin dar declaraciones al respecto.
Ni siquiera lo habían usado tras el incidente.
Era raro.
Con la red de portales de la corporación, costaba creer que no estuviera disponible. Dejó de pensar en eso. No era su terreno.
El sábado por la noche tuvo una recaída.
Se sintió demasiado sola.
Estuvo a punto de escribirle a Joren. El mensaje quedó redactado y borrado varias veces, pero se contuvo. No sabía si lo que sentía era interés real o pura necesidad. Una necesidad desesperada de sentir otro cuerpo junto al suyo.
Antes, cuando le pasaba, se masturbaba y listo. Rápido. Mecánico. Pero después del clon ya no era suficiente.
Lloró por no tenerlo. El implante tuvo que intervenir para estabilizarla. Se tocó, esta vez con más intensidad, buscando algo que no llegó, y se detuvo de golpe al darse cuenta de que estaba pensando en Joren.
Se maldijo.
Se dijo que quizá la gente tenía razón. Que era una puta reprimida que había despertado tarde. Que había destapado algo que ya no sabía cómo cerrar.
Pasó la noche deprimida y apenas durmió.
Al amanecer fue al gimnasio y entrenó hasta casi quedarse sin fuerzas. Hasta vaciarse. Solo entonces pudo dormir.
El lunes la recibió agotada, pero de mejor humor.
Revisó las redes. Sus videos casi no aparecían. El ruido había bajado. Había nuevos escándalos, nuevos nombres, nuevas caras. Su ánimo subió un poco.
Estaba lista para volver al trabajo.
Preparó sus cosas con movimientos automáticos. El bolso, el equipo básico, los documentos. Luego se puso el uniforme.
Cuando revisó el armario al mudarse, ya estaba allí, colgado como si siempre hubiera formado parte del lugar. Era la única prenda que encontró: de su talla exacta, impecable.
El día anterior, Akemi Sato le había enviado un mensaje breve. Por seguridad, esa semana una unidad Revenant la recogería a ella y a Damond para llevarlos a Centinela 9.
A última hora, casi sin pensarlo, Aline le escribió a Joren que el transporte pasaría por su torre y que, si quería, podía ir con ella. Sería más práctico, o eso se dijo antes de enviarlo.
Solo después entendió la estupidez.
No era más práctico en absoluto. Joren tendría que desviarse, bajar en otra estación, caminar hasta Torre Kagayaki y recién ahí tomar el transporte.
Pero respondió que sí.
Y Aline sintió un calor recorrerle el cuerpo.
Se maldijo en silencio. Cuando se dio cuenta, llevaba demasiado tiempo frente al espejo.
¿Por qué Joren?
Las miradas no le faltaban. Hombres más atractivos, más grandes, más acordes a su físico. Pero conocía bien ese tipo de miradas. Sabía lo que significaban. Ellos solo querían una cosa. Algo que antes despreciaba y que ahora empezaba a necesitar.
Joren no la miraba así.
Había despreciado al clon por cómo la había tratado, por reducirla a eso. O eso había creído. Pero le había gustado la ternura. Que la tratara como persona. Que se alegrara cuando llegaba a casa.
Con esos hombres no tendría eso.
¿Pero lo tendré con Joren?
El pensamiento se cortó cuando llegó un mensaje.
Era de él.
Ya estaba abajo. Puntual, como siempre.
Aline le abrió con un pensamiento y, mucho antes de lo que esperaba, Joren ya estaba frente a su puerta. Se saludaron con un gesto torpe. Los dos estaban nerviosos y ninguno parecía especialmente hábil para ocultarlo.
Ella tenía el bolso preparado. Joren, todavía de civil, pidió usar el baño para cambiarse. Aline asintió. Nadie viajaba uniformado en transporte público.
Cuando salió, subieron juntos a la azotea y esperaron la llegada del Revenant.
Fueron apenas cinco minutos.
Cinco minutos larguísimos.
Tan cerca el uno del otro y, aun así, sin saber qué decir.
Al final fue Aline quien rompió el silencio hablando del entrenamiento, de los exoesqueletos, de los gravitones y de lo flojo que Joren seguía siendo en ese apartado. La conversación fue suficiente para aflojar un poco la tensión.
Cuando el Revenant llegó, abordaron y despegaron casi de inmediato.
El trayecto inicial fue corto. Apenas unos minutos dentro del mismo distrito ejecutivo antes de detenerse en Torre Shinkai, el nuevo destino de Damond.
El sargento ya los esperaba en la azotea, con el bolso al hombro y el uniforme de Érebo 9 puesto.
Se sorprendió al ver a Joren allí.
Y se sorprendió todavía más al verles la cara.
Subió sin decir una palabra. Miró a uno. Luego al otro.
—¿Cogieron o qué? —preguntó sin rodeos por el implante.
Los dos se sobresaltaron.
—¿Qué dice, sargento? —replicó Aline, dedicándole una mirada asesina.
Damond observó el rubor inmediato en ambos y negó con la cabeza, divertido.
—Parece que no.
Sacó su eterno cigarro. Aline se dio cuenta de que ya iba por la mitad.
El Revenant abandonó el distrito ejecutivo y comenzó a internarse en las capas medias de Ciudad Metro.
Poco a poco las torres de lujo quedaron atrás y el paisaje se volvió más denso, más industrial.
Pasarelas aéreas superpuestas, conductos de energía expuestos, tráfico pesado de carga y enjambres de drones de mantenimiento trazando patrones precisos entre los edificios.
El vuelo transcurrió en silencio.
El zumbido grave de los motores antigravitacionales llenaba el interior del transporte, amortiguado por el blindaje. Aline observaba la ciudad sin decir nada. Damond fumaba. Joren revisaba datos en segundo plano, atento pero discreto.
A medida que descendían, Centinela 9 apareció incrustado en la propia estructura urbana. Un complejo enorme, semienterrado entre niveles, protegido por anillos de blindaje y plataformas retráctiles. Sin anuncios. Sin luces llamativas.
Solo geometría funcional. Pesada. Diseñada para resistir.
La plataforma del hangar se desplegó al detectar el código de aproximación y el Revenant descendió sin sacudidas. No hubo saludos por radio ni formalidades. Solo el siseo del sistema de presurización compensando el ingreso.
Las compuertas se abrieron.
El aire del hangar los recibió con la mezcla habitual de metal caliente, aceite industrial y ozono viejo.
Un olor que Aline conocía demasiado bien.
Bajaron uno tras otro.