Factor Zero 9 #3
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—Además, ya estaban intentando inducirme cambios emocionales cuando estabas conmigo. Justo cuando empezaste a limpiar mis sistemas.

Se tocó la sien y liberó el diminuto conector integrado en el implante.

Joren tragó saliva.

Fue hasta donde había dejado la chaqueta. Como siempre, llevaba un cable conector encima; parte de su trabajo, parte de la costumbre. Lo sacó con cuidado, regresó junto a ella y liberó también el puerto de su propia sien.

Se sentó a su lado y conectó ambos terminales.

—Bien… —dijo, bajando ligeramente la voz—.

Relaja la mente. Este enlace conecta directamente nuestros computadores neurales.

Puede captar pensamientos superficiales, así que intenta no pensar demasiado en nada concreto.

Respira. Te aparecerán alertas de acceso externo y de instalación de software no certificado.

Acepta todo. Lo primero será aislar tu IA para que no interfiera.

Aline asintió.

El contacto fue frío y extraño. Como si algo ajeno se apoyara directamente contra su mente.

Las alertas aparecieron enseguida en su campo visual.

Agente externo conectado.

Solicitud de acceso profundo.

Instalación de software no certificado.

Aline autorizó cada una de ellas.

No pudo evitar sentirse rara.

Una semana antes se habría negado sin dudarlo. Incluso habría informado de algo así. Pero Numen, la muerte de Kessler, el funeral, la extorsión y el miedo la habían dejado sin defensas.

No sabía si lo hacía por seguridad, por vulnerabilidad o porque quien estaba al otro lado era Joren.

Cortó el pensamiento en cuanto apareció.

Joren volvió a tragar saliva. Aline lo vio hacerlo, aunque no supo si lo había percibido a través del enlace o simplemente porque estaba observándolo.

—Voy a desplegar un sandbox neural —explicó él rápidamente, refugiándose en el lenguaje técnico—.

Una jaula de ejecución. Todo lo que entre quedará aislado antes de tocar tus procesos centrales.

Después levantaré un firewall cognitivo y un monitor de latencia sináptica.

Si algo intenta forzar estados emocionales, lo cortaré antes de que llegue a la corteza.

Hablaba sin pausa.

Para explicarle.

Y también para no pensar. Para no dejar que nada inconveniente se filtrara a través de la conexión.

—Después haré una calibración fina. Puede que sientas un zumbido o algo de presión. Es normal.

—Está bien —respondió Aline—. Adelante.

Joren tomó aire.

—Voy.

Ejecutó los protocolos.

Aline apretó los dientes por reflejo. Sintió un tirón en las sienes, parecido al pinchazo previo a una extracción de sangre, seguido de una presión constante mientras el proceso avanzaba. No era doloroso, pero sí invasivo.

Íntimo.

—Ya falta poco —dijo Joren, intentando sonar tranquilo.

Y fue entonces cuando ocurrió.

La voz. El tono. La forma de decirlo.

El recuerdo del clon le golpeó de frente.

La bienvenida al regresar al departamento. La voz suave. El cuidado constante. Aquella atención que parecía diseñada para anticiparse a todo lo que ella necesitaba.

No quiso pensarlo.

Pero la asociación fue inmediata.

Más de una vez había visto al clon superpuesto sobre Joren.

Y ahora, por primera vez, se hizo una pregunta que no quería formular.

¿Lo había elegido por eso?

La idea la sacudió.

Recordó el contacto. La necesidad. Lo rápido que se había acostumbrado a algo que jamás había tenido. Algo cuya ausencia ya comenzaba a sentirse como una carencia física.

Algo que ahora buscaba como una droga.

Sintió el impulso de aferrarse a alguien. De no quedarse sola.

Se puso colorada.

No quiso mirar a Joren. No quiso saber si estaba percibiendo algo de aquello a través del enlace. Se obligó a pensar en otra cosa. En números. En patrones. En su respiración.

En vacío.

—Ya… ya estoy terminando la calibración —dijo Joren.

