Factor Zero 9
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El departamento olía a pólvora, metal y sangre.

Aline permanecía de pie en medio de lo que había sido su sala, inmóvil, con los ojos abiertos de par en par. No sabía cuánto tiempo llevaba así. Segundos. Quizá minutos.

El regulador emocional mantenía el colapso a raya, amortiguando los picos y evitando que la oleada terminara de arrastrarla. Aun así, seguía sintiéndolo todo. Simplemente ya no la rompía.

La policía corporativa de Megatech se movía por el lugar. Drones flotando a baja altura, escáneres proyectando rejillas de luz sobre las paredes destrozadas y técnicos registrándolo todo sin mirarla… o mirándola demasiado.

Catalogaban su vida como si fuera inventario.

Los impactos de bala habían atravesado muebles, paredes y recuerdos. El sofá donde había pasado tantas noches revisando informes. El holovisor reducido a chatarra. La mesa donde solía comer sola.

El dormitorio… Prefirió no mirarlo demasiado tiempo.

Por primera vez desde que le habían activado los reguladores, agradeció que estuvieran funcionando.

Sin ellos no sabía qué habría hecho al ver el cuerpo.

El clon yacía en el suelo del salón, delimitado por marcas luminosas de los drones forenses. Todavía no lo tocaban. Analizaban heridas, trayectorias y restos biológicos.

Para ellos era evidencia.

Para ella era otra cosa.

Aline tragó saliva.

Nunca le había puesto un nombre. No pensó que fuera necesario.

Y, sin embargo, al verlo allí, destrozado e irreconocible, sintió una punzada sorda en el pecho.

Recordó su voz.

Bienvenida a casa.

Recordó la forma en que la miraba. Aquella alegría sencilla e ingenua. El miedo que apareció en sus ojos la primera vez que ella le habló mal, cargada de culpa y confusión.

No había sido solo un objeto. No del todo. Al menos no durante aquellos últimos días.

Era un ser vivo.

Y ahora era un montón de carne rota abandonada en medio de su salón como un mensaje.

Joren y Damond permanecían en el pasillo, sin terminar de entrar. Le habían dado espacio.

Aline lo agradecía, aunque nunca lo hubiera pedido.

No quería que la vieran así. No quería que la vieran mirándolo.

Joren, conectado a la red interna de Megatech, observaba los datos policiales fluir frente a sus ojos. Informes actualizándose en tiempo real, capas de información superpuestas sobre la escena y reconstrucciones automáticas generadas por las IAs forenses.

—Cuatro unidades —murmuró por el implante—. Autómatas policiales estándar. Con blindaje pesado y fusiles de asalto. Entraron con permisos válidos.

Damond apretó la mandíbula.

—O eso parece…

—Las cámaras del edificio los registraron —continuó Joren—. Pero las internas, las de cada unidad, no. Fueron intervenidas antes de respaldar los datos en la malla.

Aline escuchaba sin girarse.

Cada palabra se quedaba clavada en algún lugar del fondo de su cabeza.

—Los sistemas forenses reconstruyeron la escena. Ángulos de disparo, residuos, trayectorias. Entraron, activaron aislantes sónicos y dispararon sin prisa.

Hizo una breve pausa.

—Luego escribieron el mensaje.

Damond cerró los ojos un instante.

—¿Y después?

—Después se fueron. Los encontraron más tarde, dentro de sus vehículos a un par de calles. Los computadores fundidos. Irrecuperables.

Exhaló despacio.

—Quien hizo esto sabía exactamente cómo borrar sus huellas.

Aline se agachó frente al cuerpo del clon.

Se limitó a observarlo de cerca mientras sentía la mente extrañamente vacía.

El regulador no anulaba la pena. Solo evitaba que la desbordara.

La tristeza seguía allí, llegando poco a poco, contenida, como una marea que avanzaba sin hacer ruido.

Dolía. Simplemente no la arrastraba.

Pensó, con una sensación extraña, que era parecido a encontrar una mascota muerta justo cuando empezaba a importarte de verdad.

Algo que comenzaba a formar parte de tu vida. Algo arrancado de golpe.

Detrás de ella, uno de los agentes murmuró algo a un compañero. Hubo una risa baja. Un gesto en su dirección.

Aline no se dio vuelta.

No pensaba regalarles una reacción.

Terminó incorporándose y recorrió el departamento una última vez con la mirada.

Poco podía salvarse. Se habían ensañado.

Incluso la ropa estaba destrozada, perforada e inutilizable.

—Teniente —dijo uno de los técnicos—. Cuando quiera, puede retirarse. Nosotros nos encargaremos del resto.

Aline asintió.

Caminó hacia la puerta sin volver la vista atrás.

Joren levantó la mirada cuando ella pasó a su lado.

No dijo nada.

Damond tampoco.

Los tres abandonaron el apartamento juntos.

Aline no miró el pasillo. No miró a los agentes. No miró a nadie.

Y mientras se alejaba, una idea comenzaba a asentarse con claridad dentro de su cabeza.

Fría. Firme. Sin rastro de pánico.

Quienquiera que hubiera hecho aquello no solo la había expuesto.

Había cruzado una línea.

Llegaron al ascensor. Las puertas se abrieron con un siseo suave. Entraron y estas volvieron a cerrarse detrás de ellos.

El ascensor ascendió en silencio, acompañado únicamente por el zumbido grave de la torre.

—¿Crees que querían matarla? —preguntó Damond por el enlace.

—Lo dudo —respondió Joren—. Alguien capaz de hackear el implante de una unidad militar puede saber con precisión si la teniente está o no en su departamento. Cámaras, sensores, rutinas… Si hubieran querido matarla, lo habrían hecho con ella dentro.

Guardó silencio un momento antes de continuar.

—Esto es otra cosa. Intimidación. Quieren que sepa que pueden llegar cuando quieran.

Damond apretó los dientes.

—Hijos de puta…

—No me sorprendería —añadió Joren, alzando la vista hacia la cámara del ascensor— que nos estuvieran observando ahora mismo. Viendo cómo reaccionamos. Especialmente a Aline.

Aline parpadeó.

Seguía erguida, con el rostro impasible y la mirada fija en el reflejo metálico de las puertas.

Por dentro, sin embargo, su mente era un hervidero de imágenes, preguntas y rabia.

Una pregunta por encima de todas las demás.

¿Por qué ella?

Entendía la exposición. La extorsión. La represalia.

Pero esto era otra cosa.

Autómatas policiales, un hackeo imposible, su casa destrozada y el clon ejecutado.

—¿Han podido sacar algo del hackeo? —preguntó.

El tono le salió más frío de lo que pretendía.

—Nada concluyente todavía —respondió Joren—. Núcleos fundidos a propósito. Autodestrucción. No dejaron ningún rastro útil.

La frustración se le notaba incluso a través de la calma habitual.

—Ciberseguridad está en código rojo. Toda la división. Atami ya fue alertado. Oráculo debe de estar reforzando protocolos ahora mismo. Probablemente recibamos una actualización de software en cualquier momento.

Damond soltó un bufido.

—A mí ya me reasignaron alojamiento. Me llegó el aviso hace unos minutos. Están moviendo mis cosas sin preguntarme nada.

—Es lo esperable —dijo Joren—. Usted también fue expuesto, sargento. Podría ser el siguiente objetivo. Seguramente reasignen a todas las unidades de ambos bloques.

—Genial —masculló Damond—. Si ya me querían los vecinos, ahora me van a adorar.

El ascensor se detuvo con un leve golpe y las puertas se abrieron hacia la azotea.

El viento nocturno los recibió cargado de luces, ruido lejano y el murmullo constante de Ciudad Metro. El Revenant corporativo esperaba junto a la plataforma, con los motores en ralentí y las luces de navegación encendidas.

Subieron sin hablar.

—Tengo órdenes de traslado —anunció el piloto—. Primero la teniente Voss. Luego el sargento Damond.

Giró ligeramente la cabeza.

—¿Desea que lo lleve a algún lugar, especialista Malek?

Joren dudó apenas un instante.

—No. Me bajo con la teniente.

El piloto asintió.

Aline recibió un mensaje privado.

¿Te molesta?

Levantó la vista hacia Joren.

Él la observaba en silencio desde el otro lado del compartimiento.

Ella negó levemente con la cabeza, sin llegar a sostenerle la mirada.

No.

Solo eso.

El Revenant se elevó y dejó atrás la torre.

—Hay que tener huevos para meterse con Megatech —comentó Damond mientras observaba la ciudad por la escotilla—. Toda la puta corporación los está buscando. Todo porque alguien decidió plantarnos cara.

Nadie respondió.

—Si esos hijos de puta se hubieran quedado solo con los videos… —continuó—. Pero no. Tenían que ir más lejos. Tenían que escalar la amenaza.

Apretó la mandíbula.

—Si hubiera sido mi casa, si me hubieran hecho esto a mí, ahora mismo estaría camino a Bloque Lázaro buscando respuestas. Porque toda esta mierda tiene que salir de ahí.

—Esta gente es buena, sargento —respondió Joren con calma—.

No los va a encontrar intimidando a nadie con una escopeta.

Y usted escuchó a Sato. Fue muy clara. Nuestro trabajo no es investigar.

Tenemos prohibido hacerlo. El lunes debemos presentarnos en turno y, después de lo de Lázaro, nos van a vigilar más que nunca.

Damond resopló.

—Puede ser. Pero a mí nadie me va a decir qué carajos hago en mi vida privada. Si quiero ir a volarles el culo a unos tipos que se metieron en mi cabeza, no pueden impedirlo.

Joren suspiró, pero decidió no discutir.

El Revenant continuó avanzando en silencio. Poco a poco el paisaje cambió. Las zonas industriales quedaron atrás y dieron paso a los distritos centrales, con torres limpias, tráfico aéreo ordenado y avenidas iluminadas.

—Estamos llegando —anunció el piloto.

Frente a ellos se alzaba el nuevo complejo.

Una torre colosal de más de trescientos pisos, estilizada, de líneas limpias y superficies oscuras atravesadas por franjas de luz. Corporativa. Blindada. Impersonal.

Antes del descenso, una alerta apareció en sus implantes.

ACTUALIZACIÓN DE SOFTWARE — NIVEL CRÍTICOSINCRONIZANDO PROTOCOLOS DE SEGURIDAD

—Ahí está —murmuró Damond—. La puta actualización.

Los sistemas comenzaron a descargarla en segundo plano mientras el vehículo aterrizaba con suavidad sobre la plataforma.

Las compuertas se abrieron.

Joren y Aline descendieron mientras el viento nocturno les golpeaba el rostro.

—¿Necesitas algo, Voss? —preguntó Damond desde la rampa.

—No. Gracias —respondió Aline—. Nos vemos el lunes. Esperemos que todo esté tranquilo hasta entonces.