Y tartamudeó.

Aline lo supo. Lo sintió. Lo había visto.

El zumbido desapareció. La presión se disipó y, unos segundos después, Joren cortó la conexión y retiró el cable.

Cuando Aline volvió a mirarlo, estaba tan colorado como ella.

—Joren… yo…

—Aline —la interrumpió rápidamente—. Es un poco tarde. Voy a irme.

Se puso de pie, retiró el conector de su sien con movimientos tensos, guardó el cable en la chaqueta y terminó de colocársela.

Aline lo observó.

Había vergüenza.

Sí.

Pero no desprecio. Tampoco rechazo.

Era otra cosa.

—No quiero aprovecharme de tu vulnerabilidad —dijo Joren—. Ni de este momento.

Caminó hacia la puerta.

Aline no respondió.

Le dolía verlo marcharse. Pero también lo entendía.

Y, en el fondo, lo agradecía.

Joren se detuvo un segundo antes de salir, sin llegar a girarse.

—Los sistemas ya están activos. Te avisarán si alguien intenta entrar otra vez. Y a mí también.

Hizo una pequeña pausa.

—Descansa, Aline.

Y salió.

La puerta se cerró.

Aline permaneció inmóvil unos segundos, sola otra vez, con la mente todavía temblando, pero sintiéndose un poco más protegida que antes.

El corazón de Joren seguía latiéndole a toda velocidad mientras esperaba el ascensor.

Intentaba ordenar la cabeza cuando escuchó su voz detrás de él.

—Joren, espera.

Giró.

Aline estaba en la puerta del departamento. Con las mejillas encendidas. La mirada baja. Los hombros tensos.

Parecía reunir valor para algo.

—Joren… —dijo finalmente—. ¿Crees que me veo grotesca? ¿Que… que una mujer musculosa como yo resulta desagradable?

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Recuerdo que cuando me conociste me llamaste "músculo".

Joren arqueó las cejas, sorprendido. Por la pregunta. Y por verla allí después de todo lo que acababan de compartir.

Se dio cuenta de que le temblaban ligeramente las manos.

Había cambiado mucho desde entonces. Desde el día en que Aline llegó a Érebo 9.

Por aquella época todavía cargaba los restos de una relación que lo había dejado hecho pedazos. Se protegía detrás de una coraza de desprecio porque era más fácil que volver a sentir algo. Helm e Ibarra tampoco ayudaban.

Y sí. La había tratado mal.

No la conocía. La había visto como una oficial joven de academia, rígida, obsesionada con el reglamento y sin experiencia real de campo.

La había juzgado. La había despreciado. Incluso por su cuerpo.

Un cuerpo que ahora veía de una forma completamente distinta.

El ascensor llegó con un sonido suave.

—Aline —dijo al fin—. No eres desagradable en absoluto. No te mires así.

Ella no levantó la vista.

—No hay nada grotesco en ti. Tienes un cuerpo fuerte. Real. Uno que mucha gente querría tener.

Tragó saliva antes de continuar.

—Uno que me gusta.

El silencio cayó entre los dos.

Aline alzó la cabeza lentamente.

—Si hoy no puedes verlo, no pasa nada —añadió él, con la voz más baja—. Pero no dejes que todo ese ruido en tu cabeza te convenza de cosas que no son ciertas.

Los ojos de Aline se abrieron un poco más.

No supo qué hacer con aquello.

—Joren… —susurró.

Él ya estaba rojo hasta las orejas.

—Que descanses, Aline.

Sonó torpe. Desesperadamente torpe.

Entró en el ascensor antes de que pudiera decir nada más.

Las puertas se cerraron.

Aline permaneció sola en el pasillo, con el corazón golpeándole el pecho.

Y Joren, mientras descendía, apoyó la cabeza contra la pared del ascensor y cerró los ojos un instante, preguntándose en qué momento había cruzado aquella línea.

Y por qué, pese al miedo que sentía, no se arrepentía ni un poco.